

Lección 7
Para el 12 de Febrero del 2004
Alexander Whyte, un ministro escocés, se despertó una noche quejándose en agonía. Despertada de su sueño, su esposa le preguntó: "Alex, ¿estás enfermo?" "Oh", replicó él, "acabo de tener un sueño horrible. Me pareció estar en la sala del juicio donde estaban azotando a Jesús. Vi su forma sacudirse con cada azote. Parecía que el soldado que tenía el látigo sentía placer en su tarea. La ira y la indignación hervían dentro de mí. Le grité al atormentador: 'Detén esta crueldad. Estás hiriendo al Señor'. Al levantar el látigo otra vez, lo tomé el brazo, por lo que él giró su rostro hacia mí, con una mirada maliciosa, ¡y el soldado era yo!"
El pastor Whyte gráficamente vio en su sueño una verdad que nos resulta difícil de afrontar: que no sólo somos sanados por los azotes que recibió Jesús, sino que por nuestros caminos no cristianos lo hemos azotado a él. En los eventos que lo llevaron a la cruz vemos revelado un microcosmo de las actitudes humanas hacia Dios. También vemos una exhibición de cuan perdidos estamos. Nuestra condición es sólo curable mediante los sufrimientos que Jesús soportó desde el Getsemaní hasta el Gólgota. ¡Cómo desearía que el costo de nuestra redención no hubiera sido tan elevado! Pero lo me, e insultamos a Dios cuando rechazamos el evangelio, sea por el sentimiento de indignidad de nuestra parte, o por el sentido engañoso de que no lo necesitamos.
Todos somos indignos de la salvación de Jesús y del precio que él pagó para rescatamos y esto nos reviste con gran valor. Si alguien siente que no tiene necesidad de redención, no conoce a Dios ni a sí mismo. Dios no ha sobreestimado la magnitud de nuestros pecados, ni el precio requerido para salvamos.
En el Jardín del Getsemaní Jesús sintió de nuevo el alto costo de su tormento. Afirmado por la seguridad dada por su Padre de que su sacrificio triunfaría, ninguna angustia o dolor futuros podía detenerlo de su encuentro con la muerte. El conquistaría la muerte en su propio dominio y traería a la luz la vida y la inmortalidad.
Mientras Jesús seguía en oración, sus discípulos dormían. Entonces, el resplandor de linternas y el ruido de espadas y garrotes de una enfurecida multitud que entró al jardín los despertó. Levantándose de un salto se prepararon para defenderse y defender a su Señor.
Mientras la turba rodeó a Jesús "para derramar la sangre inocente" (Isa. 59:7, comparar con Juan 18:2-9), Dios les dio una oportunidad de reconocer su crimen. "No se veían en Jesús huellas de su reciente agonía cuando se dirigió al encuentro de su traidor. Adelantándose a sus discípulos, dijo: '¿A quién buscáis?' Contestaron: 'A Jesús Nazareno'. Jesús respondió: 'Yo soy'. Mientras estas palabras eran pronunciadas, el ángel que acababa de servir a Jesús se puso entre él y la turba. Una luz divina iluminó el rostro del Salvador, y le hizo sombra una figura como de paloma. En presencia de esta gloria divina, la turba homicida no pudo resistir un momento. Retrocedió tambaleándose. Sacerdotes, ancianos, soldados, y aun Judas, cayeron como muertos al suelo.
"El ángel se retiró, y la luz se desvaneció. Jesús tuvo oportunidad de escapar, pero permaneció sereno y dueño de sí. Permaneció en pie como un ser glorificado, en medio de esta banda endurecida, ahora postrada e inerme a sus pies. Los discípulos miraban, mudos de asombro y pavor".1
La respuesta de Jesús: "Yo soy", reflejaba el nombre con el cual se había identificado a Moisés en el desierto (ver Exo. 3:11-14; Juan 8:58; Apoc. 22:13; 1 Cor. 10:1-4). Jesús no era el enviado de Dios, sino Dios sin adulteraciones. Su humanidad era el vehículo dedicado a redimir a los seres humanos perdidos. Pero pocos apreciaron ,el regalo, y Satanás estaba decidido a pisotear la salvación y hundirla en el pantano de la incredulidad.
Reprimiendo la convicción y reuniendo su valor brutal, esta cuadrilla de sacerdotes, policías del templo y mercenarios se pusieron rápidamente de pie y rodearon a Jesús. Sin vacilación él se identificó como Aquel a quien buscaban; Judas no hubiera necesitado plantar su beso de traición, pero, como esclavo de Satanás, realizó su inicua obra. Aunque la ley rabínica prohibía atar a un hombre antes de la condenación judicial, la turba ató fuertemente a Jesús, con la intención de llevarlo directamente al palacio del sumo sacerdote. De repente, Pedro se adelantó y, blandiendo su espada hacia la cabeza de Maleo, le cortó la oreja derecha. Con calma y autoridad irresistibles, Jesús liberó sus manos para sanar la herida, mientras reprendía la idea de que las armas carnales sean usadas en defensa del evangelio. Entonces, con perfecta compostura, él retomó su posición de prisionero. El que desató a las personas de la esclavitud y liberó a los oprimidos, permitió que sus manos fueran encadenadas y eliminada su libertad.
Viendo que Jesús no pelearía, los discípulos huyeron, molestos y asustados. Verdaderamente, el Pastor fue herido y las ovejas se esparcieron. El pisó solo el lagar, y del pueblo ninguno estuvo con él. ¿Quién puede sondear la soledad de Jesús en esa noche frenética empapada con el olor sulfuroso de sangre, sudor e ira? El había venido para conquistar al dragón airado (ver Apoc. 12:9), y esta lucha era a muerte. Jesús sólo usaría las armas regias de la justicia y la verdad, pero Satanás utilizaría los dispositivos más crueles, mientras se esforzaba por medio de insultos y violencia por forzar al Redentor a una reacción impía. Esta maldad no quedaría sin castigo, pero esto ocurriría en circunstancias futuras de dignidad infinita y perfecta justicia. La misión presente de Jesús era la de redimir a los perdidos. Para lograrlo, debía sufrir humillación y abusos de las mismas criaturas a quienes vino a salvar.
Ahora que Jesús estaba en sus garras, el Sanedrín enfrentaba el desafío de fabricar acusaciones contra él que lo condenaran a muerte bajo la ley romana. Pero ¿qué acusaciones podrían inventar? Jesús no había hecho ni enseñado nada subversivo. Cada palabra y acto, si se lo representaba correctamente, redundarían en su vindicación, atestiguarían su cualidad de Mesías y expondría la vileza de sus acusadores. De aquí en adelante, todo lo que hicieran debía ser una mentira actuada en contra de la personificación de la Verdad eterna. Aunque constituían una corte que debía ser guiada por la ley divina, el Sanedrín estaba decidido a destruir al Dador de la ley. Ellos pasaron por alto el principio rabínico de que una persona acusada era inocente hasta que se demostrara que era culpable. En lo profundo de su corazón sintieron:
"Este es el heredero; venid, matémosle, para que la heredad sea nuestra" (Luc. 20:14). Ellos debían inventar acusaciones que hicieran aparecer que Jesús perturbaba la paz y era enemigo del Estado.
Aunque la ley judía prohibía que estos procedimientos se hicieran de noche, ellos condujeron a Jesús al sumo sacerdote Anas, ya retirado, el artero suegro de Caifas, el sumo sacerdote en ese entonces. Cuando Jesús recordó al altivo ex sumo sacerdote que su deber requería testigos creíbles contra él para verificar cualquier acusación, un oficial del templo le dio una bofetada. ¡Cómo debió Jesús ser tentado a manifestar su soberanía divina ante estos crueles inquisidores cuando violaban cada regla de justicia contra él, el verdadero Juez de todos! Pero "su amor por su Padre y el compromiso que contrajera desde la creación del mundo, de venir a llevar el pecado, le indujeron a soportar sin quejarse el trato grosero de aquellos a quienes había venido a salvar. Era parte de su misión soportar, en su humanidad, todas las burlas y los ultrajes que los hombres pudiesen acumular sobre él. La única esperanza de la humanidad estribaba en esta sumisión de Cristo a todo el sufrimiento que el corazón y las manos de los hombres pudieran infligirle".2
Incapaz de inducir a Jesús a incriminarse a sí mismo, Anas lo envió a una sesión limitada del Sanedrín, que presidía Caifas. Recurrieron al alquiler de testigos falsos (ver Mat. 26:59-62: Mar. 14:55-60). Jesús escuchó con paciencia las acusaciones contradictorias contra él, hechas por hombres incultos cuyas palabras sonaban con el son del dinero del soborno. ¡Qué consuelo da esto a los hijos de Dios que han tenido que soportar falsas acusaciones, sabiendo que quienes odiaban a Jesús por su inocencia lo impugnaban con mentiras cáusticas, a él, la Encamación de la verdad y la justicia!
La presencia serena y el registro sin mancha de Jesús ganaron las simpatías de los que observaban la ira de los jueces, quienes por la ley judía debieran haber sido sus defensores y protectores. Fracasando en inventar un caso, el Sanedrín siguió adelante con su siniestra farsa de juicio. Finalmente con desesperación, Caifas formuló la pregunta fatal: "Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios". Sabiendo que su respuesta afirmativa era su sentencia de muerte, Jesús no iba a negar su identidad o su relación con su Padre. Advirtió a la corte, sin embargo, que algún día ellos lo verían a él en su autoridad divina. ¡Entonces recordarían con angustia esta infame noche cuando se regocijaban en su maliciosa locura! (Ver Mat. 26:64 y Apoc. 1:7; ver también El Deseado de todas las gentes, pp. 652-654.)
Con alaridos de horror por la supuesta blasfemia de Jesús, Caifas rompió sus vestiduras. En la ley levítica este acto sacrílego merecía la ejecución (ver Lev. 10:6; 21:10). Caifas pidió la sentencia de muerte para Jesús, y el Sanedrín bramó su confirmación.
Cuando se pronunció esta sentencia, un ciclón de violencia cayó sobre Jesús. Con furia satánica, los sacerdotes y consejeros ridiculizaron y abofetearon a Jesús. Lo tuvieron preso hasta la mañana, cuando en un concilio en pleno pudieran "legalmente" condenarlo a muerte y obtener la sanción del gobernador.
Al ver la crueldad con la que fue tratado ante el concilio, el populacho ignorante "se tomó la libertad de manifestar todos los elementos satánicos de su naturaleza. La misma nobleza y el porte divino de Cristo lo enfurecían. Su mansedumbre, su inocencia y su majestuosa paciencia llenaban a la turba de un odio satánico. Ellos pisoteaban la misericordia y la justicia. Nunca fue tratado un criminal en forma tan inhumana como lo fue el Hijo de Dios.
"Pero una angustia más intensa desgarraba el corazón de Jesús;ninguna mano enemiga podría haberle asestado el golpe que le infligió su dolor más profundo".3 Después de huir del jardín de Getsemaní, Pedro y Juan se armaron de suficiente coraje para seguir a Jesús al palacio del sumo sacerdote. Juan, que conocía la familia de Anas, consiguió que le dieran paso a él y a Pedro.
Pedro se unió con los siervos y los soldados alrededor de un fuego en el patio. Identificado como uno de los seguidores de Jesús, Pedro negó conocerlo, así como Jesús lo había predicho. Pedro completó su repudio con maldiciones y juramentos para probar la imposibilidad de su asociación con tal Hombre (ver Mar. 14:66-72; Luc. 22:55-58; Juan 18:24-28). ¡Qué advertencia para todos los que tienen confianza propia espiritual! Si hemos de confesar a Jesús en la hora de la prueba suprema, entonces tenemos que atender a sus palabras de advertencia para nosotros, y no derivarla a otros, como lo hizo Pedro, pensando que el juicio de Jesús era injusto (ver Mar. 14:27-34, 37, 38; Apoc. 3:14-21).
No encontramos una escena más intensa de la tragedia humana que la registrada en Lucas 22:59-62: Jesús mira a Pedro en el momento crucial de su tercera negación. "Mientras los juramentos envilecedores estaban todavía en los labios de Pedro y el agudo canto del gallo repercutía en sus oídos, el Salvador se desvió de sus ceñudos jueces y miró de lleno a su pobre discípulo. Al mismo tiempo, los ojos de Pedro fueron atraídos hacia su Maestro. En aquel amable semblante leyó profunda compasión y pesar, pero no había ira.
"Al ver ese rostro pálido y doliente, esos labios temblorosos, esa mirada de compasión y perdón, su corazón fue atravesado como por una flecha. [...] Una vez más miró a su Maestro, y vio una mano sacrílega que le hería en el rostro. No pudiendo soportar ya más la escena, salió corriendo de la sala con el corazón quebrantado".4
Por la mañana el Sanedrín -con la ausencia de sus miembros de buen carácter, que no fueron convocados- convino en ratificar la sentencia previa. Después de tratar a Jesús con una brutalidad peor que la anterior (ver El Deseado de todas las gentes, pp. 660, 661), enviaron a Jesús a la residencia de Pilato. Allí lo acusaron de oponerse al pago del impuesto a César (pocos días antes había enseñado lo contrario) y de ser un insurrecto inclinado a derrocar a César.
Pilato rápidamente descubrió la falsedad de estas acusaciones. Muy impresionado por el noble porte y la evidente inocencia de Jesús, deseó fuertemente liberarlo. Pero escuchando las protestas de la turba después que él habló de exonerar a Jesús, Pilato tomó una situación intermedia para apaciguar la ira mientras salvaba la vida de este Hombre. Bajo la mirada de Jesús, Pilato sintió el amor y la compasión a pesar de que su vida estaba sumida en el crimen y la desgracia. Deseaba evitar tener que decidir este caso, pero sentía que no podía desafiar a la turba.
Se necesitaba más que el conocimiento de la ley para ponerse del lado de Jesús. Se necesitaba el poder de Jesús para transformar la simpatía y atracción en una lealtad invariable. Esto le faltó a Pilato. Su amor por el honor y la posición terrenales pesaron más que su atracción hacia Jesús.
Pilato entonces buscó una salida. Jesús era galileo. Lo enviaría a Heredes, el tetrarca de Galilea. Este acto sanó una brecha antigua entre los dos gobernantes, estableciendo así una paz corrompida por la traición de ambos al honor. Heredes, que había decapitado a Juan el Bautista, estaba entonces en Jerusalén por la Pascua. Por mucho tiempo había deseado ver a Jesús, el obrador de milagros. Alegrándose de que Jesús estaba en su poder, Heredes lo interrogó personalmente delante de sus acusadores procedentes del Sanedrín.
Jesús rehusó responder a las preguntas de Heredes, a su altanera demanda de una demostración de sus poderes sanadores. Los acusadores de Jesús temían que él desplegara sus capacidades sobrenaturales. Pero no hubieran necesitado preocuparse, porque Jesús ministraba a los quebrantados de corazón que buscaban su bendición, pero no satisfaría la curiosidad de quienes querían tener una exhibición de milagros mientras pisoteaban su verdad.
La Palabra Viviente será muda sólo para los que rehusan persistentemente escuchar y obedecer. Enfurecido por el silencio de Jesús, Heredes encendió la violencia hacia el Prisionero. Jesús mansamente soportó los golpes, las burlas y los insultos de Heredes y sus soldados. En sarcástico repudio a su calidad de rey, ellos lo vistieron con un manto real y le rindieron burlona obediencia entre un golpe y otro. Pero algunos en la multitud, incluyendo a Heredes mismo, llegaron a estar convencidos de que el Hombre ante ellos era Dios. Calmada la ira de Heredes y comenzando a tener temor, envió a Jesús de nuevo ante Pilato sin confirmar la sentencia de muerte.
Una vez más estaba en manos de Pilato. El tenía temor de ser quien condenara a Jesús. ¡Si sólo pudiera librarlo sin arriesgar su propio futuro! Pero habiéndose apartado de la ley de lo recto, Pilato recurrió a tretas que destilaban injusticia. Declaró que haría azotar a Jesús y luego lo liberaría. Con este acto brutal él esperaba calmar la enemistad de la turba contra Jesús. En cambio, sólo avivó las llamas de su ira. Jesús anhelaba la salvación de Pilato, de modo que hizo un esfuerzo final para llegar a su corazón con la verdad. Mientras Pilato vacilaba, indeciso, un mensajero atravesó la muchedumbre con una carta de su esposa, que le rogaba que no tuviera nada que ver con ese Hombre justo, porque ella había sufrido mucho en un sueño por causa de él.
Pilato debió haber tenido que ver todo con ese Hombre justo. Debería haber estado junto a él como un aliado, un discípulo y un amigo. Pero el pragmatismo dominó a los principios. Al fin haría lo que el pueblo le pedía. Habiendo puesto a un lado el escudo de la justicia, Pilato llegó a ser arcilla en las manos de la turba endemoniada. Hizo esfuerzos para liberar al único Hombre que él había encontrado capaz de admirar y casi de reverenciar. Pero el amor al poder y la posición le impidió ser valiente en favor de la verdad. Así que declaró: "Habiéndolo examinado, no encuentro causal de muerte en él. ¡Contemplen a su Rey!"
Palabras correctas y verdaderas, pero habladas por uno cuya conciencia corrompida no sería fiel a su deber judicial o sus convicciones. En un esfuerzo final por despertar la simpatía de la turba en favor de Jesús, presentó al Salvador coronado de espinas, azotado, sangrante, y vestido con un viejo manto púrpura, y proclamó: "He aquí el Hombre". La inocencia y nobleza de Jesús brillaron a través de los daños infligidos a su rostro. Junto a él, Pilato puso al asesino Barrabás, en quien estaban estampados todos los rasgos de la criminalidad, aunque no tenía heridas. Tenía la intención de que la gente eligiera a Jesús en vez de Barrabás para ser liberado. Cuando no lo hicieron, Pilato pidió una palangana con agua para lavar simbólicamente sus manos de la culpa. Pero su conciencia quedaría manchada hasta la muerte. La aflicción de Jesús por nuestros pecados no puede ser lavada con un rito ni abandonada con palabras lindas. Nuestra respuesta a sus súplicas constituye nuestra inscripción sobre su cruz. ¿Es esa inscripción una evasiva trivial, o es reverente, una confesión de que sólo su sacrificio nos salva de la ruina eterna?
Todo lo que Jesús había sufrido hasta ese momento no era sino el preludio de su dolor final. Que el Espíritu nos fortalezca para marchar con él al Calvario y allí considerar su amor sufriente.
A través de toda la agonía de la traición, el arresto, la deserción, los juicios falsos, los insultos y las torturas diabólicas, Jesús permaneció calmo y firme. No tenía ningún pensamiento de venganza. Mientras mantenía en vista el glorioso resultado de sus trabajos, los incontables millones que serían redimidos por su sacrificio, y que sólo él podía salvar de este mundo culpable, Jesús se mantuvo firme en su derrotero, elevándose por sobre la injusticia, por sobre la vergüenza de su tratamiento, y de la angustia todavía mayor que lo esperaba en el Gólgota. Ese amor y valor gigantescos, mirado con reverencia, debe conquistar nuestro corazón, ganar nuestra lealtad y alienarnos del pecado.
"Sería bueno que cada día pasáramos una hora de reflexión repasando la vida de Cristo. [...] Debiéramos tomarla punto por punto, y dejar que la imaginación capte vividamente cada escena, especialmente las finales de su vida terrenal. Al contemplar así sus enseñanzas y sufrimientos, y el sacrificio infinito hecho por él para la redención de la raza, se fortalecerá nuestra fe, se avivará nuestro amor y llegaremos a estar más imbuidos con el espíritu que sostuvo a nuestro Salvador. [...] Todo lo que hay de noble y generoso en el hombre responderá a la contemplación de Cristo sobre la cruz".5
Referencias
1. Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 644.
2. Ibíd., p. 650.
3. Ibíd., p.657.
4. Ibid, pp.659,660.
5. ____, Testimonies for the Church, t. 4, p. 374.