

Para el 5 de Febrero del 2004
Era el momento del triunfo de Jesús. Sus admiradores se reunieron con él y lo saludan como el Rey de Israel. Montado en un pollino, bajaba de Betania hacia Jerusalén mientras la multitud aumentaba en número y en entusiasmo con palmas y gritos. Al dar una curva, llegaron hasta un mirador. Jesús se detuvo allí y contempló la ciudad y el templo, esplendente en el atardecer. La multitud miró el rostro de Jesús para ver señales de admiración y gozo. En cambio, vieron "sus ojos llenos de lágrimas, y su cuerpo estremeciéndose de la cabeza a los pies como un árbol ante la tempestad, mientras sus temblorosos labios prorrumpen en gemidos de angustia como nacidos de las profundidades de un corazón quebrantado. [...]
"Las lágrimas de Jesús no fueron derramadas porque presintiera su sufrimiento. [...] Su tristeza no era egoísta. El pensamiento de su propia agonía no intimidaba a aquella alma noble y abnegada. Era la visión de Jerusalén la que traspasaba el corazón de Jesús: Jerusalén, que había rechazado al Hijo de Dios y desdeñado su amor, que rehusaba ser convencida por sus poderosos milagros y que estaba por quitarle la vida. Él vio lo que era ella bajo la culpabilidad de haber rechazado a su Redentor, y lo que hubiera podido ser si hubiese aceptado a Aquel que era el único que podía curar su herida. Había venido a salvarla; ¿cómo podía abandonarla?"1
La semana final de Jesús es un tapiz de eventos que iluminan su misión, destinada a culminar con sufrimiento y gloria supremos. En esta semana de la Pascua, en medio de la tormenta amenazante, Jesús demostró el valor del amor abnegado en una escala más que épica. Sus palabras y acciones personificaban las verdades que son una ciudad de refugio para todos cuantos huyen a él por salvación.
Con un diccionario bíblico o ayudas similares, se puede obtener un bosquejo cronológico de los eventos de la vida de Jesús. Más o menos un tercio del material en los cuatro evangelios se ocupa explícitamente de la semana que termina con Jesús crucificado y resucitado. Una lectura combinada de los evangelios muestra un cuadro integrado de estos eventos.
Es útil tener un breve bosquejo de la "Semana de la pasión": del domingo o lunes antes de la crucifixión de Jesús hasta el domingo siguiente, cuando salió de la tumba. El cordero pascual debía ser muerto en la tarde del decimocuarto día del primer mes, que corresponde a comienzos de la primavera (ver Exo. 12:1-6; 34:18; Est. 3:7).
Contando los días de medianoche a medianoche para facilitar la comprensión, los puntos sobresalientes de la semana pueden ser bosquejados del siguiente modo:
Domingo (9 de Nisán): La entrada triunfal, la visita silenciosa de Jesús al templo, y el regreso a Betania, a 2,5 Km. al este de Jerusalén.
Lunes (10 de Nisán): La maldición de la higuera sin frutos y la segunda purificación del templo. Jesús sana a los afligidos allí y regresa a Betania por la tardecita.
Martes (11 de Nisán): El último día de Jesús en el templo; los creyentes griegos se encuentran con Jesús en el atrio exterior. Su último día de enseñanza pública, ayes contra la élite religiosa, retiro al Monte de los Olivos, y el discurso de Jesús allí sobre la segunda venida. Judas sella la traición con los sacerdotes esa noche.
Miércoles (12 de Nisán): Jesús en un retiro tranquilo con sus discípulos.
jueves (13 de Nisán): Preparación para la Pascua, la Cena del Señor, la traición de Judas, el discurso de-despedida de Jesús y su oración sumo sacerdotal por los discípulos, Getsemaní, y el arresto en el huerto. (Cuando ocurrieron los eventos después de la Cena del Señor erajueves de noche, ya el 14 de Nisán según la forma de contar de los judíos.)
Viernes (14 de. Nisán): Jesús es conducido ante Anas, luego ante Caifas, y ante el Sanedrín. Negación de Pedro; Jesús llevado ante Pilato, luego al palacio de Heredes, donde se burlan de él y lo maltratan, y de vuelta a Pilato, que procura en vano liberarlo. Es azotado, condenando y conducido para ser crucificado.
Durante esta semana, la mayor preocupación de Jesús era fortalecer a sus discípulos para afrontar la crisis con una fe inteligente. El quería que supieran que las vicisitudes que lo esperaban no aniquilaban su misión, sino que significaban el triunfo, y que sus sufrimientos no disminuirían su amor por ellos, sino que sanarían las fatales heridas del pecado (ver Juan 13:1; 15:7-20).
Es hora que todos lo sepan
En su procesión triunfal a Jerusalén, Jesús aceptó el homenaje porque había llegado el tiempo para que todos supieran que él era verdaderamente el Mesías y el Cordero pascual definitivo (ver Mar. 11:7-11; Luc. 19:29-40; Mat. 21:1-11). "Era su propósito [...] llamar la atención al sacrificio que había de coronar su misión en favor de un mundo caído. Mientras el pueblo estaba reunido en Jerusalén para celebrar la Pascua, él, el verdadero Cordero de Dios representado por los sacrificios simbólicos, se puso aparte como una oblación. Iba a ser necesario que su iglesia, en todos los siglos siguientes, hiciese de su muerte por los pecados del mundo un asunto de profunda meditación y estudio. Cada hecho relacionado con ella debía comprobarse fuera de toda duda. Era necesario, entonces, que los ojos de todo el pueblo se dirigieran ahora a él; los sucesos precedentes a su gran sacrificio debían ser tales que llamasen la atención al sacrificio mismo. Después de una demostración como la que acompañó a su entrada triunfal en Jerusalén, todos los ojos seguirían su rápido avance hacia la escena final".2
En la multitud reunida alrededor de Jesús había muchos que él había sanado y librado de la posesión demoníaca durante los últimos años. Sabiendo esto, los líderes religiosos ardían de envidia, malicia y furia. "Obliga a esta muchedumbre vulgar a silenciar sus aclamaciones", pidieron a Jesús. Pero él respondió con toda calma: "Yo les digo, si ellos callaran, las piedras de inmediato clamarían". Entrando en Jerusalén, Jesús miro al templo con su comercio impío. Luego se retiró a Betania.
Al día siguiente, Jesús regresó al templo y echó fuera a los cambiadores de dinero, mientras condenaba abiertamente todo el sistema comercial de los sacerdotes que habían desplazado la verdadera adoración y habían convertido el judaísmo en una caricatura de las verdades del evangelio enseñadas por los profetas. Los actos de Jesús abrieron el camino para que los parias y los incapacitados vinieran a él pidiendo sanidad y salvación, las verdaderas funciones para las cuales Dios había dado origen al templo y sus servicios con su efecto de permanente invitación (ver Mar. 11:11-19; Mat. 21:12-16; Isa. 56:4-8; Jer. 7:8-15).
¡Cuan terriblemente irónico era que los animales que simbolizaban el sacrificio de Jesús fueran vendidos por los sacerdotes con ganancias exorbitantes! De esta manera, estaban pisoteando las lecciones gloriosas del evangelio encarnadas en las ceremonias del santuario. Con dolor por esta atrocidad, Jesús ejerció su autoridad y limpió el templo del tráfico infame que había hecho de su casa de oración una cueva de ladrones. Otra vez los afligidos lo rodearon y recibieron su salvación y sanidad, "sin dinero y sin precio".
El martes de la semana fue el último día en que Jesús enseñó en público. Mientras él y los discípulos descendían del Monte de los Olivos para ir al templo, vieron la higuera que Jesús había maldecido. Su marchites representaba la condenación de Israel por su rechazo voluntario de Jesús como Mesías (ver Juan 15:22-25).
Sabiendo que Jesús había regresado al templo y que enseñaba a la gente, los principales sacerdotes se acercaron y le exigieron que les dijera con qué autoridad actuaba él. Al evadir la pregunta que les hizo Jesús acerca de la autoridad de Juan el Bautista, expusieron su traicionera duplicidad. Jesús les contó tres parábolas destinadas a advertirles de las consecuencias de su conspiración (ver Mat. 21:20-46; 22:1-15). El era un modelo de amor por sus enemigos: demasiado puro para excusar el pecado, y demasiado profundo para retener una súplica final. Muy conmovedor es su lamento por la Jerusalén descarriada y rebelde (ver Mat. 23:37-39).
Durante ese día, unos conversos griegos al judaísmo vinieron al atrio exterior buscando a Jesús. El aprovechó esta oportunidad para hablar de su sacrificio inminente y de la cosecha de gloria que resultaría (ver Juan 12:20-33). "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo", dijo él. Elena de White escribió que él estaba diciendo: "Si soy hecho propiciación por los pecados de los hombres, el mundo será iluminado. El dominio de Satanás sobre las almas de los hombres será quebrantado. La imagen de Dios que fue borrada será restaurada en la humanidad, y una familia de santos creyentes heredará finalmente la patria celestial. Tal es el resultado de la muerte de Cristo. El Salvador se pierde en la contemplación de la escena de triunfo evocada delante de él. Ve la cruz, la cruel e ignominiosa cruz, con todos sus horrores, esplendorosa de gloria.
"Pero la obra de la redención humana no es todo lo que ha de lograrse por la cruz. El amor de Dios se manifiesta al universo. El príncipe de este mundo es echado fuera. Las acusaciones que Satanás había presentado contra Dios son refutadas. El oprobio que había arrojado contra el Cielo queda para siempre eliminado".3
Después de abandonar el templo cuando atardecía, Jesús y sus discípulos ascendieron al Monte de los Olivos que domina a Jerusalén. Allí bosquejó los eventos que conducirían a su segunda venida y pronunció tres parábolas acerca del juicio, enfatizando así el resultado final de su sacrificio y la autoridad universal de su reino que triunfaría sobre las fuerzas del mal que seguirían luchando por la supremacía hasta el final del tiempo (ver Mat. 24; 25; Mar. 13; Luc. 21).
Después de un día de serena reflexión con Jesús, los discípulos hicieron los preparativos para la Pascua. Consciente de que él era el verdadero cordero pascual que sería sacrificado, Jesús deseó pasar las pocas horas que le quedaban con sus discípulos para darles consuelo e instrucción. Muy emocionantes son sus palabras: "¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!" (Luc. 22:15).
La principal preocupación de los discípulos era: "¿Quién es el mayor entre nosotros?" El orgullo congeló su espiritualidad y los cegó a la magnificencia de lo que estaba ocurriendo delante de ellos. Cada uno estaba jugando a ser un pequeño burócrata, cuando debían haber estado reuniendo lecciones acerca de las glorias soberanas y del amor abnegado. Para ayudar a disipar esta oscuridad de exaltación propia, Jesús lavó los pies de los discípulos en la cena de la Pascua (ver Luc. 22:24-34; Juan 13:1-25).
Inagotables son las lecciones de la Cena del Señor con respecto a la sustancia y el poder del nuevo pacto, las cualidades del verdadero discipulado, y la vitalidad de la cruz para alcanzar el triunfo completo según los propósitos del cielo como lo registra Efesios 1:3-23 y Colosenses 1:9-23. La Cena del Señor resume el evangelio en pocas expresiones, con Jesús que transforma la vida y da sus bendiciones. ¡Despertemos a su gloria, olvidemos las ventajas personales, renunciemos a la rivalidad y sumerjámonos en Jesús!
El divino medio de comunicación
Es esa última noche con sus discípulos, Jesús habló extensamente sobre la obra del Espíritu Santo, que sería su representante, el divino medio de comunicación de todos los beneficios que surgen de su sacrificio (ver Juan 14:16-18, 25-27; 15:26, 27; 16:12-15). La última voluntad de Jesús y su testamento registrados en lugares como Juan 14:1-3, 19-24; 15:7-17; y 16:22-24 y 33, todavía bendicen a quienes los contemplan.
"Al describir a sus discípulos la obra y el cargo del Espíritu Santo, Jesús trató de inspirarles el gozo y la esperanza que alentaba su propio corazón. Se regocijaba por la ayuda abundante que había provisto para su iglesia. El Espíritu Santo era el más elevado de todos los dones que podía solicitar de su Padre para la exaltación de su pueblo. El Espíritu iba a ser dado como agente regenerador, y sin esto el sacrificio de Cristo habría sido inútil. [...] El Espíritu es el que hace eficaz lo que ha sido realizado por el Redentor del mundo. [...] Cristo ha dado su Espíritu como poder divino para vencer todas las tendencias hacia el mal, hereditarias y cultivadas, y para grabar su propio carácter en su iglesia".4
Antes de su tormento en el Getsemaní, Jesús presentó a su Padre el pedido de que sus discípulos de todas las edades entraran en la unidad espiritual con él mismo, y que fueran llenos con el mismo amor que florece entre el Padre y el Hijo. Su oración de que todos los redimidos puedan morar con él para siempre revela la meta de su sacrificio. Este pedido debiera ser la luz guiadora para nuestra vida espiritual, porque plantea con claridad la plenitud del propósito de Dios para nosotros. ¡Qué necedad sería permitir que cualquier cosa interfiera con el cumplimiento de la oración intercesora de Cristo en favor de nosotros!
Jesús entró al Getsemaní con sus tres discípulos más íntimos y les dijo que oraran y velaran para que no entraran en tentación. Tres veces él oró a su Padre para ser librado del horror de la cruz si pudiera encontrarse algún otro camino para salvar a la humanidad, pero su sumisión a la voluntad de su Padre lo mantuvo en su camino al Calvario (ver Mat. 26:36-44; Mar. 14:32-42; Luc. 22:39-44; Apoc. 14:10).
Mientras Jesús suplicaba fuerzas para salvar al hombre perdido y culpable, la traición y deslealtad contra él estaba cobrando fuerza. Mientras Satanás procuraba desanimar a Jesús, Judas dirigía una banda de malhechores religiosos para arrestarlo.
El corazón de Jesús estaba tan profundamente atravesado con un dolor sobrenatural, que ya derramaba sangre aun antes de que los clavos del Gólgota mordieran su carne. El bebió la hiel de nuestra culpa para que pudiera damos el néctar de su inocencia y misericordia. Por nosotros él bebió la copa de la ira, para ofrecer en su lugar la copa de la reconciliación. Su plan de llegar a ser pecado por nosotros, hizo que su sufrimiento en el Getsemaní fuera casi insoportable (ver 2 Cor. 5:21 e Isa. 53:10). Pero me para que pudiéramos ser justicia de Dios en él. Su conocimiento lo fortaleció para pagar el alto costo de nuestra salvación. A menos que comprendamos lo odioso que es el pecado y la ira de Dios contra él, el sufrimiento vicario de Jesús será un enigma impenetrable.
"Mientras el Hijo de Dios se postraba en actitud de oración en el huerto de Getsemaní, a causa de la agonía de su espíritu brotó de sus poros sudor como grandes gotas de sangre. Allí fue donde le rodeó el horror de densas tinieblas. Pesaban sobre él los pecados del mundo. Sufría en lugar del hombre, como transgresor de la ley de su Padre. Allí se produjo la escena de la tentación. La divina luz de Dios desapareció de su vista y él pasó a manos de las potestades de las tinieblas. En su angustia mental cayó postrado sobre la tierra fría. Se percataba del ceño de su Padre. Había desviado la copa del sufrimiento de los labios del hombre culpable, y se proponía bebería él mismo, para dar al hombre en cambio la copa de la bendición. La ira que habría caído sobre el hombre recayó en ese momento sobre Cristo. Allí fue donde la copa misteriosa tembló en su mano. [...] "Comprendiendo el enojo de su Padre como consecuencia del pecado, desgarraba su corazón una agonía intensa y hacía brotar de su frente grandes gotas de sangre".5
Dios envió un ángel para fortalecer a Jesús de modo que pudiera ser nuestro Portador del pecado, todo por amor a nosotros, amor que no comprometerá un principio santo ni cancelará la justicia. Este es el amor derramado en torrentes de misericordia sin medida por nuestra redención. El amor que no nos soltará a menos que lo despreciemos por amor al pecado, y transformemos una oportunidad de oro en la escoria del rechazo.
1. Elena de White, Ei Deseado de todas las gentes, p. 528.
2. Ibíd., p. 525.
3. Ibíd, p. 579.
4. Ibíd, p. 625.
5. Elena de White, Testimonies to the Church, t. 2, pp. 203, 204.
Referencias
1. Elena de White, El Deseado de todas los gentes, p. 86.
2. ____, Hijos e Hijas de Dios (Florida, Buenos Aires: ACES, 1955), p. 223.
3. ____, Testimonies for the Church, t. 7, p. 221.
4. ____, El Deseado de todas las gentes, p. 384.
5. Ibid, p.389.
6. Ibid, p.. 503.