

Para el 29 de Enero del 2004
El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". (Juan 1:29). Aunque no conocía toda la significación de sus palabras, Juan las pronunció por inspiración del Espíritu. ¡Ciertamente este era el Rey de gloria! ¡Y pedía el bautismo de las manos indignas de Juan! Sin mostrar asombro ni falsa humildad, Juan declaró: "Yo necesito ser bautizado por ti".
Sin embargo, Jesús, nuestro Sustituto y Sacrificio vicario, dio los pasos que debe seguir el pecador arrepentido para ser ciudadano del reino (ver Mat. 3:13-17). Ante la insistencia de Jesús, Juan administró el rito que lo investía en forma oficial como el Mesías, una vocación que lo llevaría al Calvario. Por sus actos diarios, Jesús hizo que la justicia fluyera como un arroyo. Así cambió los desiertos de las vidas humanas en jardines de gracia.
Cuando Jesús salía de las aguas bautismales que representaban su muerte, sepultura y resurrección, el Padre proclamó: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (Mat. 3:17). En otras dos ocasiones el Padre repitió esta afirmación, con referencia a la agonía de su Hijo en el Calvario y al glorioso resultado de esa reunión con la muerte (ver Mat. 17:5; Juan 12:27-33). En un ministerio de tres años y medio, Jesús realizó actos de amor, enseñó la verdad y reveló la gracia con belleza inmortal. Ningún día de su vida fue estéril o frívolo, sin oración o perdido con evasiones tímidas o agrado de sí mismo. En su vida, la verdad nunca fue acallada, el amor y la misericordia nunca estuvieron ausentes. Sin rechazar a nadie, él atrajo a los agobiados hacia sí con cuerdas de amor. Los esfuerzos del mal nunca pudieron obstruir las bendiciones que él vino a traer, ni alterar la resolución de hacer del Calvario el camino a la salvación para todos los que buscan liberación.
Aunque muy gozoso, Jesús también fue el Varón de dolores, una paradoja del amor divino aplicada a nuestra salvación. "Como uno de nosotros, [Cristo] debía llevar la carga de nuestra culpabilidad y desgracia. El Ser sin pecado debía sentir la vergüenza del pecado. El amante de la paz debía habitar con la disensión, la verdad debía morar con la mentira, la pureza con la vileza. Todo el pecado, la discordia y la contaminadora concupiscencia de la transgresión torturaban su espíritu. [...]
"Sobre Aquel que había depuesto su gloria y aceptado la debilidad de la humanidad, debía descansar la redención del mundo. [...] De su brazo dependía la salvación de la especie caída".1
Nada podía distraer a Jesús de su blanco de buscar y salvar a los perdidos. Sabiendo que su obra en la tierra culminaría en el Calvario, con firmeza avanzó hacia esa meta, sostenido por el amor y la gracia del Padre, y su propio anhelo de redimimos.
Un precursor prometido
Por medio de Malaquías, Dios prometió que enviaría un precursor que prepararía el corazón de las personas para recibir al Mesías y llamaría a la gente al arrepentimiento. Juan el Bautista cumplió la profecía. Enfatizó que debemos tratar a todos como a hermanos. Resumió el mensaje moral de las Escrituras en la regla de oro (ver Mat. 7:12). Pero hizo mucho más que esto. Sólo un poder —Jesús revelado y recibido— podía eliminar la corrupción. Juan dejó en claro que el arrepentimiento y la remisión de pecados eran dones divinos que alcanzamos mediante el Cordero. El no dejó lugar para la inclusión de obras meritorias en la fórmula de la redención. Pasajes como Mateo 3:2, 6-12;
4:17; 7:13-23; y Juan 3:11-21, y 27-35, muestran que las palabras de Juan reflejaban las de Jesús y enfatizaban la necesidad de recibir el testimonio de Jesús en forma completa.
Las autoridades, enfurecidas por la fidelidad de Juan a la Palabra de Dios y a su voluntad, lo decapitaron. Jesús vinculó el martirio de Juan con su propio sacrificio inminente (ver Mar. 6:14-31; Mat. 7:10-14). El identificó a Juan con el Elías profetizado en Malaquías 4:5 y 6 (ver Mat. 17:11; comparar con Luc. 1:17).
La vida de Juan, repleta de lecciones para nosotros, fue caracterizada por la abnegación. Su ferviente amor a Jesús fue el secreto de su gran fortaleza e influencia espirituales. Nuestra vida y testimonio deben ser similares a los de él al magnificar el sacrificio expiatorio de Jesús. Contemplar al Cordero no es una invitación estática, sino es saturarse con el poder del evangelio. Es tener un compañerismo con Jesús que satisface, en cuya presencia la vida se transforma y los gozos eternos abundan. Es poseer la clave para toda pregunta moral o intelectual que reclama una respuesta. (Ver Apoc. 5:1-14; 7:13-17: 14:1;15:2-4).
"El sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en tomo a la cual se reúnen todas las otras. Para poder comprender y apreciar correctamente toda verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, deben ser estudiadas a la luz que fluye de la cruz del Calvario, en relación con la extraordinaria verdad central de la expiación efectuada por el Salvador. Los que estudian el maravilloso sacrificio del Redentor, crecen en gracia y conocimiento".2
La obra de Jesús en la tierra no debía deslumbrar a las personas con su esplendor y autoridad, sino debía buscar y salvar a los perdidos. El amor divino encarnado sanó a los enfermos y liberó a multitudes de la esclavitud de Satanás. La verdad salió de los labios de Jesús no como una teoría no probada, sino como un poder divino ejemplificado. Por esta razón "le siguió mucha gente de Galilea" y de las regiones más allá (Mat. 4:25).
"El vino a este mundo como el servidor incansable de las necesidades del hombre. En todo lo que hacía y decía manifestaba amor por la raza perdida. Vistió su divinidad con la humanidad para poder identificarse con los seres humanos como uno de ellos, y compartir su pobreza y sus tristezas. [...] Se lo podía ver entrar día tras día en las moradas humildes donde había necesidad y dolor, impartiendo palabras de esperanza al desalentado y de paz al afligido. [...] Humilde, benigno, tierno y compasivo, anduvo haciendo bienes, animando al deprimido y reconfortando al acongojado. Al acudir a él nadie salió sin haber sido ayudado. A todos trajo esperanza y alegría. Llevaba una bendición por dondequiera que iba".3
Siendo que su ministerio era de amor, ¿por qué los líderes religiosos y mucha gente rechazó a Jesús con un odio tan cruel? Es porque la naturaleza humana pecaminosa está bajo el control de Satanás; es hostil a Dios y odia la luz. No tolera las manifestaciones claras de la verdad (ver Juan 3:19-21; 15:17-25; Rom. 8:7).
Los que son nacidos según la carne persiguen a los que han nacido del Espíritu; la naturaleza carnal está opuesta al carácter y la voluntad de Dios (ver Gal. 4:29; Efe. 4:17-19). Las personas que se consideraban justas por sus méritos, se sentían condenadas por la vida de pureza y benevolencia de Jesús. Admitir su necesidad de un corazón nuevo habría desafiado su orgullo. Consideraban el llamado al arrepentimiento como una afrenta a su dignidad. Como Caín, decidieron silenciar la voz de reprensión y súplica, rechazaron la invitación compasiva del evangelio, y un resentimiento homicida hacia Jesús creció en su corazón (ver Rom. 2:4-8; 1 Tes. 2:15, 16). Hoy, como entonces, Satanás procura cegar a las personas para que no vean la belleza y la necesidad del evangelio (ver 2 Cor. 4:3, 4).
A pesar de toda la oposición hacia él, Jesús no se desanimó. El tenía la aprobación y el apoyo de su Padre. Todos los que deseaban la salvación del pecado dieron la bienvenida a sus palabras. Con valor moral rechazaron todo lo que era falso y malo. La verdad es sumamente atrayente, y no tiene ninguna complicidad con el engaño propio. Jesús dijo: "Bienaventurado es el que no halla tropiezo en mí" (Mat. 11:6). Sea esa también nuestra decisión.
Un bautismo de sangre
Hacia el final de su obra en la tierra, Jesús se refirió con frecuencia al bautismo de sangre que le aguardaba en Jerusalén. El deseaba que sus discípulos comprendieran lo que señalaba su crucifixión: no la derrota, sino el triunfo de su misión.
Pero los discípulos no entendieron que debe haber espinas antes del trono y una cruz antes de la corona. Tan preocupados estaban por quién sería el mayor, que cualquier mención que hacía Jesús de su sacrificio sacudía sus sueños de fama mundanal. En esta etapa su corazón "estaba endurecido" (Mar. 6:52; 8:17). En su ofuscación espiritual encontraron que la mención que hacía Jesús de la cruz era desconcertante.
La aparente falta de perspicacia de Jesús, su idealismo al rechazar oportunidades para tomar las riendas del poder político, ofendía a sus discípulos. "En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron" (Juan 1:10, 11). Verdaderamente, Jesús pisó solo el lagar del sacrificio, y de la gente ninguno estuvo con él (ver Isa. 63:3).
Los discípulos eran sinceros, tenían mucho que aprender, y también que desaprender, así como nosotros. Al acercarse el momento del Calvario, Pedro reconoció con seguridad que Jesús era el Mesías (ver Mat. 16:13-20). Jesús lo felicitó y afirmó que su Padre le había revelado esa verdad. Pero momentos más tarde, la gloria de esta escena se desplomó. Pedro reprendió a su Maestro por afirmar su decisión de ir a Jerusalén para morir a manos de hombres malvados. Jesús rápidamente le mostró el error de su protesta. "Pedro no deseaba ver la cruz en la obra de Cristo. La impresión que sus palabras hacían se oponía directamente a la que Jesús deseaba producir en la mente de sus seguidores, y el Salvador fue movido a pronunciar una de las más severas reprensiones que jamás salieron de sus labios: 'Quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; porque no entiendes lo que es de Dios sino lo que es de los hombres' ". 4
Pero en medio de las sombras descendentes, una gloria brillaría para los discípulos. Con Pedro, Santiago y Juan, Jesús fue a orar a un monte alto (ver Mat. 17:1-9). Allí buscó fuerzas de su Padre para consumar su misión. El sabía que sus discípulos no estaban preparados para la crisis. Sentían la oposición creciente de los líderes religiosos, recordaban la decapitación de Juan el Bautista, y con las advertencias de Jesús acerca de sus pruebas inminentes, un presentimiento llenó a los discípulos.
"El Salvador ha visto la tristeza de sus discípulos, y ha deseado aliviar su pesar dándoles la seguridad de que su fe no ha sido inútil. [...] Ahora, su principal petición es que les sea dada una manifestación de la gloria que tuvo con el Padre antes que el mundo fuese, que su reino sea revelado a los ojos humanos, y que sus discípulos sean fortalecidos para contemplarlo. [...]
"Su oración es oída. Mientras está postrado humildemente sobre el suelo pedregoso, los cielos se abren de repente [...] y una irradiación santa desciende sobre el monte, rodeando la figura del Salvador. Su divinidad interna refulge a través de la humanidad, y va al encuentro de la gloria que viene de lo alto. Levantándose de su posición postrada, Cristo se destaca con majestad divina. Ha desaparecido la agonía de su alma. Su rostro brilla ahora 'como el sol' y sus vestiduras son 'blancas como la luz' ".5
Moisés y Elías aparecieron y hablaron con Jesús "de su partida [griego, éxodos], que iba Jesús a cumplir en Jerusalén" (Luc. 9:30, 31). Ellos reconocieron la importancia del Calvario y vieron la muerte de Jesús como una conquista más bien que como una derrota aplastante.
Después que la luz sobrenatural se disipó y Moisés y Elías desaparecieron, Pedro expresó la sugerencia de que construyeran allí tres enramadas: una para Jesús, y otras para Moisés y Elías. Sin embargo, este evento no debía ser santificado con estructuras inertes sino con la entronización de la instrucción de Jesús en su corazón y su obediencia fiel a ella. Esta lección debe permanecer para siempre.
El último viaje a Jerusalén
Mientras Jesús se dirigía con sus discípulos en su último viaje a Jerusalén, les dijo claramente que "se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre", pues en ese lugar era donde sería "entregado a los principales sacerdotes y a los escribas y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará" (Luc. 18:31; Mat. 20:18, 19).
Esta revelación debería haber despertado el interés de los discípulos en las enseñanzas de los profetas con respecto a estos asuntos. Pero ellos "nada comprendieron de estas cosas [...] y no entendían lo que se les decía" (Luc. 18:34). Las palabras de Jesús fueron claras, pero sus propósitos estaban lejos de las expectativas de sus discípulos. Después de todo, Jesús les había ordenado que proclamaran que "el reino de los cielos se ha acercado", y les prometió que se sentarían en tronos como jueces de Israel (ver Mat. 19:27-30). Estimulados por esta promesa, Santiago y Juan, mediante Salomé, su madre, le pidieron a Jesús los lugares de más alto honor en su reino (ver Mat. 20:20-28; Mar. 10:35-45). Molestos por no haber hecho ellos ese pedido primero, los otros discípulos se resintieron por la audacia de ellos.
El pedido de Santiago y Juan tenía un fuerte sabor a egoísmo; no obstante, Jesús no los reprendió ni tampoco a su madre por codiciar honores tan incongruentes con su carácter y misión. En cambio, les señaló la copa que él estaba por beber y el bautismo con que él sería bautizado. Vagamente ellos sintieron su significado al afirmar su disposición a compartir sus sufrimientos. Numerosas lecciones los esperaban en el sendero del verdadero discipulado, pero ambos encontraron fuerzas; Santiago para soportar el martirio, y Juan para soportar una vida de trabajo y de persecución (ver Mar. 10:38, 39; 14:32-36; Luc. 12:50; comparar con Hech. 12:2; Apoc. 1:9; Fil. 3:10).
"El que estará más cerca de Cristo será el que en la tierra haya bebido más hondamente del espíritu de su amor desinteresado -amor que 'no hace sinrazón, no se ensancha... no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal'-, amor que mueve al discípulo como movía al Señor, a dar todo, a vivir, trabajar y sacrificarse, aun hasta la muerte, para la salvación de la humanidad".6
De todos los discípulos de Jesús, María Magdalena captó mejor su cita en el Calvario. Ella expresó el amor de su corazón leal al derramar el perfume de nardo y besos y lágrimas por los que no necesitaba pedir disculpas. La elocuencia sin palabras de su acto reverbera en la memoria mucho después que todos los votos jactanciosos han cesado de producir ecos. Si hoy tuviéramos más de la dedicación abnegada de María hacia Jesús, el aroma del evangelio saturaría al mundo así como el incienso del tabernáculo se mezclaba con la mirra del Paraíso.
Referencias
1. Elena de White, El Deseado de todas los gentes, p. 86.
2. ____, Hijos e Hijas de Dios (Florida, Buenos Aires: ACES, 1955), p. 223.
3. ____, Testimonies for the Church, t. 7, p. 221.
4. ____, El Deseado de todas las gentes, p. 384.
5. Ibid, p.389.
6. Ibid, p.. 503.