Brian Jones

 
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Grande es el misterio de la piedad

Para el 22 de Enero del 2004


 

 

Dos teólogos estaban debatiendo sobre la naturaleza de Cristo, y cada uno sostenía su propia posición e insistía que el concepto del otro era sacrílego. Finalmente, fueron juntos a visitar a un eminente erudito bíblico muy respetado. Después de presentar sus posiciones, uno de ellos preguntó: "Dr.___, ¿qué naturaleza poseía Cristo?" Mirando sus caras turbadas, él contestó: "[Para saber] exactamente de qué manera la naturaleza humana de Jesús se combinó con su naturaleza divina y cómo se mantuvo distinta, cómo fue tentado en todo como nosotros mientras no tenía ninguna propensión al pecado como nosotros... tendremos que esperar hasta estar en el cielo para que él nos revele estas cosas. Hasta entonces, acepto que Jesús fue lo suficiente semejante a mí como para ser mi Salvador, y lo suficiente diferente de mí como para no necesitar un Salvador. Entretanto, ¿no sería glorioso si este gran misterio de Dios nos diera un espíritu de bondad fraternal y consideración mutua aunque no veamos las cosas de modo idéntico?"

Lo que Cristo logró en su humanidad es la clave de nuestra redención. Satanás ha provocado que muchos hagan del "misterio de la piedad" un tema de contiendas y debate. Pero Cristo no está dividido, y no desea que su pueblo se separe por un tema tan sagrado. Sería mucho mejor entrar en este tema con las rodillas dobladas -como lo hicieron los pastores en Belén- más bien que con el intento de aniquilar la posición contraria.

No es bueno que nuestras convicciones acerca de la naturaleza de Cristo sean una prueba de la legitimidad y madurez de la experiencia de otros cristianos (ver Rom. 14:4, 8-13).*1 Las Escrituras no sólo prohíben juzgar a otros, sino que además advierten acerca de que hay misterios divinos que están más allá de nuestra comprensión; E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria (1 Tim. 3:16). Considerar también Romanos 11:33, 34 y 36.

Pablo, estimulado por el Espíritu, captó la encarnación y la expiación, y da mucha información acerca de este tema. Aunque él no comprendía plenamente la operación de la encamación, sabía que todo lo relacionado con ella era maravilloso y para nuestra redención.

 

Por qué, no cómo

De la encamación de Jesús, la Escritura revela las razones para ella, pero dice poco de cómo se combinaron su naturaleza divina y humana. Pablo dice; "Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él" (Col. 1:21, 22; la cursiva fue añadida). Este pasaje afirma el propósito de la encarnación de Jesús: él vino para ofrecerse como un sacrificio redentor por la humanidad caída. Él vino como nuestro Portador del pecado y Restaurador. "Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste un cuerpo. [...] Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad. [...] En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre" (Rom. 10:5, 7, 10).

"El Salvador compró a la raza caída con su propia sangre. Este es un gran misterio, un misterio que no será total y completamente comprendido en su magnitud hasta que la traslación de los redimidos tenga lugar. [...] Pero el enemigo está decidido a que este don esté envuelto en el misterio que llegue a ser insignificante. [...] Los misterios de la redención, incluyendo el carácter divino-humano de Cristo, su encarnación, su expiación por el pecado, podrían emplear las plumas y las facultades mentales más agudas de los hombreas más sabios a partir de ahora hasta que Jesús sea revelado en las nubes del cielo en poder y gran gloria. Sin embargo, aunque esos hombres pusieran toda su capacidad para tratar de ofrecer una representación de Cristo y su obra, la misma estaría lejos de la realidad".2

Jesús era "del linaje de David según la carne" (Rom. 1:3). "Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rom. 8:3, 4). Jesús condenó al pecado en la carne, para que nosotros vivamos —por su Espíritu- libres del pecado.

Las Escrituras dicen claramente que Jesús tomó sobre sí nuestra naturaleza humana, debilitada por la caída de Adán. Es claro que en un aspecto vital su naturaleza humana difería de la nuestra: él no tenía ninguna inclinación innata hacia el mal, como la tenemos nosotros. Aquí está la paradoja: él tomó nuestra naturaleza debilitada por el pecado, pero su carácter y sus inclinaciones no sufrieron la más leve tacha del pecado. Otra vez: ¿Por qué llegó a estar tan cerca de nuestra condición? En Hebreos 2:13-18 descubrimos que era para destruir el poder del diablo, liberamos de la esclavitud del pecado y de la muerte, reconciliamos de nuestros pecados y fortalecemos para tener la victoria sobre toda tentación.

Por medio de este sacrificio, ahora es nuestro Sumo Sacerdote en el cielo. Ya no está sujeto a la muerte, y realiza los salvadores consejos de su voluntad para hacemos inmortales. "Mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos [...] ofreciéndose a sí mismo" (Heb. 7:24-27).

La concepción sobrenatural de Jesús en el seno de María, hecha por el Espíritu Santo, fue el cumplimiento de la profecía de que "la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel", "que traducido es: Dios con nosotros" (Isa. 7:14; Mat. 1:23). El es el Hijo de Dios que vino para salvar a su pueblo de sus pecados y establecer su trono de justicia por la eternidad. Jesús vino a esta tierra para restaurar a la humanidad y unimos con Dios mediante lazos inquebrantables. La Palabra fue hecha carne y habitó entre nosotros, lleno de gracia y verdad, para que recibiéramos su plenitud y lleguemos a ser hijos de la gracia, entre quienes Dios tendrá su morada eterna en la tierra hecha nueva (ver Juan 1:13, 14-16; Apoc. 21:3, 4; El Deseado de todas las gentes, pp. .11-17).

El humilde nacimiento de Jesús estaba en armonía con su misión; él vino para salvar a todos, aun a los más débiles, despreciados y rechazados (ver Luc. 2:8-19; Isa. 57:15; 61:1-3; 66:2). Aunque nació en un establo, ángeles proclamaron su nacimiento, porque él era el Rey celestial que descendía en una misión regia para glorificar a Dios. "Jesús se propuso que ningún halago de índole terrenal atrajera a los hombres a su lado. Únicamente la belleza de la verdad celestial debía atraer a quienes le siguiesen. El carácter del Mesías había sido predicho desde mucho antes en la profecía, y él deseaba que los hombres le aceptasen por el testimonio de la Palabra divina".3

 

Un pasaje de las Escrituras de valor inestimable

En Filipenses 2:5-8 se destaca la unión de la humanidad y la divinidad de Jesús. Este pasaje afirma la realidad de esa unión sin definir cómo se logró. Dice claramente que Jesús, aunque plenamente igual al Padre, se desvistió de sus poderes divinos y tomó sobre sí la forma de un siervo, humillándose hasta la muerte por crucifixión.

Jesús afirmó que él no hacía nada separado de la voluntad de su Padre (ver Juan 5:30; 7:16, 17; 8:28, 29, 42). Él no dependió de su divinidad inherente para vencer la tentación, para obrar milagros, ni para hablar palabras de verdad. Más bien, fue sumiso para que el Padre hiciera esas obras en él y por medio de él. De este modo es nuestro Representante, porque no tenemos poder propio para vencer la tentación o para hacer las obras de Dios. Podemos alcanzar esas metas sólo gracias a la acción directa de Dios cuando hemos entregado nuestra vida a él (ver Fil. 2:12, 13; Heb. 1:1-3; 2:9-14; 1 Juan 3:5-9).

Como el segundo Adán, Jesús obtuvo la victoria donde nuestros primeros padres fracasaron y donde todos fracasamos. El hizo posible que seamos participantes de la naturaleza divina y que vivamos victoriosamente sobre todo pecado y tentación mediante la fe en su sangre expiatoria.

"¡Maravillosa combinación de hombre y Dios! El podría haber ayudado a su naturaleza humana a soportar los avances de la enfermedad poniendo en ella algo de su vitalidad divina y vigor indestructible. Pero él se humilló tomando la naturaleza del hombre. Lo hizo para que se cumpliera la Escritura; y el Hijo de Dios entró en este plan, sabiendo todos los pasos de humillación que debía descender para expiar los pecados de un mundo condenado y sufriente. ¡Qué humillación fue esa! Asombró a los ángeles. La lengua no puede describirla; la imaginación no puede captarla. ¡La Palabra eterna consintió en hacerse carne! ¡Dios se hizo hombre! Fue una humillación maravillosa".4

Lea las páginas 32 y 92 de El Deseado de todas las gentes, y considere las enormes desventajas de Jesús en comparación con Adán antes de su caída. La pregunta no es: "¿Qué ventajas tuvo Jesús con las que yo no fui dotado en forma natural?" Más bien es: "¿Qué ventajas vino Jesús a darnos mediante su encarnación, su vida victoriosa y su sacrificio redentor?" Él se vació a sí mismo en su encarnación para llenamos con la plenitud de la vida divina en nuestra regeneración.

Para vencer la tentación, Jesús dependió de la oración y de la Palabra de Dios, dándonos ejemplo (ver Mat. 4:1-11; Heb. 5:7-9). Se sometió al Padre para recibir poder para vencer. Al sometemos a Jesús y a su Palabra, podemos vencer de la misma manera (Juan 5:19, 20;

8:28). La naturaleza humana sin ayuda no puede resistir al diablo. Sin embargo, por la gracia de Jesús, dada a nosotros mediante su sacrificio, podemos llegar a ser vencedores sobre los poderes del mal (ver Rom. 8:1, 2, 31-39; Efe. 6:10-18). Si el poder de Jesús no nos fuera accesible, Satanás tendría dominio completo sobre nuestra naturaleza caída. Pero a todos los que tienen fe en su sangre, Jesús les da la fuerza necesaria para vencer.

"Como uno de nosotros, [Jesús] había de dar un ejemplo de obediencia. Para esto tomó sobre sí nuestra naturaleza, y pasó por nuestras vicisitudes. 'Por lo cual convenía que en todo fuese semejado a sus hermanos' (Heb, 2:17, VM). Si tuviésemos que soportar algo que Jesús no soportó, en ese detalle Satanás representaría el poder de Dios como insuficiente para nosotros. Por lo tanto, Jesús fue 'tentado en todo punto, así como nosotros' (Heb. 4:15, VM). Soportó toda prueba a la cual estemos sujetos. Y no ejerció en favor suyo poder alguno que no nos sea ofrecido generosamente. Como hombre, hizo frente a la tentación, y venció en la fuerza que Dios le daba. El dice: 'Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón' (Sal. 40:8). [...] Su vida testifica que para nosotros también es posible obedecer la ley de Dios".5

Jesús se desarrolló como ser humano de la misma manera que, bajo la bendición de Dios, se realiza la maduración humana de mente y cuerpo (ver Luc. 2:40, 51, 52; Fil. 2:6-8; El Deseado de todas las gentes, pp. 49-55). "Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley" (Gal. 4:4). Mediante la oración, el estudio de las Escrituras, la comunión con Dios y el cultivo de un espíritu de obediencia, Jesús desarrolló la belleza de carácter. El acredita a sus hijos todas las victorias que alcanzó, y nos da poder para vivir victoriosamente con su fuerza (ver  1 Cor. 10:13; Fil. 4:13).

Satanás sitió a Jesús desde su nacimiento hasta su crucifixión procurando hacerlo pecar, o para que abandonara su misión mediante el desánimo. Así, Jesús estuvo en el camino al Calvario no sólo al fin de sus días sino también durante toda su vida. "Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo; pero ese sufrimiento no empezó ni terminó cuando se manifestó en el seno de la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios".6

Probado más que nosotros

Jesús no tuvo ventajas sobre los hombres. Consideremos que...

"El perdón de los pecados no es el único resultado de la muerte de Jesús. El hizo el sacrificio infinito, no sólo para que él pecado fuese quitado, sino para que la naturaleza humana pudiese ser restaurada, re-embellecida, reconstruida desde sus ruinas y hecha idónea para la presencia de Dios".7 Es el propósito de Dios reproducir el carácter de su Hijo en cada creyente (ver 2 Cor. 3:17, 18). Este proceso de asimilación genuina se logra mediante la sangre del pacto eterno, no por obras de justicia que pudiéramos hacer o por aspiraciones morales que podríamos alcanzar (ver Tito 3:5-7; Heb. 13:20, 21).

En vez de afligimos acerca de nuestra salvación y aceptación por parte de parte de Dios, haríamos bien en contemplar los misterios y las maravillas de la redención y permitir que la alabanza eleve nuestra fe a nuevas alturas y a la plenitud del gozo (ver, por ejemplo, Sal. 32; 51; 64; 103). Captando la promesa del Mesías, David registró: "He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón" (Sal. 40:7, 8). La perfecta ley de amor llevó al Mesías a intervenir cuando surgió la crisis.

Por la magnificencia del evangelio, Pablo concluyó su gran tratado de Romanos con esta declamación: "Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre" (Rom. 16:25-27).

Si la rica realidad de esta experiencia entra en nuestro corazón, entonces el tema de la encamación de Cristo ya no será sólo un dogma discutido. En cambio, será una doxología persistente que nos apartará velozmente de nuestra condición pecaminosa para entrar en el reposo eterno en él, nuestra Fortaleza y Redentor.

 

 

 


 

Referencias

 

"Nunca dejen, en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción. Fue tentado en todo como el hombre es tentado, y sin embargo él es llamado 'el santo ser'. Que Cristo pudiera ser tentado en todo como lo somos nosotros y sin embargo fuera sin pecado, es un misterio que no ha sido explicado a los mortales. La encarnación de Cristo siempre ha sido un misterio, y siempre seguirá siéndolo. Lo que se ha revelado es para nosotros y para nuestros hijos; pero que cada ser humano permanezca en guardia para que no haga a Cristo completamente humano, como uno de nosotros, porque esto no puede ser" ("Comentarios de Elena de White", Comentario bíblico adventista (Florida, Buenos Aires: ACES, 1995), t. 5, pp. 1,102, 1,103). Ver también The Humanity of Christ: Selections From the Writings of Ellen G. White (Nampa, Idaho: Pacific Press, 1989).


 

 

 

 
 

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