

Para el 8 de Enero del 2004
Un inglés que había adoptado la ciudadanía de los Estados Unidos fue a Cuba al iniciarse la revolución cubana en 1867. Fue arrestado como sospechoso de ser espía y condenado a ser fusilado. El cónsul británico y el norteamericano se esforzaron por liberar a este hombre, pero sin éxito.
El día en que debía ser fusilado, fue llevado hasta frente a una tumba recién cavada, y le pusieron una capucha negra sobre la cabeza. Cuando los fusileros levantaron sus armas, los dos cónsules corrieron a extender las banderas de sus países sobre el condenado. Previendo que hacer fuego equivaldría a una declaración de guerra contra las naciones que envolvían al prisionero, el capitán cubano bajó su espada y se dio vuelta. Los dos cónsules llevaron al hombre a un lugar seguro e hicieron los arreglos para el regreso a su hogar.
Dos banderas aseguran nuestra salvación de la destrucción eterna: la palabra y la sangre de Cristo, que nos envuelven en un compromiso de redención. El Espíritu de Dios nos rodea con esas dos banderas (ver 1 Juan 5:4-13).
Desde la caída de Adán, el propósito de Dios ha sido restaurar la humanidad pecadora a la unidad consigo, y erradicar el mal. Lo realiza con la expiación, que ha extendido una protección maravillosa a todos, aun a los rebeldes.
Mucho antes de la cruz, el Señor reveló su plan de redención con tipos y símbolos destinados a hacer sentir a todos la extrema maldad del pecado y notar la profundidad del amor que movió a Dios a pagar el alto costo de nuestra salvación. A menos que entendamos por qué el pecado es un problema tan grande, no le daremos mucha importancia al plan de salvación.
La Escritura define el pecado como transgresión de la ley y una falta voluntaria de armonía con Dios (1 Juan 3:4; Neh. 9:26-29). El pecado no es una alternativa de la rectitud; es el enemigo de la verdad, la negación de la vida. Está opuesto a todo lo que da gracia, virtud y belleza a nuestra existencia. Arrastra a sus esclavos a una oscuridad rebelde, y a una determinación de apagar la luz de la verdad (ver Juan 3:19, 20; Efe. 5:6-13).
El pecado engaña y endurece el corazón, matando las "terminaciones nerviosas" de nuestra conciencia. Es un cáncer espiritual que destruye la salud y la felicidad de todo nuestro ser. Su influencia es degradante; su carácter, agresivo; su acción, destructiva; su legado, vergüenza; y su salario, la muerte. Lo peor de todo es que expulsa a Dios con hostilidad despiadada. Nos separa y aleja de él (ver Isa. 59:1, 2;
Efe. 4:18). Y todos por naturaleza estamos infectados con este virus moralmente fatal (ver Rom. 3:10-12, 23), que destruye todo lo que controla.
El pecado no es un juego ni una alternativa de la santidad. Esto puede parecer obvio, pero si es así, ¿por qué el mundo bromea acerca de él (ver Prov. 10:23; 14:9), como si fuera la salsa de la vida y un entretenimiento? La conducta pecaminosa, en lugar de la rectitud, es el tema de la mayoría de las canciones populares, los libros, las piezas de teatro y hasta de la conversación diaria.
Uno de los efectos del pecado es que impide que las personas reconozcan a Dios como su Creador, y las conduce a creer que existen por sí mismas y son naturalmente inmortales (ver Rom. 1:18-32). Pero dependemos totalmente de Dios para nuestra existencia.
Un Hijo prometido
Después de su expulsión del Edén, Adán y Eva mantuvieron contacto con Dios por medio de la adoración, esperando al Hijo prometido que destruiría la cabeza de la serpiente (de Satanás) a un gran costo (ver Gen. 3:15). La Escritura no da detalles acerca de los sacrificios que practicaron Adán y Eva. Pero indica que el sacrificio de corderos, como expresión de arrepentimiento y fe en el Mesías venidero, era una parte central de la adoración desde la caída. El orgullo de Caín y la idea de que no necesitaba un Salvador le impidieron ofrecer el sacrificio que Dios había designado. Con ello rechazó el evangelio de salvación por gracia (ver Gen. 4:1-8; Heb. 11:4; 1 Juan 3:11-15).
"Caín se presentó a Dios con murmuración e incredulidad en el corazón tocante al sacrificio prometido y a la necesidad de las ofrendas expiatorias. Su ofrenda no expresó arrepentimiento del pecado. Creía, como muchos creen ahora, que seguir exactamente el plan indicado por Dios y confiar enteramente en el sacrificio del Salvador prometido para obtener salvación, sería una muestra de debilidad. Prefirió depender de sí mismo. Se presentó confiando en sus propios méritos. No traería el cordero para mezclar su sangre con su ofrenda, sino que presentaría sus frutos, el producto de su trabajo. Presentó su ofrenda como un favor que hacía a Dios. [...] Caín obedeció al construir el altar, obedeció al traer una ofrenda; pero [...] omitió lo esencial, el reconocimiento de que necesitaba un Salvador".1
Caín es un ejemplo de la religión falsa: que los seres humanos pueden pasar por alto la expiación y depender de sus propios esfuerzos para la salvación. Caín "se sintió bien acerca de sí mismo", de modo que ¿de qué tenía que arrepentirse? El adoraría a Dios, pero a su manera. Caín podría agradecer a Dios por su generosidad, pero no reconocía culpa alguna, no tenía necesidad de un corazón nuevo ni del Cordero. Detrás de su piedad estaba el orgullo y la ira que lo llevó a matar a su hermano, cuyas sugerencias para que ofreciera el cordero pedido por Dios lastimaron su autoestima. Esta es la intolerancia hacia el evangelio que supura en el corazón amante del pecado. La conducta de Caín es típica del tratamiento que le da el mundo a Jesús y a sus seguidores, que le adoran en espíritu y en verdad.
Ha sido siempre cierto que sólo un remanente responde a los propósitos de Dios. Mientras el mundo se dedicaba a la iniquidad y a la violencia, Noé y su familia adoraban a Dios. El primer acto de Noé al salir del arca después del diluvio fue ofrecer sacrificios al Señor (ver Gen. 8:20). La mayoría de los descendientes de Noé, aunque no todos, entró en una religión apóstata e idolátrica (ver Gen. 11). Entonces Dios llamó a Abrahán, cuyo corazón estaba inclinado hacia él, para que fuera el progenitor de los fieles. Lo condujo de Ur de los Caldeos a Canaán, donde, alejado de la influencia pagana, él y su familia pudiera cultivar una relación más profunda y pura con Dios (ver Gen. 12-14).
Dios reveló a Abrahán la gloria del sacrificio que él haría (ver Gen. 15:1-17).2 El paso de Abram por en medio de las mitades divididas de los animales sacrificados simbolizaba el medio por el cual podemos obtener acceso a Dios. Le reveló que la cruz del Mesías es el camino de la redención.
Pablo escribió que el evangelio fue predicado a Abrahán (ver Gal. 3:8). Esto no es un anacronismo ni un pensamiento ilusorio. Para todos los corazones que anhelan la verdad, el evangelio eterno ha iluminado la historia de la tierra. Abrahán es llamado el padre de los fíeles (ver Rom. 4:11; Gal. 3:7) no porque fuera genéticamente superior, sino porque él abrió su corazón a Dios y a la gloria de su sacrificio.
Dios favoreció a Abrahán con la más clara revelación del Calvario otorgada a los mortales. Le pidió que sacrificara a su único hijo, el heredero (ver Gen. 22:1-14). La Escritura revela que la fe de Abrahán en el poder de Dios de resucitar a su hijo de los muertos lo fortaleció para obedecer ese mandato (ver Heb. 11:17-19).
Mientras Abrahán e Isaac subían el monte Moría, Isaac, perplejo, preguntó: "He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?" Abrahán respondió: "Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío", revelando su captación del evangelio. Y la cooperación de Isaac con la misión de su padre revela la profundidad de su percepción espiritual y su compromiso con Dios.
En esta alegoría de fe actuada, Dios estaba ilustrando la gran verdad del evangelio: que su Hijo unigénito moriría por los pecados del mundo. Antes que Abrahán consumara el sacrificio, Dios le proveyó el camero como sacrificio en lugar de Isaac.
Para conmemorar los maravillosos sucesos de ese día, Abrahán llamó al lugar donde ocurrieron esas cosas, Jehová-jireh. Moría significa "Dios instruirá", y Jehová-jireh ofrece un significado doble: "Dios verá" y "Dios proveerá".
¿Qué podría ser más instructivo que estas lecciones del evangelio dadas por Dios? ¿Qué provisión mayor podría haber hecho Dios que dar a su Hijo unigénito?
Casi mil años más tarde, el templo de Jerusalén fue construido sobre el monte Moria (2 Crón. 3:1), cerca del Calvario. Estas ubicaciones y eventos revelan la continuidad del propósito divino. El Calvario siempre ha estado en el centro del corazón de Dios.
De la esclavitud
De Abrahán surgió la nación hebrea. Aunque fueron resistentes -como el mundo hoy llamado cristiano lo hace con su reinterpretación de la verdad que complace los sentidos (ver Heb. 2:4; Luc. 18:1)-, Dios guió a los israelitas con la luz del evangelio. Dios proveía evidencias claras de que los estaba dirigiendo de la esclavitud hacia la Tierra Prometida, pero ellos murmuraron en forma incesante contra el liderazgo de Moisés por causa de las dificultades que sentían por el camino. Su espíritu ingrato daba lugar al aumento de las pruebas (ver Éxo. 14:10-14; 15:22-24; 16:2-4; comparar con 1 Cor. 10:10-13).
Dios no ocultó su presencia de ellos, ni retuvo su amor o su verdad. El los colmó diariamente de beneficios. Pero la incredulidad cubría su corazón, oscureciendo la gloria del carácter de Dios. De este modo su vida fue un desierto y una rutina, en lugar de una tierra de corrientes vivas y de gozo radiante.
El pecado ha infectado a la raza humana con la disposición petulante y agria de Satanás. El amor de Dios a menudo se abre paso en nuestra vida en medio de obstáculos que construimos nosotros mismos con el descontento y la incredulidad. Satanás nos tienta a tratar a Dios como a un igual o a un inferior, a quien debemos castigar por la forma en que nos trata. Esa terquedad hiere a otros, ciega nuestro corazón y mata nuestro amor a Dios.
Sólo unos pocos días después que los israelitas cruzaron el Mar Rojo, acusaron a Moisés y Aarón de llevarlos al desierto para morir de hambre. En otro milagro sin precedentes, Dios hizo llover maná del cielo para su sustento diario. Entonces se quejaron de que Dios no les daba agua para beber y consideraron la posibilidad de apedrear a Moisés por llevarlos al desierto para morir. En lugar de castigar a esos amotinados, Dios indicó a Moisés que golpeara una roca en Horeb. Cuando lo hizo, fluyó agua fresca en abundancia (ver Exo. 17:1-7; Sal. 78:15-17).
Estos eventos históricos son lecciones del evangelio (ver Juan 7:37-39; 1 Cor. 10:1; Isa. 11:9; 12:3, 4; 32:1, 2). Jesús es la Roca herida de la cual fluye el agua de vida, y nosotros, conductos para irrigar a este mundo espiritualmente reseco con el agua de la vida. De nuestras casas, de nuestras iglesias y de nuestras comunidades él desea que "corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo" (Amos 5:24).
Vivimos después de la cruz y del Pentecostés. ¡Cuánto más avanzada debería estar nuestra fe y fidelidad que la del antiguo Israel! 3 Dios quiere que nuestra vida diga: "Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente" (Apoc. 22:17). Para ello, debemos ejercitar el espíritu de hospitalidad y de benevolencia. Bebamos de Jesús de modo que fluyan de nuestro interior ríos de agua viva (ver Zac. 13:1; Juan 19:33-35; 1 Juan 5:4-8).
El ejemplo de Moisés recalca la lección de que los que aman a Dios deben ser pacientes y longánimes. Si para promover reformas, reprendemos al pueblo de Dios, ¿no estaremos golpeando la roca? No usurpemos la autoridad de Dios para castigar y corregir a los que yerran (ver Núm. 20:9-13; Sal. 106:32, 33; Heb. 12:13-15; 1 Ped. 1:14-21). Los siervos de Dios deben declarar todo su consejo, pero deben hacerlo con mansedumbre y temor, para no oscurecer la gloria del carácter de Dios y exhibir, en cambio, la dureza de la justicia propia de Satanás (ver 2 Tím. 2:24-26).
Durante la larga peregrinación de Israel por el desierto, Dios en su misericordia los protegió de las serpientes venenosas y de los escorpiones que abundan allí. Preservó su salud y vitalidad, y les dio agua y alimento en abundancia, los condujo en su viaje y los protegió de las tribus hostiles. Sin embargo, la gente ardía con descontento. La base era el resentimiento contra la santa vocación de Dios para ellos como nación (ver Sal. 78:10, 11, 33-42). Ellos no sentían más placer por la verdad de Dios que por el maná. Mientras sus pies se movían hacia la Tierra Prometida, su corazón avanzaba hacia la perdición. Aunque el evangelio les fue predicado, pocos se beneficiaron con él porque no lo recibieron con fe.
Serpientes venenosas
Para despertar al pueblo de su peligro, Dios quitó su mano protectora por un corto lapso y permitió que serpientes venenosas los atacaran. Su mordedura fatal afectó a muchos israelitas. Ahora el pueblo se dio cuenta de su pecado y sus quejas injustas. Dios le indicó a Moisés que fundiera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un poste. Todas las víctimas de las mordeduras que miraban con fe este símbolo eran milagrosamente sanados (ver Núm. 21:4-8).
"Sabían que no había virtud en la serpiente misma, sino que era un símbolo de Cristo; y se les inculcaba así la necesidad de tener fe en los méritos de él. [...] Así también puede el pecador mirar a Cristo, y vivir. Recibe el perdón por medio de la fe en el sacrificio expiatorio. En contraste con el símbolo inerte e inanimado, Cristo tiene poder y virtud en sí para curar al pecador arrepentido".4
Jesús le explicó a Nicodemo que esta serpiente de bronce prefiguraba su propio sacrificio en el Calvario (ver Juan 3:14-16). ¡Qué imagen sorprendente! Que Jesús tomara el aspecto del diablo, que tuviera que morir a manos del diablo la muerte que la serpiente merece. Jesús murió por nosotros, de modo que por el antídoto de su gracia nos transforma en santos y nos hace participantes de la naturaleza divina. Este intercambio era brutalmente injusto para Dios. No obstante, Dios no está amargado por el costo. Miremos a Jesús el Autor y Consumador de nuestra fe, quien por el gozo puesto delante de él soportó la cruz, despreciando la vergüenza. ¡Miremos y vivamos!
Cuando los israelitas hicieron un ídolo de la serpiente de bronce que por siglos se había guardado en el santuario, el rey Ezequías la destruyó (ver 2 Rey. 18:1-6). No es la cruz misma lo que debemos reverenciar, sino al Salvador crucificado y resucitado. Que el Señor nos dé la gracia para distinguir entre una adoración sentimental de la cruz y una respuesta genuina a Aquel que fue entregado por nuestras ofensas y resucitado para nuestra justificación. Él cargó nuestros pecados sobre la cruz para que nosotros pudiéramos vivir para la justicia.
El Antiguo Testamento contiene muchos otros anticipos de la cruz. Por ejemplo, la ceremonia con la cual Israel se preparó para su éxodo de la esclavitud enfatizó la necesidad de una dependencia completa de la sangre de Jesús. Lo mismo fue el esparcir sangre sobre el libro y el pueblo en el Sinaí, y como también las ciudades de refugio contra los vengadores de la sangre (ver Exo. 12:1-28; 24:1-8; Núm. 35:11-32; Deut. 19:1-13). El plan de salvación corre como un hilo escarlata a través de todos los tipos, los ritos y las costumbres de la vida y la adoración del antiguo Israel. Cristo y su sacrificio salvador son la llave que abre los misterios del Antiguo Testamento, y forman la piedra angular del puente que conecta las edades de la revelación divina del Paraíso perdido al Paraíso restaurado.
Desde las puertas del Edén, Dios reveló progresivamente el plan de salvación e informó que Jesús, el Cordero del sacrificio, es el único camino a la redención. A pesar de la ignorancia voluntaria y la oposición satánica, esta revelación brilló con claridad creciente hasta que relució en todo su poder en el Calvario.
Referencias
1 Elena de White, Patriarcas y profetas (Florida, Buenos Aires: ACES, 1985), p. 59; ver también las pp. 58-62.
2 Ver también lbid.,p. 131.
3 Ver lbid.,pp. 439-445.
4 lbid. ,pp.457,458.