
La luz del Cordero para siempre

Para el 26 de Marzo del 2005
En una reunión con sus generales, Napoleón señaló un lugar en el mapa que tenían delante y dijo: "Caballeros, si no fuera por este punto rojo aquí, Europa sería mía". Ese punto rojo era Inglaterra, el país que estaba entre él y el dominio absoluto de Europa. Y si no fuera por el punto rojo llamado Calvario, Satanás estaría libre para ejercer su dominio mortal sobre este mundo. Pero el día llegará cuando su imperio caerá con un estruendo de trueno. La declaración triunfante de Jesús en el Calvario: "Consumado es", abre las puertas de la victoria para todos los que entrarán en el cielo por el corredor de sus heridas.
“¡Tetélesmai!" "¡Consumado es!" Esta frase de triunfo nos asegura que el pecado, esa fuerza completamente repulsiva e ilegítima, será borrada del universo. El Calvario desenmascaró la brutalidad salvaje del régimen de Satanás. También revela la resolución indomable de Dios de conquistar el pecado y la muerte, aunque significara dar a su Hijo para cargar con nuestros pecados y morir nuestra muerte. Este maravilloso intercambio es la mayor maravilla del amor. Por medio de su muerte, Jesús conquistó la muerte; por llegar a ser el Portador de nuestros pecados, llegó a ser el Vencedor, mientras no incurría en ninguna pérdida de su honor regio en esa empresa, cargada como estaba de odio y angustia más allá de toda medida.
El Calvario también garantiza que la justicia prevalecerá, y que cada injusticia será rectificada, cada mal será remediado y la restauración será completa. Desde los campos de batalla saturados de sangre, y los lúgubres rincones de los campos de muerte; de las naciones donde el látigo del despotismo ha deshumanizado a las masas; de los hogares donde la crueldad ha aplastado el amor, el grito a menudo ha surgido:
"¿Dónde está Dios?" ¿Intervendrá alguna vez la justicia divina? ¿Enfrentará el mal su día de juicio y de erradicación? La respuesta siempre es: "Dios está aquí. El se interesa. En todas nuestras aflicciones él es afligido. La justicia dominará, el amor triunfará finalmente y en forma completa".
Sin embargo, antes que podamos ser liberados del mal que está afuera, debemos ser librados del mal que está adentro. Jesús, el evangelio encarnado, realiza esta labor de liberación. Si recibimos su verdad, ella nos liberará y preparará para su reino. El terminará en nosotros la gloriosa obra que comenzó, perfeccionando lo que respecta a nosotros (ver Fil. 1:6; Sal. 138:8). Con innegable justicia él pondrá fin al reino de las tinieblas de modo que no se levante más (ver Nah. 1:9; Eze. 21:25-27).
Entretanto, debemos contar con la misericordia de nuestro Dios como su salvación (ver 2 Ped. 3:15; Luc. 18:1-8). Es para beneficio de la humanidad que Jesús demora su retorno. Dios nunca está desligado ni se demora. Su concentración es completa; sus acciones, perfectamente a tiempo. No es un dueño ausente sino un soberano activo, que abarca toda la historia humana de extremo a extremo, y más allá, hasta el nuevo comienzo que espera a sus redimidos. El rescata a todos los que desean la salvación del brutal reinado del pecado.
Hay muchos en nuestro mundo que están cansados de hacer el mal. Disgustados por su propia injusticia, anhelan la pureza y la paz pero no tienen idea de dónde buscarla. A todos ellos Dios los está atrayendo hacia sí con cuerdas de amor. Otros se deleitan en la violencia. La ira ha vuelto su corazón en un rumoroso volcán listo para entrar en erupción. Hay otros que son emocionalmente fríos como el hielo, sin esperanza o Dios en su vida. En medio de toda esta confusión, surgen falsos mesías -tanto religiosos como políticos- por todas partes. Prometen redención mientras ellos mismos son esclavos de la corrupción y el orgullo. Jesús predijo estas condiciones (ver Mat. 24:6-12).
Sólo la gracia divina mantiene a este degenerado mundo sin destruirse a sí mismo. La miseria y brutalidad humanas no pueden cargarse a Dios: más bien revelan lo que ocurriría en una escala mucho mayor si Dios no estuviera presente para frenar la locura humana mientras él realiza con toda habilidad y amor la obra de la redención.
"El Salvador anhela manifestar su gracia e imprimir su carácter en el mundo entero. Es su posesión comprada, y anhela hacer a los hombres libres, puros y santos. Aunque Satanás obra para impedir este propósito, por la sangre derramada para el mundo hay triunfos que han de lograrse y que reportarán gloria a Dios y al Cordero. Cristo no quedará satisfecho hasta que la victoria sea completa, y él vea 'del trabajo de su alma... y será saciado' ".1 En ocasión de su regreso, llevará al cielo a todos aquellos en cuyo corazón la verdad salvadora del evangelio ha hallado una recepción bienvenida. Estos son la cosecha inmortal del Calvario.
Mensaje a una civilización moribunda
Dios envía un mensaje que produce esta cosecha antes del fin del tiempo: el triple mensaje de Apocalipsis 14:6-12. Es el evangelio eterno que Jesús ha decretado que sea proclamado en todo el mundo como testimonio a todas las naciones antes de que venga el fin. Su amor encuentra caminos para presentar la historia de la redención por sobre el estrépito de una civilización en sus estertores de muerte. No todos serán salvos, pero Dios otorga a cada uno abundantes oportunidades para recibir su verdad y gracia salvadoras. Esta es su voluntad suprema, que nada puede distorsionar. Aun el dispositivo más complejo y activo de las fuerzas que prepara Satanás no pueden interceptar la revelación de la verdad y el amor de Dios a cada corazón humano. La voluntad de Dios no está sujeta a contraórdenes. Aquí la voz suplicante de Dios a toda la humanidad alcanza la culminación de su crescendo.
La tríada de mensajes de Apocalipsis 14 contiene palabras de invitación y de advertencia, hábilmente entretejidas para lograr su máxima efectividad en un mundo atontado por el engaño. Estos mensajes no presentan ningún compromiso con el mal, ni una verdad diluida para adecuarse al disgusto moderno por doctrinas sólidas. Dios los ha diseñado para ser el antídoto universal para toda especie de error, pecado y desorden que ha invadido la experiencia humana desde la caída de Adán. Es una medicina fuerte que no nos atrevemos a diluir, que presenta la verdad tal como es en Jesús, sin pedir disculpas ni presentar ambigüedades.
Jesús y todo el cielo están decididos a que el evangelio produzca beneficios a cada receptor dispuesto, mientras Satanás se esfuerza por sabotear el evangelio, conservando algunos elementos pero alterando y eliminando otras partes aquí y allá. Esto genera confusión doctrinal y discordia en el mundo cristiano (ver Gal. 1:6-8). No obstante, el triple mensaje divino está diseñado para guiarnos a la completa revelación de la verdad bíblica, porque nada en las Escrituras es irrelevante con respecto al evangelio. El Dios que nos ha dado el evangelio también nos ha dado todo lo demás en la Biblia. El no recarga su Palabra con cosas irrelevantes. Por esto Jesús dijo: "No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mat. 4:4). Ninguna verdad doctrinal existe como una entidad separada. Toda la verdad está arraigada y cimentada en amor, y Dios es amor, un amor que fue demostrado con incomparable plenitud en la cruz.
El último mensaje de Dios a la humanidad está diseñado para llamamos de regreso al consejo de Dios, que irradia totalmente la luz salvadora del Calvario. Más allá de toda duda, la cruz es la llave del tesoro de las inescrutables riquezas de Cristo (ver Isa. 22:22, 23). Borren la cruz de las Escrituras o pónganla en un rincón como un artículo auxiliar, y la Biblia perderá su fuerza como la historia de la salvación. Dejaría de tener la coherencia que surge de una fuerza integradora única de supremo valor.
"El sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en tomo a la cual se reúnen todas las otras. Para poder comprender y apreciar correctamente toda verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, deben ser estudiadas a la luz que fluye de la cruz del Calvario, en relación con la extraordinaria verdad central de la expiación efectuada por el Salvador. Los que estudian el maravilloso sacrificio del Redentor, crecen en gracia y conocimiento".2
De acuerdo con esto, el mensaje del primer ángel: "Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas", nos llama a volver a honrar a Dios en sus propios términos y recibir la luz completa de su Palabra, que proyecta las riquezas y la plenitud de sus propósitos salvadores concentrados en el sacrificio de su Hijo.
En vez de ser un elemento que nos quita la certeza o contrario al evangelio, la proclamación del juicio de Dios enfatiza la certidumbre de que cada persona receptiva es beneficiada con la gracia salvadora de Dios. En su juicio, Dios vindica su nombre, su pueblo y la plena eficacia del evangelio, en el cual la justicia y la misericordia, la ley y la gracia, obran juntas sin fallas. Estas cualidades se equilibran y ninguna desplaza a la otra. Al mismo tiempo, el juicio de Dios expone la hipocresía y la maldad de quienes han actuado engañosa o cruelmente en su nombre (ver Dan. 7:9-25). Su juicio clarifica problemas que Satanás ha procurado oscurecer, y pone todo en orden.
En su juicio, Dios no tiene razón para avergonzarse. El juicio ofrece a todas las mentes razonadoras una revelación imparcial, examinada y verificada de la gloria del evangelio en sus realizaciones. En el juicio previo al advenimiento y en el juicio final después del retomo de Jesús, "toda cuestión de verdad y error en la larga controversia quedará entonces aclarada. A juicio del universo, Dios quedará libre de toda culpa por la existencia o continuación del mal. Se demostrará que los decretos divinos no son accesorios al pecado. No había defecto en el gobierno de Dios, ni causa de desafecto".3
Un segundo ángel añade en su proclama la caída de "Babilonia", el nombre apocalíptico para el falso cristianismo. Este mensaje condena el evangelio falsificado y las fuerzas que apoyan la sanción de un sábado espurio; un movimiento que resume la adoración basada en las obras de la carne. Ebria con los falsos conceptos que unen la Iglesia con el Estado, Babilonia transforma el escenario del mundo en una tragicomedia de seudo adoración y ardiente persecución de los no conformistas. En lugar de abandonar sus propias ideas y obras, Babilonia promueve doctrinas de demonios y teorías humanas. Su estructura es un engaño agresivo fortalecido con milagros poderosos tomados de todas las religiones no bíblicas en los últimos días, haciendo de ella "habitación de demonios, y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible" (Apoc. 18:2; compárese con Eze. 22:24-31). De allí, el llamado: "Salid de ella, pueblo mío" (Apoc. 18:4).
Satanás se ha infiltrado en la iglesia y no sólo ha tenido éxito en teñir el cristianismo con creencias falsas, sino que también ha enseñando a sus líderes a no hacer casi ninguna diferencia entre lo sagrado y lo profano, induciendo a los feligreses a considerar a sus pastores como autoridades supremas con respecto a las doctrinas bíblicas. Cuánto contrasta esto con la afirmación de Pablo acerca de los creyentes fieles de Efeso: "[Vosotros estáis] edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu" (Efe. 2:20-22; compárese con Hech. 20:27-32).
Mil trompetas marciales
El mensaje final de advertencia de Dios en Apocalipsis 14:9-12, y ampliado en Apocalipsis 18:1-5, resuena como mil trompetas marciales, y se esfuerza por despertar a la humanidad del fatal hechizo del error, su despreocupación por la verdad, sus esperanzas huecas y delirantes. Jesús murió para redimimos de nuestros pecados, cuyo salario es la muerte. El desea que ninguno perezca sino que todos se arrepientan. Esto explica la intensidad y severidad, y el apasionado énfasis del anuncio del tercer ángel. Su contenido trasmite el indescriptible horror de la segunda muerte, una tribulación que, hasta aquí, sólo experimentó Jesús. El sufrió esto en la cruz como nuestro Sustituto de modo que nosotros no tuviésemos que probar ni una gota de la ira sin mezcla de misericordia, y mucho menos, que bebería entera.
Este mensaje, que representa la última súplica del Cielo, urgente y llena de amor, exalta al Cordero de Dios contra el trasfondo de una destrucción ardiente, porque él está entre nosotros y ese fondo, listo para perdonar nuestros pecados y eliminarlos, y es una advertencia para hacernos volver de nuestra carrera a la ruina. El suplica: "Miren mi amor demostrado en el Calvario. No sufran las agonías de la segunda muerte con su separación final de Dios, que yo ya suporté por ustedes. Yo triunfé sobre el pecado y la muerte de modo que mi victoria pueda ser la vuestra. Por ustedes bebí la copa de la ira divina. Ahora les presentó en su lugar la copa de la salvación. Beban y vivan" (ver Rom. 11:22,33).
El Calvario constituye una prueba de que si el pecado pudiera seguir su curso, intentaría destruir a Dios y está implacablemente opuesto a sus caminos de amor, pureza y justicia. El pecado plenamente desarrollado es malo y cruel; no es una mera incomodidad o un desvío en el sendero del progreso. El Calvario ofrece redención a los pecadores, pero no un refugio o racionalización en favor del pecado (ver Gal. 2:17).
Dios habla en serio del severo castigo, y nos hace preguntarnos: "¿Qué es el pecado que provoca tanto la ira de Dios?" La respuesta nos viene de la Escritura Sagrada: "El pecado es la transgresión de la ley" (1 Juan 3:4). Darse cuenta de esto, grabarlo sobre la conciencia por el poder del Espíritu Santo, conducirá a multitudes a reconocer que el Decálogo, incluyendo el sábado, no fue abrogado en el Calvario, sino que está en pleno efecto eterno. Ellos verán que el plan de salvación no fue diseñado para liberarnos de la obediencia a la ley de Dios sino de la desobediencia a ella, y que este plan no nos salva por la ley, sino exclusivamente por la gracia divina aplicada a los corazones arrepentidos y renovados por la bondad de Dios.
Para los perdidos, el mensaje final de Dios es el clamor angustiado del amor no correspondido, el crescendo sostenido de una despedida anhelosa y renuente, que es como un eco, y amplifica las palabras de despedida de Jesús a su amada ciudad: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta" (Mat. 24:37, 38). Es la pregunta punzante y escrutadora: "¿No se conmueven cuantos pasan por el camino? Miren, y vean si hay dolor como mi dolor que me ha venido, en el día que cargué la ira divina por ustedes, para que puedan recibir mi redención y gozarse en ella".
Visto bajo esta luz, el mensaje del tercer ángel es una trompeta de amor. En su nota sonora de seguridad, el versículo final del mensaje suena con la majestad celestial de un himno compuesto en el cielo: "Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc. 14:12). El evangelio de Dios presenta este resultado claro y sin componendas a los corazones de su pueblo. Ellos se encontrarán sin irritación o méritos propios, pero en la belleza de la santidad, saturados con el amor y la gracia divinos. Su vida demuestra que, mediante la cruz del Calvario, Dios ha provisto todo lo necesario para llevamos a la unión con él y con los demás. Somos completos en él.
"Mediante la cruz podemos saber que el Padre celestial nos ama con amor infinito. ¿Debemos maravillarnos de que Pablo exclamara: 'Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo' (Gal. 6:14)? Es también nuestro privilegio gloriarnos en la cruz, entregamos completamente a Aquel que se entregó por nosotros. Entonces, con la luz que irradia del Calvario brillando en nuestros rostros, pondremos salir para revelar esa luz a los que están en tinieblas".4
Como los apóstoles en Pentecostés, los que reciben el mensaje de Dios serán bendecidos con el derramamiento final del Espíritu Santo, quien magnifica la verdad y la autoridad de la Palabra de Dios en el rico contexto del sacrificio expiatorio de Jesús (ver Ose. 6:1-3; 10:12; Zac. 10:1; 12:9-14; 13:1; Hech. 2). De este modo multitudes serán llevadas a una relación salvadora con Jesús en cumplimiento de su promesa: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo".
Junto con la proclamación del evangelio, el pueblo de Dios hará las obras de compasión que Jesús les ha encargado que hicieran en este mundo arruinado por el pecado. Multitudes saldrán alegremente de Babilonia para dar la bienvenida a Cristo y su justicia a su corazón y para unirse abiertamente al fiel remanente de Dios (ver Isa. 48:20; Joel 2:23-32; Apoc. 18:1-5). Los que entregan el mensaje final de Dios y caminan en su luz lo proclamarán no con lobreguez sino con gozo, porque el gozo de Dios es su fortaleza, inspirando a muchos a salir valientemente de la oscuridad y a caminar en la maravillosa luz de la verdad impopular de Dios.
Todos los que adhieren al verdadero evangelio afrontarán persecuciones similares en espíritu y en intensidad a lo que Jesús sufrió en favor de nosotros. Pero el Cordero retomará en gloria para detener en forma culminante este intento de holocausto y a recibir a sí mismo a todos los que se han lavado en su sangre y fueron santificados por su verdad. Todos los rebeldes que vivan entonces perecerán por el brillo de su aparición (ver Apoc. 7:9-14; 2 Tes. 1:6-10; 2:8).
Vida nueva para la humanidad
En última instancia, la cruz no es una historia de muerte, sino de una vida nueva para la humanidad, una vida segura para el universo, una vida que sobreabunda en paz, pureza, amor y todo atributo de nuestro bondadoso Dios, que vive para otorgar abundantes bendiciones sobre su creación. Esta vida fue comprada —difícilmente podemos decirlo demasiado a menudo- al costo de la muerte voluntaria de Jesús. El murió no para que la muerte sea eterna en llamas de furia, sino para conquistar y abrir las puertas de la vida para que todos puedan entrar. Jesús ha quitado "la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio" (2 Tim. 1:10).
¡Qué gloriosa abolición! Por virtud de la muerte y resurrección de Jesús, el último enemigo que será destruido es la muerte. Si acariciamos este pensamiento, entonces nuestra muerte no será una perspectiva atemorizadora, y la muerte diaria al orgullo será dulce y deseable. Jesús vive para siempre, y él tiene "las llaves de la muerte y del Hades" (Apoc. 1:18). El declara: "Porque yo vivo, vosotros también viviréis"; "Yo soy la resurrección y la vida" (Juan 14:19; 11:25). Este es el consuelo del evangelio. Los que desprecian su amor y verdad renuncian a esta excelsa bendición. Pero ninguno necesita dejar de recibir el amor por la verdad que salva el alma; la elección es enteramente nuestra.
Todos los redimidos en el cielo apreciarán altamente que obtuvieron la ciudadanía real sólo por los méritos salvadores del sacrificio de Jesús. Nunca esta verdad parecerá repetida u obsoleta, ni declinará la gratitud a Jesús por su sacrificio. Los redimidos nunca se cansarán de afirmar: "Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén". "Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos" (Apoc. 1:5, 6; 5:13). La alabanza al Cordero saturará el universo en una polifonía de adoración cuyo fervor no se abatirá ni su esplendor se desvanecerá.
"La cruz de Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante toda la eternidad. En el Cristo glorificado contemplarán al Cristo crucificado. Nunca olvidarán que Aquel cuyo poder creó los mundos innumerables [...] se humilló para levantar al hombre caído; que llevó la culpa y el oprobio del pecado, y sintió el ocultamiento del rostro de su Padre, hasta que la maldición de un mundo perdido quebrantó su corazón y le arrancó la vida en la cruz del Calvario. El hecho de que el Hacedor de todos los mundos, el Arbitro de todos los destinos, dejase su gloria y se humillase por amor al hombre, despertará eternamente la admiración y adoración del universo. Cuando las naciones de los salvos miren a su Redentor y vean la gloria eterna del Padre brillar en su rostro; cuando contemplen su trono, que es desde la eternidad hasta la eternidad, y sepan que su reino no tendrá fin, entonces prorrumpirán en un cántico de júbilo: '¡Digno, digno es el Cordero que fue inmolado, y nos ha redimido para Dios con su propia preciosísima sangre!'
"El misterio de la cruz explica todos los demás misterios. A la luz que irradia del Calvario, los atributos de Dios que nos llenaban de temor respetuoso nos resultarán hermosos y atractivos. Se ve que la misericordia, la compasión y el amor paternal se unen a la santidad, la justicia y el poder. Al mismo tiempo que contemplamos la majestad de su trono, tan grande y elevado, vemos su carácter en sus manifestaciones misericordiosas y comprendemos, como nunca antes, el significado del apelativo conmovedor: 'Padre nuestro'.
"Se echará de ver que Aquel cuya sabiduría es infinita no hubiera podido idear otro plan para salvamos que el del sacrificio de su Hijo. La compensación de este sacrificio es la dicha de poblar la tierra con seres rescatados, santos, felices e inmortales. El resultado de la lucha del Salvador contra las potestades de las tinieblas es la dicha de los redimidos, la cual contribuirá a la gloria de Dios por toda la eternidad. Y tal es el valor del alma, que el Padre está satisfecho con el precio pagado; y Cristo mismo, al considerar los resultados de su gran sacrificio, no lo está menos".5
Mirando el Calvario, ¿cómo podemos dudar del amor de Dios o del poder de su salvación? Es nuestro privilegio contemplar este tema incomparable con frescura revitalizada cada día. Dios ha tomado la cruz, ese emblema de crueldad, y lo transformó en un cetro de gracia que nos extiende una misericordia y verdad inmensurable, poder efectivo y gloria inexhaustible, pues la cruz es el eje moral sobre el cual gira el universo. "Su gloria cubrió los cielos, y la tierra se llenó de su alabanza. Y el resplandor fue como la luz; rayos brillantes salían de su mano, y allí estaba escondido su poder" (Hab. 3:3, 4). Esos brillantes rayos añaden lustre a la corona de cada santo; iluminan la santa ciudad, la Nueva Jerusalén, con la inextinguible luz de la regia ley de Jesús y su amor redentor (ver Apoc. 21:23, 24). "Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (Apoc. 5:13).
Referencias
1 Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 768.
2 _____, Hijos e hijas de Dios, p. 223.
3 _____, El Deseado de todas las gentes, p. 40. Ver también Sal. 9:6-16; Apoc. 15:3, 4.
4 ______, Los hechos de los apóstoles, p. 173.
5 _____, El conflicto de los siglos (Florida, Buenos Aires:
ACES, 1993), pp. 709, 710.