Brian Jones

 
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La cruz triunfante

Lección 12

Para el 19 de Marzo del 2005


 

El amor del Calvario transforma nuestra vida de una tensa búsqueda a una enérgica peregrinación que avanza en un sendero seguro al cielo. La Escritura recuerda a los creyentes que los mueve "la esperanza [que] no avergüenza", "la cual [la esperanza] tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo" (Rom. 5:5; Heb. 6:19). Sin embargo, es extraño que el poder del Calvario es poco más que una metáfora para muchos que se llaman cristianos. Por eso su vida espiritual es tibia.

Tal era el caso de un joven ministro talentoso de la Iglesia Anglicana, Henry Lyte. Erudito, poeta y diligente, él descubrió su bancarrota espiritual un día cuando un colega ministro yacía muy enfermo y lo llamó para que lo animara. Lyte tenía cerca de 30 años, y era un poco mayor que su amigo enfermo. Se sintió totalmente insuficiente para esta ocasión, y no sabía qué debía decir cuando fuera a verlo. Para su alarma, ambos ministros descubrieron que no tenían una experiencia personal del evangelio; todo era teoría académica para ellos. Admitieron el uno al otro que eran extraños a la gracia salvadora de Dios, y decidieron estudiar intensamente el plan de la salvación.

Mientras ellos estudiaban, su corazón fue refrescado por la historia de la salvación. Durante los meses siguientes, la cruz de Jesús llegó a ser una realidad luminosa para ambos. Entonces la palidez de la muerte desapareció del joven ministro, y se olvidó de morir. En su lugar, se levantó de su lecho para iniciar un gran reavivamiento en su distrito. Y lo mismo hizo Henry Lyte, cuyo himno, "Jesús, mi cruz yo he tomado", surgió de esta experiencia.

Cuando permitimos que el Espíritu Santo nos conduzca a la cruz, experimentamos un cambio enorme: el yo cae muerto ante los pies sangrantes de Jesús. Su bondad y sacrificio voluntario nos llevan a un arrepentimiento pleno y más profundo de nuestros pecados. Y vitalizados por el amor perdonador de Dios, tenemos una vida nueva en él. "Una mirada fija en el Salvador elevado sobre la cruz hará más para purificar la mente y el corazón de toda contaminación de lo que pueden hacerlo todas las explicaciones científicas de las lenguas más hábiles".1

Por la revelación del carácter de Dios en la cruz seremos llenos con el "espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales. [...] y juntamente nos resucitó y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Efe. 1:17-20; 2:6).

Esto no es una excitación artificial, ni una forma hiperbólica de misticismo, sino la realidad y el poder del evangelio. En la vida del creyente, la gracia de Jesús está entretejida en cada fase del desarrollo del carácter, en cada acción, en cada relación.

Pero todos somos muy frágiles. Estamos familiarizados con la vergüenza de no representar correctamente a nuestro Señor ante otros. Nos rendimos a sentimientos, pensamientos y actos egoístas. Nuestro problema principal no son los genes heredados o las condiciones desfavorables para el desarrollo del carácter cristiano: es la ceguera a las grandiosas implicaciones y el poder de la cruz. Necesitamos estar irrevocablemente crucificados con Jesús; entonces no vacilaremos. Es la cruz de Jesús la que da el lugar adecuado a la mente humana, tanto ahora como en la gloria futura.

El pueblo redimido, parado en el monte Sión con el Cordero, es elevado a la más alta eminencia que alguien pudiera ocupar. No coloca la cruz abajo en el valle de la historia antigua ni en un horizonte distante envuelto en la neblina de la nostalgia que se desvanece. Más bien, se da cuenta de que todo lo que el Calvario significa está inmortalizado en el Cordero, cuyo amor reconciliador brilla a través de sus siervos en actos de bondad e himnos de alabanza. Los seguidores del Cordero no ven la cruz como algo adjunto a la experiencia cristiana, sino como su eje, su norma, su causa principal, su poder que todo lo abarca. "Sin la cruz, el hombre no podía tener unión con el Padre. De ella depende toda nuestra esperanza. De ella brilla la luz del amor del Salvador y cuando al pie de la cruz el pecador mira hacia arriba a Aquel que murió para salvarlo, puede alegrarse con plenitud de gozo; porque sus pecados son perdonados. Arrodillado con fe ante la cruz, ha alcanzado el lugar más elevado que el hombre puede alcanzar".2

El verdadero desarrollo del carácter

La cruz aniquila todo egocentrismo mientras promueve el verdadero desarrollo del carácter. Capacita a quienes están llenos con su poder a ser agencias trasparentes por medio de los cuales puede obrar el amor atrayente de Dios. La unidad mental, que es el fruto de enfocar la cruz, nos libera para vivir para la gloria de Dios. Jesús afirmó que la fuerza impelente que trascendería el tiempo y la cultura, castas y credos, es la cruz. "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo", dijo Jesús (Juan 12:32). Jesús dijo estas palabras en su último día en el templo, en la presencia de los prosélitos griegos que vinieron a él en busca de la verdadera iluminación. Su conversación le confirmó que su sacrificio no sería en vano (ver Juan 12:20-33). Por el gozo que fue puesto delante de él -el gozo de librar a multitudes, en todo el mundo, de la esclavitud del pecado y reunidos consigo mismo y con el Padre- él obtuvo nuevo valor para soportar la cruz, "menospreciando el oprobio" (Heb. 12:2). "Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra" (Sal. 22:27).

Pero el poder atractivo de la cruz se extiende mucho más allá de este pequeño mundo. Se irradia por todo el universo, haciendo que el corazón de los seres no caídos quede eternamente a prueba de dudas y de rebelión, al revelarles las riquezas de la misericordia y la verdad de Dios, su justicia y su paz. "Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz" (Col. 1:19, 20; ver también Efe. 1:7-10). Las Escrituras exhiben la cruz del Calvario no tanto por su aspecto homicida como por su poder que imparte vida. Jesús "fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación" (Rom. 4:25). "Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida" (Rom. 5:10).

La gloria de la cruz es la que anima a los ángeles en su misión de servir como ministros a los herederos de la salvación. Es el poder invencible de la cruz la que sostuvo a los testigos terrenales de Dios a través de las épocas, permitiéndoles enfrentar el fuego, las mazmorras, la espada y el frío de la indiferencia y el desprecio humanos. Corazones de hielo se derriten misteriosamente y se vivifican por el poder de la cruz que arde en la vida de los fieles testigos de Dios. Realmente, "la cruz se levanta sola; [es] un gran centro en el mundo. No encuentra amigos; los hace. Crea sus propios instrumentos. Cristo se ha propuesto que los hombres lleguen a ser colaboradores con Dios. Hace de los seres humanos sus instrumentos para atraer a los hombres a sí mismo".3

Ejemplos vivientes del amor del Calvario, un amor que no teme, no desmaya y persevera: estos son los verdaderos testigos de Dios que trabajan con el poder de Pentecostés. Thomas Vincent (1634-1678) fue un testigo así, y con él varios centenares de colegas en el ministerio. Todos fueron expulsados de sus pulpitos durante la infame Acta de Uniformidad de 1662 en Inglaterra, que prácticamente dejó fuera de la ley a todo grupo protestante fuera de la Iglesia Anglicana. Los clérigos más consagrados de Inglaterra fueron convertidos en fugitivos, forzados a trabajar en secreto para Dios y su pueblo.

Los soldados del rey constantemente irrumpían en las reuniones de los protestantes independientes que se celebraban a pesar de la prohibición. Los pastores y los feligreses eran apresados por igual y privados de sus propiedades. Algunos fueron deportados como esclavos a las colonias inglesas. Entretanto, las tabernas -muchas eran prostíbulos apenas disimulados— proliferaban en los pueblos y el campo. Londres se hundió en las profundidades de la inmoralidad y la religión llegó a ser la burla de las masas. Comedias obscenas atrajeron a multitudes a los teatros, noche tras noche, mientras las iglesias que no se conformaban al Acta permanecían cerradas, y a las iglesias aprobadas por el Estado asistía poca gente.

Entonces algo terrible sucedió. A comienzos del verano de 1665 se desató una plaga en Londres, aumentando en fuerza durante los siguientes meses. Las víctimas generalmente morían uno o dos días después de contraer la terrible enfermedad. Miles sucumbían cada semana, y el terror se apoderó del populacho. Muchos ministros designados por el gobierno huyeron a la seguridad del campo, abandonando los púlpitos de Londres. Pero los habitantes de la ciudad, hasta entonces reacios a las preocupaciones espirituales, ahora acudían en masa a las iglesias. En respuesta al clamor general por predicadores, los ministros no conformistas salieron de las sombras de la oscuridad y del exilio. Ahora nadie desafió su derecho a predicar.

Thomas Vincent, un ministro no conformista de 31 años de edad, que había sido expulsado de su parroquia por el edicto real de 1662, estaba en Londres durante el año de la plaga. En su libro God’s Terrible Voice in the City [La terrible voz de Dios en la ciudad] describe la calamidad, dando énfasis a los efectos espirituales que tuvo sobre la gente. Demasiado modesto para mencionar su actividad en la ministración a las víctimas de la plaga y los que buscaban la paz, Vincent describe la obra de sus colegas pastores que fueron para atender a los feligreses abandonados.

El dice cómo predicaban cada día, por turno, sin rivalidad o sectarismo, porque las iglesias estaban llenas con desesperados buscadores a toda hora. La predicación de estos ministros era sencilla y directa; no hicieron esfuerzos para que cada sermón fuera una pieza del arte retórico. Sus palabras volaban como flechas del arco de Dios para alojarse en los corazones humanos. Sus mensajes estaban llenos de convicción y del poder pentecostal, que exaltaba los méritos del sacrificio de Jesús y la eficacia de su evangelio para sanar el alma de la más fatal de todas las plagas; el pecado. Tal predicación raramente se había escuchado antes en Londres.

Estos ministros no tenían temor de proclamar todo el consejo de Dios. Ninguna sílaba de adulación o frivolidad ensuciaba sus mensajes, pero las multitudes, con hambre de la verdad, venían en cantidad a las iglesias. Las decisiones hechas por Jesús eran tan numerosas que cada día había una cosecha pentecostal. Dios estaba en esto, obrando por medio de hombres consagrados alcanzando a la gente cuya conciencia había sido sacudida. Claramente, el amor del Calvario fue la fuerza impulsora detrás de las labores de estos ministros. Si Vincent y sus colegas predicadores no hubieran conocido íntimamente a Jesucristo y a él crucificado, hubieran huido junto con los ministros nominales a lugares más seguros, y hubieran dejado a las multitudes que bajaran a la tumba sin Cristo.

Pero ni la brevedad del tiempo ni la cortedad de la vida debería ser la motivación principal que nos lleve a Jesús, sino que la atracción de su carácter debería ser suprema. Pero el amor de Dios por nosotros es demasiado grande para desdeñar nuestra carrera hacia él pidiendo liberación aun bajo el estímulo del temor egoísta. Si se lo permitimos, él transformará nuestros temores camales en temor de Dios, que es "el principio de la sabiduría" y "manantial de vida para apartarse de los lazos de la muerte" (Prov. 9:10; 14:27; ver también 14:26; 19:23).

El poder del nuevo pacto

Esto nos lleva al corazón y centro del poder penetrante del sacrificio de Jesús: el poder del nuevo pacto. Este es el fruto más rico de la cruz, que es un árbol de vida para todo el que participa de su oferta. Uno puede dominar mil hechos acerca de la cruz, pero el principal beneficio para nosotros es salvamos del pecado y damos la justicia eterna (ver Dan. 9:24-26). En la Ultima Cena Jesús reveló a sus discípulos que el nuevo testamento (el nuevo pacto) era sellado con su sangre, cuyos méritos salvadores hemos de internalizar por fe (ver Luc. 22:19, 20).

En Hebreos 8:10-12 y 10:16 y 17, Pablo nos recuerda los elementos operativos del nuevo pacto. En los versículos que rodean esos pasajes él deja en claro que este pacto es el producto directo del sacrificio de Jesús en favor de nosotros, y que nuestro acceso a este pacto es por medio de la confesión y la apropiación de ese sacrificio. Es una tela de verdad magníficamente integrada: mediante su sacrificio sustitutivo, Jesús no sólo nos acredita la justicia que nos falta, sino que además hace posible que lleguemos a ser, por la fe, participantes de su justicia, depositarios vivientes de su naturaleza moral como la definen los Diez Mandamientos. Además, recibimos el perdón completo de todo pecado y un acceso constante y directo a Dios por medio del Espíritu Santo. Nada falta para que nuestro compañerismo y unión con Dios sean completamente restaurados. "La misma esencia del Evangelio es la restauración".4

La cruz nos abre un sendero de victoria progresiva sobre todo pecado. Al viajar por la vida en compañía de Jesús, se despiertan nuevos pensamientos, motivos y sensibilidades. Así vamos de fe en fe, de gracia en gracia, de gloria en gloria. En él, nuestro corazón está unido para reverenciar su nombre en todos los aspectos de la vida.

Aprendemos a respetar cada palabra alegremente, y procuramos gracia para ser iluminados con todo su consejo y andar en armonía con toda su voluntad en la aplicación de la verdad eterna. Antes de la cruz, Pedro se sintió libre para reprender a Jesús por sus supuestos conceptos errados acerca de ciertos asuntos vitales, tales como la necesidad de ser crucificado y la inestabilidad de la lealtad de Pedro hacia él. Pero después de la cruz, los propios juicios de Pedro llegaron a ser muy humildes, y su concepto de la Palabra de Dios lo hizo reverente y sumiso. Nunca más se sintió en libertad para juzgar en forma crítica cualquier cosa que Dios habló, sea por medio de Jesús o de sus apóstoles y profetas (ver 1 Ped. 1:22-25; 2:1-3; 2 Ped. 1:16-21; 3:15-18; Gal. 2:11-17).

Como Pedro, y como seguidores del Cordero, aprendamos a no despreciar ninguna de las palabras de Dios como si no fueran esenciales. En lugar de leer su Palabra y dejar a un lado aquellas partes que son desagradables a nuestras inclinaciones naturales, diremos: "Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. A dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová, Dios de los ejércitos. Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar. Me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor" (ver Jer. 15:16; Sal. 81:13-16).

Los hijos del pacto desearán logros más elevados y fuentes más profundas que el Señor da a su pueblo, cuyo corazón corre hacia él en respuesta a su amor atractivo (ver Cant. 1:4). Ellos no preguntan: "¿Cuál es la norma mínima que debo alcanzar?", sino: "¿Cómo puedo vivir de modo que Cristo sea magnificado en mi cuerpo ya sea en vida o en muerte, y que todo lo que haga sea agradable delante de él?" Cuando consideremos todo el consejo de Dios como para nuestro bien en vez de una restricción de nuestras libertades o la eliminación de nuestros placeres, entonces conoceremos los gozos del verdadero discipulado y la dulzura de los vínculos del pacto con nuestro Dios. Experimentaremos el poder de la verdad que nos hace libres en un compañerismo sin sombras con un Señor con quien tenemos cada vez mayor intimidad (ver Sal. 16:11; Juan 8:32-36).

Uno de los privilegios del pacto es tener acceso directo a Dios en todo tiempo. Nadie necesita esperar en fila; ninguno tiene que presentar una solicitud para una entrevista futura. La sangre de Jesús es el pasaporte que obliga a los demonios a retirarse con temor, y habilita a los ángeles leales para conducimos con seguridad a la presencia del Señor de día o de noche. "Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe" (Heb. 10:19-22).

Jesús quiere que nos valgamos de su gracia más a menudo y con más intensidad de lo que lo hacemos. Le duele cuando descuidamos vaciar nuestro corazón delante de él. La autora y filántropa Julia Ward Howe, en un esfuerzo por conseguir justicia para un hombre gravemente perjudicado, le escribió a un senador de su país detallándole el caso y suplicando su interposición. Sabiendo de su reputación como humanitario, ella creyó que tomaría una acción efectiva. La breve respuesta que recibió fue: "Querida Srta. Howe: Estoy tan ocupado con los planes para beneficiar a la raza que no tengo tiempo para los individuos". Divertida y molesta por esta pieza de altivez, Julia pegó en su libro de recuerdos la nota del senador y debajo escribió: "Cuando al fin tuvimos noticias de él, nuestro Maestro no había llegado a su altura".

Julia, una cuidadosa estudiante de las Escrituras, sabía que el Salvador vive siempre para interceder por nosotros. "Todo el que a mí viene, no le echo fuera". Mientras no procuremos su ayuda para atender nuestros pecados y egoísmo, él será nuestro Abogado para otorgarnos cualquier cosa que pidamos de acuerdo con su voluntad, que siempre está vinculada con su propósito de hacernos agentes para beneficiar a otros. El no es un limosnero que da de mala gana. Dios desea hacer por nosotros mucho más abundantemente de lo que podamos pedir o pensar. Ningún desafío o perplejidad está fuera de su alcance.

Circunstancias y tentaciones peculiares

El evangelista Webb Peploe se encontró con una mujer que fue muy conmovida por sus mensajes evangélicos, y quería saber más. Ella oyó del poder de Dios para dar la victoria sobre el pecado, pero cuando Peploe le preguntó si había aceptado a Jesús para obtener una victoria real, ella contestó con un suspiro:

-Sr. Peploe, yo soy una persona peculiar. Mis circunstancias y tentaciones son muy peculiares, [de modo que] realmente no puedo esperar ese poder vencedor que usted ha descrito.

—Bueno -dijo Peploe—, informemos de esta deficiencia de Dios en oración.

— ¿Cómo hacemos eso? -preguntó asombrada la mujer.

-Es sencillo. Simplemente repita después de mí estas palabras:

"Oh Dios, gracias por tus promesas de damos poder de Cristo para vencer; pero mis circunstancias y tentaciones son tan peculiares que las encuentro demasiado grandes para que Cristo me ayude. Lamento que él no es más fuerte para atender mi caso, que es tan peculiar, que no puedo esperar que su ayuda sea suficiente".

La mujer permaneció en silencio, y Peploe preguntó:

— ¿Por qué no lo repite después de mí?

-Es que eso es una blasfemia directa —respondió ella.

—Así es —respondió él—, pero son sólo sus pensamientos puestos en palabras, y ¿por qué es peor decírselo a Dios que pensarlo de él? El siguió;

-Probemos ahora otro enfoque. "Oh Dios, te agradezco por todas tus promesas de darnos poder para vencer en Cristo, y que aunque soy una persona peculiar, y mis circunstancias son muy peculiares, y mis tentaciones son muy peculiares, tu gracia es muy peculiar y abundante para atender mis necesidades muy peculiares y mis dificultades muy peculiares en un grado muy peculiar".

La mujer vio la verdad, la abrazó y se fue regocijándose en el Señor.5

El sacrificio de Jesús por la humanidad no fue diseñado para producir pocos resultados, ni una redención en partes, sino la redención completa de cada alma que desea ser salvada. El secreto de la victoria es una constante entrega al amor soberano de Jesús y su voluntad, y el crecimiento en la gracia; cualquier cosa menos que esto producirá frustración y fracaso. Necesitamos ir a Jesús y confesar nuestra incredulidad, nuestras racionalizaciones y nuestro esfuerzo inútil para obtener la salvación, tratándolo a él como un salvador suplementario, mientras dependemos de nuestra voluntad para realizar la tarea. Nuestra experiencia religiosa puede estar llena de intensidad y fervor, pero si mantenerla es un deber sin alegría, necesitamos comenzar de nuevo con Jesús. Mucho de lo que llamamos "fe" es una dependencia propia muy estresante sobre la cual ponemos la etiqueta de cristianismo. Jesús comprende cuan defectuosa es nuestra experiencia, cuántos yacen espiritualmente paralizados junto a la puerta la Hermosa fuera del templo. El no nos desprecia, sino que extiende su mano y nos pide que nos levantemos y lo sigamos.

Jesús se conmueve con nuestras debilidades, pero él no es el único que se interesa y preocupa. Una noche antes de su crucifixión, Jesús aseguró a los discípulos que el Padre mismo los ama, y que ellos podían llevar sus peticiones a él directamente en el nombre del Hijo (ver Juan 15:26, 27). Nada es demasiado grande que él no pueda llevar, porque él sostiene los mundos y gobierna todos los asuntos del universo. "Las relaciones entre Dios y cada alma son tan claras y plenas como si no hubiese otra alma sobre la tierra a quien brindar su cuidado, otra alma por la cual hubiera dado a su Hijo amado".6

Cuando conocemos a Jesús de esa manera íntima, podemos con toda confianza llevar a otros a la casa de nuestro Padre, porque es el hogar de nuestra familia. Consideraremos cualquier sacrificio que debamos hacer para alcanzar el corazón de la gente con el poder salvador del evangelio como indigno de mención en comparación con el infinito sacrificio de Jesús para nuestra redención. Como Pablo, contaremos todas las cosas como pérdida con el fin de que podamos ganar a Jesús y tener el gozo de ganar a otros para él. Ante nosotros se eleva el poder de su cruz, llamándonos de victoria en victoria. Y los resultados son seguros. El amor del Calvario vivido en este mundo por los discípulos de Jesús dispersará la espesa oscuridad que cubre a la sociedad (ver Isa. 60:1-3). Si la cruz de Jesús es para nosotros el cetro con el cual él gobierna nuestra vida y nuestros afectos, entonces seremos las hoces agudas con las cuales él segará las almas para su reino.

"Esta es la ciencia más encumbrada que podemos aprender: la ciencia de la salvación. La cruz del Calvario, correctamente considerada, es verdadera filosofía, religión pura y sin contaminación. Es vida eterna para todos los que creen. Mediante esfuerzo penoso, línea sobre línea, precepto sobre precepto, un poquito aquí y otro poquito allá, debiera impresionarse en las mentes la idea [...] de que la cruz de Cristo es tan eficaz actualmente como en los días de Pablo, y debiera ser tan perfectamente comprendida por ellos como por el gran apóstol".7 Seamos estudiantes de la cruz, no para formular una nueva teoría de la expiación de Jesús, sino para ser canales por medio de los cuales su gracia reconciliadora pueda fluir en corrientes abundantes a todo el mundo.

William Tucker fue un artista inglés. Una noche fría, cuando caía cortante aguanieve de las nubes plomizas, él caminaba por las calles de Londres en busca de un tema cautivador que lo inspirara para pintar un nuevo cuadro. En una esquina débilmente iluminada Tucker vio a una joven madre vestida con ropas deshilachadas y rotosas. Ella estaba aferrando a un niño contra su pecho mientras miraba a su alrededor, indefensa, como si se estuviera preguntando dónde encontrar alimento y un techo, dónde encontrar una chispa de compasión. Tucker había encontrado su tema.

Parado ante una puerta, hizo un rápido bosquejo de la escena. Luego volvió a su estudio donde se absorbió en describir lo patético de la mirada perdida de la joven que temblaba entre la esperanza y la desesperación. Mientras se esforzaba por reproducir la expresión de ella, pensamientos y sentimientos por largo tiempo suprimidos comenzaron a inundar la mente de Tucker. Sobrepuesto en el rostro de la mujer vio a Jesús mirándolo y diciendo: "Por ti llegué a ser pobre para que por mi pobreza tú pudieras llegar a ser rico en amor y poder para servir al sufriente y al desposeído. Yo morí para que tú puedas traer a otros a mí".

Tucker pensó: ¿Por qué gasto mi energía tratando de retratar el sufrimiento humano cuando Dios me ha llamado a ministrar a los sufrientes! Dejando a un lado su paleta y sus pinceles, estudió para ser un misionero, y eventualmente fue a Uganda, donde sirvió como un valiente soldado de la cruz. Cuando la cruz se implanta en cualquier corazón receptivo, la cruz producirá un abandono total del yo en devoción a Jesús.

 


 

Referencias


 
 

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