Brian Jones

 
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La cruz difamada

Lección 11

Para el 12 de Marzo del 2005


 

El erudito bíblico John A. Clarke visitó a un vendedor de mapas para elegir materiales geográficos para algunas escuelas en el África. Después de revisar más de 300 mapas de diversas editoriales, él notó que no había ningún mapa que indicara los viajes de algún monarca, viajero, filósofo, inventor o millonario. Sólo una persona tenía esa distinción: el apóstol Pablo.

Dondequiera que él iba, ocurrían dos eventos principales: la luz del evangelio brillaba y la oscuridad del reino de Satanás desaparecía. Esta luz permanente era la que inmortalizó sus viajes. Pablo no elegía su itinerario; viajaba como un embajador del Señor: algunas veces en cadenas, otras suelto, pero siempre como un representante de la cruz. La cruz era su mapa y brújula, y él iba a donde ella señalaba. Esta experiencia capta la esencia de la cruz del creyente.

Jesús dijo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Luc. 9:23). Esto significa: "Haz que los principios y metas de mi cruz sean la influencia guiadora de tu vida. Permite que el impulso de mi amor y el ejemplo de mi pureza y servicio inspiren tus acciones".

Pablo escribió acerca de esta experiencia: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No desecho la gracia de Dios". "Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu" (Gal. 2:20, 21; 5:24, 25). Las palabras de Pablo nos señalan una vida en un plano superior, que excluye todo lo que es incompatible con el cielo y abraza todo lo que conduce a una vida piadosa. Es una vida liberada de la tiranía de la carne.

Esta vida es un misterio para la mente carnal. Las personas no convertidas resistirán la transformación de quienes han llegado a ser puertos de gracia. No dispuestos a admitir que Dios haya erradicado los deseos pecaminosos de los conversos y dado una nueva naturaleza, ellos atribuirán toda reforma visible a la influencia restrictiva de la iglesia. Así que si un cristiano rechaza una invitación para ir al bar, la pista de bailes o las películas, ellos dirán con una sonrisa afectada: "Oh, sí, me había olvidado. Tu iglesia no te permite hacer eso. Supongo que tienes que ir, en cambio, a la reunión de oración".

Estos comentarios sarcásticos revelan la ignorancia de los gozos de una verdadera experiencia cristiana, porque en la presencia de Dios hay plenitud de gozo; a su mano derecha placeres para siempre: placeres en los cuales el alcohol, las drogas, la obscenidad y los entretenimientos frívolos son como encender un cigarrillo para crear una hermosa puesta de sol, o una música popular para hacer cantar a un ruiseñor.

El cargar una cruz parece un ejercicio triste y una penitencia, o un esfuerzo beato para ganar el favor de Dios, sólo para los que son extraños al Salvador y al gozo de ser una nueva criatura en él. Ni Jesús ni los apóstoles sugirieron que la cruz del creyente produce algún mérito salvador. Esta es una propiedad exclusiva de la cruz. No obstante, Jesús y los apóstoles afirman que cualquiera que está imbuido con la gracia del Calvario, llevará su cruz, será crucificado al pecado y a todos los esfuerzos para redimirse a sí mismo. En este proceso muere la egolatría, Jesús y su justicia saturan la vida, y los deleites del mundo pierden su hechizo.

De este modo los creyentes se crucifican al mundo y el mundo a ellos. Sus afectos están puestos en las realidades celestiales más bien que en las ilusiones terrenales. Tienen esperanza sólo en Jesús, esperanza que no es inestable sino llena de ánimo y de energía fortalecedora. Por la cruz que les fue asignada, Jesús rige su vida con gracia real y disciplina santificadora.

La crucifixión propia no es dramática en lo extremo. Es una obra intensa, privada e interior, cuyos procesos no ofrecen material para un escenario teatral. Es el rechazo voluntario del creyente a todo rasgo e impulso que no es similar a los de Cristo. Es ser cortés cuando otros son rudos, considerados cuando otros son egoístas, amistosos cuando otros son hostiles, perdonadores cuando otros condenan. Es poner el hacha de la Palabra de Dios y su voluntad a las raíces de nuestra propia corrupción. La cruz del creyente no es de creación propia, sino que deriva su existencia, energía y eficacia de la cruz de Jesús.

Cruces hechas por el hombre

Si la "cruz" que cargamos implica resentimiento e ira ardiente por las injusticias, las humillaciones y los chascos de la vida, podemos estar seguros de que es una cruz de nuestra propia fabricación. No tiene nada que ver con la cruz que Jesús señala como la insignia del verdadero discipulado. La cruz del creyente no es mortificante ni degradante; vivifica y eleva. Nunca es llevada por obligación, ni es agregada en forma casual a la vida. Debe ser voluntaria, y abrazada conociendo sus implicaciones. Después de todo, es la cruz sobre la cual nosotros estamos crucificados. "Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos" (Gal. 5:24).

Para algunos puede parecer como una negación o una disminución de la obra expiatoria de Jesús, como si la cruz de Jesús y la del creyente estuvieran en conflicto. Por lo tanto, la crucifixión propia puede parecer una clase de afrenta al evangelio, una forma espuria de redención con un "hazlo tú mismo" ascético, no teniendo más relación con el evangelio que la flagelación u otra clase de penitencia. Pero no olvidemos que Jesús, que está calificado para comprender la obra de la gracia y que conoce lo espurio del mérito de las criaturas, es Aquel que estipuló que debemos llevar la cruz como una condición indispensable del discipulado (Mat. 16:24-26). Jesús no prescribe una disciplina que está en conflicto con su gracia, sino una que conduce al libre fluir de sus méritos y su misericordia.

Llevar la cruz no es una penitencia sino un honor real que trasciende al yo. "Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. [...] De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2 Cor. 5:14, 15, 17). Aquí no hay pompas legalistas, ni consagración falsificada, sino una aceptación del Calvario que atrapa el corazón y la mente.

Sin embargo, la experiencia práctica de la crucifixión propia, aunque vigoriza, no está vestida con un romanticismo soñador. A menudo, las luchas involucradas son muy demandantes, y aun sobrehumanas. "Para todos hay esfuerzos, conflictos y abnegación. Nadie escapará de ellos. Debemos recorrer la senda que Jesús recorrió; puede significar lágrimas, pruebas, privaciones, pesar por el pecado, o procurar el dominio de los deseos depravados, del carácter desequilibrado y del temperamento violento. Se requiere un esfuerzo decidido para presentarnos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Comprende todo el ser. No hay lugar en la mente donde Satanás pueda dominar y realizar sus designios. El yo debe ser crucificado. Hay que realizar una consagración, una sumisión y un sacrificio tan intensos como si se quitara la sangre del corazón".1

Cuando aceptamos sin quejas la crucifixión propia, encontramos un consuelo inexpresable. Para los creyentes que se han crucificado, aun mientras luchan con la corrupción interior, están en paz con Dios. Pelean contra su propio estado caído con el poder del Espíritu que no falla; de este modo la guerra no es inútil o autodestructiva. Esto no es la humanidad contra sí misma, sino es el pecador salvado contra el residuo de su propia naturaleza pecaminosa. El remedio aplicado es el evangelio, que es poder de Dios para la salvación a todos los que creen (Rom. 1:16).

Como cristianos, todos confrontamos males interiores por los que debemos ser crucificados. Todos necesitamos...

Este cambio no paraliza la personalidad, la iniciativa o el interés en la vida. Sólo mortifica al mal; estamos puestos en libertad de obedecer la voluntad de Dios desde el corazón. "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis [discernir y hacer] cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Rom. 12:1, 2).

"La cruz [...] ha de ser levantada y llevada sin murmuración o quejas. En el acto de levantarla, encontraréis que ella os levanta. La encontraréis viva con misericordia, compasión y amor compasivo.

"Al llevar la cruz vuestra experiencia puede ser tal que digáis: 'Yo sé que mi Redentor vive', y por cuanto él vive, yo también viviré'. ¡Qué seguridad es ésta!"2 Vemos entonces que la cruz del creyente es el canal determinado por Jesús mediante el cual él hace que sus ricas bendiciones fluyan a nuestra vida.

Autocrucifíxión

La autocrucifixión no es un acto pretensioso sino la eliminación de toda pretensión, el abandono sobrio y sin compasión de todas las ilusiones y sueños egoístas. Es la resolución del creyente ante Dios:

"No mi voluntad, sino la tuya, sea hecha". Es impulsada por el reconocimiento realista de que "no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho [o aún pudiéramos hacer], sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador; para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna" (Tito 3:5-7).

Tus heridas, no las mías, oh Cristo pueden sanar mi magullada alma; tus azotes, no los míos, contienen el bálsamo que me sana.

¿A quién fuera de ti que sólo puedes el pecado expiar, Señor, puedo ir?3

Dos cruces están delante de todos nosotros: la de Jesús y la nuestra. Ninguna de ellas es efectiva sin la otra. Ninguna salvación surge de la cruz del creyente, pero tampoco se encuentra la salvación fuera de ella, porque esa cruz es sinónimo del yugo de Jesús. La cruz unce al creyente a la voluntad de Dios que resulta muy diferente de la nuestra, hasta que, por el paciente compañerismo con él, alcanzamos el punto en que al obedecerlo "estaremos tan sólo ejecutando nuestros propios impulsos".4

"La cruz que quiere que llevemos nos fortalecerá más de lo que nos va a consumir, y eliminará nuestras pesadas cargas para conferimos la de Cristo, que es liviana".5 "Todo el que tome sobre sí el yugo de Cristo, con la plena determinación de obedecer la palabra de Dios, tendrá una experiencia saludable, simétrica. Gozará de las bendiciones que le vendrán como resultado de haber escondido su vida con Cristo en Dios".6

Nunca debemos olvidar que el yugo de Jesús es fácil y su carga liviana (ver Mat. 11:30) La cruz que él nos asigna no es un yugo de esclavitud. No es un instrumento de tortura o un castigo, sino de un servicio ennoblecedor y el adiestramiento para privilegios y responsabilidades avanzados. Es una cruz que Satanás nos pide que evitemos para que nuestra vida sea sin fruto en el servicio de Dios, y nuestro corazón se encasillen en el egoísmo mientras acariciamos la expectativa de que la cruz de Jesús nos asegura un destino glorioso.

Evitar el compañerismo con el sacrificio y los sufrimientos de Jesús es dejar de conocer su gozo, su verdad y su amor. "Ha habido tan poca abnegación, tan poco sufrimiento por amor a Cristo, que la cruz queda casi completamente olvidada. Debemos participar de los sufrimientos de Cristo si queremos sentarnos en triunfo con él sobre su trono".7

"Los que hicieron conmigo [con Dios] pacto con sacrificio" (Sal. 50:5) no se consideran héroes ni haciendo sacrificios. David Livingstone, quien como misionero al África afrontó peligros y pruebas de toda descripción, declaró a alguien que lo exaltaba por su servicio lleno de sacrificios: "Yo nunca hice un sacrificio. De esto no debemos hablar cuando recordamos el gran sacrificio que hizo Cristo cuando dejó el trono de su Padre en lo alto para darse por nosotros". Hoy, la mayoría de los cristianos considerarían los sufrimientos que Livingstone afrontó para el avance del evangelio y la erradicación de la trata de esclavos en el África como insoportables.

El mundo puede llamar a esa cruz sombría, mórbida o desolada, pero es la cruz del discipulado la que eleva el alma a la atmósfera del cielo, donde vemos a Jesús, no como una persona de rostro pálido en un fresco medieval, sino como el Amable, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Esta cruz transforma la fría atmósfera del cuidado de sí mismo en los activos vientos de la compasión, aromatizados con las especies opulentas del amor piadoso.

Con Jesús en el control del corazón, la cruz del discípulo es el timón en el barco de la vida que nos evita ir a la deriva o no llegar al puerto deseado. Ese corazón conoce los gozos de navegar libremente hacia el cielo, teniendo sus cubiertas con plata y su casco recubierto de oro.


 

Referencias


 
 

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