
segunda Parte
Lección 10

Para el 4 de Diciembre de 2004
VERS. 13, 14: Y oí un santo que hablaba; y otro de los santos dijo a aquel que hablaba: ¿Hasta cuándo durará la visión del continuo sacrificio, y la prevaricación asoladora que pone el santuario y el ejército para ser hollados? Y él me dijo: Hasta dos mil y trescientos días de tarde y mañana; y el santuario será purificado.
El tiempo en la profecía.--Estos dos versículos de Daniel 8 cierran la visión propiamente dicha. Introducen el único detalle restante y el que resulta del más absorbente interés para el profeta y la iglesia, a saber cuánto iban a durar las potencias asoladoras anteriormente presentadas. ¿Cuánto iba a durar su carrera de opresión contra el pueblo de Dios? Si se le hubiese dado tiempo, Daniel habría hecho la pregunta él mismo, pero Dios conoce siempre nuestros deseos por anticipado, y a veces les contesta antes que los expresemos.
Dos seres celestiales conversan acerca del asunto. Es un tema importante que la iglesia debe comprender bien. Daniel oyó a un santo que hablaba, pero no se nos indica qué decía. Pero otro santo hizo una pregunta importante: "¿Hasta cuándo durará la visión?" Quedan registradas la pregunta y la respuesta, lo cual es evidencia primordial de que se trata de un asunto que la iglesia debe entender. Esta opinión queda confirmada por el hecho de que la respuesta se dirigió a Daniel, por ser él la persona a quien concernía principalmente, y para cuya información se daba.
Los 2.300 días.--El ángel declaró; "Hasta dos mil y trescientos días de tarde y mañana; y el santuario será purificado." Puede ser que alguien pregunte: ¿Por qué será que la edición Vaticana de la Septuaginta, o traducción de los Setenta, dice en este versículo "dos mil cuatrocientos días?" Acerca de este punto S. P. Tregelles escribe:
"Algunos escritores que tratan asuntos proféticos han adoptado, en sus explicaciones o interpretaciones de esta visión, las cifras 'dos mil cuatro cientos días;' y para justificarse, se han referido a los ejemplares impresos comunes de la versión de los Setenta. Pero en lo que respecta a este libro, hace mucho que la verdadera versión de los Setenta quedó substituida por la de Teodoción; y además, aunque se encuentra "dos mil cuatrocien-
tos" en los ejemplares griegos impresos comunes, es simplemente un error que se cometió al imprimir la edición Vaticana de 1586, error que se ha perpetuado habitualmente. Yo examiné (en 1845) el pasaje en el manuscrito del Vaticano, que las ediciones romanas profesaban seguir, y dice exactamente lo mismo que el texto hebreo ["dos mil trescientos días"]; y así también dice la verdadera Septuaginta de Daniel. (También dice así la edición que ha hecho el Cardenal Mai del manuscrito del Vaticano, edición que apareció en 1857)."[8]
Y para corroborar aun mejor la veracidad del período de dos mil trescientos días, citamos lo siguiente:
"La edición de la Biblia griega que se usa comúnmente, se imprimió, como se verá explicado en Prideaux y Home, no según la versión original de los Setenta, sino según la de Teodoción que fue hecha más o menos a fines del segundo siglo. Existen tres ediciones standard principales de la Biblia Septuaginta, que contienen la versión de Daniel de acuerdo con Teodoción; a saber la Complutense, publicada en 1514, la Aldina, en 1518; y la Vaticana, 1587, de las cuales se han sacado mayormente las últimas ediciones inglesas de los Setenta. A estas tres podemos añadir una cuarta, que es la del texto alejandrino, publicada entre 1707 y 1720. Hay, además, una llamada la Chisiana, 1772, que contiene el texto griego tanto de Teodoción como de los Setenta. De todas estas seis copias, la Vaticana sola dice 'dos mil cuatrocientos,' y todas las demás concuerdan con el hebreo y con nuestras Biblias inglesas. Además, el manuscrito mismo, que se halla en el Vaticano, del cual se imprimió la edición, tiene dos mil trescientos y no dos mil cuatrocientos. De manera que es indisputable que el número dos mil cuatrocientos no es sino un error de imprenta."[9]
Estas citas demuestran claramente que no se puede confiar en absoluto en esta expresión hallada en la edición Vaticana de la Septuaginta.
¿Qué es el continuo?--En el versículo 13 tenemos pruebas de
que "sacrificio" es una palabra errónea que se ha añadido a la palabra "continuo." Si, como suponen algunos, se quisiera hablar aquí de la eliminación del sacrificio continuo del servicio judaico (que en cierto momento fue quitado), no sería propio preguntar hasta cuándo iba a durar la visión acerca de él. Esta pregunta implica evidentemente que los agentes o acontecimientos a los cuales se refiere la visión ocupan una cantidad de años. La duración o continuación del tiempo es la idea central. Todo el tiempo de la visión queda ocupado por lo que aquí se llama "el continuo" y la "prevaricación asoladora." De ahí que el continuo no puede ser el sacrificio continuo de los judios, porque cuando llegó el momento en que hubo de ser quitado, esta acción ocupó solamente un instante, cuando el velo del templo fué desgarrado, en ocasión de la crucifixión de Cristo. Debe representar algo que se extiende durante un período de años.
La palabra traducida aquí "continuo" se presenta 102 veces en el Antiguo Testamento, según la Concordancia Hebrea. En la gran mayoría de los casos se traduce por "continuo" o "continuamente." Esa palabra no implica en absoluto la idea de sacrificio. Ni hay tampoco en nuestro pasaje de Daniel 8:11,13 una palabra que signifique sacrificio. Es una palabra que ha sido añadida por los traductores, porque así entendían ellos que lo exigía el texto. Evidentemente tenían una opinión errónea, pues allí no se alude a los sacrificios de los judíos. Parece más de acuerdo con la construcción y el contexto suponer que la palabra "continuo" se refiere a una potencia asoladora, como la "prevaricación asoladora" con la cual está relacionada. Entonces tenemos dos potencias asoladoras que durante un largo período oprimen o dejan asolada a la iglesia. Literalmente, el texto puede traducirse:
"¿Hasta cuándo durará la visión [concerniente] al asolamiento continuo y a la prevaricación asoladora?" Así se relaciona el asolamiento tanto con su carácter continuo como con la "prevaricación asoladora," como si se hablase de "la continuación del asolamiento y de la prevaricación asoladora."
Dos potencias asoladoras.--Por la "continuación del asolamiento," o el "asolamiento continuo," entendemos que se quiere
representar al paganismo durante toda su historia. Cuando consideramos los largos siglos a través de los cuales el paganismo fué el agente principal de la oposición de Satanás a la obra de Dios en la tierra, resulta aparente la idoneidad del término "asolamiento continuo" o "perpetuo" a él aplicado. Igualmente comprendemos que "la prevaricación asoladora" representa el papado. La frase que describe la última potencia es más enérgica que la usada para describir al paganismo. Es la prevaricación (o rebelión) asoladora; como si durante este período de la historia de la iglesia, la potencia asoladora se hubiese rebelado contra toda restricción impuesta a ella antes.
Desde un punto de vista religioso, el mundo ha presentado estas dos enérgicas fases de la oposición a la obra del Señor en la tierra. De ahí que aunque tres gobiernos terrenales son introducidos en la profecía como opresores de la iglesia, se colocan aquí bajo los encabezamientos: "el [asolamiento] continuo" y la "prevaricación asoladora." Medo-Persia era pagana; Grecia era pagana; Roma era pagana en su primera fase. Todas ellas quedan abarcadas por la expresión "el continuo," o "el asolamiento continuo." Luego viene la forma papal, la "prevaricación asoladora," una maravilla de astucia y encarnación de la crueldad. No es extraño que de siglo en siglo se haya elevado de los mártires atormentados el clamor: "¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?" No es extraño que el Señor, a fin de que la esperanza no se desvaneciese completamente del corazón de su pueblo oprimido que lo aguardaba, le haya revelado los acontecimientos futuros de la historia del mundo. Todas estas potencias perseguidoras sufrirán una destrucción completa y eterna. A los redimidos les esperan glorias inmarcesibles después de los sufrimientos y pesares de esta vida actual.
El ojo del Señor observa a su pueblo. El horno de fuego no será calentado más de lo que es necesario para consumir la escoria. Mediante mucha tribulación hemos de entrar en el reino. La palabra "tribulación" proviene de tribulum, o sea el trillo, tablón provisto de pedernales que se arrastraba sobre las gavillas desparramadas por la era. Debemos recibir golpe tras golpe hasta que
todo el trigo se haya separado del tamo, y quedemos listos para el granero celestial. Pero no se perderá un solo grano de trigo.
Dice el Señor a su pueblo: "Vosotros sois la luz del mundo," "la sal de la tierra." No hay en la tierra otra cosa de valor o importancia. De ahí que se hiciera la pregunta peculiar: "¿Hasta cuándo durará la visión del continuo, . . . y la prevaricación asoladora?" ¿ Acerca de qué se hace la pregunta ? ¿Acerca de la gloria de los reinos terrenales? ¿Acerca de la habilidad de renombrados guerreros? ¿Acerca de poderosos conquistadores? ¿Acerca de la grandeza de los imperios humanos? No; sino más bien acerca del santuario y del ejército, del pueblo y del culto del Altísimo. ¿Hasta cuándo serán pisoteados? Esto es lo que despierta el interés y la simpatía del cielo. El que toca al pueblo de Dios no toca a simples mortales, débiles e impotentes, sino al Omnipotente. El abre una cuenta que debe ser saldada en el juicio del cielo. Pronto se cerrarán todas estas cuentas y será destrozado el férreo talón de la opresión. Se sacará del horno de la aflicción a un pueblo preparado para resplandecer como las estrellas para siempre. Cada hijo de Dios es objeto del interés de los seres celestiales, es una persona a quien Dios ama y para la cual está preparando una corona de inmortalidad. ¿Te hallas, lector, entre su número?
En este capítulo no hay información acerca de los 2.300 días introducidos por primera vez en el versículo 14. Por lo tanto, es necesario dejar de lado este período por el momento. Pero el lector puede tener la seguridad de que no hemos sido dejados en la incertidumbre acerca de esos días. La declaración referente a ellos es parte de una revelación que ha sido dada para instruir al pueblo de Dios, y debe ser comprendida. Los 2.300 días son mencionados en medio de la profecía que el ángel Gabriel debía hacer comprender a Daniel. Y Gabriel cumplió estas instrucciones, según se verá en el estudio del siguiente capítulo.
¿Qué es el santuario?--En relación con los 2.300 días hay otro tema de igual importancia que debe ser considerado ahora; a saber, el santuario. Lo acompaña el tema de su purificación. Un examen de este asunto revela la importancia que tiene el com-
prender lo referente al comienzo y el fin de los 2.300 días, para saber cuándo se ha de realizar el gran acontecimiento llamado "purificación del santuario." Como se verá oportunamente, todos los habitantes de la tierra tienen interés personal en esa obra solemne.
Ha habido varias opiniones en cuanto a qué es el santuario. Algunos piensan que es la tierra; otros, el país de Canaán; otros aún, la iglesia; y finalmente hay quienes creen que se trata del santuario celestial, el "verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre," que está "en el mismo cielo," y del cual el tabernáculo judaico era tipo, modelo o figura. (Hebreos 8:1, 2; 9:23, 24.) Por las Escrituras debe decidirse cuál de estas opiniones encontradas es la correcta. Afortunadamente su testimonio no es escaso ni ambiguo.
No puede ser la tierra.--La palabra "santuario" aparece 144 veces en el Antiguo Testamento y el Nuevo. Por las definiciones de los lexicógrafos, y su uso en la Biblia, comprendemos que se emplea para designar un lugar santo y sagrado, una morada del Altísimo. Si la tierra es el santuario, debe responder a esta definición. Pero ¿qué característica de esta tierra se conforma al significado del término? La tierra no es lugar sagrado ni santo, ni es morada del Altísimo. No tiene cosa alguna que la distinga de los otros mundos, excepto que es un planeta en rebelión, manchado por el pecado, herido y marchitado por la maldición de la transgresión. Además, en ningún lugar de las Escrituras se lo llama santuario. Sólo un texto puede presentarse en favor de esta opinión, y aun así debe aplicarse en forma irrazonable: "La gloria del Líbano vendrá a ti, hayas, pinos, y bojes juntamente, para decorar el lugar de mi santuario; y yo honraré el lugar de mis pies." (Isaías 60:13.) Este lenguaje se refiere indudablemente a la nueva tierra; pero ni aun ésta es llamada el santuario, sino tan solo "el lugar" del santuario, así como es llamada "lugar" para los pies de Jehová. Es una expresión que denota probablemente la continua presencia de Dios con su pueblo, según le fue revelada a Juan cuando dijo: "He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el
mismo Dios será su Dios con ellos." (Apocalipsis 21:3.) Por lo tanto, todo lo que puede decirse de la tierra es que cuando esté renovada será el lugar dónde estará situado el santuario de Dios. No tiene derecho a ser llamada el santuario actualmente, y no puede ser el santuario de la profecía de Daniel.
No puede ser la tierra de Canaán.--En cuanto podamos guiarnos por la definición de la palabra "Canaán," ésta no tiene más derecho a esta distinción que la tierra entera. Cuando preguntamos en qué lugar de la Biblia se llama santuario a Canaán, algunos nos presentan ciertos textos que les parecen proporcionar el testimonio requerido. El primero de éstos es Éxodo 15:17. En su canto de triunfo y alabanza a Dios después de cruzar el mar Rojo, Moisés exclamó: "Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad, en el lugar de tu morada, que tú has aparejado, oh Jehová; en el santuario del Señor, que han afirmado tus manos." Moisés habla aquí con anticipación. Su lenguaje predice lo que Dios haría para su pueblo. Veamos cómo se cumplió.
Dirijámonos a David, que relata como asunto histórico lo que Moisés expresó en una profecía. (Salmos 78:53, 54.) El tema del salmista es la liberación de Israel de la servidumbre de Egipto, y su establecimiento en la tierra prometida. Nos dice: "Y guiólos [Dios] con seguridad, que no tuvieron miedo; y la mar cubrió a sus enemigos. Metiólos después en los términos de su santuario, en este monte que ganó su mano derecha." El "monte" mencionado aquí por David es el mismo que "el monte de tu heredad," del que habló Moisés, y donde Dios había de establecer a su pueblo. Este monte David no lo llama santuario, sino solamente "términos" o "límites" del santuario. ¿Qué era pues el santuario? El versículo 69 del mismo salmo nos informa: "Edificó su santuario a manera de eminencia, como la tierra que cimentó para siempre." La misma distinción entre el santuario y la tierra se traza en la oración del buen rey Josafat: "Dios nuestro, ¿no echaste tú los moradores de aquesta tierra delante de tu pueblo Israel, y la diste a la simiente de Abraham tu amigo para siempre? Y ellos han habitado en ella, y te han edificado en ella santuario a tu nombre." (2 Crónicas 20:7, 8.)
Tomado aisladamente el pasaje de Éxodo 15:17, ha sido empleado por algunos para deducir que el monte era el santuario;
pero cuando lo comparamos con el relato que hace David de cómo se cumplió la predicción de Moisés, no se puede sostener esta idea. David dice claramente que el monte era sencillamente "términos de su santuario" y que en esos términos, o sea en la tierra de Canaán, el santuario fue edificado como eminencia o alta fortificación, lo cual era una referencia al hermoso templo de los judíos, centro y símbolo de todo su culto. Pero todo aquel que lea cuidadosamente Éxodo 15:17, verá que ni siquiera era necesario inferir que, con la palabra santuario, Moisés quería decir el monte de la heredad, y mucho menos toda la tierra de Palestina. Haciendo uso de una licencia poética, emplea expresiones elípticas, y pasa rápidamente de una idea u objeto a otros. Primero, la heredad llama su atención, y habla de ella;
luego pasa al hecho de que el Señor había de morar allí, y finalmente evoca el lugar que había de proveer para morar allí; a saber, el santuario que les haría edificar. David asocia igualmente el monte Sión y Judá en el Salmo 78:68, porque Sión estaba en Judá.
Estos tres versículos: Éxodo 15:17; Salmo 78:54, 69, son los principales que se usan para probar que la tierra de Canaán es el santuario. Pero es bastante singular que los dos últimos, con lenguaje claro, despejan la ambigüedad del primero, y por lo tanto refutan el aserto basado en él.
Acerca de que nuestra tierra o el país de Canaán puedan ser el santuario, ofreceremos un pensamiento más. En el caso de que cualquiera de los dos constituyese el santuario, debiera no sólo ser descrito como tal en algún lugar, sino que la misma idea debiera seguir expresándose hasta el fin, y la purificación de la tierra o de Palestina debiera ser llamada la purificación del santuario. La tierra está contaminada en verdad, y ha de ser purificada por fuego; pero el fuego, como veremos, no es el agente que se usa en la purificación del santuario. Esta purificación de la tierra, o de cualquier parte de ella, no se llama en parte alguna purificación del santuario.
No puede ser la iglesia.--El único texto aducido para apoyar la idea de que la iglesia es el santuario es Salmo 114:1,2: "Cuando salió Israel de Egipto, la casa de Jacob del pueblo bárbaro, Judá fue su consagrada heredad [su santuario, V.M.], Israel su señorío." Si tomamos este pasaje en su sentido más literal, probaría que el santuario se limitaba a una de las doce tribus. Esto significaría que solamente una parte de la iglesia, y no toda ella, constituye el santuario. La razón por la cual Judá es llamado el santuario en el pasaje citado no necesita dejarnos perplejos cuando recordamos que Dios escogió a Jerusalén, que estaba en Judá, como lugar de su santuario. "Sino que escogió la tribu de Judá, el monte de Sión, al cual amó. Y edificó su santuario a manera de eminencia, como la tierra que cimentó para siempre." (Salmo 78:68, 69.) Esto demuestra claramente la relación que existía entre Judá y el santuario. Esa tribu misma no era el santuario, pero se la llama así una vez, al evocar el momento cuando Israel salió de Egipto, porque Dios quería que en medio de su territorio se situase su santuario.
Aun cuando fuese posible demostrar que en algún lugar se llama santuario a la iglesia, ello no tendría importancia para nuestro propósito actual, que consiste en determinar qué constituye el santuario de Daniel 8:13, 14; porque allí se habla de la iglesia como de otra cosa distinta: "Que pone el santuario y el ejército para ser hollados." Nadie disputará que la expresión "ejército" representa el pueblo de Dios, es decir, la iglesia. Por lo tanto, el santuario es algo diferente de la iglesia.
El santuario es el templo del cielo.--Queda ahora solamente una teoría que examinar, a saber, que el santuario mencionado en el texto es idéntico al de Hebreos 8:1,2, que es llamado "verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre," al cual se da expresamente el nombre de "santuario," y que está situado "en los cielos." Existió antiguamente un modelo, tipo o figura de este santuario, primero en el tabernáculo construido por Moisés, y más tarde en el templo de Jerusalén.
Pongámonos en el lugar de Daniel, y consideremos el asunto desde su punto de vista. ¿Qué entendería él por el término
"santuario"? Al oír mencionar esa palabra, su atención se dirigiría inevitablemente al santuario de su pueblo; y sabía ciertamente dónde se encontraba. Su atención se dirigió hacia Jerusalén, la ciudad de sus padres, que yacía entonces en ruinas, a la "casa . . . de nuestra gloria," que, según lo lamenta Isaías, fue consumida al fuego. (Isaías 64:11.) Por consiguiente, con el rostro vuelto hacia el lugar donde estaba una vez el venerado templo, como era su costumbre, Daniel rogó a Dios que hiciese resplandecer su rostro sobre su santuario, que estaba entonces asolado. Por la palabra "santuario" entendía evidentemente el templo de Jerusalén.
Acerca de este punto, la Escritura da un testimonio muy explícito: "Tenía empero también el primer pacto reglamentos del culto, y santuario mundano." (Hebreos 9:1.) ¿Qué era el santuario del primer pacto? Sigue la respuesta: "Porque el tabernáculo fue hecho: el primero [o primer departamento], en que estaban las lámparas, y la mesa, y los panes de la proposición; lo que llaman el Santuario [el Lugar Santo, V.M.]. Tras el segundo velo estaba el tabernáculo, que llaman el Lugar Santísimo; el cual tenía un incensario de oro, y el arca del pacto cubierta de todas partes alrededor de oro; en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, y la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en particular." (Hebreos 9:2-5.)
Es imposible equivocarse acerca de lo que se describe aquí. Es el tabernáculo erigido por Moisés bajo la dirección del Señor (que fué reemplazado más tarde por el templo de Jerusalén), con un lugar santo y otro santísimo, y diversos enseres de culto. Una descripción completa de este edificio, como también de los enseres y muebles sagrados y sus usos, se hallará en Éxodo 25 y capítulos subsiguientes. Si el lector no se ha familiarizado con este tema, se le ruega leer la descripción de esta construcción. Era claramente el santuario del primer pacto, y debemos leer con cuidado su descripción para notar el valor lógico de esta declaración. Al decirnos lo que constituía el santuario, el libro de los Hebreos
encauza correctamente nuestra investigación. Nos da una base sobre la cual trabajar. Tenemos delante de nosotros un objeto distinto y claramente definido, minuciosamente descrito por Moisés, llamado en Hebreos el santuario del primer pacto, el cual estuvo en vigor hasta los días de Cristo.
Pero el lenguaje de la epístola a los Hebreos tiene mayor significado aún. Aniquila las teorías según las cuales la tierra, el país de Canaan o la iglesia podrían ser el santuario. Los argumentos que podrían probar que cualquiera de estas cosas fué el santuario en algún momento, demostrarían que ello sucedió bajo el antiguo Israel. Si Canaán fue en algún momento el santuario, lo fue cuando Israel estuvo establecido en ese país. Si la iglesia fue alguna vez el santuario, lo fue cuando Israel fue sacado de Egipto. Si la tierra fue alguna vez el santuario, lo fue durante el mismo período. Pero ¿fue alguna de estas cosas el santuario durante ese tiempo? La respuesta debe ser negativa, porque los autores de los libros del Éxodo y de los Hebreos nos dicen en detalle que no era la tierra, ni Canaán ni la iglesia, sino el tabernáculo construido por Moisés, reemplazado más tarde por el templo, lo que constituía el santuario de los tiempos del Antiguo Testamento.
El santuario terrenal.--Esta estructura responde en todo detalle a la definición del término, y al uso para el cual estaba destinado el santuario. Era la morada terrenal de Dios. "Y hacerme han un santuario-dijo Dios a Moisés,-y yo habitaré entre ellos." (Éxodo 25:8.) En este tabernáculo que ellos construyeron de acuerdo con sus instrucciones Dios manifestó su presencia. Era un lugar santo o sagrado, "el santuario santo." (Levítico 16:33.) En la Palabra de Dios se lo llama repetidas veces así: el santuario. Entre las más de 130 veces que se usa la palabra en el Antiguo Testamento, se refiere en casi cada caso a esta estructura.
Al principio el tabernáculo fue construido en forma que se adaptase a las condiciones en las cuales vivían en aquel tiempo los hijos de Israel. Iniciaban sus peregrinaciones de cuarenta años por el desierto cuando esta estructura se levantó en su medio como morada de Dios y centro de su culto religioso. Era necesario viajar, y el tabernáculo tenía que ser trasladado de un lugar
a otro. Esto resultaba posible porque los lados se componían de tablas puestas en posición vertical, y el techo se componía de cortinas de lino y pieles teñidas. Por lo tanto, era fácil desarmarlo, transportarlo y volverlo a levantar en cada etapa sucesiva del viaje. Después que Israel entró en la tierra prometida, esta estructura provisoria fue reemplazada con el tiempo por el magnifico templo de Salomón. En esta forma más permanente, el santuario subsistió, excepto mientras estuvo en ruinas en tiempo de Daniel, hasta su destrucción final por los romanos en el año 70 de nuestra era.
Este es el único santuario relacionado con la tierra acerca del cual la Biblia nos haya dado instrucción alguna o la historia haya registrado detalles. Pero, ¿no hay otro en alguna otra parte? Este era el santuario del primer pacto, y acabó con ese pacto. ¿No hay algún santuario que pertenezca al segundo o nuevo pacto? Debe haberlo; de lo contrario faltaría analogía entre esos dos pactos. En tal caso, el primer pacto tendría un sistema de culto que, aunque minuciosamente descrito, resultaría ininteligible, y el segundo pacto tendría un sistema de culto indefinido y obscuro. El autor de la epístola a los Hebreos asevera virtualmente que el nuevo pacto, que está en vigor desde la muerte de Cristo, su testador, tiene un santuario; porque cuando pone en contraste los dos pactos, como lo hace en Hebreos 9:1, dice que el primer pacto "tenía también . . . reglamentos del culto, y santuario mundano." Esto es lo mismo que decir que el nuevo pacto tiene igualmente sus servicios y su santuario. Además, el versículo 8 de este capítulo habla del santuario mundano como del primer tabernáculo. Si éste era el primero, debe haber un segundo; y como el primer tabernáculo existió mientras estuvo en vigor el primer pacto, cuando ese pacto llegó a su fin, el segundo tabernáculo debe haber reemplazado al primero, y debe ser el santuario del nuevo pacto. Esta conclusión es ineludible.
El santuario celestial.--¿Dónde buscaremos pues el santuario del nuevo pacto? El empleo de la palabra "también" en Hebreos 9:1 indica que se ha hablado antes de este santuario. Volvamos al principio del capítulo anterior, y hallaremos un resumen de los
argumentos precedentes en lo que sigue: "Así que, la suma acerca de lo dicho es: Tenemos tal pontífice que se asentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos; ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre." ¿Puede dudarse de que hallamos en este pasaje el santuario del nuevo pacto? Se alude aquí claramente al santuario del primer pacto. Aquél fue asentado por hombre, es decir, erigido por Moisés; pero éste fié asentado por el Señor, y no por hombre. Aquél era el lugar donde los sacerdotes terrenales ejercían su ministerio; éste es el lugar donde Cristo, el sumo sacerdote del nuevo pacto, ejerce su ministerio- Aquél estaba en la tierra; éste está en el cielo. Aquél se llamaba, por lo tanto, adecuadamente "santuario mundano;" éste es "el celestial."
Esta opinión queda aun mejor confirmada por el hecho de que el santuario edificado por Moisés no era una estructura original, sino que se construyó de acuerdo con un modelo. El gran original existía en alguna parte, y lo que Moisés construyó no fue sino un tipo o copia. Nótense las indicaciones que el Señor le dió al respecto: "Conforme a todo lo que yo te mostrare, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus vasos, así lo haréis." (Éxodo 25:9.) "Y mira, y hazlos conforme a su modelo, que te ha sido mostrado en el monte." (Vers. 40.) (Para aclarar aun mejor este punto, véase Éxodo 26:30; 27:8; Hechos 7:44.)
Ahora bien, ¿de qué era tipo o figura el santuario terrenal? Sencillamente del santuario del nuevo pacto, el "verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre." La relación que el primer pacto sostiene con el segundo es la que tiene el tipo con el antitipo. Sus sacrificios eran tipos del sacrificio mayor del nuevo pacto. Sus sacerdotes eran tipos de nuestro Señor en su sacerdocio más perfecto. Su ministerio se cumplía como ejemplo y sombra del ministerio de nuestro Sumo Sacerdote en el cielo. El santuario donde servían era un tipo o figura del verdadero que está en los cielos, donde nuestro Señor Jesús ejerce su ministerio.
Todos estos hechos se presentan claramente en Hebreos. "Así que, si [Cristo estuviese sobre la tierra, ni aun sería sacerdote, habiendo aún los sacerdotes que ofrecen los presentes según la
ley; los cuales sirven de bosquejo y sombra de las cosas celestiales, como fue respondido a Moisés cuando había de acabar el tabernáculo: Mira, dice, haz todas las cosas conforme al dechado que te ha sido mostrado en el monte." (Hebreos 8:4, 5.) Este testimonio demuestra que el ministerio de los sacerdotes terrenales era una sombra del sacerdocio de Cristo. Esto se evidencia en las indicaciones que Dios dió a Moisés para hacer el tabernáculo según el modelo que se le mostró en el monte. Esto identifica claramente el modelo mostrado a Moisés. Es el santuario, o verdadero tabernáculo, que está en el cielo, donde ministra nuestro Señor, según se menciona en Hebreos 8:2.
La Escritura dice además: "Dando en esto a entender el Espíritu Santo, que aun no estaba descubierto el camino para el santuario, entre tanto que el primer tabernáculo estuviese en pie. Lo cual era figura de aquel tiempo presente." (Hebreos 9:8, 9.) Mientras subsistió el primer tabernáculo, y estuvo en vigor el primer pacto, no hubo, por supuesto, ministerio en el tabernáculo más perfecto. Pero cuando vino Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, cuando hubo acabado el servicio del primer tabernáculo y cesado el primer pacto, entonces Cristo, elevado al trono de la majestad en los cielos, como ministro del verdadero santuario, entró por su propia sangre (Hebreos 9:12) "en el lugar santo," es decir el santuario celestial.
Por lo tanto, el primer tabernáculo era una figura para el tiempo entonces presente. Si se necesita un testimonio adicional, el autor de Hebreos habla en el versículo 23 del tabernáculo terrenal, con sus departamentos e instrumentos, como "figura" de las cosas que están en el cielo; y en el versículo 24, llama los lugares santos hechos por manos, es decir, el tabernáculo y el templo terrenales del antiguo Israel, "figura del verdadero," es decir del tabernáculo celestial.
Esta opinión queda aun mejor confirmada por el testimonio de Juan. Entre las cosas que le fue permitido contemplar en el cielo, había siete lámparas que ardían delante del trono (Apocalipsis 4:5), un altar para el incienso, un incensario de oro (Apocalipsis 8:3) y el arca del testamento de Dios (Apocalipsis 11:19).
Todo esto lo vio en relación con un "templo" que había en el cielo. (Apocalipsis 11:19; 15:18.) Todo lector de la Biblia reconocerá inmediatamente estos objetos como enseres del santuario. Debían su existencia al santuario, se limitaban a él, y habían de ser empleados en el ministerio relacionado con él. Así como no habrían existido sin el santuario, podemos saber que dondequiera que los encontremos, allí está el santuario. El hecho de que Juan vio estas cosas en el cielo después de la ascensión de Cristo, nos proporciona una prueba de que hay un santuario en el cielo; y a él fue permitido contemplarlo.
Por mucho que le cueste a uno reconocer que hay un santuario en el cielo, las pruebas presentadas al respecto no permiten ponerlo en duda. La Biblia dice que el tabernáculo de Moisés era santuario del primer pacto. Moisés dice que Dios le mostró un modelo en el monte, de acuerdo con el cual debía hacer este tabernáculo. El libro de Hebreos atestigua nuevamente que Moisés lo hizo de acuerdo con el modelo, y que el modelo era el verdadero tabernáculo que había en los cielos, que el Señor asentó, y no hombre; y que el tabernáculo erigido por manos humanas era una verdadera figura o representación de aquel santuario celestial. Finalmente, para corroborar la declaración de las Escrituras de que este santuario está en el cielo, Juan habla como testigo ocular, y dice que lo vio allí. ¿Qué otro testimonio podría necesitarse?
Por lo que se refiere a lo que constituye el santuario, tenemos ahora delante de nosotros un conjunto armonioso. El santuario de la Biblia, notémoslo bien, abarca en primer lugar el tabernáculo típico establecido por los hebreos después de su salida de Egipto, que era el santuario del primer pacto. En segundo lugar, consiste en el verdadero tabernáculo que hay en los cielos, del cual el primero era un tipo o figura, y es el santuario del nuevo pacto. Están inseparablemente relacionados como tipo y antitipo. Del antitipo regresamos al tipo, y del tipo somos llevados hacia adelante en forma natural e inevitable, al antitipo. Así vemos cómo un servicio del santuario fue provisto desde el Éxodo hasta el fin del tiempo de gracia.
Hemos dicho que Daniel iba a entender inmediatamente por la palabra "santuario" el templo de su pueblo en Jerusalén; y así lo habría comprendido cualquier otro mientras existía ese templo. Pero ¿se refiere a ese santuario la declaración de Daniel 8:14? Eso depende del momento al cual se aplica. Todas las declaraciones relativas al santuario que tenían su aplicación en tiempos del antiguo Israel, se refieren por supuesto al santuario de aquel tiempo. Todas aquellas declaraciones que tienen su aplicación durante la era cristiana, deben referirse al santuario de dicha era. Si los 2.300 días, a cuya terminación el santuario debe ser purificado, terminaron antes de la venida de Cristo, el santuario que ha de ser purificado fue el santuario de aquel tiempo. Si penetran en la era cristiana, el santuario aludido es el santuario de esa era, el santuario del nuevo pacto que está en el cielo. Estos son detalles que pueden determinarse únicamente si se estudian más a fondo los 2.300 días. Dicho estudio se encontrará en las observaciones sobre Daniel 9:24, en las cuales se reanuda este estudio y se explica lo referente al tiempo.
La purificación del santuario.--Lo que hasta aquí hemos dicho acerca del santuario ha sido tan sólo incidental a la cuestión principal tratada en la profecía. Esta cuestión se refiere a su purificación. "Hasta dos mil y trescientos días de tarde y mañana; y el santuario será purificado." Pero era necesario primero determinar qué constituía el santuario, antes de poder examinar comprensivamente lo referente a su purificación, cosa que estamos en situación de hacer ahora.
Sabiendo qué constituye el santuario, se decide pronto la cuestión de su purificación y de cómo se realiza. El lector habrá notado que el santuario de la Biblia debe tener relacionado con él algún servicio que se llama su purificación. Hay un servicio tal relacionado con la institución que hemos señalado como el santuario, y tanto con referencia al edificio terrenal como al templo celestial, este servicio es llamado la purificación del santuario.
¿Se opone el lector a la idea de que haya en el cielo algo que necesita ser purificado? El libro de los Hebreos afirma la purificación tanto del santuario celestial como del terrenal: "Y casi todo
es purificado según la ley con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas [griego: katharizesthai,limpiadas] con estas cosas; empero las mismas cosas celestiales[han de ser purificadas] con mejores sacrificios que éstos." (Hebreos 9; 22, 23.) Teniendo en cuenta los argumentos que preceden, esto se puede parafrasear así: "Fue por lo tanto necesario que el tabernáculo erigido por Moisés, con sus vasos sagrados, que eran figura del verdadero santuario de los cielos, fuese purificado con la sangre de becerros y machos cabríos; pero las cosas celestiales mismas, el santuario de la era cristiana, el verdadero tabernáculo, que el Señor asentó y no hombre, debe ser purificado con sacrificios mejores, a saber la sangre de Cristo." Preguntamos ahora: ¿Cuál es la naturaleza de esta purificación, y cómo se realiza? De acuerdo con el lenguaje que se acaba de citar, se realiza por medio de sangre. La purificación no es, por lo tanto, una limpieza de la impureza física, porque la sangre no es el agente que se emplea para una obra tal. Esta consideración habría de satisfacer al que objetara con respecto a la purificación de las cosas celestiales. El hecho de que las cosas celestiales han de ser purificadas, no prueba que haya alguna impureza física en el cielo, porque ésta no es la clase de purificación a la cual se refieren las Escrituras. La razón por la cual esta purificación se realiza con sangre, estriba en que sin derramamiento de sangre no hay remisión ni perdón de pecados.
Es purificación de pecados.--La obra que debe hacerse consiste pues en la remisión de los pecados y la eliminación de ellos. La purificación no es, por lo tanto, una purificación física, sino la purificación de los pecados. Pero ¿cómo llegó a relacionarse el pecado con el santuario, sea el terrenal o el celestial, para que sea necesario purificarlo? La pregunta halla su respuesta en el servicio relacionado con el tipo o figura, al cual nos dirigiremos ahora.
Los capítulos finales del Exodo nos relatan la construcción del santuario terrenal y el ordenamiento de los servicios relacionados con él. El libro de Levítico se inicia con una explicación del
ministerio que debía verificarse allí. Todo lo que queremos notar aquí es un detalle particular del servicio. La persona que había cometido pecado traía su ofrenda, un animal vivo, a la puerta del tabernáculo. Sobre la cabeza de esta víctima colocaba su mano un momento y, según podemos deducirlo razonablemente, confesaba su pecado sobre ella. Por este acto expresivo indicaba que había pecado, y que merecía la muerte, pero que en su lugar consagraba su víctima, y le transfería su culpabilidad. Con su propia mano (¡y con qué emociones lo habrá hecho!) quitaba luego la vida al animal. La ley exigía la vida del transgresor por su desobediencia. La vida está en la sangre. (Levítico 17:11, 14.) De ahí que sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado. Pero con derramamiento de sangre la remisión es posible, porque se satisface la ley que exige una vida. La sangre de la víctima, que representaba la vida perdida, era el vehículo de su culpabilidad, y la llevaba el sacerdote para presentarla ante el Señor.
Por su confesión, por la muerte de la víctima, y por el ministerio del sacerdote, el pecado quedaba transferido de la persona pecadora al santuario. El pueblo ofrecía así víctima tras víctima. Día tras día se realizaba esta obra, y el santuario recibía los pecados de la congregación. Pero ésta no era la disposición final de estos pecados. La culpabilidad acumulada quedaba eliminada por un servicio especial destinado a purificar el santuario. Este servicio, en el tipo, ocupaba un día del año, el décimo del mes séptimo, que se llamaba el día de las expiaciones. En ese día, durante el cual todo Israel dejaba su trabajo y afligía sus almas, el sacerdote traía dos machos cabríos, y los ofrecía delante de Jehová a la puerta del tabernáculo. Echaba suertes sobre estos machos cabrios, una suerte para Jehová, y la otra suerte para designar el macho cabrío que había de ser para Azazel, o ser el macho cabrío emisario. Se mataba luego el macho cabrío sobre el cual caía la suerte de Jehová, y el sumo sacerdote llevaba su sangre al lugar santísimo del santuario, y la asperjaba sobre el propiciatorio. Este era el único día en el cual se le permitía al sumo sacerdote que entrara en ese departamento. Al salir debía poner "ambas manos suyas sobre la cabeza del macho cabrío vivo,
y contesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío." (Levítico 16:21.) Debía luego enviar el macho cabrío acompañado por un hombre idóneo a una tierra deshabitada, una tierra de separación u olvido, pues el macho cabrío no debía nunca volver a aparecer en el campamento de Israel, ni debían ser ya recordados los pecados del pueblo.
Este servicio tenía como fin purificar el pueblo de sus pecados, y también purificar el santuario, sus muebles y sus vasos sagrados de los pecados del pueblo. (Levítico 16:16, 30, 33.) Mediante este proceso, se eliminaba completamente el pecado. Por supuesto, esto sucedía solamente en figura, porque toda esta obra era simbólica.
El lector para quien estas explicaciones resulten nuevas se sentirá tal vez dispuesto a preguntar con cierto asombro: ¿Qué podía representar esta obra extraña, y qué está destinada a prefigurar en nuestra época? Contestamos: Una obra similar del ministerio de Cristo, según nos enseñan claramente las Escrituras. Después de declararse en Hebreos 8:2 que Cristo es ministro del verdadero tabernáculo, el santuario celestial, se explica en el versículo 5 que los sacerdotes terrenales servían "como en un bosquejo y sombra de las cosas celestiales." En otras palabras, la obra de los sacerdotes terrenales era una sombra o figura del ministerio de Cristo en los cielos.
El ministerio en figura y de hecho.--Estos sacerdotes típicos servían en ambos departamentos del tabernáculo terrenal, y Cristo ministra en ambos departamentos del templo celestial. Ese templo del cielo tiene dos departamentos, o de lo contrario no fue correctamente representado por el santuario terrenal. Nuestro Señor oficia en ambos departamentos, o el servicio del sacerdote terrenal no era una sombra correcta de su obra. Se indica claramente en Hebreos 9:21-24 que tanto el tabernáculo como todos los vasos usados en el ministerio eran "figuras de las cosas celestiales." Por lo tanto, el servicio desempeñado por Cristo en el templo celestial corresponde al que desempeñaban los sacerdotes en ambos departamentos del edificio terrenal. Pero
la obra que se realizaba en el segundo departamento, o lugar santísimo, era una obra especial destinada a clausurar el ciclo anual de servicios y purificar el santuario. De ahí que el ministerio de Cristo en el segundo departamento del santuario celestial debe ser una obra de igual naturaleza, y constituye el final de su obra como nuestro gran Sumo Sacerdote, y la purificación de aquel santuario.
En vista de que mediante los antiguos sacrificios típicos los pecados del pueblo eran transferidos en figura por los sacerdotes al santuario terrenal, donde servían aquellos sacerdotes; desde que Cristo ascendió al cielo para ser nuestro intercesor en la presencia de su Padre, los pecados de todos los que buscan sinceramente el perdón por su intermedio son transferidos de hecho al santuario celestial, dónde él ministra. No necesitamos detenernos a preguntar si Cristo ministra por nosotros en los lugares santos celestiales literalmente con su sangre, o solamente en virtud de sus méritos. Basta decir que su sangre ha sido derramada, y que por esa sangre se obtiene de hecho la remisión de los pecados, que se obtenía solamente en figura por la sangre de los becerros y machos cabríos en el ministerio anterior. Pero estos sacrificios típicos tenían virtud real en este respecto, que significaban la fe en un sacrificio verdadero todavía por venir. Así los que se valían de ellos tenían igual interés en la obra de Cristo que aquellos que en nuestra era se allegan a él por la fe mediante los ritos del Evangelio.
La continua transferencia de los pecados al santuario celestial hace necesaria su purificación así como era necesaria una obra similar en el caso del santuario terrenal. Debe notarse aquí una distinción importante entre los dos ministerios. En el tabernáculo terrenal, se realizaba una serie completa de servicios cada ano. Cada día del año, excepto uno, el ministerio se realizaba en el primer departamento. Un día de servicio en el lugar santísimo completaba el ciclo anual. La obra se reanudaba entonces en el lugar santo, y continuaba hasta que otro día de expiaciones completase la obra del año. Y así sucesivamente, año tras año. Una sucesión de sacerdotes ejecutaba esta serie de servicios en el
santuario terrenal. Pero nuestro divino Señor vive "siempre para interceder" por nosotros. (Hebreos 7:25.) De ahí que la obra del santuario celestial, en vez de ser una obra anual, se realiza una vez por todas. En vez de repetirse año tras año, forma un solo ciclo grandioso, en el cual se lleva adelante y se termina para siempre.
La serie anual de servicios del santuario terrenal representaba toda la obra del santuario celestial. En el tipo, la purificación del santuario era la breve obra final del servicio anual. En el antitipo, la purificación del santuario debe ser la obra final de Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, en el tabernáculo celestial. En la figura, para purificar el santuario, el sumo sacerdote entraba en el lugar santísimo para ministrar en presencia de Dios delante del arca de su testamento. En el antitipo, al llegar el momento de la purificación del verdadero santuario, nuestro Sumo Sacerdote entra igualmente en el lugar santísimo una vez por todas para emprender la fase final de su obra de intercesión en favor de la humanidad.
Lector, ¿comprendes ahora la importancia de este tema? ¿Empiezas a percibir que el santuario de Dios es un objeto de interés para todo el mundo? ¿Ves que todo el plan de la salvación se concentra en él, y que cuando esta obra termine, habrá terminado el tiempo de gracia, y estarán decididos para la eternidad los casos de los que se han de salvar o perder ? ¿ Ves que la purificación del santuario es una obra breve y especial que clausura para siempre el gran plan de salvación? ¿Comprendes que, si se puede averiguar cuándo empieza la obra de purificación, sabremos cuándo habrá llegado la última y grandiosa fase de la obra de salvación, cuándo tendrá que ser proclamado al mundo este anuncio, el más solemne de la palabra profética: "Temed a Dios, y dadle honra;
porque la hora de su juicio es venida"? (Apocalipsis 14:7.) Esto es exactamente lo que la profecía está destinada a demostrar; es decir, dar a conocer el comienzo de esta obra portentosa. "Hasta dos mil y trescientos días de tarde y mañana; y el santuario será purificado." El santuario celestial es el lugar donde se ha de pronunciar la decisión sobre todos los casos. El progreso de la
obra que se realiza allí debe preocupar en forma especial a la humanidad. Si sus miembros comprendiesen la importancia de estos temas y la influencia que ejercen sobre sus intereses eternos, los estudiarían con el mayor cuidado y oración.
VERS. 15, 16: Y acaeció que estando yo Daniel considerando la visión, y buscando su inteligencia, he aquí, como una semejanza de hombre se puso delante de mi. Y oí una voz de hombre entre las riberas de Ulai, que gritó y dijo: Gabriel, enseña la visión a éste.
Entramos ahora en la interpretación de la visión. Ya hemos mencionado el anhelo que tenía Daniel de comprender estas cosas. Buscaba su significado. Inmediatamente se puso delante del profeta un ser que tenía apariencia de hombre. Daniel oyó la voz de un hombre, es decir la voz de un ángel como si fuese un hombre que hablaba. Le fue dada la orden de hacer que Daniel comprendiese la visión. Esta orden fue dirigida a Gabriel, cuyo nombre significa, "la fuerza de Dios," o "varón de Dios." Veremos que continúa dando instrucciones a Daniel en el capítulo 9. Siglos más tarde, este mismo ángel fue enviado a anunciar el nacimiento de Juan el Bautista a su padre Zacarías y el del Mesías a la virgen María. (Lucas 1:26.) Se presentó a Zacarías con estas palabras: "Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios." (Lucas 1:19.) De esto se deduce que Gabriel recibió aquí la orden de un ser superior a él, que tenía poder para darle órdenes y controlar su obra. Se trataba probablemente del Arcángel, Miguel o Cristo.
VERS. 17-19: Vino luego cerca de donde yo estaba; y con su venida me asombré, y caí sobre mi rostro. Empero él me dijo: Entiende, hijo del hombre, porque al tiempo se cumplirá la visión. Y estando él hablando conmigo, caí dormido en tierra sobre mi rostro: y él me tocó, e hízome estar en pie. Y dijo: He aquí yo te enseñaré lo que ha de venir en el fin de la ira: porque al tiempo se cumplirá.
Si Daniel cayó delante del ángel no fue con el propósito de adorarle, porque nos es prohibido adorar a los ángeles. (Véase Apocalipsis 19:10; 22:8, 9.) Daniel parece haber quedado completamente abrumado por la majestad del mensajero celestial. Se postré con el rostro en el suelo. El ángel puso la mano sobre él
para alentarlo (¡cuántas veces les han dicho los seres celestiales a los mortales que no teman!), y lo hizo incorporarse de su posición postrada.
Después de hacer una declaración general de que el fin llegará al tiempo señalado, y que le hará conocer "lo que ha de venir en el fin de la ira," el ángel inicia la interpretación de la visión. Debe entenderse que "la ira" abarca cierto período. Pero ¿cuál? Dios dijo a su pueblo de Israel que derramaría sobre él su ira por su maldad; y dió acerca del "profano e impío príncipe de Israel" estas indicaciones: "Depón la tiara, quita la corona. . . . Del revés, del revés, del revés la tornaré; y no será ésta más, hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y se la entregaré." (Ezequiel 21:25-27,31.)
Este es el período de la ira de Dios contra el pueblo de su pacto, el período durante el cual el santuario y el ejército han de ser hollados. La diadema fue depuesta, y la corona quitada, cuando Israel quedó sujeto al reino de Babilonia. Fue puesta del revés por los medos y persas, y nuevamente por los griegos, y otra vez por los romanos, lo cual corresponde a las tres veces que el profeta repite la palabra. Los judíos, habiendo rechazado a Cristo, fueron pronto dispersados por toda la faz de la tierra. El Israel espiritual ha tomado el lugar de la posteridad literal; pero sigue sujeto a las potencias terrenales, y así seguirá hasta que se restablezca el trono de David, hasta que venga el que es su heredero legítimo, el Mesías, el Príncipe de paz. Entonces habrá cesado la ira. Los acontecimientos que han de ocurrir al fin de este período van a ser comunicados ahora a Daniel por el ángel.
VERS. 20-22: Aquel carnero que viste, que tenía cuernos, son los reyes de Media y de Persia. Y el macho cabrío es el rey de Javán: y el cuerno grande que tenía entre sus ojos es el rey primero. Y que fue quebrado y sucedieron cuatro en su lugar, significa que cuatro reinos sucederán de la nación, mas no en la fortaleza de él.
La visión interpretada.--Así como los discípulos dijeron al Señor, podemos decir aquí del ángel que habló a Daniel: "He aquí, ahora hablas claramente, y ningún proverbio dices." Esta explicación de la visión se da en lenguaje claro, para que sea
entendida. (Véanse los comentarios sobre los versículos 3-8.) La característica que distinguía al imperio persa: la unión de las dos nacionalidades que lo componían, es representada por los dos cuernos del carnero. Grecia alcanzó su mayor gloria cuando representó una unidad bajo la dirección de Alejandro Magno, tal vez el general más famoso que el mundo haya conocido. Esta parte de su historia está representada por la primera fase del macho cabrío, y durante ella el cuerno único y notable simbolizaba a Alejandro Magno. Al morir éste, el reino cayó en fragmentos, pero pronto se consolidó en cuatro grandes divisiones. A éstas las representaba la segunda fase del macho cabrío, cuando cuatro cuernos subieron en lugar del primero, que había sido quebrado. Esas divisiones no tuvieron el poder del cuerno primero. Ninguna de ellas poseyó la fuerza del reino original. Con unos pocos trazos de la pluma, el escriba inspirado nos da un claro bosquejo de estos grandes acontecimientos para cuya descripción el historiador ha escrito tomos enteros.
VERS. 23-25: Y al cabo del imperio de éstos, cuando se cumplirán los prevaricadores, levantaráse un rey altivo de rostro, y entendido en dudas. Y su poder se fortalecerá, mas no con fuerza suya; y destruirá maravillosamente, y prosperará; y hará arbitrariamente, y destruirá fuertes y al pueblo de los santos. Y con su sagacidad hará prosperar el engaño en su mano; y en su corazón se engrandecerá, y con paz destruirá a muchos: y contra el príncipe de los príncipes se levantará; mas sin mano será quebrantado.
Esta potencia sucede a las cuatro divisiones del reino representado por el macho cabrío durante el último período de su reino, es decir hacia la terminación de su carrera. Es, por supuesto, la misma potencia que el cuerno pequeño del versículo 9 en adelante. Si se aplica a Roma, según lo manifestamos en las observaciones referentes al versículo 9, todo resulta armonioso y claro.
"Un rey altivo de rostro."-Al predecir el castigo que esta misma potencia infligiría a los judíos, Moisés la llama "gente fiera de rostro." (Deut. 28:49, 50.) Ningún pueblo tuvo en su atavío bélico apariencia más formidable que los romanos.
La expresión "entendido en dudas," o "tretas enredadas" (V.M.) se rinde en otras versiones por "entendido en frases obscuras." Esto recordaría lo que dice Moisés en el pasaje que se acaba de mencionar: "Gente cuya lengua no entiendas." Eso no podía decirse de los babilonios, los persas ni los griegos con referencia a los judíos; porque el caldeo y el griego se usaban en forma bastante común en Palestina. Pero esto no sucedía con el latín.
¿Cuándo "se cumplirán los prevaricadores"? Siempre se tiene en cuenta la relación que iba a haber entre el pueblo de Dios y sus opresores. Ese pueblo había sido llevado en cautiverio a causa de sus transgresiones. Al persistir en el pecado atraía sobre sí un castigo cada vez más severo. En ningún momento fueron los judíos como nación más corrompidos moralmente que cuando cayeron bajo la jurisdicción de los romanos.
La Roma papal "se fortalecerá, mas no con fuerza suya."-El éxito de los romanos se debía mayormente a la ayuda de sus aliados, y a las divisiones que había entre sus enemigos, y que ellos supieron siempre aprovechar. La Roma papal también fue poderosa mediante los poderes seculares sobre los cuales ejercía el dominio espiritual.
"Destruirá maravillosamente." El Señor dijo a los judíos por el profeta Ezequiel que los entregaría a hombres que serían "artífices de destrucción" (Ezequiel 21:31); y la matanza de 1.100.000 judíos por el ejército romano cuando destruyó a Jerusalén resultó ser una terrible confirmación de las palabras del profeta. Roma en su segunda fase, la papal, ocasionó la muerte de millones de mártires.
"Con su sagacidad hará prosperar el engaño en su mano." Roma se distinguió por encima de todas las demás potencias por su política astuta, con la cual llegó a dominar las naciones. Esta característica se vio en la Roma pagana y en la papal. Así logró destruir a muchos en paz.
Finalmente, en la persona de uno de sus gobernadores, Roma atentó contra el Príncipe de los príncipes, al dictar sentencia de muerte contra Jesucristo. "Mas sin manos será quebrantado." Este es un pasaje paralelo al de la profecía de Daniel 2:34, donde
la piedra "cortada, no con mano" destruye todas las potencias terrenales.
VERS. 26, 27: Y la visión de la tarde y la mañana que está dicha, es verdadera: y tú guarda la visión, porque es para muchos días. Y yo Daniel fui quebrantado, y estuve enfermo algunos días: y cuando convalecí, hice el negocio del rey; mas estaba espantado acerca de la visión, y no había quien la entendiese.
"La visión de la tarde y la mañana" se refiere al período de 2.300 días. En vista del largo período de opresión y de las calamidades que habían de caer sobre su pueblo, Daniel se desmayó y estuvo enfermo algunos días. La visión le asombraba, pero no la comprendía. ¿Por qué no cumplió Gabriel en esa ocasión todas sus instrucciones, y no hizo comprender la visión a Daniel? Indudablemente porque Daniel había recibido todo lo que podía resistir y las instrucciones adicionales fueron por lo tanto diferidas para un momento ulterior.
[1] Adán Clarke, "Commentary on the Old Testament," tomo 4, pág. 598, nota sobre Daniel 8:1.
[2] Tomás Newton, "Dissertations on the Prophecies," tomo I, págs. 303, 304.
[3] Id., pág. 306.
[4] Humphrey Prideaux, "The Old and New Testament Connected in the History of the Jews," tomo 1, pág. 378.
[5] Gualterio Fogg, "One Thousand Sayings of History," pág. 210.
[6] Véase Humphrey Prideaux, "The Old and New Testament Connected in the History of the Jews," tomo 2, págs. 106, 107.
[7] Véase 1 Macabeos 8; Flavio Josefo "Antigüedades Judaicas," libro 12, cap. 10, sec. 6; Humphrey Prideaux, "The Old and New Testament Connected in the History of the Jews," tomo 2, pág. 166.
[8] S. P. TregeIIes, "Remarks on the Prophetic Visions in the Book of Daniel," nota al pie de la pág. 89.
[9] "Dialogues on Prophecy," tomo 1, págs. 336, 327.
|
|
|
Usted es el Visitante |