
Lección 9

Para el 27 de Noviembre del 2004
|
Introducción
En la tarde, cuando los niños hacen sus deberes escolares, cuántos padres han tenido que hacer frente a la queja de sus hijos que les dicen: "¡Papá, no puedo entender esto!" Y cuántos padres han descubierto que sus hijos podrían haber entendido si hubieran leído las explicaciones en el libro de texto.
En Daniel 8 se nos invita a estudiar otro conjunto de símbolos profetices; y como en los casos de los capítulos 2 y 7, Dios nos proporciona la explicación correspondiente para que los podamos comprender.
En efecto, la palabra "entender", o sus sinónimos y derivados aparecen tan frecuentemente a partir de Daniel 8 que se asemejan a un leit motiv (Daniel 8: 16, 17; 9: 23, 25; 10: 12, 14; 12: 10).
Pero en Daniel 8, aunque se da la interpretación de los símbolos tal como en Daniel 2 y 7, ésta no se halla confinada a los límites de ese capítulo; continúa hasta el final del capítulo 9.
Los símbolos proféticos de Daniel 8 abarcan también bestias y cuernos, como antes, y asimismo el símbolo profetice de un período determinado. Mientras todavía está en visión, Daniel escucha una voz que dice: "Gabriel, explícale a éste la visión", e inmediatamente el ángel acudió al lado del profeta y le ayudó a entenderla (versículos 16, 17).
Pero no bien hubo explicado Gabriel el significado de las bestias y los cuernos, se dio cuenta de que tema que suspender su conversación. El cuadro que había pintado le causó un desmayo al profeta, que para aquel entonces ya era anciano. La visión terminó y Daniel dice con pesar, casi como un chico que no puede hacer sus deberes: "Seguía perplejo por la visión, que no se podía comprender" (versículo 27).
Este es el vacío que llenará Daniel 9, algunos anos más tarde. Cuando Daniel se dedicó con alma y vida a la comprensión de la parte relativa al tiempo en la profecía, Gabriel apareció de nuevo y le explicó que había acudido para "ilustrar tu inteligencia". Al decirle una vez más "entiende la visión", el ángel se puso inmediatamente a explicarle el símbolo de ese tiempo profetice, exactamente en el punto donde había suspendido la aclaración al final del capítulo 8.
A menudo se ha destacado el hecho de que Jesús nos instó, a cada uno, a "entender" Daniel 8 y 9 durante su famosa conversación con los discípulos en el Monte de los Olivos (el "sermón profetice") pocas noches antes de su crucifixión. Al citar una frase clave de Daniel 9: 27, similar a otra del capítulo 8: 13, dijo en forma significativa: "El que lea, que lo entienda" (S. Mateo 24: 15).
También resulta interesante suponer, para empezar, que fue Jesús quien dio la orden a Gabriel para que hiciera entender la visión a Daniel. En el capítulo 8: 15, 16 dice: "Mientras yo, Daniel, contemplaba esta visión [la de las bestias, los cuernos y el tiempo] y trataba de comprenderla, vi de pronto delante de mí como una apariencia de hombre, y oí una voz de hombre, sobre el [río] Ulay, que gritaba: 'Gabriel, explícale a éste la visión' ".
El Nuevo Testamento nos dice en S. Lucas 1: 19 que Gabriel es el ángel que está "delante de Dios". Cualquier ser que le dé órdenes a Gabriel tiene que ocupar un puesto muy elevado en la administración del universo. En el pasaje que acabamos de leer se describe a este ser exaltado como Alguien que tiene "apariencia de hombre". ¿Quién podría ser este personaje sino el mismo que en Daniel 7: 13 aparece "como un Hijo de hombre", esto es, Jesucristo, a quien se da el nombre de Hijo del hombre unas cuarenta veces en los evangelios? (Véase la página 116).
De manera que Jesús, nuestro Salvador, desea ardientemente que comprendamos la profecía de Daniel 8 y 9.
Y vale la pena que la entendamos, porque se refiere "al tiempo del Fin" (Daniel 8: 17), y tiene que ver con el asunto de mayor importancia de todos los siglos.
Daniel 2 nos presenta el surgimiento y la caída de las naciones, y encuentra su culminación cuando Jesucristo, la piedra sobrenatural, establece su reino de gloria.
Daniel 7 nos hace recorrer el escenario político por segunda vez, y añade la trágica trayectoria de la cristiandad medieval, y alcanza su culminación cuando el tribunal entra en sesión en el cielo y Cristo recibe su reino, que comparte generosamente con todos los "santos" que sean hallados dignos.
Los capítulos 8 y 9 también nos permiten repasar las organizaciones políticas de la historia (pero omiten a Babilonia esta vez) hasta incluso la cristiandad medieval, pero señalan en forma más directa la obra de Cristo relativa a la expiación y a la salvación del pecado por medio de la cual los pecadores pueden llegar a ser santos y heredar el reino.
Daniel 2 enfoca a Cristo, nuestro Rey. Daniel 7 enfoca a Cristo, nuestro Juez.
Daniel 8 y 9 enfocan a Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, que murió por nuestros pecados y que vive de nuevo para nuestra salvación.
Cuando lea Daniel 8 (en la página siguiente), trate de descubrir cuánto puede entender por sí mismo, sin ayuda de nadie. Después estudiaremos algunos de sus diferentes aspectos más en detalle.
El mensaje de Daniel 8
I. Dos bestias más preanuncian el futuro
—Pero, señor —dijeron en alta voz varios de los soldados de Alejandro—, ¡mira sus carros! En cuanto nos acerquemos a ellos los soltarán colina abajo para que nos aplasten. ¿Qué podemos hacer?
—¿Qué pueden hacer? -respondió Alejandro mientras sonreía-. Pueden arrojarse a tierra cubiertos por sus escudos para que los carros pasen por encima de ustedes. Y después levántense en seguida para terminar la tarea.
Las dos bestias y sus cuernos. Dentro de un momento nos vamos a encontrar con Alejandro otra vez. Mientras tanto, descubramos con seguridad absoluta la identidad de las dos bestias y de sus respectivos cuernos en la primera parte de Daniel 8.
El camero con dos cuernos, el menor de los cuales llegó a ser el mayor, queda identificado definidamente como Medopersia (Daniel 8: 20). El macho cabrío provisto de un solo cuerno que volaba sobre el suelo y que derrotó al camero recibe específicamente el nombre de Yaván, que es Grecia (Daniel 8: 21). Su único cuerno se identifica con su "primer rey", Alejandro, o más adecuadamente con el reino de Alejandro (Daniel 8: 22). (Hemos visto en Daniel 7: 17, 23 que "rey" equivale a "reino".) Los cuatro cuernos que salieron de ese cuerno único cuando se quebró, son los cuatro reinos en que por un tiempo se dividió el Imperio Helenístico de Alejandro bajo Lisímaco, Casandro, Seleuco y Ptolomeo (Daniel 8: 22). (Véanse las páginas 109, 111.)
Los símbolos son tan claros que resulta fácil olvidar que Daniel vio su cumplimiento con mucha anticipación.
Ahora bien, Daniel 8: 1, 2 nos dice que el profeta en su visión creía estar de pie junto al río Ulay, un canal de unos trescientos metros de ancho que pasaba cerca de la antigua ciudad de Susa. Lo importante es que estaba ubicado en las proximidades de una comunidad, Susa, que iba a figurar en forma prominente como depósito de tesoros y capital de invierno del Imperio Medopersa. En forma simbólica, entonces, el profeta fue trasladado a la época medopersa.
De acuerdo con Daniel 8: 1 la fecha exacta de su visión fue el tercer año de Baltasar, 551 AC, dos años después de la visión de Daniel 7. Al Imperio Babilónico le quedaban todavía una docena de años, pero para un observador avezado como Daniel era evidente que sus días estaban contados. Nabonido, su rey supremo, estaba en Tema empeñado en desarrollar un centro comercial y en revivir el culto a la diosa Luna. Baltasar, el corregente, había permitido que la economía de la capital se derrumbara. Por otra parte Ciro, el vigoroso rey de Persia, se había lanzado a la conquista del mundo. Por eso Dios no se preocupó de incluir a Babilonia en esta profecía.
Se cree que Ciro era el nielo del último rey de Media. En su apogeo esa nación se extendió a través de las montañas desde el río Halys en el noroeste hasta el golfo Pérsico en el sudeste. Por contraste Ciro al principio reinó sólo sobre la pequeña provincia media de Persia. En ese momento el cuerno medo era más alto que el cuerno persa.
Pero en el año 553, el de la visión de Daniel 7, Ciro se rebeló contra su abuelo, el rey Astiages, y pronto puso a Media bajo su propio control. En el año 547, cuatro años después de la visión de Daniel 8, Ciro anexaría Lidia, y extendería sus dominios más allá del río Halys hasta el mar Egeo. En el año 539 conquistaría Babilonia. De este modo el cuerno inferior llegó a ser superior al primero. Amplio de mente y generoso, Ciro trató a los medos como aliados y no como súbditos, con lo que acuñó el término "Imperio Medo-persa". Con el tiempo, sin embargo, el cuerno persa creció tanto que el imperio llegó a ser conocido meramente como "persa".
El Imperio Persa gozó de buenos gobiernos bajo la conducción de varios dirigentes además de Ciro, entre los que incluimos, por ejemplo, a Darío I (522-486) y Artajerjes I (465-423), que trataron especialmente bien a los judíos y merecen que los mencionemos cuando lleguemos a nuestro análisis del capítulo 9. Pero Darío III (336-331), el último de los emperadores persas, era un gobernante débil, que seguramente no estaba en condiciones de hacerle frente a Alejandro Magno.
Alejandro derrotó los ejércitos de Darío, inmensamente superiores, tres veces en tres grandes operaciones militares: primero, junto al río Gránico, en Frigia, en el año 334 AC; segundo, en la costa cerca de Iso, en Cilicia, en el año 333; y tercero, en la llanura de Arbela, o Gaugamela, en Siria, en el año 331. El macho cabrío de Alejandro despedazó fácilmente al camero persa tal como Daniel lo había visto doscientos años antes.
Dios y el éxito de Alejandro. Un artículo publicado en la Scientific American (Revista norteamericana de ciencias)' atribuye en parte el éxito de Alejandro al desarrollo, poco tiempo antes, de la artillería de torsión. Esta artillería estaba constituida por grandes catapultas impulsadas por fuertes cuerdas de crin y tendones entretejidos, que actuaban como resortes mediante una traba que se aflojaba repentinamente. Podían arrojar una y otra vez pesadas piedras sobre un punto elegido del muro de una ciudad hasta que éste cedía, o podían arrojar grandes flechas contra las filas enemigas antes que los arqueros adversarios pudieran estar lo suficientemente cerca como para poder disparar con sus armas convencionales. Diseñadas por ingenieros y matemáticos sumamente calificados, se caracterizaban por su extraordinaria precisión. Una catapulta construida de acuerdo con antiguas especificaciones hace algunos años en Alemania, se dice que partió en dos una de sus flechas con una segunda, en el mejor estilo de Robin Hood.
Más conocidas que sus catapultas son las cualidades personales de Alejandro, que le dieron el éxito. Como lo vimos ya en el caso de los carros, parecía que él siempre sabía qué había que hacer: cuándo atacar o demorar el ataque, si había que perseguir al enemigo después de la victoria o si era necesario retroceder para consolidar posiciones. Era sumamente valeroso. Cuando uno de sus generales fue muerto durante el sitio de Tiro mientras trataba de entrar por la brecha abierta en el muro de la ciudad, Alejandro, sin vacilar, ocupó su lugar. Y podía caminar una noche entera. En una ocasión condujo su caballería casi sin pausa en una persecución que duró tres días y cuatro noches.2
Pero a pesar de las cualidades y los equipos notables de Alejandro, no podemos escapar a la convicción de que las cosas podrían haber sido muy diferentes si el rey Darío no hubiera sido tan cobarde. Los persas de Darío superaban en número por lejos a los griegos. Se dice que en Arbela los persas reunieron un millón de hombres contra los 47.000 de Alejandro.3 Pero en Gránico, Iso y Arbela el rey Darío perdió el ánimo ante la primera insinuación de dificultad, dio vuelta su carro y comenzó a huir para salvar su vida, una señal elocuente en aquellos días para que todo el ejército persa huyera también.
En un pasaje por demás intrigante que aparece en las Escrituras, se nos dice que "el corazón del rey es como el agua del canal en mano de Yahvéh, que él dirige donde quiere" (Proverbios 21: 1). Los informes históricos nos indican que una sola hora de valor por parte de Darío en cualquiera de sus tres grandes batallas, podría haber salvado su ejército y haberlo capacitado para aniquilar las fuerzas de Alejandro. Si Dios lo hubiera considerado conveniente, fácilmente podría haberle dado a Darío el valor necesario. Se lo dio a Daniel para hacer frente a los leones. Le dio valor a los amigos de Daniel para enfrentar un homo de fuego. Pero el Imperio Persa había decidido seguir su camino sin recurrir a la fe en el Dios de Israel, y en su hora de crisis Dios permitió que la debilidad humana siguiera su curso.
En Daniel 7: 6 se nos dice que el poder le fue "dado" a los griegos. Evidentemente el mismo Dios que "entregó" al impenitente Judá en las manos de Nabucodonosor (Daniel 1: 2), y que "entregó" a la decadente Babilonia en manos de Ciro (Daniel 5: 28), ahora "entregó" el decadente Imperio Persa en manos de Alejandro. De esta manera "el Dios que se preocupa" supervigila los asuntos de los hombres.
A tres bestias se les prolonga la vida. En Daniel 7: 12 se nos dice que la vida de las tres primeras bestias del capítulo 7, a diferencia de la cuarta, sería prolongada "durante un tiempo", después que su dominio les fuera retirado. En un gesto simbólico Alejandro se casó con una princesa bactriana, llamada Roxana, y con todo entusiasmo patrocinó el casamiento de diez mil soldados griegos con esposas persas. Ciertamente Alejandro manifestó en forma notable sus cualidades de estadista cosmopolita. Con gran originalidad puso en marcha la amalgama de las antiguas civilizaciones babilónica y persa con la griega (o "helénica"), que le iba a dar a la civilización su sello "helenístico" a través de los siglos. De esta manera algunos elementos de las civilizaciones de Babilonia y de Persia, más los de Grecia, persistieron "durante un tiempo". Sin duda muchos de ellos ejercen su influencia hasta el día de hoy.
"De ningún otro hombre se puede decir con la misma ecuanimidad -dice un historiador moderno cuyas opiniones son ampliamente compartidas—, que haya puesto su sello sobre todas las civilizaciones que lo siguieron en las tierras donde combatió, y sobre todas las civilizaciones de Occidente que a su vez recurrieron a ellas".4
El "cuerno pequeño" de Daniel 8: 9-14. Después de la muerte de Alejandro, su cuerno, es decir, su reino, se dividió en "cuatro 'magníficos' en la dirección de los cuatro vientos del cielo". La narración continúa así: "De uno de ellos salió un cuerno, pequeño, que creció mucho".
La identificación de este cuerno pequeño va a ocupar nuestra atención más o menos durante las cuatro próximas secciones. Una aclaración al llegar a este punto podría ser conveniente.
Los estudiosos de las Escrituras a veces llegan a la conclusión dé que cuando éstas dicen que el cuerno pequeño salió "de uno de ellos", significa que salió de uno de los cuatro cuernos. Lo que las Escrituras realmente quieren decir es que el cuerno pequeño salió de uno de los cuatro vientos; es decir, que salió de uno de los cuatro puntos cardinales. (Se trata de una figura de lenguaje.)
¿Cómo puede ser esto así?
Los sustantivos en hebreo poseen un género gramatical. Son masculinos, femeninos o neutros. Muchos otros idiomas también tienen género gramatical. Y en esos casos la regla consiste en que los pronombres tienen que concordar con su sustantivo antecedente, y tienen que ser masculinos, femeninos o neutros. La gramática castellana, en este aspecto, concuerda con el hebreo.
En el hebreo de Daniel 8: 8, 9, "cuernos" es femenino y "vientos" puede ser masculino o femenino. En la frase "de uno de ellos" el pronombre "ellos" es masculino. Esto significa que el sustantivo correspondiente a "ellos" no puede ser "cuernos" sino "vientos". De modo que el cuerno pequeño tendría que aparecer de uno de los cuatro vientos. Iba a surgir de uno de los puntos cardinales.
Es de importancia para nuestro estudio tener en claro que el Imperio Romano, pequeño al principio, surgió en un punto ubicado al oeste de los tres primeros imperios de la profecía. Es lamentable que algunos estudiosos hayan llegado a la suposición de que el cuerno pequeño de Daniel 8 es ese extraño rey Antíoco Epífanes.
II. El cuerno que holló el santuario
El cuerno pequeño de Daniel 8 ha sido considerado por algunos estudiosos de las Escrituras símbolo de uno de los reyes de la dinastía de los seleúcidas, Antíoco IV, comúnmente conocido como Antíoco Epífanes.*
Este rey persiguió a los judíos de ideología conservadora y suspendió los servicios del templo entre los años 168 y 165 AC. Al referirse a sus actividades, 1 y 2 de Macabeos, dos libros apócrifos o deuterocanónicos, citan frases de Daniel 8 y 9.
Pero, por supuesto, las Escrituras no declaran que el cuerno pequeño de Daniel 8 es Antíoco Epífanes, y en muchos sentidos él no cumplió en absoluto esta profecía. Los cuernos representan reinos, y él era sólo un rey, parte de uno de los cuatro cuernos. No apareció "al final" del reino seleúcida (Daniel 8: 23) sino aproximadamente hacia la mitad de esa dinastía. (Esta se extendió entre los años 312/311 y el año 65 AC, y Antíoco Epífanes reinó entre los años 175 y 164 AC.)
Y en realidad no "le acompañó el éxito" (versículo 12) ni "creció mucho" tampoco (versículo 9). Su padre, Antíoco III, recibió el nombre de "el Grande", y con razón, porque restauró los dominios originales de los seleúcidas. Antíoco Epífanes, en cambio, recibió sarcásticamente el nombre de "Epímanes", el loco,5 a lo menos por parte de algunos de sus contemporáneos. Después de un breve triunfo en el "mediodía" (Egipto), fue totalmente derrotado cuando el embajador romano C. Popilius Laenas se limitó a informarle que el senado romano quería que se fuera. El despiadado embajador trazó con su bastón un círculo alrededor de Antíoco y le exigió una decisión antes que saliera de él.6
Antíoco Epífanes murió en "oriente" (Mesopotamia) en circunstancias oscuras y penosas. Aun en la "Tierra del Esplendor" (Palestina), donde al principio pareció tener éxito, todas sus ambiciones se frustraron en el curso de su vida.
Además, todos los esfuerzos realizados para lograr que su profanación del templo judío calce con las "dos mil trescientas tardes y mañanas" han fallado sistemáticamente. El informe más cercano a la época de los hechos, que encontramos en 1 Macabeos 1: 54-59; 4: 52-54, es abrumadoramente exacto cuando declara que los servicios del templo fueron interrumpidos por espacio de tres años y diez días (del 15 de Kisléu del año 168 AC, al 25 de Kisléu del año 165).
Ahora bien, en 1 Macabeos 1: 54 se aplica la frase "abominación de la desolación" (bdelugma eremoseos, Daniel 9: 27, en griego) a lo que hizo Antíoco Epífanes en el altar del templo judío. (Evidentemente levantó un ídolo en él, y sacrificó un cerdo, para horror de todos los devotos judíos, para quienes los cerdos fueron siempre animales que ni siquiera se debían tocar.) Pero Jesús en su discurso del Monte de los Olivos dijo que la "abominación de la desolación" mencionada por Daniel todavía se hallaba en el futuro (S. Mateo 24: 15). Y añadió: "El que lea, que lo entienda". De manera que si realmente queremos entender el significado del cuerno pequeño de Daniel 8, tendremos que llegar a la conclusión, con Jesús, de que no pudo haber sido Antíoco Epífanes, que murió en el año 164 AC, casi doscientos años antes del discurso del Monte de los Olivos. (Para obtener más información acerca de Antíoco Epífanes consulte Respuestas a sus preguntas en las páginas 190-192.)
El cuerno pequeño de Daniel 8 es Roma. El verdadero cumplimiento de la profecía del cuerno pequeño de Daniel 8 sólo puede ser el Imperio Romano y su sucesora, la Iglesia Romana, considerados a propósito, como en Daniel 7, desde el punto de vista de sus aspectos más tenebrosos. Las siguientes consideraciones apoyan esta conclusión:
1. Sobre la base del principio de que las sucesivas visiones de Daniel son paralelas con respecto a las anteriores y que las amplían, notamos que en muchos sentidos el cuerno pequeño de Daniel 8 es paralelo con el cuerno pequeño de Daniel 7 y aumenta la información acerca de él, y en cuanto a la bestia de la cual surgió. En Daniel 2 y 7 Roma sigue a Grecia; de modo que Roma debe seguir a Grecia en Daniel 8 también.
2. Roma surgió en Occidente, de uno de los "cuatro' vientos" (véase la página 158).
3. Ya hemos visto que en su calidad de animales feroces la Roma pagana y la cristiana constituyen una continuidad. El obispo de Roma reemplazó al emperador de Roma. Veamos de qué manera un libro de texto publicado recientemente presenta este asunto:
En Occidente, la iglesia asumió la defensa de la civilización romana. El emperador renunció al título pagano de Pontifex Maximus porque los dioses romanos ya no recibían adoración. El obispo de Roma asumió esas funciones sacerdotales, y por eso el papa hoy en día recibe a veces el título de pontífice. Cuando los hunos, una tribu fiera y salvaje conducida por el brutal Atila, invadió Italia y amenazó con tomar y destruir la ciudad de Roma, fue el jefe de la iglesia cristiana, el papa León, y no el emperador, quien enfrentó al bárbaro. Atila se sintió tan impresionado por el poder espiritual del papa que se retiró. Lo que le dijo León a Atila no se sabe, pero lo importante es el hecho de que fue el papa y no el emperador quien compareció a las puertas de Roma. El Imperio Romano se había convertido en la iglesia cristiana.7
Puesto que la Iglesia Romana es la prolongación del Imperio Romano, un solo cuerno prominente los representa a ambos.
4. El Imperio Romano, a diferencia de Antíoco Epífanes, logró dominar con éxito el Medio Oriente "al término de su reino" (Daniel 8: 23), es decir, hacia el fin del dominio de los reinos helénicos.
5. Y al ejercer su dominio sobre el Medio Oriente el Imperio Romano, a diferencia de Antíoco Epífanes, definidamente "creció mucho en dirección del sur, del oriente y de la Tierra del Esplendor" (versículo 9). Procedente del oeste, insignificante al principio como un "cuerno pequeño". Roma creció al conquistar Macedonia en el año 168 AC, Siria en el 65, Palestina en el 63, y Egipto también, después de un prolongado protectorado, en el año 30 AC, haciendo de todos esos países provincias de su propio imperio. Antioquía de Siria, la antigua capital de los seleúcidas, llegó con el tiempo a convertirse en una capital romana superada sólo por Roma y Constantinopla. Alejandría, la antigua capital de Egipto en tiempos de los ptolomeos, floreció extraordinariamente como ciudad romana.
6. La Roma pagana enfática y trágicamente "llegó [se levantó]" contra el "Jefe del ejército" (versículo 11). Poncio Pilato y los soldados que condenaron y crucificaron a Jesús eran todos romanos.
7. Tanto la Roma pagana como la cristiana destruyeron "a poderosos y al pueblo de los santos" (versículo 24); es decir, ambas persiguieron a una cantidad de fervorosos cristianos e incluso los torturaron.
8. Tanto la Roma pagana como la cristiana abolieron "el sacrificio perpetuo" y [sacudieron] "el cimiento de su santuario" (versículo 11). Roma pagana lo hizo literalmente —pero sólo en forma limitada, como lo vamos a ver más adelante— en el año 70 DC cuando los soldados del general romano Tito (que llegó a ser emperador) incendiaron el templo (o santuario de Jerusalén), destruyéndolo completamente y poniendo punto final a sus ceremonias para siempre. Alrededor del año 130 DC Adriano, emperador de Roma, construyó un templo pagano en Jerusalén, le dio a la ciudad el nombre de Aelia Capitolina, y llegó al extremo de prohibir a los judíos que vivieran en ella, ley que estuvo en vigencia por siglos.
La Roma cristiana y el santuario. Pero, ¿suspendió la Roma cristiana en algún sentido el sacrificio perpetuo y sacudió el cimiento de su santuario? La respuesta a esta pregunta implicará un análisis del ministerio de Cristo como nuestro compasivo sumo sacerdote. También tendrá que ver con el significado de la fascinante palabra hebrea tamid.
III. El permanente sacerdocio de Cristo
Conocí bien a Teodoro como alumno de mi clase. Era muy inteligente y se había casado con una chica simpatiquísima. Se fueron a trabajar al Lejano Oriente y los perdí de vista.
Pero de repente lo vi entrar en mi oficina. Por supuesto, quise enterarme en seguida de todo lo concerniente a su vida y su trabajo.
Para gran sorpresa mía me dijo que ya no tenía familia y que la organización para la cual trabajaba lo había enviado de vuelta a casa. Había caído en amores imprudentes y alguien lo sorprendió. Le había pedido perdón muchas veces a su esposa, pero ella estaba muy herida y había insistido en una separación. Le había dicho, además, que cuando regresara iba a iniciar los trámites para conseguir el divorcio.
Por suerte su esposa, al regresar a casa, cambió de opinión y dulcemente perdonó a su marido. Pero cuando Teodoro entró en mi oficina todavía las cosas andaban bastante mal. Sin embargo, había un destello de esperanza. Teodoro me contó que cuando se estaba preparando para regresar después que su esposa lo despidió, había encontrado alojamiento en el desván de la casa de un amigo. Profundamente arrepentido, temía que su pecado fuera demasiado grande para ser perdonado. Al despertarse temprano cierta mañana después de una noche intranquila, se dio cuenta de que no podía esperar más para saber en qué condiciones estaba delante de Dios. Tomó su ejemplar de las Escrituras y le pidió al Señor que lo guiara para encontrar un texto apropiado.
El sabía perfectamente bien que ordinariamente ése no es un método apropiado para estudiar las Escrituras, y apenas podía reunir el valor necesario para abrir sus páginas por temor a leer algo sin significado o, peor aún, algo que pareciera que Dios lo había rechazado. Por fin, sin embargo, con los ojos apretados puso el dedo sobre un texto y, con temor, los abrió. Y éste era el texto que estaba señalando: "Porque me apiadaré de sus iniquidades y de sus pecados no me acordaré ya" (Hebreos 8: 12).
He escrito el nombre de Teodoro junto a este texto en mi ejemplar de las Sagradas Escrituras para acordarme de este incidente mientras viva.
En el Salmo 139 David nos dice cuan difícil es encontrar un lugar donde podamos escapar de Dios: "Si. . . voy a parar a lo último del mar, también allí tu mano me conduce" (versículos 9, 10).
En el caso de Teodoro pude ver cuan difícil es encontrar un momento cuando podamos estar lejos de Dios. En la penumbra del amanecer, durante el instante más tenebroso de su vida, Teodoro descubrió dramáticamente que Dios estaba dispuesto a perdonarlo y a sanarlo.
Cuando te quiero, cerca tú estás; de nada temo, buen Salvador; siempre bondoso me sostendrás, cuando te quiero más.8
La experiencia de Teodoro ilustra eficazmente el verdadero significado de una vital palabra hebrea que se encuentra en el corazón mismo de Daniel 8. Ese significativo término es tamid. La Biblia de Jerusalén lo traduce "el sacrificio perpetuo". La versión Reina Valera dice "el continuo sacrificio".
"Llegó [el cuerno pequeño'} incluso hasta el Jefe del ejército, abolió el sacrificio perpetuo [es decir, el tamid} y sacudió el cimiento de su santuario" (versículo 11).
El tamid de Daniel 8: 13, 14 es simbólico. Sería difícil poner demasiado énfasis en la importancia de comprender bien el significado del término tamid y sus abarcantes implicaciones.
Los estudiosos de las Escrituras que suponen que el cuerno pequeño de Daniel 8 es Antíoco Epífanes interpretan la palabra tamid de este pasaje como si se aplicara solamente a los sacrificios matutinos y vespertinos que este rey suspendió entre los anos 168 y 165 AC. Otros estudiosos de la Palabra de Dios, que entienden que el cuerno pequeño es símbolo de un reino y no puede referirse sólo a un rey, afirman que el santuario también es simbólico y su significado no puede restringirse al templo de los judíos. En Daniel 2 y 7 los metales y los animales son símbolos de vastos imperios sucesivos. Por lo tanto, el tamid de Daniel 8: 13, 14 también es un símbolo. Representa una realidad más amplia y más rica que el doble sacrificio cotidiano de la antigua Jerusalén.
En efecto, tamid no significa "sacrificio perpetuo". Esta palabra significa "continuo", y se usa en este pasaje para referirse a algo constante, permanente, sin definir de qué se trata. Los traductores han añadido las palabras "sacrificio" u "holocausto" con el propósito de tratar de que el pasaje se aplique a Antíoco Epífanes.
La experiencia de Teodoro y otras similares de incontables cristianos nos animan a apartar nuestra mirada de Antíoco Epífanes para considerar también que el símbolo tamid de Daniel 8 representa el continuo —es decir, el permanente— ministerio sumo sacerdotal de Jesucristo en favor de nosotros en el santuario celestial.
El carácter "continuo" del ministerio sacerdotal de Cristo. Que Jesús es nuestro sumo sacerdote es el mensaje del libro de Hebreos en el Nuevo Testamento. En Hebreos 3: 1 se nos invita a considerar "al apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe, a Jesús".
Que Jesús ejerce su ministerio en el santuario celestial resulta claramente establecido en Hebreos 8: 1,2, donde se nos dice que "tenemos un Sumo Sacerdote tal, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, al servicio del santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el Señor, no por un hombre".
Y que el ministerio de Jesús en nuestro favor es continuo queda aclarado en Hebreos 7: 21-25, donde se contrasta su ministerio con el servicio discontinuo de los sacerdotes "levitas" del Antiguo Testamento:
Pues los otros fueron hechos sacerdotes [ levíticos} sin juramento por Aquel que le dijo:
"Juró el Señor y no se arrepentirá: Tu eres sacerdote para siempre".
Por eso de una mejor Alianza resultó fiador Jesús.
Además, aquellos sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía perdurar. Pero éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre. De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor (Hebreos 7: 21-25).
El tamid en el Antiguo Testamento. El contraste que se establece en Hebreos 7: 21-25 entre el continuo sacerdocio de Cristo y el ministerio discontinuo de los sacerdotes del Antiguo Testamento, viene muy al caso. El sacerdocio levítico fue establecido por Dios para que fuera tan continuo como lo permitía la condición humana. En efecto, en relación con lo que las Escrituras nos dicen acerca del carácter discontinuo del ministerio del Antiguo Testamento, descubrimos el significado especial que tiene la palabra tamid.
Cuando se la emplea como un adjetivo ordinario, la palabra tamid se refiere a una cantidad de cosas, tales como empleo continuo (Ezequiel 39: 14), tormento continuo (Salmos 38: 17), y esperanza continua (Salmos 71: 14).
Bien a menudo, sin embargo, tamid se usa con un significado técnico para describir varios aspectos básicos del ritual hebreo relacionado con el santuario del Antiguo Testamento. Una docena de veces (como en Números 28: 3 y en 1 Crónicas 16: 40) se refiere a la ofrenda de un cordero, en forma regular, mañana y tarde, como un "holocausto continuo". También se refiere (como en Levítico 24: 2) a las lámparas que ardían continuamente y (como en 2 Crónicas 2: 4, versión Reina Valera) a la "continua ofrenda de los panes de la proposición" que estaban constantemente a la vista y que eran reemplazados cada semana. En Éxodo 28: 29, 30 tamid se refiere al pectoral simbólicamente adornado que el sumo sacerdote usaba continuamente todas las veces que sus deberes le requerían que entrara en el santuario. En 2 Crónicas 24: 14 tiene que ver con todos los holocaustos ofrecidos a Dios durante la vida de un determinado rey. Y en 1 Crónicas 23: 31 se refiere a los sacrificios especiales que se ofrecían regularmente los sábados, las nuevas lunas y los días de fiesta.
Si tenemos en vista estos detalles, resulta evidente que tamid abarcaba todo el continuo ministerio del santuario del Antiguo Testamento, y que de ninguna manera se limitaba a los holocaustos que se ofrecían cada día.
El santuario original del Antiguo Testamento. Para disponer de un concepto más claro del tamid del Antiguo Testamento —y para lograr de esa manera una comprensión más cabal del ministerio celestial de Cristo— es importante que tengamos cierto conocimiento del santuario levítico y sus servicios.
Cuando Dios sacó a los israelitas de Egipto, le dijo a Moisés: "Me han de hacer un Santuario para que yo habite en medio de ellos" (Éxodo 25: 8). En el Monte Sinaí le dio al profeta instrucciones precisas en cuanto al plano del santuario y sus servicios. (Véanse especialmente los capítulos 25 al 30 de Éxodo.)
El propósito de Dios al dar estas instrucciones era evidentemente impresionar al pueblo con 1) su santidad en contraste con la pecaminosidad de ellos, 2) su anhelo de perdonar sus pecados en respuesta a su arrepentimiento, y 3) su deseo de morar en sus "templos" (cuerpos) personales, individuales, por medio del Espíritu Santo, y purificarlos del pecado (1 Corintios 6: 19, 20; Efesios 2: 21, 22; Apocalipsis 3: 20, 21).
Puesto que en aquel tiempo los israelitas hacían vida de nómadas en la península del Sinaí, Dios dijo que el santuario debía ser construido en forma de tienda, de manera que pudiera ser desarmada cada vez que el pueblo se tenía que trasladar. Debía ser de diez codos por treinta (cada codo era de aproximadamente 46 centímetros) y dividido en dos compartimentos. El más grande iba a ser conocido como el "lugar santo", y el más pequeño, o interior, como el "lugar santísimo". Dos cortinas o "velos" servían de puertas; la cortina interior estaba ricamente bordada con figuras de ángeles. El "atrio" o patio que lo rodeaba estaba delimitado por un cerco de tela de lino.
Dios especificó cómo debía estar amoblado el tabernáculo o tienda. Hagamos una gira acompañados por Aarón, el sumo sacerdote. El primer mueble que nos va a mostrar, inmediatamente a la entrada del atrio, es un altar recubierto de bronce, el "altar de los holocaustos". Al avanzar nos muestra la "pila de bronce", un recipiente lleno de agua para las abluciones ceremoniales.
Avanzamos más allá de la pila y Aarón corre el primer velo y nos conduce del brillante sol del desierto a la reverente penumbra del lugar santo. Hay fragancia en el ambiente. Una tenue columna de humo se eleva del incienso que arde sobre un pequeño pero exquisito altar, el "altar del incienso"9 que está directamente delante de nosotros, frente al segundo velo. Por supuesto, apenas podemos verlo, a lo menos hasta que nuestros ojos se acostumbren a la penumbra del lugar.
Nuestra atención se dirige ahora al "candelabro" de siete brazos que está a nuestra izquierda, cerca de la pared, hacia el sur. Aarón nos dice que es de oro macizo y que algunas de sus lámparas siempre están ardiendo. Nos damos cuenta de que su luz se refleja en las tablas recubiertas de oro que constituyen los muros, y en el techo que es de tela y cueros. Detrás de esas tablas cuelga una cortina ricamente decorada con figuras de ángeles.
Junto a la pared del norte nos encontramos con un mueble recubierto con oro del tamaño de una mesa de café. Aarón nos dice que es la "mesa de los panes de la Presencia". Doce panes, uno por cada tribu de Israel, son puestos allí cada sábado.
Admiramos la soberbia artesanía del velo interior; entonces Aarón corre esa cortina y entramos en el lugar santísimo. En su centro está el "arca del Testimonio", una caja recubierta de oro que, según Aarón lo explica, contiene las tablas de piedra sobre las cuales Dios grabó los Diez Mandamientos. La tapa del arca, llamada "propiciatorio", según nos dice, es de oro macizo. Sobre esa tapa, y labrados con el mismo trozo de oro, hay dos ángeles llamados "querubines", cuyos rostros miran hacia abajo.
En la vida real, por supuesto, jamás podríamos haber entrado en el santuario. Sólo los sacerdotes podían hacerlo en el lugar santo; y sólo el sumo sacerdote, un día en el año, podía entrar en el lugar santísimo. Nuestra imaginación nos ha servido muy bien.*
Cuando los israelitas se establecieron en Palestina, el tabernáculo envejeció y se deterioró. El rey Salomón lo reemplazó por un templo de piedra edificado en Jerusalén, basándose en el mismo plano del santuario del desierto. Fue el templo de Salomón el que Nabucodonosor arrasó más de trescientos años después.
Al terminar el exilio babilónico los judíos construyeron un segundo templo sobre la base del mismo plano del templo de Salomón y en el mismo sitio. El segundo templo carecía del arca de la alianza, que desapareció después del ataque final de Nabucodonosor. Dentro de sus límites se encontraba, al principio, el altar que Antíoco Epífanes profanó en el año 168 AC. Herodes el Grande, que era rey cuando Jesús nació, reconstruyó y embelleció este segundo templo a tal punto que llegó a ser conocido como templo de Herodes. Jesús enseñó en ese templo, y los romanos lo destruyeron en el año 70 DC.
Los servicios religiosos del Antiguo Testamento. Los ritos del santuario, establecidos por Dios, eran impresionantes y variados. Estaban adecuados a un pueblo de agricultores y pastores que vivía íntimamente relacionado con rebaños de ganado y manadas de ovejas y cabras. Simbolizaban la muerte de Cristo y su ministerio celestial para el perdón de nuestros pecados mediante la muerte de animales valiosos y el 'servicio prestado por dedicados sacerdotes.
El rito básico consistía en ofrecer un cordero cada mañana y cada tarde. De acuerdo con Le vírico 9: 24 Dios mismo encendió milagrosamente el altar en ocasión de la dedicación del santuario, y los sacerdotes recibieron estrictas instrucciones en el sentido de no dejarlo apagar jamás. "Este es el ritual del holocausto. (Este es el holocausto que estará sobre el fuego encendido, sobre el altar, toda la noche y hasta la mañana, y que el fuego del altar consumirá). . . No se apagará el fuego" (Levítico 6:1-5.)
La tradición más tarde afirmó que el fuego original continuó ardiendo desde el ) tiempo de Moisés hasta que Nabucodonosor destruyó el templo en el año 586 AC, en total más de ochocientos años, de acuerdo con la cronología bíblica.
Este holocausto continuo tenía mucho que comunicar a los israelitas acampados en el desierto. En cualquier momento, cuando alguien se arrepentía de sus pecados, una mirada al tabernáculo de día, y de noche el olor del sacrificio estaba allí presente y había sido ofrecido en su favor. Y el hecho de que este sacrificio fuera continuo o permanente le recordaba que las otras funciones básicas del sacerdocio también seguían en vigencia en su favor. Las lámparas ardían día y noche, y su constante resplandor se reflejaba en las paredes recubiertas de oro. Los panes estaban en su sitio en la mesa de oro. Y el sumo sacerdote, siempre que ejercía sus funciones, llevaba sobre el pectoral el nombre de cada, tribu de la nación, y de ese modo en forma simbólica llevaba junto a su corazón hasta la presencia de Dios el nombre de cada persona que se hallaba en el campamento.
Más tarde, cuando los israelitas se asentaron en comunidades diseminadas por toda Palestina, y más tarde aún, cuando se dispersaron por todo el Imperio Romano, les resultó imposible visitar el santuario cada vez que pecaban, e incluso a veces ni siquiera una vez al año. También era posible que después de regresar a casa al cabo de una de sus raras visitas a Jerusalén, el creyente pecara de nuevo, y ya no tenía la posibilidad dé regresar junto al altar. Pero tenía la consoladora convicción de que los ritos del santuario se continuaban celebrando en su favor.
He aquí el Cordero de Dios. Dos veces al día se ofrecía un cordero; y en el Nuevo Testamento a menudo se dice que Jesús es un Cordero, como en S. Juan 1: 29 y en 1 S. Pedro 1: 19. En el Apocalipsis se da a Jesús 27 veces el nombre de Cordero. El capítulo 53 de Isaías en el Antiguo Testamento habla de "un cordero" que "al degüello era llevado", y en Hechos 8: 32-35 en el Nuevo Testamento se aplica esta declaración a Jesús. En 1 Corintios 5: 7 San Pablo menciona al cordero sacrificado en el rito especial de la Pascua y dice: "Nuestro cordero pascual. Cristo, ha sido inmolado".
Dios no determinó que sólo se sacrificaran corderos. A veces pidió que se ofrecieran cameros, becerros, chivos, cabritos y hasta palomas y pichones. De vez en cuando se especificaba una ofrenda de "flor de harina", como es el caso de Levítico 2: 1-11. Pero siempre que se ofrecía un animal para obtener el perdón del pecado, la persona que ofrecía el sacrificio conducía al animal hasta el santuario y, de pie, ya sea a la entrada del santuario o junto al altar de los holocaustos, ponía sus manos sobre el animal y personalmente lo degollaba con un cuchillo. El mismo pecador daba muerte al animal, y éste era aceptado "para que le sirva de expiación” (Levítico 1: 3, 4, 10, 11)
Al poner sus manos sobre el animal el pecador simbólicamente transfería su"" propia culpa a la víctima inocente, y el animal se convertía, en calidad de símbolo, en su sustituto. Como lo dice la Jewish Encyclopedia [Enciclopedia judaica]: "La imposición de manos sobre la cabeza de la víctima era un rito común por medio del cual se efectuaba la sustitución y la transferencia de los pecados. . . En cada sacrificio se encuentra la idea de sustitución; la víctima toma el lugar del pecador humano".10
Cuando San Juan Bautista vio a Jesús por primera vez, llamó la atención a la multitud que se había reunido para escucharlo predicar diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (S. Juan 1: 29). .Anos más tarde San Pedro escribió en su primera carta: "El mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo" (1 S. Pedro 2: 24).
El hecho de que se exigiera que el pecador mismo diera muerte al animal que lo sustituía, enseña una profunda lección que todavía debemos recordar. Cada uno de nosotros puede decir: "Si Cristo murió como mi Sustituto porque llevó mis pecados, entonces yo soy responsable de su muerte: yo lo maté".
Por causa de mi pecado el clavo penetró, cuando lo crucificaron.11
Y, por supuesto, el animal sacrificado moría. Todo animal que moría cada día en cada ceremonia religiosa, nos enseña la solemne verdad de que ' 'el salario del pecada es la muerte" (Romanos 6: 23). El pecado es la causa de la muerte. El pecado causa la muerte tan irrevocable e inevitablemente que Dios no puede pasarlo por alto. Le costó algo al Señor perdonar nuestros pecados. El "no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros" (Romanos 8: 32). "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (S. Juan 3: 16).
La cruz en el Antiguo Testamento. Dios requirió de los sacerdotes levíticos la realización de una cantidad de ritos, porque ninguno de ellos considerado individualmente podía reflejar en forma adecuada la plenitud del Evangelio. Jesús, por ejemplo, pudo servir a la vez de Cordero y de Sumo Sacerdote porque resucitó después de la crucifixión. No había cordero, ni becerro ni macho cabrío que pudiera ilustrar la resurrección. Por eso se necesitaba de un animal y de un sacerdote humano, y los animales se usaban de diferentes maneras en momentos diferentes.
Como ejemplo de esta diversidad diremos que el sacrificio a veces era quemado fuera del campamento en lugar de hacerlo sobre el altar del santuario. En Hebreos' 13: 12 se nos recuerda que "también Jesús, para santificar el pueblo con su sangre, padeció fuera de la puerta". El Calvario, donde Jesús murió, se encontraba fuera de Jerusalén. Como sitio destinado a las ejecuciones, el Calvario era un lugar de baldón y vergüenza, símbolo del baldón y la vergüenza que sufren a veces los que siguen á Jesús en calidad de verdaderos discípulos. Los jóvenes cristianos que estudian en los "colegios secundarios saben lo que es ese baldón. Lo mismo le ocurre a los maridos, las esposas y los amigos íntimos que de repente deciden caminar más cerca del Señor que antes. Hebreos 13: 13 nos anima de este modo: "Salgamos donde él fuera del campamento, cargando con su oprobio".
La sangre tenía que ser aplicada. En los diversos ritos practicados, algo de la sangre de cada sacrificio hecho por causa del pecado debía ser rociada sobre uno de los dos altares o cerca de ellos. "La expiación. . . con la sangre se hace" nos dice Levítico 17: 11. Cuando el sacerdote ofrecía un sacrificio por sí mismo, tomaba parte de la sangre del animal y la rociaba sobre el altar de oro del lugar santo, y sobre el piso frente a la cortina interior. Al hacerlo, simbólicamente quedaba anotado en el lugar santo un registro de sus pecados confesados y perdonados. (Véase Levítico 4: 2-6.)
Por razones obvias la sangre de todos los sacrificios no podría haber sido rociada /en el lugar santo; de manera que cuando la gente del común del pueblo traía sus-i sacrificios. Dios les decía a los sacerdotes que rociaran algo de la sangre del animal sobre el altar grande que se hallaba en el atrio o patio. Entonces el sacerdote tenía que cocer parte del animal y comerlo. De esa manera el sacerdote, tal como Jesús -aunque por cierto sólo simbólicamente- llevaba "la falta de la comunidad"" en su propio cuerpo (Levítico 10: 17). Cuando el sacerdote una vez más ofrecía un sacrificio por sí mismo, llevaba al lugar santo sangre que representaba ahora tanto los pecados del pueblo como los suyos propios. De esa manera, de una forma o de otra, se conservaba en el lugar santo un registro de los pecados confesados y perdonados de cada cual.
Es de suma importancia poner énfasis en el hecho de que el perdón o "expiación" no se llevaba a cabo sin derramamiento de sangre y sin su aplicación. "Sin efusión de sangre no hay remisión" de los pecados dice Hebreos 9: 22. El derramamiento de la sangre, sin embargo, no bastaba. Algo de la sangre tenía que ser aplicada a uno de los altares por uno de los sacerdotes para que el rito simbólico estuviera completo. En algunos casos sólo se menciona la sangre aplicada, como en Éxodo 30: 10.
Muchos cristianos pasan por alto este hecho. Hablan con gratitud del acto de la salvación en la cruz y acerca de la sangre que Jesús derramó allí, pero no van más adelante ni mencionan el hecho de que en cierto sentido Jesús tuvo que "tomar sangre" con El para llevarla al santuario celestial (Hebreos 9: 12) a fin de atender en forma adecuada el asunto de nuestros pecados.
Muchísimos creyentes creen que Jesús únicamente murió para proporcionamos justificación por la fe. En Romanos,4; 25.. se nos dice, sin embargo, que "fue entregado [muerto] por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación". En Romanos 5: 10 se nos dice que "si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!''
Hebreos 9: 12 dice que "penetró en el santuario una vez para siempre. . . con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna".
De manera que el ministerio sumo sacerdotal de Cristo en el Santuario celestial es stan vital para nuestra salvación como su muerte en la cruz.
En realidad, preguntar qué es más importante para nuestra salvación: si la muerte de Cristo en la cruz o su viviente ministerio en el cielo, es más o menos como preguntar: "¿Qué es más importante para que un avión a retropropulsión ande bien: sus motores o sus alas?" Los motores y las alas, ambos, son importantes de diferentes maneras, pero ambos son absoluta, fundamental e irreemplazablemente esenciales.
Tan esencial como la cruz es el continuo ministerio de Cristo, su tamid en el cielo.
La superioridad del tamid de Cristo. Aunque el simbolismo del ministerio levítico proporcionaba rica seguridad y comprensión espiritual, no tenía, en sí mismo, verdadero valor. Porque obviamente era "imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados" (Hebreos 10: 4).
Vemos que el libro de Hebreos presenta la superioridad de Cristo. Jesús es mejor, nos dice, que cualquier sacerdote del Antiguo Testamento (Hebreos 7: 11-16). Jesús es superior a Moisés, por medio de quien Dios reveló el ritual hebreo (Hebreos 3). Y es superior a los ángeles que colaboran para lograr nuestra salvación (Hebreos 1). Jesús ofrece mejores promesas, una alianza mejor y mejor esperanza (Hebreos 8: 6; 7: 19). Sirve en un Santuario superior (Hebreos 9: 11). Y ofreció un sacrificio inconmensurablemente superior. "Sacrificio y oblación no quisiste -le dijo a su Padre al venir a este mundo-; pero me has formado un cuerpo" (Hebreos 10: 5).
Y puesto que el sacrificio de Cristo es inconmensurablemente superior a la muerte de becerros y cameros, no necesita ser repetido. En hebreos 9: 25-28 se nos dice con énfasis lo siguiente: "Y no para ofrecerse a sí mismo repetidas veces. . . Sino que se ha manifestado ahora una sola vez. . . para la destrucción del pecado mediante el sacrificio en sí mismo. Y del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación ya con el pecado a los que le esperan para su salvación".
Puesto que Cristo no va a morir otra vez, ni desde el punto de vista litúrgico ni por causa de la edad, su sacerdocio está caracterizado por una inconmensurable superioridad gracias a su continuidad. Como leímos anteriormente, "aquellos sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía perdurar. Pero éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre" (Hebreos 7: 23, 24).
Por eso Jesús "puede también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor" (Hebreos 7: 25). Cristo y la nueva alianza. Hace un momento leímos que Jesús ofrece "una mejor Alianza" (Hebreos 7: 22).
Esta alianza mejor, conocida también como la nueva alianza (Hebreos 8: 10-12; Jeremías 31: 31-34) es el Evangelio en resumen. Dios se la prometió primero a Adán después de su caída (véase Génesis 3: 15). La repitió varias veces en el Antiguo Testamento con diferentes palabras. Fue ratificada por la muerte de Cristo en la cruz, y se la presenta como uno de los aspectos esenciales del continuo sacerdocio de Cristo.
Jeremías y Ezequiel, profetas contemporáneos de Daniel, escribieron varias veces acerca de la nueva alianza. Demostraron que ofrece tres dones sumamente valiosos: 1) perdón de todos los pecados, 2) poder para vivir una vida transformada, y 3) formar parte del pueblo escogido de Dios. Ezequiel lo presentó cierta vez de esta manera:
1) Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras manchas. . .
2) Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo. . .
3) Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios (Ezequiel 36: 25-28).
Jeremías ordenó estos mismos elementos de este modo:
2) Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones las escribiré,
3) y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. . .
1) Cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme (Jeremías 31: 33, 34).
La promesa de dar nuevos corazones con la ley de Dios escrita en ellos, nos recuerda que Jesús resumió los Diez Mandamientos en amar a Dios con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo (bueno o malo) como a nosotros mismos (S. Mateo 22: 37-40).
Cuando Dios nos pide que amemos así, no da órdenes como si fuera un sargento. Ofrece darnos esa clase de amor. Está interesado en nosotros.
Y cuando sentimos que el amor de Dios vibra dentro de nosotros, nos resulta más fácil tratar honestamente a nuestros empleados, con equidad a nuestros competidores, honorablemente a nuestros padres y con fidelidad a nuestras esposas..Cuando amamos a Dios porque El nos inspira su amor, deseamos dirigirle nuestras oraciones y leer y hablar acerca de El. Y deseamos guardar su sábado porque es su día, una ocasión especial para mantener una relación satisfactoria con un Amigo tan íntimo.,,
Es parte vital del constante ministerio tamid de Cristo transformarnos desde adentro hacia afuera. Ayudamos a amar lo que es bueno para nosotros, y amar inclusive a la gente que actúa mal con nosotros. Ayudamos a ser tan cristianos como El lo fue cuando estuvo en esta tierra.
El tamid de Daniel 8. La multifacética superioridad del continuo sacerdocio de Cristo —de cuya realidad el tamid de Daniel 8 es un símbolo— se nos presenta en la epístola a los Hebreos como el sólido fundamento de una fe viviente. Puesto que tenemos "tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos —Jesús, el Hijo de Dios— mantengamos firmes la fe que profesamos. . . Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno" (Hebreos 4: 14-16).
Es lamentable que algunos judíos —probablemente la mayoría de ellos—, creían en tiempos de Cristo que su ritual levítico era el verdadero tamid, la última expresión de la permanente preocupación de Dios por los pecadores. No descubrieron la realidad en el símbolo. No se dieron cuenta de que el cordero sacrificado era sólo un símbolo del Cordero de Dios.
Es más lamentable todavía que alguien suponga que la liturgia del Antiguo Testamento era el tamid acerca del cual Dios estaba hablando en la gran profecía de Daniel 8. No hay duda de que el tamid del Antiguo Testamento era importante para Dios. El lo instituyó y le preocupó que Antíoco Epífanes lo interrumpiera por un tiempo y que el Imperio Romano contribuyera a su extinción.
Pero así como los metales, las bestias y los cuernos de las profecías de Daniel son símbolos de imperios y reinos, el tamid de Daniel 8: 13, 14 es un símbolo también. Es un símbolo del continuo ministerio de Jesucristo en el Santuario celestial, para perdón de nuestros pecados y a fin de darnos poder que nos capacite para vivir vidas transformadas en pleno acuerdo con las promesas de la nueva alianza.
En el fondo de una casa una mañana gris, 19 siglos después que los romanos quemaron y arrasaron el templo de Heredes, el continuo ministerio sacerdotal de Cristo en el cielo, y las palabras de la gloriosa nueva alianza, consolaron a mi amigo Teodoro.
IV. Se eclipsa el sacerdocio de Cristo
Nos preguntamos varias paginas mas atrás (página 161) si en algún sentido la Roma cristiana había atropellado o no el ministerio continuo, el tamid de Jesucristo en el Santuario celestial.
Para dar respuesta a esta pregunta tan importante, recurriremos a las decisiones doctrinales del Concilio de Trento, que marcó época. Ese concilio (1545-1563) fue convocado especialmente para estudiar todo lo concerniente a la Reforma iniciada por Martín Lutero. Introdujo una cantidad de reformas eclesiásticas y se lo considera un elemento importante de la contrarreforma católica. Pero después de prolongados debates acerca de las doctrinas de la Iglesia, votó conservar intactas casi todas las enseñanzas básicas tradicionales de la cristiandad medieval.
Las decisiones doctrinales del Concilio de Trento se encuentran incorporadas en el Catecismo Romano.12 Y puesto que este catecismo está al alcance de todos y se basa en las decisiones del Concilio de Tr |