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Daniel 11

El mensaje de Daniel 11

Lección 12

 

Para el 18 de Diciembre de 2004


 

 

 

Dios está enterado de todo lo que nos concierne

 

Una de las principales diferencias entre la visión de Daniel 11 y las otras que aparecen en el libro es que, mientras las otras se refieren al transcurso de los imperios, ésta a menudo tiene que ver con individuos. En las otras visiones "rey" significa "reino". En Daniel 11 "rey" a menudo significa "rey".

 

Usted sin duda ya leyó el capítulo, y es posible que se haya quedado sin saber qué hacer con él. Démosle una mirada de nuevo y verifiquemos de qué modo algunos acontecimientos definidos de la historia concuerdan con declaraciones definidas de la profecía.

 

La interpretación común de los versículos 1 al 13. Hay muy poco desacuerdo entre los estudiosos de las Escrituras acerca de los primeros trece versículos. Examinemos la primera parte con calma suficiente para ver con cuánta exactitud se ha cumplido.

 

 

Gabriel, que suponemos es el ángel que habla aquí, dice que uno o dos años antes de esta visión él había ayudado personalmente a Darío el medo (no el rey Darío I) en la administración de Babilonia. Esta información nos ayuda a comprender por qué Darío manifestó tanto aprecio por Daniel cuando se produjo el asunto del foso de los leones.

 

 

Después de la muerte del rey Ciro, que estaba reinando en el momento de la visión, los tres siguientes reyes de Persia fueron Cambises (530-522), un usurpador llamado el Falso Esmerdis o Bardiya (522), y Darío I (522^1-86). Tanto Ciro como Darío I promulgaron decretos relativos a la reconstrucción del templo de Jerusalén.

 

El cuarto rey fue Jerjes (486-465), conocido en las Escrituras como Asuero, el esposo de la reina Ester. Dedicó cuatro años a almacenar pertrechos y a reunir tropas para lanzar una expedición militar contra Grecia, tal como lo había predicho el ángel. Realmente los provocó a "todos". Su ejército rebosaba de gente procedente de cuarenta naciones: persas con turbantes, asirios con cascos de bronce, colquianos con cascos de madera, tracios con la cabeza cubierta de pieles de zorro, etíopes cubiertos con pieles de leopardos, etc., etc. [2]  Avanzaron juntos, tal vez 300.000, la mayor parte a pie, desde sus respectivos países hasta los campos de batalla de Salamina (480) y Platea (479) en Grecia, para ser finalmente derrotados por completo.

 

 

La victoria sobre el gran rey de Persia fue un extraordinario tónico para los habitantes de las pequeñas ciudades estados de Grecia. Los sueños relativos a la conquista del Imperio Persa comenzaron a danzar en sus cabezas. Con el tiempo Alejandro, hijo del rey Filipo de Macedonia, unió a la mayor parte de los griegos, cruzó el Helesponto (el estrecho de los Dardanelos), entró en Asia, y como ya lo hemos visto (páginas 156, 157) derrotó completamente el imperio del gran rey.

 

 

Alejandro se estaba dedicando precisamente a la tarea de edificar la capital de su nuevo imperio en el lugar de la antigua Babilonia, cuando se lo llevó la fiebre palúdica. Falleció en el mes de junio del año 323 AC a la edad de 32 años, y le sobrevivieron Felipe, un medio hermano retardado mental, y un hijito que realmente nació después de la muerte de Alejandro. Sus principales generales combatieron entre sí, eliminaron al hermano y al hijo, y en el año 301 se dividieron el imperio en cuatro porciones. La parte occidental le tocó a Casandro, el norte a Lisímaco, el oriente a Seleuco y el sur a Ptolomeo.

 

 

Las expresiones "rey del norte" y "rey del Mediodía" (sur) aparecen a menudo en Daniel 11. Designaban al principio a las personas que dominaban Siria y Egipto, países que se encontraban al norte y al sur de Jerusalén. Las regiones que realmente dominaron estos reyes variaron con el transcurso del tiempo. A veces el reino del norte (o seleúcida) se extendía desde el mar Egeo hasta la India, y a veces estaba formado sólo por unas cuantas ciudades estados. El rey de Egipto (o reino Ptolemaico) anexó Libia y ciertas regiones de la costa de Asia Menor. Durante la mayor parte del primer período abarcado por Daniel 11, Egipto también dominaba el Líbano, Chipre y Judea. (Véase el mapa de la página 284.) La capital de Egipto bajo los Ptolomeos no era El Cairo sino Alejandría, una floreciente comunidad fundada por Alejandro. La principal capital del reino seleúcida fue Antioquía de Siria, ubicada cerca del Mediterráneo.

 

Todos los reyes de Egipto se llamaron Ptolomeo, y todos los reyes de Siria a los que se refiere Daniel 11 se llamaron ya sea Antíoco o Seleuco. Puesto que había tantos con el mismo nombre, cada uno se distinguió del otro en la antigüedad por un segundo nombre elegido por el rey mismo o dado por el pueblo. En la actualidad les añadimos números también. Tenemos que reconocer que el resultado de todo esto es una especie de trabalenguas.

En el versículo 5 el ángel dijo que "el rey del Mediodía se hará poderoso".  Ptolomeo I Sotero (Salvador) (323-280) fue fuerte, en efecto, desde el mismo principio. Egipto era un país extremadamente rico y relativamente fácil de defender. El "príncipe" que se haría "más fuerte que él" fue Seleuco I Nicator, el general que obtuvo originalmente la parte oriental del imperio de Alejandro. Seleuco fue expulsado del oriente por otro de los generales de Alejandro y huyó a Egipto. Ptolomeo le otorgó privilegios especiales y le ayudó a organizar un nuevo ejército.

 

Después de su rápido éxito, que le permitió expulsar a su rival del oriente, Seleuco prosiguió su marcha y expulsó a Lisímaco de Siria y el Asia Menor, convirtiéndose de ese modo en el "rey del norte", y en el amo de la mayor parte del antiguo imperio de Alejandro, desde el Egeo hasta la India. Le habría gustado dominar Judea también, arrebatándosela a Egipto; pero Ptolomeo le recordó que sin su ayuda, en primer lugar, nunca podría haber conseguido su antigua dominación.

 

Pero no resistirá la fuerza de su brazo ni subsistirá su descendencia: será entregada, ella y las personas de su séquito, así como su hijo y el que era su apoyo.

 

Cuando el "cuerno" que representaba el reino de Alejandro finalmente se "quebró", se dividió en cuatro (más tarde tres) "cuernos" (reinos), cada uno de los cuales estuvo dirigido al principio por uno de los generales de Alejandro.

 

 

LOS REYES DEL SUR Y DEL NORTE

LOS PTOLOMEOS

 

LOS SELEUCIDAS

Ptolomeo I Solero       

* 323-282

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Seleuco I Nicator

312-281

Ptolomeo II Filadelfo

285-246

Antíoco I Sotero

281-261

 

 

Antíoco II el Divino

261-246

Ptolomeo III Evérgetes     

246-221

 

Seleuco II Calínico

246-225

Ptolomeo IV Epífanes      

221-203

Seleuco III Cerauno

225-223

Ptolomeo V Epífanes      

203-181

Antíoco III el Grande

223-187

Ptolomeo VI Eupator          

181

Seleuco IV Filopator

187-175

Ptolomeo Vil Filómeter     

181-145 Etc.

hasta el año 51 AC

 

Antíoco IV Epífanes

175-164

Cleopatra VI                 

51-30

 

Antíoco V Eupator

Etc. hasta el año 65

164-150

 

' Ptolomeo I Solero fue designado "sátrapa" entre los años 323 y 305 AC, pero después del 305 su nuevo título fue "rey", con efecto retroactivo al año 323.

Las fechas de los Ptolomeos son de Edwyn Bevan, The House oí Ptolemy [La casa de Ptolomeo]. Las fechas de los seiéucidas de Parker y Dubberstein, Babylonian Chronology [Cronología babilónica], segunda edición.

 

Ya consideramos este versículo en la página 275. Debemos recordar que todos estos

 

Los detalles fueron revelados por Dios con trescientos años de anticipación. El "concertarán" del comienzo del versículo se refiere a Antíoco II el Divino (261-246) y a Ptolomeo II Filadelfo (285-246). Antíoco II, recuerde, se divorció de Laodicea para casarse con Berenice, la hija de Ptolomeo II. Cuando éste murió, Antíoco se casó de nuevo con Laodicea, pero ella hizo asesinar a Antíoco, a Berenice, a su bebé y a su séquito.

 

Quebrantar su relación con su esposa era realmente un método extraño para que un rey entablara una nueva relación con el rey de otra nación.

 

 

Con su divorcio y su nuevo casamiento Antíoco II perdió mucho más de lo que esperaba ganar. Porque el próximo rey de Egipto, Ptolomeo III (246-221), hermano de Berenice, se decidió a vengar su muerte mediante la invasión de Siria. Condujo su ejército a lo largo del camino que llevaba a Babilonia y más allá, hasta que voluntariamente se detuvo y retrocedió.4 Sus naves ocuparon Seleucia, el puerto que le daba salida a Antioquía, la capital de Siria, y por algún tiempo las naves egipcias dominaron el Mediterráneo oriental.

 

 

Mientras llevaba adelante su victoriosa campaña en Siria, Ptolomeo III logró reunir 2.500 imágenes de oro y plata, muchas de las cuales eran dioses egipcios que habían sido robados por una sucesión de conquistadores a lo largo de los siglos. Al observarlo llevar esos ídolos sin vida a través de Palestina rumbo al sur, los judíos deben de haber sonreído con desprecio. Pero los egipcios se sintieron sumamente complacidos por lo que había hecho en favor de ellos su rey griego, y le dieron la bienvenida que merece un benefactor. En griego "benefactor" es "evérgetes"; por eso se lo llamó Ptolomeo III Evérgetes.

 

Ptolomeo III Evérgetes se sintió tan satisfecho con los resultados de su provechosa expedición, que no volvió a atacar a los sirios por el resto de su vida.

 

 

Los ptolomeos y los seleúcidas reasumieron sus contiendas, como los Capuletos y los Mónteseos del drama de Shakespeare, Romeo y Julieta. Por más de un siglo los judíos contemplaron con aprensión que sus ejércitos iban de norte a sur y viceversa a través de Palestina, conscientes de que la victoria o la derrota de uno u otro podía obligarlos a cambiar de dueño, como asimismo influir negativamente sobre sus libertades y los impuestos que tenían que pagar.

 

En el año 242 Seleuco II Calínico trató de vengar la profunda penetración de Egipto en las tierras de sus antepasados, pero su ejército fue derrotado y su armada desintegrada. Regresó a Antioquía cubierto de sangre y con las manos vacías.

 

 

 

 

Estos tres versículos se refieren principalmente a la batalla de Rafia, librada el 22 de junio del año 217 AC. Parece que Dios le dedicó atención especial a esta batalla en particular, como evidencia de su interés en todas las batallas.

 

Pero, ¿por qué tendrá que preocuparse Dios en especial de una batalla?

 

En Rafia, en el año 217 AC, alrededor de setenta mil infantes y cinco mil jinetes combatieron en ambos bandos. La cuenta realizada al día siguiente puso de manifiesto que Antíoco III había tenido diez mil muertos y cuatro mil prisioneros. Las pérdidas de Ptolomeo fueron menores pero también importantes. Cuando las hostilidades son tan desembozadas y tantos hombres sufren y mueren, ¿cómo no se va a preocupar Dios?

 

Un punto de interés es que los dos ejércitos que combatieron en Rafia, como los ejércitos de algunas otras batallas importantes, emplearon elefantes adiestrados para confundir a la caballería y disponer de fortalezas elevadas y móviles. Más tarde un reportero romano, Amiano Marcelino, escribió lo siguiente: "Los elefantes, temibles con sus cuerpos surcados de arrugas, y cargados de hombres armados, constituyen un espectáculo espantoso, temibles más allá de toda forma de horror".5 Los egipcios tenían 73 de estas grandes bestias, traídas de Somalia, y los sirios 102, procedentes de la India. A pesar de esta desventaja numérica, Egipto ganó la batalla, porque a Antíoco le falló la disciplina.

 

Pero la victoria a la larga le reportó poco a Ptolomeo. Era famoso por su amor a los placeres. No aprovechó del éxito que sus generales le habían obsequiado, y Antíoco III estaba ansioso de tomar la revancha.

 

 

Resistente como una pelota de tenis, Antíoco III rebotó después de su derrota en Rafia. Condujo su ejército rumbo a la India en el oriente y hacia el mar Egeo en occidente, de modo que el "rey del Norte" fue una vez más el amo nominal de la mayor parte de los territorios del antiguo imperio de Alejandro. Con la esperanza de dominarlo todo, se preparó para lanzar un segundo ataque a Egipto.

 

El momento parecía propicio, porque el nuevo rey del Mediodía era Ptolomeo V Epífanes, un chico de seis años. Además, había intranquilidad a lo largo del Nilo, puesto que los egipcios estaban desafiando y aun se estaban levantando en contra de sus amos griegos. Es interesante saber que la famosa piedra Rosetta, que ahora se encuentra en el Museo Británico, registra las concesiones hechas por los regentes del rey niño Ptolomeo V al inquieto pueblo egipcio con el fin de evitar mayores dificultades.

 

Interpretación de Daniel 11: 14, 15. Cuando yo era chico, uno de mis maestros nos enseñó que "la profecía es la historia escrita con anticipación". Espero que ustedes hayan disfrutado del hecho de que estos primeros trece versículos de Daniel 11 se cumplieron con exactitud matemática.

 

Estos pasajes introductorios han sido interpretados casi unánimemente; pero los versículos 14 al 39 han sido objeto de una cantidad de interpretaciones diversas. Consideremos primero los versículos 14 y 15.

 

 

Entre los "muchos" que se levantarían "contra el rey del Mediodía" se encontraban los egipcios que mencionamos hace un momento, quienes se estaban rebelando contra sus amos griegos. Además, Antíoco III, un enemigo decidido, se aseguró una alianza con Filipo V de Macedonia, sucesor en ese momento de Casandro en Occidente. Todos estos se levantaron con hostilidad contra el rey del Mediodía.

 

Pero, ¿quiénes eran "los violentos de entre los de tu pueblo" que se levantarían "con ánimo de cumplir la visión" pero que fracasarían? Algunos intérpretes han especulado con la idea de que un grupo de militantes tiene que haberse reunido en tomo de algún judío fanático, impresionado por alguna visión absurda en el sentido de que el tiempo estaba maduro para lograr la liberación, mientras Siria y Egipto se hallaban en guerra. Ese grupo pudo haber existido, pero hasta ahora no se han encontrado elementos de juicio de ninguna clase que confirmen su existencia.

 

La versión Reina Valera rinde así esta porción del versículo 14: "Hombres turbulentos de tu pueblo se levantarán para cumplir la visión, pero ellos caerán".

 

La traducción literal del hebreo es como sigue: "Los quebrantadores de tu pueblo"; y la versión Reina Valera —como asimismo la Biblia de Jerusalén, cuyo texto estamos comentando— interpretan esta frase como si se refiriera a algunos violentos que surgirían de entre los judíos. Pero la frase hebrea bien puede referirse también a extranjeros que vienen a robar o a quebrantar a los judíos.

 

¿Quiénes son, entonces, esos "ladrones" o "quebrantadores" que atacan al pueblo de Dios? En Daniel 7 la cuarta bestia "comía, trituraba, y lo sobrante lo trituraba con sus patas" (Daniel 7: 7). En Daniel 8: 13 el cuerno pequeño "pisoteaba" el santuario. La cuarta bestia y el cuerno pequeño son Roma; por lo tanto, el verdadero significado de lo que dijo el ángel en Daniel 11: 14 es que los romanos entrarían en la historia en este punto en cumplimiento de las visiones de Daniel 7 y 8, en el sentido de que pisotearían al pueblo de Dios para caer derrotados finalmente. El versículo 14 envuelve la historia de Roma en una magnífica joya profética bien concisa.

 

En efecto, fue en los días de Antíoco III cuando los romanos entraron en la historia del Mediterráneo oriental. Cuando se enteraron de que Antíoco III había concertado una alianza con Filipo V de Macedonia contra Ptolomeo V de Egipto, temieron que el desarrollo de una nueva superpotencia en el Medio Oriente fuera una amenaza para ellos, y advirtieron a Pilipo V y a Antíoco III que no se metieran con Egipto. Su advertencia equivalía a una especie de "doctrina Monroe" del Mediterrá¬neo ("África para los africanos").

 

Antíoco III, Ptolomeo IV y Filipo V habían ascendido al trono entre los años 221 y 223 AC, y todos eran jóvenes (entre los 17 y los 23 anos) en ese tiempo. El historiador E. R. Bevan hace la siguiente observación al respecto: "El mundo que existía cuando ellos comenzaron a reinar era el mundo greco-macedónico que había surgido como consecuencia de las conquistas de Alejandro Magno; el mundo en el cual terminaron era un nuevo mundo sobre el cual se extendía la sombra de Roma" .6 La profecía de Daniel 11 toma en cuenta esta trascendental transición en los asuntos humanos.

 

 

Sin hacer caso de la amonestación romana de permanecer fuera de Egipto, Antíoco III siguió adelante con sus planes de agresión. Al norte del Mar de Galilea, cerca de la ciudad que más tarde se llamaría Cesárea de Filipo, donde San Pedro reconoció que Jesús era el Hijo de Dios (S. Mateo 16: 13-20), Antíoco derrotó a un ejército bien entrenado conducido por Scopas, un hábil y experimentado general al servicio de Egipto. Las tropas derrotadas se replegaron hacia Tiro, pero Antíoco las siguió y las asedió. Cuando la lucha terminó, el rey del Norte tenía firmemente en su puño la patria judía, y Ptolomeo de Egipto nunca más la volvió a poseer.

 

Después de examinar detalladamente quince versículos de Daniel 11 con el fin de ilustrar nuestro método de interpretación, podemos permitimos avanzar más rápidamente en la consideración del resto del capítulo.

 

La interpretación común de los versículos 16 al 39. La interpretación que aplica los versículos 16 al 39 a Antíoco Epífanes es tan conocida, que no necesitamos repetirla aquí. Desgraciadamente no da en el blanco de las dos señales indicadas por los versículos 22 al 31 que examinamos en la página 278. Supone que "el Príncipe de una [la] alianza" es el oscuro sacerdote Onías III en lugar de Jesucristo, el Salvador, y supone además que "la abominación de la desolación" se produjo más de 160 años antes de los días de Jesús, aunque en San Mateo 24: 15 Cristo señaló que se produciría después de su tiempo. Esta interpretación supone también que la persona aludida en el versículo 20, que sería "destrozado, mas no en público ni en guerra", era Seleuco IV Filopátor. Pero en acuerdo con las mejores evidencias de que disponemos7 Seleuco IV Filopátor fue asesinado.

 

A pesar de sus fallas, la interpretación relativa a Antíoco Epífanes se relacionaba aparentemente de tal manera con las vicisitudes de este reyezuelo, que parece que la creían muchos judíos en tiempos de Cristo. Como lo hicimos notar en la página 277, es posible que hasta los discípulos del Señor hayan creído en ella. Si así fue, tienen que haberse sentido asombrados cuando sentado junto a ellos en el Monte de los Olivos, mientras contemplaba el templo de Jerusalén en una fresca tarde de primavera poco antes de su crucifixión, le oyeron invitarlos a que "comprendieran" qué era "la abominación desoladora" que todavía debía producirse en el futuro (véase la nota al pie de la página 248).

 

Una interpretación más amplia de los versículos 14 al 39. Con el vasto panorama de que nosotros disfrutamos hoy, pero del que no disponían los discípulos en el Monte de los Olivos, leamos otra vez los versículos 14 al 39 para tratar de lograr la nueva "comprensión" que recomendó Jesús. Y entonces nos daremos cuenta de que los versículos 31 al 39, que son los culminantes, señalan definidamente a algo o a alguien muchísimo más importante que Antíoco Epífanes y sus tres años de persecución de la pequeña Judea. Parece más bien que Dios está tratando aquí con un fenómeno universal.

 

Impulsados por la observación de Cristo, buscamos otra gente, otros lugares y otros acontecimientos que concuerden mucho mejor con el panorama profetice.

 

Si recordamos que los "robadores de tu pueblo" (versículo 14, hebreo) son los romanos, nos daremos cuenta entonces de que el versículo 16 bosqueja la conquista de "la Tierra del Esplendor (Palestina)" por el general romano Pompeyo. Los versículos 16 al 19 nos presentan al famoso Julio César y su aventura con "una hija de las mujeres", la reina Cleopatra de Egipto, y sus posteriores hazañas en las fronteras del Imperio, llamadas aquí "las islas".

 

Después de esto Julio César me asesinado en las Idus de Marzo del año 44 AC a manos de sesenta colegas romanos conducidos por Casio Longino, el "magistrado" que puso fin a su "ultraje" (versículo 18). Sí, Julio César fue uno de los hombres más insoportablemente insolentes del mundo. Dotado de una capacidad extraordinaria para trabajar duramente, abusó de su talento a veces con verdaderas matanzas militares con el fin de lograr sus ambiciones personales. Cierta vez lanzó una guerra contra el extranjero "deliberada, gratuita e ilegalmente" para su propia grandeza personal, durante cuyo transcurso avanzó la pretensión "algo, pero no totalmente exagerada", de que su ejército había dado muerte a 430.000 germanos en un solo día.8 Su "insolente" intento de reemplazar la República Romana por su dictadura personal lo llevó directamente a la muerte que fue predicha dos veces en los versículos 18 y 19 (del mismo modo como ciertos acontecimientos se repiten aparentemente en los versículos 11 y 12).

 

A Julio César le siguió (versículo 20) César Augusto, el fundador del Imperio Romano y promulgador del famoso "edicto" para "que se empadronase todo el mundo" (S. Lucas 2: 1) con propósitos impositivos, en el momento cuando Jesucristo nació.

 

Puesto que no hay puntuación ni división de párrafos de ninguna clase en el texto hebreo de este capítulo, podemos suponer que podría faltar un párrafo importante entre los versículos 20 y 21.

 

Augusto fundó no solamente el Imperio Romano sino el cargo de emperador romano. Por esto la palabra "augusto" rápidamente se convirtió en sinónimo de "emperador", y a todos los emperadores se les dio el título de augusto. Como lo vimos en la página 160, en los siglos V y VI DC el jefe del estado romano fue reemplazado por el jefe de la Iglesia Romana; es decir, el "augusto" fue sucedido por el "Santo Padre". El "miserable", entonces, que habría de levantarse en lugar del augusto fue el papa medieval contemplado, con todos los otros dirigentes que aparecen en Daniel 11, únicamente desde el punto de vista de su hostilidad.

 

Recordemos que todos los personajes de Daniel 11 son hostiles excepto los "doctos" de los versículos 32 al 34 que se ponen firmemente de parte de Dios en momentos de persecución. "Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios" (Romanos 3: 23).

 

Y así el papado medieval crece en fortaleza a partir de la insignificancia (versículo 23), hace tratados y los quebranta (versículo 23), despoja a los ricos para recompensar en forma inaudita a sus amigos (versículo 24).

 

En esta interpretación los versículos 25 al 30 preanuncian las cruzadas: un fenómeno impresionante y uno de los ejemplos más prominentes de la hostilidad del cristianismo romano. Iniciadas vigorosamente por la persuasiva oratoria del Papa Urbano II, la era de las cruzadas vio a Europa occidental lanzándose no menos de siete veces en más o menos 150 años (1095-1250) contra los musulmanes para arrebatarles Tierra Santa y dar seguridad a los peregrinos cristianos.

 

Los musulmanes que controlaban Jerusalén en ocasión de la primera cruzada, y que volvieron a dominarla intermitentemente después, estaban dirigidos por los califas (o, más tarde, por los sultanes) de Egipto.9 De manera que la primera cruzada fue un gran ataque contra el "rey del Mediodía" (versículos 24, 25). Y fue un gran éxito. . . relativamente hablando. Jerusalén fue tomada el 15 de julio de 1099. En su celo religioso los invasores cristianos atravesaron con sus consagradas espadas a todo musulmán e inclusive a todo judío que encontraron dentro de los muros. "Los hombres avanzaban por ríos de sangre que les llegaban hasta las rodillas".10 La matanza "fue la más terrible que haya registrado la historia"."

 

Por semejante victoria —nos informa un contemporáneo— los cristianos se arrodillaron a adorar, y con lágrimas de gozo dieron gracias a Dios. '2

 

La sexta cruzada fue sin precedentes. El rey Federico II, que hablaba varios idiomas, entre ellos el árabe, tomó Jerusalén, Belén y Nazaret mediante negociaciones, sin derramar una gota de sangre.

 

Pero no todas las cruzadas tuvieron éxito. Algunas de ellas, especialmente la de los niños, fueron desastres. La séptima tampoco resultó "como la primera" (versículo 29). En esa cruzada final contra el Medio Oriente el piadoso monarca Luis IX fue en realidad tomado prisionero en El Cairo, Egipto. Diez años después, el sultán egipcio y su general Baibans, expulsaron a los cristianos de Palestina y se quedaron allí hasta 1917.

 

Durante las cruzadas, los musulmanes alquilaron barcos griegos para que les ayudaron a oponerse a los cruzados. Estas son "Las naves de los Kittim" (versículo 30). ("Kittim" significa "oeste".) Aunque la cristiandad romana finalmente perdió las cruzadas, el comercio entre Europa y el oriente recibió un gran estímulo mediante ellas; y en forma especial se enriquecieron los comerciantes italianos de Venecia y Génova (versículo 28). Los europeos aprendieron a disfrutar del azúcar, el algodón, los espejos, las telas finas y muchos otros productos del oriente.

 

Los "dos reyes" que "se dirán mentiras; pero no lograrán nada" (versículo 27) resumen la perfidia y la hipocresía que tan notablemente caracterizaron las experiencia de las cruzadas. Los historiadores nos llaman las atención a la mutua desconfianza que reinaba entre los aliados, principalmente en el bando cristiano. En forma más definida estos "reyes" pueden representar a los dirigentes cristianos Reinaldo de Chatillon y Guido de Lusignan, quienes violaron abiertamente los solemnes tratados de paz concertados con el generoso sultán islámico Saladino.'3 También pueden representar a varios otros dirigentes cristianos y musulmanes que hicieron y quebrantaron tratados según les convenía, y asimismo a diversos cruzados que prometieron inmunidad a los habitantes musulmanes si se rendían, sólo para quebrantar posteriormente su palabra y masacrarlos sin misericordia, i4 Con la esperanza de encontrar el oro que los musulmanes podían haberse tragado, los cristianos a veces les abrían el estómago

 

Trágicamente, el papado tiene que asumir la primera responsabilidad por las cruzadas y sus terribles atrocidades. El Papa Urbano II lanzó la primera. Si en parte se lo podría excusar suponiendo que no estaba en condiciones de adivinar plenamente sus bárbaras consecuencias, ¿qué podemos decir de los papas Eugenio III, Gregorio VIII, Clemente III, Inocencio III y Gregorio IX, que animaron con entusiasmo las cruzadas posteriores aunque sabían perfectamente bien qué iba a ocurrir? Ciertamente el papado se sintió animado por el espíritu de las cruzadas lanzadas contra el Medio Oriente para dar comienzo a terribles cruzadas similares en Europa contra los "herejes" cristianos. Muchos de esos "herejes" eran sinceros creyentes en la "Alianza santa" de Dios (versículos 28, 30). Si en alguna oportunidad la cristiandad romana oscureció el ministerio tamid de nuestro compasivo Sumo Sacerdote en el Santuario celestial (véase las páginas 172-178), lo fue durante la era de las cruzadas.

 

No es extraño, entonces, que los musulmanes, que no ignoran esta parte de la historia, aún vacilan en aceptar a Jesucristo.

 

No es extraño, tampoco, que la cristiandad medieval aparece con una imagen tan sombría en el libro de Daniel.

 

En un escenario como éste la "abominación de la desolación" (versículo 31) no puede quedar reducida a un ídolo de metal erigido temporalmente por Antíoco Epífanes en un altar de piedra en la antigua Jerusalén. En cambio es evidente que se refiere a ese vasto sistema de fe y conducta que durante mil años o más apartó a la gente del ministerio sacerdotal de Jesús, privándola de acceso al "Príncipe de una [la] alianza" mencionado en el versículo 22 (véase la página 172). Los "doctos" que cayeron "bajo la espada y la llama, la cautividad y la expoliación" (versículo 33) eran los valerosos miembros del pueblo de Dios conocidos como valdenses, lolardos, husitas, luteranos, anabaptistas y hugonotes, que prefirieron la horca, la asfixia, la muerte a fuego lento, la tortura o la prisión a abjurar de su fe viviente (véase la página 132). También incluye a devotos católicos romanos que se mantuvieron leales a Dios cuando los protestantes, imbuidos del espíritu de la tiranía medieval, los hicieron víctimas de la contra persecución.

 

El "rey" que "se engreirá y se exaltará por encima de todos los dioses" (versículo 36), no es otro que el papado medieval. No se trata de que algún papa haya tratado de hacer semejante cosa. Ninguno de ellos intentó ponerse por encima de Dios. Pero cuando los papas reclamaron el derecho de dar muerte a la gente que Dios amaba y de cambiar los Diez Mandamientos que Dios mismo dio en el monte Sinaí, ¿no se honraron a sí mismos, acaso, más que a Dios? (Véase las páginas 133-135.)

 

Cuando los papas de la Edad Media recurrieron a ejércitos de mercenarios para lograr sus propósitos políticos; cuando el Papa Julio II (que se daba a sí mismo el nombre de "Julio César n") condujo sus propios ejércitos a la batalla, ¿no estaba, pues, poniendo su confianza en el "dios de las fortalezas"? (versículo 38). Y el nuevo dios que sería honrado "con oro y plata, piedras preciosas y joyas" (versículo 38), ¿no es por ventura la bienaventurada Virgen que, con toda su pureza y su compasión maternal a menudo ha ocupado en la devoción católica un lugar más prominente que el de su divino Hijo?

 

Cuando recordamos que el "Príncipe de una [la] alianza" es Jesús y no Onías III, y que la "abominación desoladora" todavía se encontraba en el futuro en los días de Cristo, nos damos cuenta de que el mensaje de Daniel 11 es el mismo, en última instancia, que el de los capítulos 7 y 8. En Daniel 11 Dios nos advierte que de entre los imperios seculares de la tierra surgiría una entidad político religiosa que 1) reemplazaría el ministerio sacerdotal de Cristo mediante un falso sacerdocio cristiano, y 2) perseguiría a la gente que tratara de conservarse fiel al verdadero Cristo.

 

En la medida en que las enseñanzas medievales subsisten en las diversas organizaciones religiosas que componen la cristiandad de hoy, oscureciendo el ministerio celestial de Cristo, ignorando el juicio especial que ya está en sesión, y convenciendo a la gente de que no necesita guardar todos los Diez Mandamientos, la "abominación desoladora" sigue en pie. La advertencia de Daniel 11 es una evidencia actual de que Dios se preocupa lo suficiente de nosotros como para advertimos del peligro y atraemos a sí mismo.

 

¿Qué podemos decir de Daniel 11: 40-45? No hemos dicho nada hasta ahora acerca de esos versículos. Los últimos versículos de este pasaje aparentemente establecen un paralelismo con parte de la historia del cristianismo romano, y su fracaso final.

 

Como ya lo hemos visto (páginas 172-178), la falta más grave cometida por el cristianismo romano ha sido su oscurecimiento de la obra de Cristo en el santuario celestial. En Daniel 7 el cristianismo romano aparece simbolizado por un cuerno pequeño que surge en la cabeza de un animal simbólico muy poco atrayente. A manera de castigo por sus actividades desorientadoras, se menciona especialmente a este animal en Daniel 7: 11 y 26 en relación con el juicio que se celebrará antes de la segunda venida de Cristo. Se nos dice que "su cuerpo" fue "destrozado y arrojado al fuego", porque "tendrá lugar el juicio, y el imperio se le quitará, para ser destruido y aniquilado totalmente".

 

En Daniel 11: 45 el "rey del Norte" de los últimos días "plantará sus tiendas reales entre el mar y el santo monte de la Tierra de Esplendor. Entonces llegará a su fin y nadie vendrá en su ayuda". El "santo monte de la Tierra del Esplendor" parecería ser una metáfora relativa al templo de Jerusalén, que a su vez simboliza al Santuario celestial. El hecho de que el rey del Norte plante "sus tiendas reales" entre el Mediterráneo y el templo de Jerusalén simboliza su usurpación de las prerrogativas de Cristo en el Santuario. Como consecuencia de esta usurpación, el rey del Norte será castigado de tal manera que, a semejanza del animal con el cuerno pequeño de Daniel 7, del cual es un paralelo, "llegará a su fin y nadie vendrá en su ayuda". El cuerno pequeño y el rey del Norte parecen representar a la misma potencia terrenal.

 

Algunos de estos asuntos nos resultarán más claros cuando estudiemos el Apocalipsis en el segundo tomo de esta obra. Pero en cuanto a los acontecimientos exactos que ocurrirán en la tierra en cumplimiento de estos textos, la prudencia nos sugiere que no los conoceremos plenamente hasta que hayan ocurrido en realidad.

 

El propósito de la profecía no siempre consiste en proporcionarnos un conocimiento anticipado de los acontecimientos futuros. Muchas profecías de las Escrituras fueron dadas con la intención de que fueran comprendidas, para edificar nuestra fe, sólo después de su cumplimiento. Por eso Jesús dijo acerca de cierta profecía que El formuló en cuanto a sí mismo: "Os lo he dicho antes de que suceda, para que cuando suceda creáis" (S. Juan 14: 29; compare con S. Juan 13: 19; 16: 4).

 

El afán de bosquejar el futuro detalladamente ha puesto en situación poco airosa a muchos fervientes cristianos a través de los siglos. El Armagedón, por ejemplo, probablemente haya sido objeto de más fijación de fechas por parte de entusiastas estudiosos de las Escrituras que cualquier otro acontecimiento mundial. ¿Se pueden imaginar la excitación que sacudía millones de pechos cristianos cuando en 1918 los diarios informaban cada día los avances del general E. H. Allenby mientras se aproximaba al ejército otomano acampado en Megido, en Palestina? ¡Megido es el sitio asignado por la tradición al Armagedón!

 

Por el momento nos encontramos en buena compañía cuando deseamos vislumbrar el futuro. Los mismos discípulos de Cristo al parecer se olvidaron temporalmente de su advertencia acerca de que la abominación desoladora era un acontecimiento futuro. Sólo momentos antes de su ascensión le preguntaron si en ese instante iba a establecer su reino eterno.

 

Jesús replicó que no les tocaba a ellos conocer "el tiempo y el momento" puesto que Dios había decidido mantenerlos en secreto (Hechos 1: 7). En los pocos segundos de que disponía para pasar con ellos en la tierra, desvió su atención de la fijación de fechas relativas al reino para dirigirla a una promesa profética que evidentemente era para El muchísimo más importante: "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo —les dijo—, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Hechos 1: 8).

 

Jesús, que sabe todo lo que se puede saber acerca de nosotros, sabía entonces y evidentemente sabe ahora también, que el único remedio para la hostilidad es el nuevo pacto con sus promesas de 1) perdón, 2) poder para cambiar, y 3) un lugar entre los miembros del pueblo de Dios (véase las páginas 170, 171). El desea que demos a conocer este pacto, con el poder del Espíritu, a todos y en todas partes.

 

La conclusión es lógica. Cuando estas buenas noticias acerca del reino hayan sido llevadas con el poder del Espíritu al "mundo entero", entonces, y sólo entonces "vendrá el fin" (S. Mateo 24: 14).

 

 

 


 

Lectura Adicional

 

 

 


Referencias

 

1. Charles H. H. Wright, Daniel and His Propheeies[Daniel y sus profecías] (Londres, William and Norgate, 1906), pág. 305.

2. Herodoto, Persian Wars [Guerras persas o médicas], 7. 61-80.

3. J. B. Bury, A History qfGreece lo the Death of Alexunder the Great [Una historia de Grecia hasta la muerte de Alejandro Magno], La Biblioteca Moderna (Nueva York, Random, Press, s.f.). págs. 255, 256.

4. Edwyn Roben Bevan, The House ofPtolemy: A History ofEgypt Under the Ptolemaic Dynasty [La casa de Ptolomeo: una historia de Egipto bajo la dinastía ptolemaica] (Chicago, Argonaut, 1968) pág. 196.

5. Amiano, Marcelino, History [Historia], 19. 2. 3; texto y traducción de John C. Rolfe, Ammianus Marcellinus: With an English Translation [Amiano Marcelino: con una traducción inglesa], 3 tomos, Biblioteca Clásica Loeb (Londres, William Heinemann, 1956-1958), 1: 476, 477.

6. Bevan, The House of Ptolemy [La casa de Ptolomeo], págs. 217, 218. La cursiva es nuestra.

7. Edwyn Robert Bevan, The House of Seleucus [La casa de Seleuco], 2 tomos (Londres, Edward Amold, 1902), 1: 125; se cita a Apio, Román History [Historia de Roma], II: 8.

8. Michael Grant, The Tweive Caesars [Los doce cesares] (Londres, Weinfeid and Nicholson, 1975), pág. 33.

9. Previté-Orton, Medieval History [Historia de la Edad Media] pág. 522.

10. Thompson y Johnson, Medieval Europe [La Europa medieval], pág. 528.

11. William Ragsdale Cannon. History of Christianity in the Middie Ages: From the Fall of Rome lo the Fall of Constantinople [Historia de la cristiandad durante la Edad Media: desde la caída de Roma hasta la caída de Constantinopla] (Nueva York, Abingdon Press, 1960), pág. 172.

12. Thompson y Johnson, Medieval Europe [Europa medieval], pág. 529.

13. Previté-Orton, Medieval History [Historia de la Edad Media], págs. 529-531.

14. Thompson y Johnson, Medieval Europe [Europa medieval], pág. 530.

 


 

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