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Daniel 10

Cuando los reyes van a la guerra

Lección 12

 

Para el 18 de Diciembre de 2004


 

 

Introducción

Si usted cree que Daniel nos ha enseñando ya tantas cosas que queda poco por aprender, se va a sorprender porque no es así.

Los capítulos 10, 11 y 12 constituyen otra unidad. El capítulo 10 es la introducción y nos ofrece una de las más fascinantes revelaciones de todos los tiempos en cuanto a los entretelónos de la historia.

Daniel y sus colaboradores caminaban junto a las márgenes del Tigris (o Hidekel, versión Reina Valera), que en uno de sus puntos corría sólo a unos 55 kilómetros de Babilonia. Era la primavera del "año tercero de Ciro", probablemente el año 535 AC.* Habían transcurrido setenta años desde el instante cuando Daniel se había visto obligado a acompañar al ejército de Nabucodonosor en su marcha desde Jerusalén hasta Babilonia. En ese entonces tema unos 17 años. Ahora se acercaba a los noventa.

Dios había sido bueno con él. Había tenido cuidado de él en cada crisis, respondiendo sus oraciones, manteniéndolo físicamente apto (Daniel 10: 8), y usándolo para bendecir a su generación.

Pero ahora de nuevo hacía frente a una crisis. La reconstrucción del templo de Jerusalén, iniciada recientemente como resultado de la autorización de Ciro, había provocado la firme oposición de los habitantes de las inmediaciones. Esdras 4: 5

pone en claro que algunos samaritanos hostiles incluso habían contratado "consejeros" contra los judíos, probablemente dando a entender que habían recurrido al cohecho ante algunos funcionarios para que ejercieran influencia sobre el rey Ciro con el fin de que éste anulara su decreto. Mientras sólo el altar estaba en pie, el resto de la restauración del único templo de Dios en todo el mundo estaba en peligro. De acuerdo con su característica personal, Daniel cayó de rodillas para orar. ¡Qué hombre de oración era Daniel! Oró en lugar de quejarse cuando su vida estaba en peligro según nos lo cuenta en el capítulo 2. Dio gracias tres veces al día frente a leones hambrientos. Mientras estudiaba la profecía de los setenta años, de Jeremías, confesó sus pecados y los de su pueblo. Ahora lo vemos orando de nuevo.

Con profundo fervor, esta vez ayunó "tres semanas'', desde el 4 hasta el 24 del "primer mes" del año (véase Daniel 10:

2-4). Su ayuno abarcó la mayor parte del mes de Nisán e incluyó los siete días de la fiesta de los panes ázimos que siguió a la Pascua (14 de Nisán). La Pascua le recordó el poder con que Dios libró a Israel de Egipto unos mil años antes. De manera que Daniel buscó un lugar apartado junto al Tigris para suplicarle a Dios que manifestara de nuevo su poder en favor de Israel. Durante tres semanas sólo comió alimentos sencillos, sin platos suculentos ni postres, de manera que su mente estuviera tan despejada como fuera posible para estar en comunión con el Cielo.

Dios respondió a las oraciones del anciano Daniel en la misma forma maravillosa como lo había hecho en su juventud. En efecto, más aún. En Daniel 2 le respondió repitiendo el sueño de la estatua de Nabucodonosor. En el capítulo 6 envió a sus ángeles para que domaran a los leones. En el capítulo 9 envió al más excelso de sus ángeles, a Gabriel. En el capítulo 10 envió a su Hijo.

Una gloriosa visión de Jesús. Que el Ser glorioso que se le apareció a Daniel en las márgenes del Tigris en ésta, su quinta visión,** era Jesús, el Hijo de Dios, se prueba al comparar el relato de lo que vio Daniel con la descripción que hace San Juan de Jesús glorificado cuando se le apareció en su visión en la isla de Pannos (Apocalipsis 1: 13-16).

Tanto San Juan como Daniel vieron a un Ser de belleza trascendental e inefable resplandor ataviado como sacerdote. Las complejas metáforas que emplearon para describirlo concuerdan con el pensamiento poético hebreo. (Compare, por ejemplo, la descripción de una mujer hermosa que aparece en el Cantar de los Cantares 4: 1-8.) A este mismo Jesús se lo describe en lenguaje más sencillo cuando apareció ante San Pedro, Santiago y San Juan sublimemente majestuoso en el monte de la transfiguración:

1) la repetición del sueño de Nabucodonosor (Daniel 2: 19); 2) la visión de las cuatro bestias, el cuerno pequeño y la escena del juicio (Daniel 7); 3) la visión de las dos bestias, el cuerno pequeño y los 2.300 días (Daniel 8); 4) las setenta semanas (Daniel 9); y 5) la historia del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos (Daniel 10-12).

Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz…resplandecientes, muy blancos  (S. Mateo 17; 2; S. Marcos 9:3).

Cuando los tres discípulos vieron a Jesús glorificado, "cayeron rostro en tierra llenos de miedo". En seguida Jesús los tocó y les dijo: "Levantaos, no tengáis miedo" (S. Mateo 17: 6, 7). Cuando San Juan vio a Jesús en visión, cayó "a sus pies como muerto", pero Jesús le puso la mano encima y le dijo: "No temas" (Apocalipsis 1: 17). Cuando Daniel vio a Jesús, también cayó en tierra, hasta que una mano lo tocó y una voz le dijo: "No temas" (Daniel 10: 10-12).

En tres oportunidades Daniel se sintió casi exhausto. Por un momento incluso dejó de respirar. Pero las tres veces fue reanimado. Por fin se sintió sumamente "reanimado" (versículos 18 y 19) y en condiciones de contemplar la visión mientras ésta proseguía.

Cuando San Pablo, en las proximidades de Damasco, tuvo su visión de Cristo, él y sus compañeros cayeron en tierra, pero sólo él recibió la plenitud del impacto de la visión (véase Hechos 9:

1-19; 22: 4-16; 26: 9-18). En el caso de Daniel "un gran temblor" se apoderó de sus acompañantes, y como en el caso de San Pablo, "sólo yo, Daniel, contemplé esta visión" (Daniel 10: 7).

En ocasión de su segunda venida Jesús aparecerá de nuevo en su gloria y "harán duelo todas las razas de la tierra" (S. Mateo 25: 31; 24: 30). Sus santos, no obstante, se regocijarán y clamarán:

La oración de Daniel recibe respuesta. Después de la visión de Jesús en su gloria, y cuando fue reanimado, Daniel se enteró por medio de un ángel (que algunos suponen tiene que haber sido de nuevo Gabriel, que se le apareció en las visiones de los capítulos 8 y 9) que la oración que elevó durante esas tres semanas había comenzando a tener respuesta desde el mismo día en que empezó a orar. El ángel dijo: "No temas, Daniel, porque desde el primer día en que tú intentaste de corazón comprender y te humillaste delante de tu Dios, fueron oídas tus palabras, y precisamente debido a tus palabras he venido yo" (Daniel 10: 12).

Ángeles en conflicto con demonios. Entonces el ángel añadió: "El Príncipe del reino de Persia me ha hecho resistencia durante veintiún días, pero Miguel, uno de los Primeros Príncipes, ha venido en mi ayuda" (versículo 13).

¿Quién era este "Príncipe del reino de Persia" que se atrevió a oponerse a un ángel de Dios por tres semanas completas?

No era el rey Ciro, entre cuyos títulos estaban el de Rey de Babilonia, Gran Rey y Rey de las Tierras. Este personaje era el "príncipe" de Persia, y se lo presenta como ocupando un puesto similar en cierto modo al de los otros "príncipes" que se mencionan en este capítulo: el "Príncipe de Yaván (Grecia)" del versículo 20 y Miguel "vuestro Príncipe" del versículo 21. En Daniel 12: 1 se presenta a Miguel, además, como "el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo".

El príncipe de Persia era evidentemente un ángel-príncipe que se identificaba con el Imperio Persa. Puesto que se opuso a un ángel de Dios por tres semanas, llegamos a la conclusión de que se trata de un ángel maligno. En 2 S. Pedro 2: 4 se nos habla de ángeles que pecaron y que fueron expulsados del cielo. San Pablo dice que los dioses que adoraban las naciones de su época eran en realidad demonios (1 Corintios 10: 20). El mismo San Pablo también pone de manifiesto que nuestros verdaderos enemigos no son gente común, hecha de "la carne y la sangre", sino "Principados", "Potestades", "los Espíritus del Mal que están en las alturas", los' 'Dominadores de este mundo tenebroso" (Efesios 6: 12). Jesús identifica tres veces a Satanás como el "Príncipe" de este mundo (S. Juan 12: 31; 14: 30; 16: 11).

Un par de versiones de las Escrituras en inglés moderno nos hablan del "ángel príncipe del reino de Persia". La Interpretéis Bible [Biblia del Intérprete]' se refiere al "ángel patrocinador de Persia", y la Anchor Bible [La Biblia Ancla]2 se refiere al "espíritu tutelar del ángel guardián del reino de Persia, como los rabinos y la mayor parte de los comentaristas cristianos lo han reconocido acertadamente". John F. Walvoord3 termina diciendo: "Este 'príncipe' no es el rey del reino de Persia sino el ángel director de Persia, un ángel caído, bajo la dirección de Satanás, en contraste con el príncipe ángel Miguel que conduce y protege a Israel".

 

Repentinamente el televisor de las Escrituras enfoca una escena totalmente inesperada. Detrás de lo visible, por tres semanas, día y noche, un ángel de Dios había estado luchando con un demonio poderoso y persistente en un intento de impedir que Ciro anulara su importante decreto. Por fin Miguel -que derrotó a todo el ejército de los demonios en otra ocasión (Apocalipsis 12: 7)— viene para reforzar a Gabriel. El demonio es derrotado y el rey de Persia toma la decisión acertada. Ciro rehúsa plegarse a la tramoya samaritana tendiente a suspender la reconstrucción del templo. Y su decisión no va a variar jamás en cuanto a este asunto.

Esta lucha sobrenatural despierta en nosotros una gran curiosidad. Reduce a la insignificancia el mayor campeonato de fútbol del mundo. Lo que está en juego no es en este caso una copa, sino el futuro de la humanidad.

Con esta introducción: una visión de Jesús glorificado y una manifestación del gran conflicto que se desarrolla hora tras hora detrás del escenario, el ángel procede en los capítulos 11 y 12a bosquejar los acontecimientos de la historia hasta el fin de los tiempos.

 

El mensaje de Daniel 10

Miguel defiende al pueblo de Dios

¿Le gustaría saber qué más dicen las Escrituras acerca de Miguel, el "gran Príncipe" que con tanta facilidad pudo derrotar al demonio príncipe de Persia? ¿Quién es esta persona formidable, pero amistosa?

En Daniel 10: 13 se lo llama "uno de los Primeros Príncipes"; pero de acuerdo con lo que las Escrituras dicen de El en otros pasajes, esta identificación es insuficiente.

En S. Judas 9 se lo llama "el arcángel", expresión que significa "el jefe de los ángeles". Miguel es "el" arcángel, e/jefe de los ángeles. Las leyendas populares han creado varios "arcángeles"; pero en las Escrituras sólo hay uno, el arcángel Miguel.

Miguel, un Ser santo. En hebreo el nombre Miguel es una pregunta: "¿Quién es semejante a Dios?" De acuerdo con Apocalipsis 12: 7, en la lucha celestial e invisible que comenzó hace mucho entre el bien y el mal, Miguel era el comandante de los ángeles de Dios cuando echaron del cielo a los ángeles de Satanás.

Josué se encontró con este mismo Comandante de los ángeles antes de la batalla de Jericó, y se enteró de que era una Persona sumamente santa. Mientras buscaba ayuda por medio de la oración inmediatamente antes del ataque a Jericó, Josué vio de repente a un soldado frente a él, de pie y con una espada en la mano. "¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos? —preguntó a guisa de desafío. Y el soldado replicó-:

Yo soy el jefe del ejército de Yahvéh. . . Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es sagrado" (Josué 5: 13-15).

Ya sabe usted que a Moisés se le pidió que se descalzara porque el lugar en que se encontraba era santo. Moisés estaba en pie junto a una zarza que ardía y que milagrosamente no se consumía. Una voz de en medio del fuego le ordenó: "Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada" (Éxodo 3: 5).

Miguel, Yahvéh (Jehová). En la conversación que siguió junto a la zarza, la Persona que hablaba de en medio de las llamas se identificó como "el Dios de tu Padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob" (Éxodo 3: 6). También se presentó como "YO SOY EL QUE SOY", esto es, el Señor, Yahvéh o Jehová (Éxodo 3: 14, 16). Pero en Éxodo 3: 2, al introducir el relato de este gran acontecimiento, se dice que era "el Ángel de Yahvéh" el que se le apareció a Moisés en la zarza ardiente.

¿Puede un ángel ser Dios? ¿Puede Dios ser un ángel?

¿Qué es un ángel? La palabra "ángel" significa literalmente "mensajero". Dios tiene muchos mensajeros. Usted y yo, imperfectos seres humanos, podemos ser ángeles en este sentido. Los espías que envió Josué para que vieran cómo era Jericó eran "mensajeros" en castellano, pero "ángeles" en griego (Santiago 2: 25).

El Mensajero supremo, la Persona suprema enviada a esta tierra con un mensaje es Jesucristo. En la oración que elevó antes de su crucifixión (S. Juan 17), se refirió a sí mismo como "a Jesucristo, a quien has enviado" (versículo 3, versión Reina Valera). En la misma oración declara que El y el Padre son "uno" (versículo 11). En la Trinidad celestial Jesús, el Hijo de Dios, es tan divino como Dios el Padre. Ambos son eternos y ambos llevan el nombre de "familia": Yahvéh, Jehová, YO SOY. Pero Jesús es el Mensajero, el "Ángel" muy especial, enviado por el Padre.

Jesús es el Ángel de su faz (Isaías 63: 9, versión Reina Valera), el Ángel que nos rescata (nos redime) (Génesis 48: 16).

En ocasión de la segunda venida la voz del arcángel da la señal de la resurrección de los muertos de acuerdo con 1 Tesalonicenses 4: 16. Y en S. Juan 5: 28, 29 se nos dice que es "la voz del Hijo de Dios" la que resucita los muertos. En Daniel 12: 1-4 se nos dice que cuando Miguel se levante en el tiempo del fin, "muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán".

Miguel, el arcángel cuya voz resucitará a los muertos, es Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Salvador. Y puesto que es a la vez Dios y Ángel (en un sentido muy especial), es inevitablemente, por virtud de su condición, el jefe de los ángeles: el Arcángel.

Miguel, el Cristo glorificado. Ahora bien, si el Señor Jesús es Miguel, entonces ese ser majestuoso cuyo resplandor casi abatió a Daniel al comienzo de la visión de Daniel 10, también era Miguel.

El hecho de que Jesús es Miguel resulta desdibujado en la Biblia de Jerusalén como resultado de la traducción que se hizo en esa versión de Daniel 10: 13. En efecto, el lector queda con la impresión de que Gabriel, para poder visitar a Daniel, tuvo que dejar a Miguel por un tiempo para que prosiguiera su contienda con el príncipe de Persia. Es decir, Gabriel habría venido solo a visitar a Daniel. La otra conclusión desafortunada es que el Ser resplandeciente de la visión no era Miguel sino Gabriel.

La versión Reina Valera presenta en este caso, a nuestro modo de ver, una traducción más exacta de los textos originales. En efecto, rinde así este pasaje: "Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí que Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y quedé [Gabriel} allí con los reyes de Persia" (Daniel 10: 13). Quiere decir entonces que Gabriel no dejó solo a Miguel luchando con el príncipe de Persia, y que el Ser resplandeciente no era Gabriel sino Miguel.

La importancia de saber esto. Y, ¿qué importancia tiene saber que Miguel no es un ser creado sino en efecto nuestro divino Señor y Salvador Jesucristo?

Para empezar, este concepto nos ayuda a mantener en su perspectiva adecuada la visión de los capítulos 10 al 12 de Daniel. Comienza con una revelación de Jesucristo glorificado. Termina con una revelación de Jesús y de su segunda venida. La historia (del mundo), tal como se la presenta aquí, comienza y termina con el Señor de la Historia. Una vez más se nos recuerda que Dios se preocupa de nosotros, que tiene todo bajo control.

El hecho de saber que Miguel es Jesús nos ayuda también a recordar que el foco principal de las profecías no es ni Antíoco Epífanes ni el Anticristo. No debemos olvidar nunca esto, o estaremos en peligro de cometer errores raros e innecesarios. El centro siempre es Jesucristo. Jesús es la piedra sobrenatural de Daniel 2. Es el Hijo del hombre que aparece en Daniel 7 y que viene con las nubes. Es el Mesías Príncipe a quien se le quita la vida en la profecía de las setenta semanas, y que no obstante, logra que su alianza prevalezca.

¿Y no es bueno, acaso, saber que cuando el ángel en Daniel 10: 21 dice que Miguel es "vuestro Príncipe", quiere decir que Jesús es nuestro príncipe? ¿Y que cuando en Daniel 12: 1 dice que Miguel es "el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo", nos está recordando que el Hijo de Dios mismo mantiene los asuntos de su iglesia en sus manos?

Es bueno estar de parte de los que ganan. Es bueno recordar que nuestro Conductor no es sólo un campeón mundial: ¡es un campeón universal! También es un general que jamás ha perdido una guerra y que nunca perderá ninguna.

Pero esto no es todo. Si Jesús es el Ángel supremo, el general de los ejércitos del cielo, está al frente de una hueste innumerable de ángeles, algunos millones de los cuales Daniel vio que estaba reunidos en el santuario del cielo cuando comenzó el juicio que se celebra antes del advenimiento (Daniel 7: 9, 10). En Hebreos 1: 14 se nos dice que los ángeles buenos son "espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación".

Estas son buenas noticias. Es grato pensar que hay poderosos ángeles amigos enviados para responder nuestras oraciones como lo fueron en el caso de Daniel hace tantos años.

Las malas noticias son que Satanás también dirige un ejército de ángeles (Apocalipsis 12: 7) —ángeles caídos y malignos— y que a la cabeza de ellos "ronda como león rugiente, buscando a quién devorar" (1 S. Pedro 5: 8).

Ya hemos visto que los demonios tratan de manejar los asuntos de las naciones. No es pura imaginación suponer que Satanás asigna demonios para que sean los príncipes de determinadas ciudades también. En Isaías 14 se nos habla del "rey", es decir, el príncipe demonio de la ciudad de Babilonia. En Ezequiel 28 se dice otro tanto del "rey" o príncipe demonio de la ciudad de Tiro.

No es extraño entonces que San Pablo nos inste, como asunto de primordial importancia, a que oremos por todos los que ocupan cargos en la dirección de la comunidad (1 Timoteo 2: 1-4). Cada cristiano debería ser un Daniel, para orar regular y fervientemente a fin de que Jesucristo (es decir, Miguel) envíe ángeles para que luchen contra los demonios que cada día tratan de ejercer control sobre la nación y la ciudad donde vive.

Y el hogar donde vive también.                              ,

¿Se ha preguntado alguna vez por qué usted le habla airadamente a la gente que más ama? ¿O por qué sus hijos son a veces insoportablemente toscos? ¿No se ha preguntado alguna vez si los libros que lee y los programas de televisión que la familia está mirando no son otras tantas avenidas por medio de las cuales los demonios invaden su hogar?

Por causa de los espíritus "dominadores de este mundo tenebroso" que tratan de ejercer dominio sobre nosotros, San Pablo insta a cada cristiano a revestirse de toda la armadura de Dios (Efesios 6: 12-18). Añade en el versículo 18: "Orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos".

"Velando juntos con perseverancia". Los ángeles de Satanás pueden ser bien decididos y muy obstinados. Uno de ellos se le opuso a Gabriel por tres semanas. Fue bueno que Daniel perseverara en oración.

En los tiempos bíblicos un ejército enemigo asedió la ciudad de Dotan de noche, con la esperanza de lograr en pocos días más romper los muros, saquear el lugar y someter a la población a la esclavitud. Eliseo el profeta vivía en Dotan y, como Daniel, era un hombre de oración.

Cuando el joven siervo de Elíseo se levantó al amanecer, vio las tiendas y los carros de los enemigos y regresó apresuradamente a las habitaciones.

—¡Ay, mi señor!, ¿qué vamos a hacer? —exclamó.

—No temas —le replicó Elíseo—, que hay más con nosotros que con ellos. Era el momento de la oración matutina de Eliseo. Compasivamente le pidió al Señor que abriera los ojos de su siervo. Cuando se levantaron y miraron hacia afuera, para gran alegría del joven y para su más completo asombro, vio que en éste y en el otro lado de la ciudad, y en cualquier dirección que mirara "la montaña estaba llena de caballos y carros de fuego en tomo a Elíseo" (2 Reyes 6: 15-17).

Los ángeles de Jesús superan cualquier fuerza que Satanás quiera lanzar contra nosotros. Y los va a enviar inmediatamente a rescatamos, tal como lo hizo con Daniel. Si oramos, estas palabras serán tan ciertas en nuestro caso como en el de Eliseo: "Hay más con nosotros que con ellos".

Dios no ha prometido libramos de todo mal (véase las páginas 53-56), pero sí ha prometido sostenemos en toda prueba (Isaías 41: 10) y ayudarnos para que no caigamos en pecado (S. Judas 24).

"Velando juntos con perseverancia e intercediendo".

Cada mañana, antes de que cada cual salga a cumplir sus deberes, ¿no sería bueno que su familia se inclinara para orar? ¿Todos juntos, con los chicos, si es posible? ¿Y otra vez junto a la cama antes de dormir?

Sus oraciones al principio pueden ser sencillas, pero deben ser fervientes. Para fortalecer la fe deberían contener una promesa de las Escrituras o alguna reflexión acerca de la bondad de Dios.

"Amado Padre que estás en los cielos —podría decir usted—,

"te agradecemos porque por medio de las Escrituras tú nos dices cuánto nos amas y cuánto te preocupas por nosotros.

' 'Perdónanos por no responder como deberíamos hacerlo.

"Bendice hoy a nuestra familia. Ayúdanos a ser alegres, como Daniel, cuando la gente no nos quiere. Ayúdanos a ser siempre considerados, honestos y fieles.

"Por favor envía a tus ángeles poderosos para que nos protejan de todo peligro durante todo el día, y para que nos llbron de todo pecado.

"Lo que pedimos para nosotros también lo solicitamos para cada cristiano, para nuestro país y para la ciudad donde vivimos.

"Lo pedimos confiando en Jesús, nuestro Salvador.

"Amén".

 


Lectura adicional


    

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