G. Arthur Keough

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Daniel


por

por G. Arthur Keough

CAPITULO 8

Para las lecciones 7 y 8
 

LOS PODERES MUNDIALES Y LA CORTE CELESTIAL
 


 

"El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala"(Ecl. 12:13, 14).
 

Con el capítulo 7, comienza la segunda mitad del libro de Daniel. En la primera parte, el profeta nos describió los variados incidentes que les acontecieron a él y a sus compañeros de exilio. Al comienzo de su peregrinación, decidieron mantener su identidad como hijos de Dios, y al mismo tiempo, cumplir con sus deberes en la mejor forma posible. Al hacer esto, fueron instrumentos en salvar la vida de sus compañeros de trabajo, cuando le revelaron al rey el sueño y su interpretación.
 

Cuando el rey erigió una imagen en directa contradicción del sueño que Dios le enviara, demandando además que se la adorase, los fieles hebreos decidieron obedecer a Dios antes que a los hombres, y experimentaron una liberación que asombró al rey y a todo el imperio. Cuando Nabucodonosor se apropió de la honra que le pertenecía a Dios, nuevamente el Señor le mandó un sueño, y Daniel proveyó la interpretación. Como resultado, ese monarca pagano se convirtió en un hijo de Dios.
 

Dos incidentes adicionales completan la parte biográfica del libro:
 

Dios reprendió al rey Belsasar por su impiedad, y le anunció la pérdida de su reino; y Darío de Media aprendió que las leyes de los medos y persas eran impotentes ante la ley de Dios, y que el Señor puede librar a sus siervos aun de la boca de los leones.
 

La segunda parte del libro contiene sueños y visiones que le revelan al profeta el futuro en términos especialmente pertinentes para él, en su calidad de siervo de Dios. Por eso mismo, son importantes para nosotros, que, al igual que Daniel, deseamos saber cómo Dios resolverá finalmente el problema del mal y el pecado. ¿Qué permitirá Dios? ¿Hasta cuándo tolerará que perdure la rebelión? ¿Cuándo y de qué modo serán vindicados los justos? Una cosa es saber que habrá una sucesión de reinos, y otra muy diferente es saber qué tratamiento recibirá el pueblo de Dios, y cómo será librado.
 

Marco histórico
 

Daniel nos dice que recibió esta visión durante el primer año del reinado de Belsasar, rey de Babilonia. Este hecho nos lleva de inmediato a una época anterior a la de los incidentes que se describen en los últimos dos capítulos. Aun antes de la caída de Babilonia y el levantamiento de Medo-Persia, Daniel procuraba comprender la época en que vivía, y la manera en que Dios ejercía influencia sobre ella.
 

¿Cuáles eran algunas de las preguntas que habrán surgido en su mente? Sin duda sentía preocupación por comprender la forma en que se cumpliría el sueño dado a Nabucodonosor, recordando que se le dijo al rey, "tú eres aquella cabeza de oro" (Dan. 2:38). ¿Se refería eso al rey en persona, o a su reino? Hoy conocemos la respuesta, pero no tenemos motivos para suponer que Daniel la comprendiera con precisión. Otros reyes sucedieron a Nabucodonosor. La sucesión de metales, ¿se referiría a reyes individuales? Belsasar, que era el cuarto rey de Babilonia, ¿correspondería al cuarto metal de la estatua? Si era así, Daniel podría haber llegado a la conclusión de que faltaba muy poco para la liberación de su pueblo.
 

Dios condescendió a darle al profeta una visión, de modo que su mente se tranquilizara. Su trato para con Daniel no fue el que se reserva para los siervos, que no necesitan conocer las intenciones de sus señores, sino el que se le da a un amigo que puede comprender los planes y propósitos divinos; desde luego, no en toda su plenitud, por cuanto las limitaciones humanas hacen que nos sea imposible comprender plenamente los caminos de Dios, pero con simpatía, puesto que Dios nos ha dado memoria y capacidad de razonar, y ha provisto los medios de establecer una relación de amistad con él.
Sin duda Daniel podía ver la gran diferencia que había entre Nabucodonosor y su nieto, Belsasar. Este último no mostraba interés alguno en hacer lo que era correcto, en aprender acerca del Dios que su abuelo había llegado a conocer y adorar. Es muy posible que por este tiempo Daniel haya sido relevado de sus responsabilidades. El nuevo gobernante no apreciaba sus talentos. Se comprende que Daniel se preguntara cómo iría Dios a enfrentar esa situación.
 

La visión del profeta
 

Daniel recibe ahora la respuesta. En un sueño —que él sabe muy bien que viene de Dios—, ve unos monstruos que salen del mar agitado por vientos que soplan desde los cuatro puntos cardinales.
 

La primera bestia es semejante a un león, la segunda se asemeja a un oso, la tercera parece un leopardo, y la cuarta es indescriptible, pues tiene dientes de hierro y diez cuernos. En cada una de las descripciones Daniel usa la palabra "semejante", puesto que los monstruos tienen ciertas características que los hacen ser diferentes de los animales verdaderos. El león tiene alas; luego se pone de pie como un hombre, y recibe un corazón humano. El oso tiene tres costillas en su hocico. El leopardo tiene cuatro alas y cuatro cabezas. Es evidente que estos animales son simbólicos.
 

Hasta este punto, sobresalen dos partes de la visión: 1) Las bestias se originan en la conmoción del mar que se ve agitado por los cuatro vientos que combaten entre sí. 2) Las bestias son cada vez más feroces. El león tiene un rasgo positivo; actúa como un ser humano. El oso tiene tres costillas en el hocico, y se le dice: "Levántate, devora mucha carne" (vers. 5). A la bestia semejante a un leopardo "le fue dado dominio" (vers. 6). Es claro que estas bestias son crueles y poseen autoridad. Al surgir de las luchas y conmociones relacionadas con los acontecimientos mundiales, representan lo que siempre sucede cuando los seres humanos insisten en seguir sus propios caminos. Un futuro tal no tiene nada de animador.
 

A Daniel se le explica que esas cuatro bestias representan "cuatro reyes que se levantarán en la tierra" (vers. 17). En otras palabras, son organizaciones humanas que surgen de los conflictos entre multitudes de personas. Ninguna de ellas tiene estabilidad, tal como el agua del mar está siempre expuesta al embate de los vientos que soplan de cualquier dirección.
 

Sin duda, Daniel recordó la imagen de Nabucodonosor, y percibió la correlación existente entre ambas revelaciones. El león podía muy bien representar a Babilonia, el imperio que aun no había desaparecido de la escena en el momento de recibir el profeta esta visión. Como un león alado. Babilonia había extendido rápidamente su autoridad sobre el territorio comprendido entre el Tigris y el Eufrates, y conquistado Palestina y Egipto. Al referirse a Babilonia, el profeta Jeremías había usado la metáfora de un león, al decir: "El león sube de la espesura, y el destruidor de naciones está en marcha" (Jer. 4:7).
El águila es un ave majestuosa. El que el león tuviese alas de águila refuerza la grandeza de Babilonia. Pero las alas le fueron quitadas, y sin duda Daniel fue testigo del cambio que tuvo lugar en Babilonia como poder conquistador. El león, cuando comenzó a erguirse como ser humano, dejó de actuar como león; y cuando recibió el corazón de hombre, perdió las características típicas de un animal.
 

El profeta hebreo vio cómo la Babilonia que conoció bajo Nabucodonosor difería pronunciadamente del imperio que se desarrolló bajo los sucesores de dicho rey. Sin duda el cambio le habrá causado pesar, puesto que Nabucodonosor había llegado a reconocer la autoridad de Dios, y estuvo dispuesto a recibir consejos del cautivo hebreo que había llegado a tan alto nivel en su gobierno. Los sucesores, en cambio, sólo conocían la violencia y las intrigas cortesanas, y habían rechazado los oficios del profeta como consejero.
 

Si aceptamos que la fecha de esta visión es 550/549 AC, según lo ha demostrado Gerhard Hasel en su estudio de recientes descubrimientos arqueológicos (Andrews University Seminary Studies, Otoño de 1977, pág. 167), entonces podemos estar seguros de que Daniel no sabía que el símbolo del oso se aplicaba al Imperio Medo-Persa, pero sí puede haber estado al tanto de que Ciro II de Anshan se había tomado el poder, rebelándose contra su suegro Astíages y haciendo su entrada triunfal en Ecbatana, la capital de Media, el año 559 AC (véase Pinegan, Lightfrom the ancient past [Luz de la antigüedad], pág. 193). Si algún peligro amenazaba a Babilonia, tendría que venir del oriente.
 

Daniel —como devoto judío conocedor de los escritos de los otros profetas— sin duda sabía que Isaías había profetizado acerca de un Ciro que diría a Jerusalén: "Serás edificada" (Isa. 44:28). Nada le produciría mayor gozo que saber que su ciudad sería reedificada dentro de poco. Pero al seguir leyendo, vería que se predecía también la caída de Babilonia (Isa. 47:1, 6-9). ¿Llegaría Medo-Persia a conquistar a Babilonia? Daniel no podía saberlo, pues vivía en un momento anterior al cumplimiento de la profecía. Pero al comparar las Escrituras con los acontecimientos que se iban desarrollando, le sería posible obtener vislumbres orientadoras.

 

Debemos ser siempre cuidadosos acerca de la forma como interpretamos las profecías que todavía no se han cumplido. Únicamente al ver cómo se cumplió plenamente una predicción podemos estar seguros de cuál era su interpretación correcta. En este respecto gozamos de una gran ventaja sobre Daniel. Conocemos el cumplimiento histórico de lo que él conoció solamente por medio de
símbolos.

 

Al parecer, la cuarta bestia fue la que más poderosamente llamó la atención del profeta, quizás por su poder destructor y por la manera como pisoteaba lo que no devoraba o desmenuzaba. El hecho es que en el versículo 19 dice: "Entonces tuve deseo de saber la verdad acerca de la cuarta bestia, que era tan diferente de todas las otras". ¿Podría haber algún poder temporal que fuese más devastador que los otros poderes que se le habían mostrado? La posibilidad era espantosa. Además, se preguntaba acerca de los cuernos ¡nada menos que diez de ellos! Si uno solo podía hacer tanto daño, ¿cuánto peores podrían ser diez?
 

Por otra parte, había que pensar también en el cuerno que en su proceso de engrandecerse había desarraigado a otros tres. De aspecto más imponente que los otros, tenía también ojos y una boca que se jactaba de grandes cosas. Además, "hacía guerra contra los santos, y los vencía" (vers. 21). Esto le causó gran preocupación. ¿Por qué Dios permitía eso? Daniel podía comprender el exilio. Su pueblo lo había merecido. Pero ¿por qué permitía el Señor que los santos fuesen vencidos? Parecía un acto completamente ajeno a los planes y el carácter de Dios.
 

La gente siempre se pregunta por qué a los buenos les suceden cosas malas. Si Dios todo lo controla, ¿por qué a veces triunfa el mal? No es fácil hallar respuesta para preguntas como ésta, pero es necesario enfrentarlas. Y en este capítulo. Dios provee iluminación.
 

El versículo 22 comienza con la palabra "hasta". Señala un punto en el cual sucederá un cambio radical. Dios es paciente, y nosotros debemos aprender también a ser pacientes.
 

La escena del juicio
 

En los versículos 9 y 10, Daniel describe la escena del juicio. "Estuve mirando —dice— hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días". Al usar la palabra "tronos", Daniel deja establecido el hecho de que esta no es una escena común. En los tronos se sientan los gobernantes o los legisladores. Al referirse a Dios como el "Anciano de días", el profeta señala que Dios existe desde la eternidad, y continuará existiendo durante la eternidad futura. Dios es el origen de todo lo que existe, y constituye la realidad ulterior. A pesar de ello, no es una fuerza impersonal, puesto que toma su lugar en su trono.
 

Daniel continúa su descripción en términos que podemos comprender, usando lenguaje humano. Se refiere al "vestido" de Dios, "blanco como la nieve". Esta expresión sugiere pureza absoluta, ausencia total de cualquier contaminación. Su cabello es "como lana limpia", lo cual sugiere grande edad y autoridad patriarcal, pero en mayor grado, sabiduría. Dios conoce el pasado a la perfección. Comprende cabalmente el momento presente, y sabe qué hacer hoy para que el futuro sea glorioso. Su trono es llama de fuego, lo cual indica que trasciende todo lo humano. El fuego consume y purifica. El trono de fuego es, entonces, símbolo adecuado de la absoluta pureza de Dios. Las ruedas sugieren movilidad. Dios no se halla confinado a un solo lugar. Es omnipresente.
"Un río de fuego procedía y salía de delante de él" (vers. 10). De Dios no puede proceder nada que sea impuro. Moisés expresó un concepto similar al decir: "Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de ninguna cosa que Jehová tu Dios te ha prohibido. Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor. Dios celoso" (Deut. 4:23, 24).
 

Daniel agrega que "millares de millares le servían", una multitud innumerable, listos para cumplir sus órdenes. Luego, "el Juez se. sentó, y los libros fueron abiertos". Frente a este Tribunal sublime, todos debemos comparecer. Dice el apóstol Pablo: "Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo" (Rom. 14:10, ú. p.).
 

A continuación, la atención de Daniel se dirige nuevamente a la tierra, y ve que llega un momento en que "mataron a la bestia, y su cuerpo fue destrozado y entregado para ser quemado en el fuego" (vers. 11). Es claro que el Dios del cielo, el Juez de toda la tierra, ha pronunciado su veredicto final, y se ha ejecutado la sentencia. Es un momento de tristeza, pero también de gozo, porque Dios ha actuado para destruir el mal.
Nuevamente el profeta mira al cielo, y allí ve que "con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre". Este personaje "vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él" (vers. 13). Aparentemente, Daniel se sintió especialmente impresionado por la diferencia dramática que había entre los poderes semejantes a "bestias", por una parte, y por otra, este Ser maravilloso semejante a un "hijo de hombre". Las bestias representaban reinos fieros y dominadores, de origen humano. En cambio, el "hijo de hombre" recibió un reino de origen divino. "Le fue dado dominio, gloria y reino". Pero aun más importante es el hecho de que "todos los pueblos, naciones y lenguas" serían sus súbditos. No nos sorprende entonces oir que "su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido" (vers. 14).
 

Hijo de hombre
 

¿Sabia Daniel quién podía ser este hijo de hombre? El término "hijo de hombre" podía referirse a un ser humano. Por eso Dios llamó "hijo de hombre" a Ezequiel (véase Eze. 2:1; 4:1; 5:1; 6:1). El profeta también debía saber que Dios creó al hombre a su imagen y le dio dominio sobre toda la tierra (Gen. 1:26). Pero Adán había fracasado en el cumplimiento de los planes que Dios tenía para él. El pecado entró en el mundo y con el pecado, la muerte. Sin embargo, Dios deseaba que las personas reconocieran su señorío, y de vez en cuando algunos, como Abrahán, creyeron las promesas divinas de salvación, y Dios aceptó la fe de ellos como una manifestación de justicia (Rom. 4:3; Gen. 15:6).
 

En Israel la realeza debía presentar una relación entre el dirigente humano y Jehová. El rey estaba llamado a ser un hijo de Dios el Padre (2 Sam. 7:14). El rey debía reconocer en la tierra la soberanía del Dios del cielo. Desafortunadamente los hijos de Israel no desempeñaron siempre su papel primordial, pero Dios prometió que habría uno que lo honraría completamente. Se lo llamaría "Dios fuerte" (Isa. 9:6), y no sólo merecería ser adorado, sino que recibiría la adoración de todos. ¿Reconoció Daniel todo esto?
 

Daniel comprendía que Nabucodonosor, como gobernante de Babilonia, necesitaba someterse a la soberanía de Dios. Después de la interpretación de su primer sueño, Nabucodonosor reconoció al Dios de Daniel como "Señor de los reyes" (Dan. 2:47). Con su segundo sueño el monarca comprendió que "el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que a quien él quiere lo da" (Dan. 4:17).
 

De esto podemos deducir que Daniel podría haber tenido una leve idea acerca del significado de la expresión "hijo de hombre"; pero somos nosotros, los que vivimos en tiempos posteriores a Jesús, los que comprendemos su significado inequívoco. En repetidas ocasiones Jesús se refirió a sí mismo como el Hijo del hombre. Al aplicarse ese título estaba evidentemente llamando la atención hacia el libro de Daniel. Nótese la pregunta del sumo sacerdote y la respuesta que recibió de Jesús en Mateo 26:63, 64. Su referencia a las "nubes del cielo" parecería indicar que para él las expresiones "Hijo de Dios" e "hijo del hombre" se refieren a la misma persona. (Véase también Lúe. 22:69, 70 y Mar. 14:61, 62.) Jesús parece haber evitado adjudicarse el título de "Cristo", probablemente porque los judíos sostenían conceptos equivocados acerca de la función del Mesías, y él no deseaba ser relacionado con tales conceptos (Mat. 16:20).
 

El tiempo del juicio
 

Aunque Daniel puede no haber tenido una comprensión completa de su sueño, tiene que haber notado el hecho de que el juicio venía después que la cuarta bestia apareció en la escena, ulteriormente a la aparición de los diez cuernos y del levantamiento del cuerno que hablaba "grandes cosas". En efecto, sucedería después que el cuerno tratara de cambiar los tiempos y la ley, y después que hubiera dominado a los santos durante "tiempo, y tiempos, y medio tiempo". Daniel nos asegura que sus pensamientos lo dejaron profundamente turbado, porque evidentemente no podía comprender muchos aspectos de la visión. Aquí es donde nosotros, que vivimos a 2.500 años del tiempo de Daniel tenemos una ventaja. Podemos ver de qué modo la historia ha confirmado la visión en muchos detalles.
 

Ahora sabemos que el imperio medo-persa sucedió a Babilonia, que Grecia reemplazó a Medo-Persia, en tanto que Roma siguió a Grecia. Cuando Roma cayó frente al empuje de los pueblos bárbaros, Europa se dividió en varios reinos de variable importancia. También sabemos que "de entre las ruinas de la Roma política, se levantó un gran imperio moral, la 'forma gigantesca' de la Iglesia Católica" (A. C. Flick, The Rise of the Medieval Church, [El surgimiento de la iglesia medieval], pág. 150, citado en SDA Bible Commentary, tomo 4, pág. 826).
 

El papado resultó ser una potencia tan grande como cualquiera de las representadas por los otros cuernos, pero muy diferente por el hecho de ser una organización básicamente eclesiástica antes que una entidad puramente política.
 

La historia también nos revela de qué modo se fortaleció la influencia del obispo de Roma cuando Justiniano reconoció su supremacía, y los ostrogodos fueron derrotados en el año 538 DC. El papado sostuvo un poder casi ilimitado durante 1.260 años, hasta que en 1798, el general Berthier, por orden de Napoleón, tomó prisionero al papa. En la visión de Daniel este período es denominado "tiempo, y tiempos, y medio tiempo", un intervalo durante el cual muchos grupos de cristianos sufrieron persecución.
 

"Pero se sentará el juez, y le quitarán su dominio para que sea destruido y arruinado hasta el fin" (vers. 26). Dios realiza su decisión. "Entonces el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán" (vers. 27). Por la gracia de Dios, esa es su perspectiva y también la mía. El pasado puede ser el prólogo, pero el futuro es el cumplimiento.
 

Daniel guardó el asunto en su corazón (vers. 28), porque todavía le quedaban muchas preguntas sin contestar. Pero la situación es diferente para nosotros. Vemos la profecía cumplida y sabemos que el futuro es cierto. Gracias a Dios podemos enfrentar el futuro confiadamente.
Principios de vida
 

¿Está de acuerdo usted con las siguientes declaraciones como principios que se ponen de relieve al estudiar las Sagradas Escrituras, y que necesitan ser aplicados en nuestras vidas?
 

1. A nosotros no nos corresponde preocuparnos por la prosperidad de los impíos (Sal. 37.) Su condenación es segura. Nuestro deber consiste en confiar en Dios y en hacer lo que es correcto, a pesar de las circunstancias.
 

2. Los malvados tienen razón de atemorizarse frente al juicio, pero los cristianos, que tienen un Abogado delante del Padre, no tienen nada que temer (Isa. 43:25; Mat. 10:32, 33.)
 

3. Dios parece tomar demasiado tiempo antes de actuar, pero podemos tener la seguridad de que su modo de medir el tiempo es el mejor. Nunca nadie podrá decir: "No lo supe. No tuve oportunidad".
 

4. Dios triunfará por fin, y su pueblo triunfará con él. A nosotros nos corresponde tener paciencia, y perseverar en hacer el bien.
 

5. El hombre es libre para hacer con su vida lo que le venga en gana, pero debe estar preparado para sufrir las consecuencias si elige realizar decisiones equivocadas.
 

6. Sólo Dios está en posición de juzgar, porque solamente él posee todas las evidencias para realizar una evaluación correcta. El hombre debe abstenerse de juzgar.
 

7. El abstenerse de juzgar al prójimo no significa dejar de escoger entre lo bueno y lo malo. La Palabra de Dios es una lámpara que ilumina los intersticios del corazón, y alumbra el camino por donde debemos transitar.
 

8. Dios prefiere una obediencia iluminada antes que una sumisión ciega. Por esa razón nos trata como amigos y nos revela sus planes y propósitos.
 

9. Cuando Dios nos concede una revelación, también nos asegura su origen divino, de modo que no tengamos dudas acerca de su clara dirección.
 

Digno de notar:
 

"La obra de cada uno pasa bajo la mirada de Dios, y es registrada e imputada ya como señal de fidelidad, ya de infidelidad. Frente a cada nombre, en los libros del cielo, aparecen con terrible exactitud, cada mala palabra, cada acto egoísta, cada deber descuidado, y cada pecado secreto, con todas las tretas arteras. Las admoniciones o reconvenciones divinas despreciadas, los momentos perdidos, las oportunidades desperdiciadas, la influencia ejercida para bien o para mal, con sus abarcantes resultados, todo fue registrado por el ángel anotador" (El conflicto de los siglos, págs. 535, 536).
 

"A todos los que se hayan arrepentido verdaderamente de su pecado y que hayan aceptado con fe la sangre de Cristo como su sacrificio expiatorio, se les ha inscrito el perdón frente a sus nombres en los libros del cielo" (Id., pág. 537).
 


 

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