G. Arthur Keough

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Daniel


por

por G. Arthur Keough

CAPITULO 4
 

UNA LECCIÓN DE HISTORIA:  EL PODER LE PERTENECE A NUESTRO DIOS


 

"No tenemos nada que temer en lo futuro, excepto que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido y sus enseñanzas en nuestra historia pasada" (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 443).

 

Después de haber leído en el capítulo 2 cómo Nabucodonosor' llegó a reconocer la supremacía del Dios del cielo, nos resulta doloroso descubrir en el capítulo 3 que el rey aparentemente volvió a ` caer en el paganismo. ¿Cómo fu, posible esto?

 

Los comentaristas han ofrecido diversas sugerencias:

 

1.  Los consejeros reales, a pesar de que Daniel había salvado sus vidas, sintieron celos al ver su ascenso al máximo poder administrativo, y comenzaron a minar su influencia. Señalaron que no era babilonio; sino básicamente un cautivo extranjero, y algún' día podría convertirse en un traidor.

 

2.  Conociendo el orgullo de Nabucodonosor, le sugirieron que su reino de oro nunca podría dejar de existir. Propusieron que el rey hiciera construir una imagen como la que había visto en su Sueño, de modo que todos pudieran verla y admirar la cabeza de oro.

 

3.  El rey fue más allá, y decidió que la imagen fuera toda de oro. Desgraciadamente, Nabucodonosor y sus consejeros habían olvidado tres importantes hechos: Primero, las circunstancias providenciales conectadas con el sueño y su interpretación. Luego, los consejeros olvidaron que debían sus vidas al hecho de que Daniel había logrado explicar el sueño. Por último, se olvidaron de todo excepto de su deseo de engrandecerse tanto ellos como su imperio en el mayor grado posible. Pero para eso tuvieron que desechar el concepto según el cual la mano de Dios se manifiesta en la historia, y reemplazarlo por la idea de que el hombre es el árbitro de su propio destino.

 

De este modo, Nabucodonosor "resumió su adoración de los ídolos con mayor celo y fanatismo que antes" (Profetas y reyes, p. 369).

 

Se comprende que la presión ejercida sobre Nabucodonosor haya sido grande. Cierta inscripción cuneiforme nos informa que Babilonia contenía 53 templos dedicados a importantes divinidades, 955 santuarios menores, y 384 altares en las calles (SDA Bible Commentary, tomo 4, p. 797). Babilonia era un centro de actividad religiosa mayor que cualquier otra metrópoli de la antigüedad. En el centro de la ciudad se erguía "el mayor y más famoso de todos los templos del antiguo Oriente" (Ibíd., p. 798). "En ese templo se hallaba la estatua de Marduk, de quien cada año el rey recibía su realeza al `tomar la mano de Marduk' durante el festival de Año Nuevo" (McKenzie, Dictionary of the Bible [Diccionario de la Biblia], artículo "Babilonia"). Marduk era el principal de todos los dioses del panteón, y el relato babilónico de la creación describe sus hazañas (véase Heidel, The Babylonian Genesis [El Génesis babilónico]). No le sería fácil a Nabucodonosor aceptar el registro bíblico de la creación, cuando sus propias cultura y literatura presentaban las cosas desde una perspectiva tan diferente. De este modo, el rey cedió a las presiones que existían a su alrededor, y erigió una imagen en el llano de Dura.

 

El libro de Daniel no nos dice en qué año del reinado de Nabucodonosor sucedió este acontecimiento. Pero los años posteriores al sueño estuvieron llenos de actividad. La campaña contra Egipto el año 601 AC, significó una decepción para el monarca. Tras un año de descanso en Babilonia, vino otra campaña en la "tierra de Hati", en la cual sus fuerzas arrebataron mucho botín a los árabes del desierto. El año siguiente, 597 a.C., Jerusalén fue sitiada y tomada. Los ejércitos de Babilonia llevaron cautivo a Joaquín, rey de Judá, y en su lugar fue colocado Sedequías. Jeremías nos dice que Sedequías viajó a Babilonia en el cuarto año de su reinado (594/593 a.C.). Algunos sugieren que ése podría haber sido el año en que Nabucodonosor erigió su imagen. El viaje de Sedequías habría sido en obediencia al decreto que se registra en Daniel 3:2.

 

Si este fue el caso, entonces hubo dos reyes de Judá que estuvieron presentes en la ceremonia de inauguración de la estatua. El valor de los tres jóvenes hebreos resalta así con mayor claridad. Además; Jeremías había preparado un rollo de profecías que debía ser llevado a Babilonia y leído. (Se halla registrado en Jeremías 51:1-58.) El mensajero de Jeremías tenía instrucciones de leer el rollo en alta voz, y luego atarle una piedra y echarlo al río Eufrates, diciendo: "Así se hundirá Babilonia, y no se levantará del mal que yo traigo sobre ella; y serán rendidos" (vers. 61). Es interesante notar que al mismo tiempo en que Babilonia proclamaba su grandeza, Dios anunciaba su caída.

 

El relato de Daniel ofrece una vívida descripción de la llanura de Dura. La imagen de oro, de treinta metros de altura, resplandece bajo los rayos del sol. Cerca de ella, el horno ardiente, de ominoso aspecto, espera, listo para devorar a cualquiera que se atreva a desobedecer el mandato del rey. La multitud, vestida de gala, espera que se dé la señal. Una orquesta de los más diversos instrumentos se halla lista para tocar. Y el mismo Nabucodonosor, rodeado de su guardia personal, contempla lleno de orgullo la vasta asamblea y el coloso dorado. Al sonar la señal, un mar de cabezas se inclina ante la estatua. Pero entre los asistentes, tres jóvenes permanecen de pie.

 

Normalmente, no habrían sido vistos. Pero algunos de los sabios de Babilonia tienen sus ojos abiertos. Saben de dónde puede esperarse una negativa a la adoración de una imagen. Y al mirar, ven lo que deseaban contemplar. Ahora pueden hacer una acusación devastadora ante el rey, y no pierden tiempo en hacerla.

 

Notemos los aspectos sobresalientes de su informe. Para empezar, los rebeldes son judíos. Luego, el rey los había colocado en altos puestos oficiales… ¡un error evidente! Además, hacen caso omiso del mandato del rey; ¡cuán desagradecidos y descorteses! Por último, se niegan a servir a los dioses del rey y adorar a la imagen, ¡una afrenta imperdonable!

 

No es de sorprenderse que el rey esté furioso. Es humano, y espera que se le obedezca. Es su momento de mayor gloria, y no puede tolerar disidentes. Airado, manda llamar a los tres jóvenes, por sus nombres; Sadrac, Mesac y Abed-nego. Es evidente que los conoce muy bien. Con el fin de darles una oportunidad de confesar su culpabilidad, les pregunta: "¿Es verdad?" Les extiende una segunda oportunidad, y les recuerda el horno ardiente. Finalmente, les hace la pregunta crucial: "¿Qué dios será aquel que os libre de mis manos?" (vers. 15).

 

Toda la ceremonia se interrumpe. El rey, furioso, temblando de ira, se enfrenta con tres jóvenes que exhiben una calma notable. Los acusadores contemplan la escena, gozosos, seguros de la victoria. Los dignatarios y el resto de la multitud intercambian preguntas y opiniones, comentando lo que ha sucedido. Los soldados se mantienen alerta, en espera de órdenes.

 

Los tres jóvenes hablan, confiados y razonables. "No es necesario que te respondamos sobre este asunto" (vers. 16). En repetidas sesiones privadas, ya le habían explicado al rey su fidelidad a Jehová, el Dios de sus padres. El rey sabía que no podrían inclinarse ante un ídolo sin violentar su conciencia, puesto que el hacerlo era una violación del Decálogo que Moisés recibiera escrito en las tablas de piedra. Y en cuanto al horno ardiente, presentaron un testimonio asombroso. "Nuestro Dios a quien servimos, puede librarnos del horno de fuego ardiente; y de tu mano, oh rey, nos librará" (vers.  17).

 

Desde luego, existía la posibilidad de que Dios decidiera no rescatarlos. El hombre no controla a Dios. No puede obligar a Dios a que cumpla los deseos humanos, ni por medio de la fe, ni de oraciones, ni de ofrendas, o de cualquier otra cosa. La oración, la fe y las ofrendas tienen su lugar en la experiencia cristiana, pero Dios siempre es libre de hacer lo que mejor conviene; y no nos gustaría si obrara de otro modo. Por eso, los tres jóvenes añadieron: "Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado" (versículo 18). Su devoción a Dios era absoluta, incondicional. Su fe era perfecta, su lealtad, ejemplar.

 

Una vez más, Nabucodonosor se vio poseído por la ira. Ya no procuraría salvarlos; en cambio, ordenó que el horno fuera calentado siete veces más de lo normal, suponiendo que con ello eliminaría hasta la más mínima posibilidad de escape. Luego, mandó a sus más fuertes soldados que ataran a las víctimas, y las echaran al fuego con todo lo que llevaban encima. Trágicamente, al obedecer las órdenes del rey, y debido al intensísimo calor, los guardias perecieron sin ser siquiera tocados por las llamas. Pero no había duda alguna de que los tres jóvenes habían caído en medio del fuego.

 

Todos los ojos se dirigen ahora a esta nueva escena. La atención de la muchedumbre ya no se centra en la estatua, sino en el horno. Si suponemos que el rey Joaquín y el rey Sedequías hayan estado allí, imaginémonos los pensamientos que deben haber pasado por sus mentes. ¿Hay ocasiones en que son aceptables los acomodos y concesiones? ¿Es permisible fingir un poco si con ello se puede salvar la vida? Preguntas como éstas sin duda asoman a nuestra mente en tiempos de crisis, y es preciso que decidamos nuestras respuestas de antemano. Sólo así es-taremos capacitados para hacer nuestra la actitud que adoptaron los tres jóvenes hebreos. ¿Estarnos haciendo hoy las preparaciones necesarias para enfrentar cualquier; emergencia? Los relatos que leemos en la Biblia tienen el propósito de animarnos a prepararnos para las crisis antes que éstas lleguen.

 

Repentinamente, el rey Nabucodonosor se pone en pie de un salto. Entre la multitud se extiende una ola de asombro y excitación. El rey ha visto que entre las llamas del horno se pasean cuatro personajes. No puede comprender lo que ve. Eso sí, se da cuenta de que el aspecto de uno de ellos "es semejante a hijo de los dioses".

 

"¿Cómo sabía el rey qué aspecto tendría el Hijo de Dios? En su vida y carácter, los cautivos hebreos que ocupaban puestos de confianza en Babilonia hablan representado la verdad delante de él. Cuando se les pidió una razón de su fe, la habían dado sin vacilación. Con claridad y sencillez habían presentado los principios de la justicia, enseñando así a aquellos que los rodeaban acerca del Dios al cual adoraban. Les habían hablado de Cristo, el Redentor que iba a venir, y en la cuarta persona que andaba en medio del fuego, el rey reconoció al Hijo de Dios" (Profetas y reyes, p. 374).

 

En otras dos ocasiones, el, Cristo pre-encarnado se apareció en medio del fuego: la zarza ardiente que vio Moisés (Éxodo 3), y cuando Manoa vio al ángel ascender en la llama (Jueces 13).

 

Ahora, Nabucodonosor se dirige a los tres jóvenes llamándolos "siervos del Dios Altísimo". Una vez: más debe reconocer que hay un Dios que está por encima de todos los dioses. Es loable el hecho de que no haya negado la evidencia que estaba delante de él. No sería aún monoteísta, pero al menos reconocía la existencia de una autoridad mayor que la de cualquier divinidad que hasta entonces honrara.

 

Toda la gran multitud presenció el milagro. Vieron que el fuego no había quemado parte alguna de sus cuerpos ni de sus vestiduras. Ni siquiera había quedado en ellos olor a humo. ¡Qué testimonio extraordinario llevarían a sus tierras! En vez de describir la grandeza del rey de Babilonia, proclamarían la majestad del Dios del cielo. Durante mucho tiempo, los tres jóvenes hebreos tendrían que responder innumerables preguntas de quienes deseaban saber qué había sucedido, y por qué. Aún entre los cautivos de Judá –los que conocían bien las Escrituras –, habría muchos que desearían escuchar el testimonio de los tres jóvenes en persona. Una vez más, por medio de tres jóvenes valientes y leales, el nombre de Dios había sido vindicado.

 

La reacción de Nabucodonosor fue típica de un gobernante pagano acostumbrado a ejercer el poder. No se limitó a alabar al Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, si-no que también promulgó un decreto según el cual cualquier individuo, de cualquier nación o lenguaje, que hablara contra él, debía ser descuartizado, y su hogar de-molido, hasta ser un montón de escombros. Estaba en su derecho el alabar a Dios, pero al procurar, obligar a todos a que adoptasen una fe religiosa, se excedió en su autoridad como gobernante temporal. En la religión no debe existir la compulsión. Ni siquiera Dios mismo obliga a los seres humanos a que obedezcan su ley. El hombre es libre de escoger a quién servirá, pero una vez que ha escogido, él solo es responsable de sus acciones.

 

¿Cómo se relacionan estas escenas con nuestra experiencia futura? "Como en los días de Sadrac, Mesac y Abed-nego, en el período final de la historia de esta tierra, el Señor obrará poderosamente en favor de aquellos que se mantengan firmemente por lo recto. El que anduvo con los notables hebreos en el horno de fuego acompañará a sus seguidores dondequiera que estén. Su presencia constante los consolará y sostendrá" (Profetas y reyes, p. 376). No tenemos razón para temer el futuro y sus contingencias, si hemos decidido hacer lo que es correcto, y si Dios está a nuestro lado.

 

Principios de vida

 

1.  Es muy fácil retroceder y volver a caer en el mal camino, aun después de la conversión, a menos que mantengamos una estrecha conexión con la Biblia y con la iglesia.

 

2.  Es más seguro ser criticado que ser alabado.

 

3.  Debemos estar siempre en guardia contra la adulación.

 

4.  Es preferible una muerte honrosa antes que comprar la vida a cambio de nuestros principios.

 

5.  La decisión de hacer lo que es correcto siempre es una decisión personal.

 

6.  El que decide hacer lo que es correcto sin considerar las consecuencias, nunca está solo. Dios permanece a su lado.

 

7.  Siempre es peligroso hacer lo que hacen todos los demás, sólo porque todos los demás lo hacen.

 

Ahora, agreguemos algunos principios de nuestra propia cosecha:

 

8.

9.

10

 

Digno de notar

 

"En aquel día decisivo las potestades de las tinieblas parecían ganar un triunfo señalado, el culto de la imagen de oro parecía destinado a quedar relacionado de un modo permanente con las formas establecidas de la idolatría reconocida como religión del estado en aquella tierra. Satanás esperaba derrotar así el propósito que Dios tenía, de hacer de la presencia del cautivo Israel en Babilonia un medio de bendecir a todas las naciones paganas" (Profetas y reyes, p. 371).

 

"Importantes son las lecciones que debemos aprender de lo experimentado por los jóvenes hebreos en la llanura de Dura. En esta época nuestra, muchos de los siervos de Dios, aunque inocentes de todo mal proceder, serán entregados para sufrir humillación y ultrajes a manos de aquellos que, inspirados por Satanás, están llenos de envidia y fanatismo religioso. La ira del hombre se despertará en forma especial contra aquellos que santifican el sábado del cuarto mandamiento; y al fin un decreto universal los denunciará como merecedores de muerte" (Ibíd., p. 376).


 

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