G. Arthur Keough

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Daniel


por

por G. Arthur Keough

CAPITULO 3
 

EL BLANCO DE LA HISTORIA:  EL REINO ETERNO DE DIOS


 

"En los anales de la historia humana, el crecimiento de las naciones, el levantamiento y la caída de los imperios, parecen depender de la voluntad y proezas del hombre. Los sucesos parecen ser determinados, en gran parte, por su poder, ambición, o capricho. Pero en la Palabra de Dios se descorre el velo, y contemplamos detrás, encima, y entre la trama y urdimbre de los intereses, las pasiones y el poder de los hombres los agentes del Ser misericordioso, que ejecutan silenciosa y pacientemente los consejos de la voluntad de Dios" (La educación, p. 169).

 

A menudo decimos que la historia se repite, sin pensar necesariamente en lo que implica tal declaración Desde luego, algunos creen que la historia se mueve en círculos: Otros pueden modificar el concepto, y afirmar que la historia progresa en espiral. Pero la Biblia reconoce una sola clase de historia, la que tiene un comienzo y un fin, y que conduce al cumplimiento de un blanco predeterminado. El propósito de la historia es la destrucción del mal y la restauración del eterno reino divino de paz y justicia

 

No sabemos qué opinión de la historia tenía Nabucodonosor, pero podemos estar seguros de que se hallaba ansioso de establecerse firmemente en el trono, y de asegurar su dinastía por mucho tiempo. Sabemos además, que era un individuo muy inteligente, y un gran dirigente.

 

La Crónica Babilónica, algunas de cuyas tabletas los arqueólogos han descubierto y descifrado, describe el éxito que tuvo Nabucodonosor al dirigir sus ejércitos en la obtención de victorias, en humillar a los gobernantes que se le oponían, en obtener grandes despojos y llevarlos a Babilonia, y en el diseño de grandiosos planes para reconstruir y embellecer su ciudad capital. Por ejemplo, sabemos que ordenó para su esposa la construcción de los jardines colgantes que los griegos describieron más tarde como una de las siete maravillas del mundo.

 

¿Se preguntó en algún momento el rey si el imperio que estaba construyendo dura-ría para siempre? ¿Se preguntó si sus oficiales permanecerían leales a él? Nabucodonosor recordaba cómo él y su padre habían derribado el imperio asirio. ¿Dudaría de las enseñanzas de la religión babilónica, de la autoridad de los, sacerdotes, y del poder aparente de los dioses?

 

La Biblia hace énfasis en que hay un solo Dios verdadero. Los dioses que inventan los hombres no son otra cosa que fragmentos de la imaginación, y adorarlos es peor que inútil. El hombre necesita la seguridad de que el Dios del cielo nos creó y está interesado en nuestro bienestar eterno. Nuestro Creador desempeña una parte activa en la historia, y siempre se ha comunicado con el hombre, desde Adán a Noé, Abrahán y los reyes de Israel. La única incógnita era: ¿Se comunicarla Dios directamente con un rey como Nabucodonosor?

 

Daniel nos dice que Dios se comunicó con Nabucodonosor por medio de sueños, un medio que el rey comprendía. Los babilonios creían que los dioses se comunicaban con los seres humanos por medio de sueños semejantes. Tenían escritos que explicaban cómo interpretar sueños y cuál era su significado. Todo lo que necesitaban era que se les relatara el sueño, y ellos se encargaban de proveer la interpretación.

 

Nabucodonosor estaba perfectamente al tanto de esto. La parte de Dios fue darle un sueño, hacerle sentir que era importante, y luego hacer que no pudiera recordar los detalles. De este modo, los sabios de Babilonia no podrían pretender darle una interpretación.

 

A la mañana siguiente, el rey llamó a todos los expertos de su corte que pudieran ayudarle a comprender el sueño, Daniel los identifica como "magos, astrólogos, encantadores y caldeos" (Daniel 2:2). La práctica de estas artes mágicas está condenada en la Escritura.

 

Los magos de Egipto podían hacer aparentes maravillas con sus "encantamientos" (Éxodo 8:7). Pero había límites en lo que podían realizar. Tuvieron que admitir ante Faraón, que lo que Moisés y Aarón lograron por el poder de Dios en la plaga de los piojos, se hallaba fuera de su alcance (Éxodo 8:17-19). En otras ocasiones no lograron interpretar un sueño (Génesis 41:8, 24).

 

Los astrólogos decían poder adivinar el futuro estudiando el hígado de algún animal sacrificado. Acompañaban a los reyes y gobernantes a todas partes, y les sugerían el tiempo propicio para sus actividades.

 

Los encantadores practicaban la hechicería y decían poseer fórmulas mágicas. Eran medios espiritistas a los cuales la ley de Moisés condenaba a muerte, porque no se los debía permitir entre el pueblo de Dios (Levítico 20:27).

 

Si bien todo esto es cierto, no por eso debemos suponer que los sabios de Babilonia se limitaban a practicar artes diabólicas. Eran los sabios de esos días, los astrónomos que observaban los movimientos de los cuerpos celestiales y predecían el momento de un eclipse. Daniel y sus compañeros estudiaron la ciencia de estos hombres y fueron contados entre ellos una vez que completaron su preparación. Desde luego, el joven hebreo sabía lo que era legítimo practicar, y lo que debía dejarse de lado. Además, él y sus compañeros poseían una fuente de sabiduría que sus compañeros babilonios no poseían.

 

Entre los sabios se hallaban los caldeos, miembros de una tribu aramea cuyos territorios originales se hallaban en la baja Mesopotamia (SDA Bible Commentary, tomo 4, p. 758). El padre de Nabucodonosor había pertenecido a esta tribu, y es comprensible que el rey confiara en ellos en una emergencia. Los caldeos fueron los primeros en hablar al hallarse ante el soberano.

 

Después del saludo formal, "Rey, para siempre vive", hicieron su petición. No les cabía duda alguna en cuanto a su capacidad de proveer una interpretación. Por cuanto eran expertos en el estudio de los sueños, y en ajustarlos a los sucesos posteriores, estaban convencidos de que este caso no les causaría mayores dificultades. Todo lo que necesitaban era escuchar la descripción del sueño, y lo demás sería cosa fácil.

 

Pero el rey no estaba en condiciones de cooperar. Por una razón indudablemente providencial, el sueño se había desvanecido de su mente. (Véase Patriarcas y profetas, p. 361). "El asunto lo olvidé", dijo el soberano.

 

Es interesante notar cómo, los sabios procuran zafarse de una situación que consideran imposible. Por una parte, el rey ha ofrecido magníficas recompensas para quienes obedezcan su mandato, y ha pronunciado terribles amenazas para quienes fracasen. Por otra parte, los sabios conocen sus limitaciones y no logran des-cubrir una salida para su dilema. Lo que hacen es presentar, ante el rey sus argumentos: 1.  Nadie en el mundo puede hacer lo que demanda el rey;  2.  Jamás nadie ha pedido cosa semejante;  3.  Los únicos dioses que podrían revelar un asunto semejante, tienen su morada muy lejos del alcance humano.

 

El rey se enfureció. Al hacerlo, ¿estaba actuando como un déspota, haciendo demandas irrazonables? Más bien, diríamos que el soberano había reconocido el hecho de que, si los dioses a quienes adoraban los babilonios podían en verdad cumplir lo que pretendían, entonces no tendrían dificultad alguna en revelar un sueño que, aparentemente, ellos mismos le habían dado a Nabucodonosor. Si éste era su razonamiento, entonces el gobernante albergaba dudas acerca de la integridad de los dioses de Babilonia. Esa duda ayudaría a preparar el camino para la aceptación del Dios del cielo, el verdadero Autor del sueño y de su revelación.

 

Los sabios comprendían que, si fracasaban, nada podría impedir que el rey llevara acabo sus amenazas. Sus argumentos fracasaron, y debieron abandonar el palacio real sumidos en el temor más abyecto.

 

La Sagrada Escritura no nos explica porqué Daniel no se hallaba entre los sabios en esa ocasión. Desde el punto de vista de quienes creemos en la intervención divina, consideramos que la razón fue providencial. La ausencia de Daniel hizo posible el fracaso y humillación completos de los sabios paganos sin la intervención inmediata del profeta. De ese modo, acentuó el contraste entre el falso culto y el verdadero.

 

Algunos comentadores sugieren que Daniel no se había graduado aún de la escuela a que asistía, y que por lo tanto no le estaría permitido asistir. En tal caso, parecería irrazonable obligarlo a sufrir la misma suerte de los demás. Hay otros que sugieren que los consejeros reales nodo invitaron porque era un cautivo judío, lo cual introduciría un elemento de discriminación racial. Si esta posición es verdadera, entonces demuestra con gran claridad la diferencia que existía entre Daniel y sus compañeros babilónicos. Estos últimos habían procurado excluirlo del honor que suponía ser llamado a consulta por el rey. Daniel, en cambio, se mostró ansioso de hacer algo por salvar sus vidas de la destrucción.

 

Daniel supo del decreto de muerte y el motivo que lo causó, cuando el capitán de la guardia real se presentó para llevarlo a la ejecución. Inmediatamente pidió ser llevado a la presencia del rey, y rogó al monarca que se le concediera tiempo para cumplir el deseo del rey. ¿Por qué Nabucodonosor fue tan perentorio con los sabios, y tan condescendiente con Daniel? El relato bíblico no lo explica, pero es fácil ver la diferencia que existía entre el espíritu de Daniel y el de sus colegas. Los sabios de Babilonia no le dieron al rey esperanza alguna de poder resolver el misterio. Daniel, por su parte; le aseguro que le daría una respuesta. Sin duda, el soberano recordó que el cautivo judío había pasado con honores los exámenes reales. Al mismo tiempo, la confianza de poder ayudar al rey que expresó Daniel; demostró la estrecha relación que existía entre él y su Dios.

 

Lo primero que hizo Daniel al salir de delante del rey, fue reunir a sus compañeros judíos e informarlos de la situación. Sugirió que elevaran fervientes oraciones a Dios en procura deliberación, y de la revelación del misterioso sueño del rey. Esa misma noche, Dios le reveló a Daniel, en visión, el sueño y su interpretación.

 

Es fácil imaginar el éxtasis que embargó a los jóvenes hebreos. ¡Dios había venido inmediatamente en su ayuda! Daniel recurre ala poesía para expresar sus alabanzas al Dios del cielo (Daniel 2:20-23):

 

"Suyos son el poder y la sabiduría". Sabiduría para saber qué es lo mejor en toda situación, y poder para que sus hijos cumplan su santa voluntad.

 

"El muda los tiempos y las edades". Esto es, Dios ejerce un control absoluto sobre la naturaleza. El tiempo es parte de su creación, de modo que, si bien nosotros estamos sujetos a su influencia, Dios está por encima de él.

 

"Quita reyes y pone reyes". Es decir, que aun las mayores autoridades humanas, por absolutas que nos parezcan, están de todos modos sujetas al control divino. Dios puede hacerlo que para el hombre es imposible.

 

"Da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos". Esto es, a los sabios, Dios puede aumentarles el entendimiento, y los que ya han adquirido conocimientos, pueden recibir aun más. El intelecto humano puede descubrir mucho acerca del universo, pero al fin debe admitir que, a pesar de todos los avances de la ciencia, ha logrado apenas tocar la superficie de lo que puede ser conocido.

 

"El revela lo profundo y lo escondido", es decir, lo que no puede ser conocido excepto por revelación, y por amor y cortesía condesciende a compartir con nosotros sus planes y conocimientos.

 

"Conoce lo que está en tinieblas". Esto nos muestra que el poder de Dios es infinitamente mayor que el del hombre, por cuanto "con él mora la luz".

 

Finalmente, Daniel agradece y alaba al Dios de sus padres, indicando con ello que se considera parte del antiguo linaje de individuos que han adorado al Dios verdadero (En el mundo antiguo, cuando una nación conquistaba a otra, se creía con derecho a quitar los dioses de los derrotados, y reemplazarlos por los suyos propios). Por cuanto Dios le reveló a Daniel el sueño del rey, el profeta llegó a ser un verdadero sabio, un individuo capacitado para lograr grandes cosas a favor de sus semejantes.

 

Ahora Daniel se acerca al capitán de la guardia real y le pide que no mate a los otros sabios, puesto que él le dará al rey el sueño y su interpretación. Es interesante notar un incidente secundario, pero de evidente contenido humano. Cuando el oficial se halló ante Nabucodonosor, le dijo: “He hallada un varón de los deportados de Judá…”. En realidad, el no había “hallado” a Daniel. Sin embargo, parece haber estado ansioso de obtener alguna ventaja personal por lo que sucedería después.

 

En su entrevista introductoria con el rey, Daniel deja establecido que los sabios no estaban situación de interpretar el sueño. Ello s no estaban en comunión con el Dios del cielo, el único que podía impartir un conocimiento tal, el Dios que había dado el sueño con el fin de que el rey pudiera saber algo acerca del futuro. Daniel insiste además en que el misterio del sueño no le había sido revelado a él por tener más inteligencia que los demás mortales, sino con el fin de que el rey pudiera recibir respuesta divina a sus inquietudes relativas al futuro. Con esta humilde introducción, Daniel procede a explicar el sueño, cuyos detalles se habrán ido haciendo claros en la memoria del rey a medida que escuchaba el relato del profeta.

 

El rey había visto una imagen compuesta de diversos metales. La cabeza era de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, y los pies en parte de hierro y de barro cocido. Una roca cortada sin intervención humana hirió a la imagen en los pies, con lo cual toda la inmensa estructura se desintegró, convirtiéndose en polvo que el viento se llevó. Entretanto, la roca se convirtió en una montaña colosal que llenó toda la tierra (versículos 31-35).

 

Daniel le explicó al rey que la cabeza de oro era un símbolo de él mismo. Dios le había concedido “reino, poder, fuerza y majestad” (versículo 37). Si el soberano antes pensaba que su poder y posición se debían a sus propios logros, ahora tenía la oportunidad de comprender cuál era la verdadera fuente de su grandeza. Otros reinos sucederían al suyo, pero serían inferiores, tal como la plata y el bronce son inferiores al oro. El hierro representa un poder fuerte y despiadado, pero su sucesor sería en parte fuerte y en parte débil, como el barro en relación con el hierro; estos dos elementos jamás podrían producir una mezcla sólida.

 

La culminación de la profecía sucedería “en los días de estos reyes”, es decir, en la época en que los diversos reinos en que se fragmentarían los imperios anteriores estuvieran procurando unirse sin tener éxito. Entonces el Dios del cielo establecería un reino que jamás sería destruido (versículo 44).

 

El resultado de esta revelación asombrosa fue que el monarca se postró delante de Daniel. Nunca antes había visto y oído un milagro semejante, que alguien pudiese revelar las intimidades de un sueño de manera tan explícita, sin recibir el menor indicio acerca de su contenido. En armonía con su pensamiento pagano, ordenó que trajeran incienso y ofrendas, y se los presentaran a Daniel. Luego confesó: “Ciertamente el Dios vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes” (versículo 47).

 

Fue un día de victoria para el conocimiento del Dios verdadero. Nabucodonosor no era todavía monoteísta, pues le quedaba mucho por aprender. Eso sí, ahora sabía que Jehová era mayor que cualquiera de los dioses que los babilonios honraban y adoraban.

 

Nosotros, que vivimos unos 2.500 años después de Nabucodonosor, podemos ver cómo la historia ha confirmado en todos sus detalles la exactitud de este sueño portentoso. Al imperio neo-babilónico siguió el de los medos y personas, luego vinieron Grecia y Roma. El Imperio Romano ciertamente fue una poderosa  estructura política que aplastó sin misericordia toda oposición. Tres él se desarrolló una Europa dividida, incapaz de unificarse a pesar numerosos intentos, con algunas de sus partes fuertes y otras débiles. En nuestros días esperamos el establecimiento del reino eterno de Dios, que no será jamás destruido.

 

El segundo capítulo de Daniel termina cuando el joven hebreo es colocado como gobernador de toda la provincia de Babilonia. Sus compañeros reciben también posiciones de alto rango. Sin duda esto fue una causa de gran regocijo para el pueblo de Dios en todas partes. Una vez más Dios había vindicado su nombre y demostrado sin lugar a dudas que Él controla todo lo que sucede en el mundo. La historia tiene un propósito, a saber, el establecimiento del reino eterno de Dios. Tan ciertamente como la profecía se ha cumplido, se cumplirá también la predicción relativa al establecimiento del reino de Dios. El deber de todo ser humano consiste hoy en inclinarse ante el Dios del Universo, aceptar su soberanía, y emplear todas las energías en promover el cumplimiento de sus propósitos.

 

 

Principios de vida

 

He aquí algunas proposiciones adicionales para nuestra consideración:

 

1.  Es locura suponer que podemos hacer planes para nuestras vidas y ejecutarlos, sin reconocer que hay un Dios cuya soberanía debemos acatar.

2.  El futuro no es amenazante para el que acepta que Dios controla los acontecimientos.

3.  En lo que se refiere a conocer el futuro, hay un solo Ser que puede revelarlo con certidumbre. Es una necedad y un pecado el acto de buscar in-formación en bolas de cristal, en las líneas de la palma de la mano, o en cualquier otra forma semejante de predicción.

4.  Dios revela el futuro, no para satisfacer nuestra curiosidad, sino con el fin de indiciar que Él es el único Dios verdadero.

5.  La oración – tanto individual como en grupo – es un medio ordenado por Dios para hallar solución a nuestros problemas y dificultades.

6.  El hombre de Dios se interesa tanto en el bienestar de los demás, como en el suyo propio.

7.  Si somos sabios reconoceremos la soberanía de Dios en todo aspecto de nuestra vida.

8.  Dios usa agentes humanos para cumplir sus propósitos

9.  Es un gran privilegio el ser un instrumento que Dios puede usar para bendecir a otros.

 

Digno de notar

 

“La fuerza tanto de las naciones como de los individuos no se halla en las oportunidades o los recursos que parecen hacerlos invencibles, no se halla en su jactanciosa grandeza. Se mide por la fidelidad con que cumplen el propósito de Dios” (Profetas y reyes, p. 368).

 

“En su ley, Dios dio a conocer los principios en que se basa toda verdadera prosperidad, tanto de las naciones como de los individuos. A los israelitas Moisés declaró acerca de esa ley: ‘Esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia’. ‘Por que no os es cosa vana, es vuestra vida’ (Deuteronomio 4:6; 32:47). Las bendiciones así aseguradas a Israel se prometen bajo las mismas condiciones y en el mismo grado, a toda nación y a todo individuo debajo de los anchos cielos” (Ibíd., pp. 366, 367).

 


 

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