
Daniel
por
por G. Arthur Keough

CAPITULO 2
EL DESTIERRO EN BABILONIA: DIOS DISCIPLINA A SU PUEBLO
"Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros a quienes han alcanzado los fines de los siglos" (1 Cor. 10:11).
Un acontecimiento de crucial importancia
Daniel comienza su narración con el año en que él y sus compañeros fueron llevados a Babilonia en calidad de cautivos. De acuerdo con la manera de computar el tiempo que se acostumbraba, era el tercer año del reinado de Joacim, rey de Judá, que corresponde al año 605 AC del calendario occidental moderno. Nabucodonosor acababa de infligir una aplastante derrota a los egipcios en la batalla de Carquemis; luego procedió a conquistar todo el "país de los Hati", esto es. Siria y el territorio al sur de ese país, incluso Judea, hasta la frontera con Egipto. Detuvo su progreso al recibir noticias de la muerte de su padre Nabopolasar, el 16 de agosto. Inmediatamente tomó el camino más recto de vuelta, y el 7 de septiembre se hizo cargo del trono de Babilonia. Para su fortuna los caldeos habían dominado en la capital, y como su padre era caldeo, su accesión al trono se realizó sin incidentes. Mientras tanto, Nabucodonosor había hecho arreglos para transportar los despojos y a los cautivos desde Jerusalén a Babilonia.
Daniel añade un elemento significativo a la historia al declarar que Dios entregó a Joacim, rey de Judá, en manos del rey de Babilonia. No debemos pasar por alto el significado de esta declaración. Nos revela que Dios determinó el resultado del sitio de Jerusalén. La cautividad no fue únicamente el resultado de actividades humanas.
Estamos acostumbrados a atribuir los sucesos que vemos en torno nuestro a factores humanos como la codicia, la ambición, el orgullo y el deseo de dominar. Pero según la enseñanza bíblica, cometemos un error si pasamos por alto la posibilidad de que la mano de Dios haya estado activa en las situaciones que afectan nuestras vidas. Desde la perspectiva del humanismo, el hombre está sujeto a los caprichos y preferencias de quienes lo rodean; pero el punto de vista bíblico es que hay un Dios activamente envuelto en el cumplimiento de sus planes y propósitos, y él es quien determina lo que sucede.
Consternación en Jerusalén
Para los habitantes de Jerusalén, la caída de la ciudad tiene que haber sido traumática, y no sólo porque se vieron derrotados o porque su orgullo nacional fue herido. Debido a su convicción de que ellos eran el pueblo de Dios, es natural que se preguntasen: "¿Dónde estaba Dios mientras todo esto nos sucedía?" Ante el repentino impacto de la inmensidad de su desgracia, se habrán preguntado: "¿Nos ha abandonado Dios?" Los ciudadanos se preguntaban unos a otros, y los sabios se reunían para considerar el dilema. ¿Qué pasó? ¿Por qué salieron tan mal las cosas? Es humano buscar algo o alguien a quien culpar. ¿Sería por causa del rey? ¿Habrían faltado los guardias a su deber? Se proponían diversas respuestas, pero nadie estaba seguro de cuál fuese la correcta.
Es posible que los más escandalizados fueran los sacerdotes. Los soldados de Babilonia se llevaron los sagrados vasos de plata y oro que se usaban en los servicios del templo. ¡Era el peor de los sacrilegios! ¿Cómo pudo suceder? ¿Por qué Dios no dejó caer sobre los invasores los rayos de su ira? Aparentemente, el suceso no tenía explicación.
Los miembros de la familia real no podían explicarse su derrota. No lograban comprender cómo un rey pagano había tenido tanto éxito al atacar una ciudad que Dios había escogido, con un templo en el cual sus habitantes adoraban por medio de fórmulas y ceremonias cuya antigüedad se remontaba a los días de Moisés. Además habían tenido que despedirse de algunos de sus jóvenes más brillantes. ¿Qué sucedería ahora?
Sin duda cada habitante y cada familia había elevado fervientes oraciones a Dios, rogándole que salvara la ciudad. Nadie quería ser testigo de una tragedia así. Sin embargo había sucedido lo inconcebible. ¿Dónde estaba Dios? ¿Acaso ya no escuchaba ni respondía a su pueblo? Cualquier persona que ha experimentado alguna tragedia su vida puede comprender los sentimientos y las dudas que asaltaban a los habitantes de Jerusalén en esos días.
La perspectiva de la historia para los sabios de Jerusalén que escudriñaban sus antiguos rollos en procura de iluminación, la historia de Ezequías arrojaba luz sobre la situación. Este rey de Judá había caído gravemente enfermo. A pesar de que Dios le había dicho por intermedio del profeta Isaías que ordenara sus asuntos porque iba a morir, Ezequías rogó que se le concediera la vida y la salud. Entonces Dios hizo algo sorprendente. En apariencia, cambió de parecer. El Señor sabe qué les conviene más a sus hijos, y los advierte de ello. Pero cuando piden misericordia y gracia, modifica a veces sus planes, si al hacerlo puede avivar en sus hijos el espíritu de gratitud y devoción. Todos sus planes son hechos en favor de los seres humanos.
En el caso de Ezequías, Dios no se limitó a sanar al rey y concederle unos cuantos años más de vida. Le dio además una señal, al hacer volver la sombra del reloj varios grados. Este milagro no sólo le aseguró a Ezequías que Dios cumpliría su palabra, sino que además demostró públicamente que el Señor controla todas las cosas, y que puede hacer lo que le parezca. ¿Reconocemos nosotros la soberanía de Dios en todo? Lo trágico de la historia de Ezequías radica en que el rey no le dio a Dios la gloria por haberle concedido la vida y devuelto la salud. Cuando lo visitaron los representantes de Babilonia, impresionados por el retroceso de la sombra en sus relojes (los babilonios eran excelentes astrónomos), el rey no les dijo una palabra acerca del poder y el amor de Dios. En vez de testificar de lo que debiera haber sido su fe, condujo a los embajadores babilónicos en una visita a los almacenes reales, en los cuales pudieron admirar su oro y plata, sus armamentos, y las glorias de su reino (2 Re. 20:12,13). Este incidente revela con claridad cuáles eran las prioridades de Ezequías.
La respuesta divina fue rápida y segura. De labios del profeta Isaías, el rey oyó la palabra divina: "He aquí vienen días en que todo lo que está en tu casa, y todo lo que tus padres han atesorado hasta hoy, será llevado a Babilonia, sin quedar nada, dijo Jehová. Y de tus hijos que saldrán de ti, que habrás engendrado, tomarán, y serán, eunucos en el palacio del rey de Babilonia" (vers. 17, 18).
Esta declaración describía claramente lo que sucedería si los reyes de Judá continuaban trastornando el orden de sus prioridades. Podemos imaginar a los sabios de Jerusalén moviendo la cabeza en señal de asentimiento al leer este pasaje en sus libros. Dios es misericordioso, pero también es justo (Exo. 20:5,6). Podían ver que, cuando los dirigentes de Judá proveían un mal ejemplo y el pueblo los imitaba, no se podía esperar otra cosa que el cumplimiento de las amonestaciones de Dios.
Al continuar los sabios su lectura de las crónicas sagradas, habrán llegado a los pasajes que mencionan a Manases, el hijo de Ezequías, Lamentablemente, el hijo no era como el padre en lo que se refiere a efectuar reformas. (Véase 2 Re. 18:1-4.) Reflejaba la misma inclinación paterna a exaltar lo temporal antes que lo espiritual. Manases imitó las malvadas prácticas de las naciones circundantes. Dios es tardo para airarse (Neh. 9:17), pero el relato bíblico nos dice que Manases provocó a ira a Dios (2 Re. 21:6).
La reacción divina ante los pecados de Manases no causa sorpresa, si leemos todo lo malo que hizo, incluyendo el acto abominable de sacrificar a su propio hijo en el altar de un ídolo (vers. 3-6). La tradición dice que mandó aserrar al profeta Isaías, haciéndolo poner entre dos tablones de madera. (Véase Patriarcas y profetas, pág. 281.) Dios respondió declarando que traería "tal mal sobre Jerusalén y sobre Judá, que al que lo oyere le retiñirán ambos oíd os" (vers. 12). Dios usó una metáfora sorprendente al decir en el versículo 13: "Y limpiaré a Jerusalén como se limpia un plato, que se friega y se vuelve boca abajo". A pesar de la advertencia, Manases y su pueblo no quisieron hacer caso, y el cronista registra las consecuencias: "Jehová trajo contra ellos los generales del ejército del rey de los asirios, los cuales aprisionaron con grillos a Manases, y atado con cadenas lo llevaron a Babilonia" (2 Crón. 33:11-13).
Dios mostró su infinita misericordia cuando, al arrepentirse y humillarse Manases, lo llevó de vuelta a Jerusalén y le permitió restablecerse en el trono. "Entonces reconoció Manases que Jehová era Dios" (vers. 13). Pero el hijo de Manases no era mejor que su padre. Fue una suerte que reinara sólo dos años (2 Re. 21:19-22), La situación cambió cuando el hijo de Amón ascendió al trono. El caso del rey Josías revela que los hijos no están obligados a seguir el mal ejemplo de sus padres, "E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda" (2 Re. 33:2).
Al reparar el templo se descubrió un libro que contenía la ley dada a Moisés. Su lectura produjo profunda preocupación y genuino arrepentimiento. Al ver eso, Dios envió palabras de aliento para el Le hizo saber que, si bien el desastre que recaería sobre Jerusalén era inevitable, al menos no vendría en sus días. "No verán tus ojos todo el mal que yo traigo sobre este lugar" (vers. 20). Una vez más contemplamos la paciente misericordia de Dios. Observamos además, que si deseamos recibir la bendición divina, debemos obedecer fielmente los mandatos de Dios.
Calamidad en los días de Joacim
Repasar la historia de los reyes de Judá es cosa triste, y Joacim no fue mejor que sus malvados predecesores. No es de extrañar, entonces, que en sus días recayera sobre su reino la calamidad predicha. Pero no vino sin aviso. Durante 23 años, Jeremías había estado dirigiendo repetidos llamados al arrepentimiento. Pero nadie quiso escuchar (Jer. 25:3). Dios declaró: "He aquí enviaré y tomaré a todas las tribus del norte, dice Jehová, y a Nabucodonosor rey de Babilonia, mi siervo, y los traeré contra esta tierra y contra sus moradores, y contra todas estas naciones en derredor; y los destruiré, y los pondré por escarnio y por burla y en desolación perpetua" (vers. 9). La única nota positiva consistía en que la cautividad duraría sólo setenta años (vers. 11).
La juventud hebrea
Entre los jóvenes que vivían en Jerusalén durante esos días había algunos que sin duda contemplaban los acontecimientos con gran interés y preocupación. Cuando Daniel fue llevado cautivo, tenía probablemente unos 18 años. A esa edad sin duda conocía bien las Escrituras y la historia de su pueblo, y podía distinguir entre la verdad y el error. Es razonable suponer que tanto él como sus compañeros eran idealistas, y hubieran deseado ver una reforma. Pero no tenían edad suficiente como para causarla por sí mismos.
Daniel no se quejó de su suerte. Sin duda pudo ver que los inocentes sufrían junto con los culpables. Pero ésta es una realidad de la vida. A menudo nos sentimos tentados a preguntar "¿Por qué me sucedió esto a mí?" Pero luego, al continuar viviendo bajo la dirección divina, dejamos de lado nuestra pregunta, por carecer ella de importancia, ya que nuestro deber es hacer lo que es correcto sin fijarnos en la conducta ajena. Confiamos en que Dios proveerá lo mejor para cada uno de nosotros, aunque en el momento no lo comprendamos así. Es esta fe y confianza lo que hace que valga la pena vivir.
No mucho después de llegar a Babilonia, el joven cautivo hebreo reveló una importante filosofía de la vida. No objetó al recibir un nombre nuevo, a pesar de que contenía el nombre de un dios pagano. Hay ciertas cosas que son importantes, pero por otro no vale la pena entrar en controversias. Daniel no consideró que el uso de un nombre babilónico constituyese violación de un principio religioso. Tampoco rehusó estudiar el idioma y la literatura de Babilonia, aun cuando sabía que contenían conceptos humanos erróneos. Si el conocimiento de la lengua y la literatura de sus captores le permitían comprenderlos mejor y testificar con mayor efectividad ante ellos, había ventajas en dicho estudio. Por cuanto conocía cabalmente las Escrituras, le sería posible distinguir entre la verdad y el error. Además, él no había escogido estudiar en la Universidad de Babilonia. Era parte de un plan providencial para él.
Pero Daniel decidió que no se contaminaría con la comida y el vino provistos por el rey (Dan. 1:8). En su calidad de judío devoto, adoptó esta posición por varias razones:
1. No deseaba comer carne que según las leyes levíticas fuese inmunda e inapropiada para el consumo humano (Lev. 11).
2. No quería comer carne que hubiese sido ofrecida previamente a los ídolos, porque al hacerlo daría la impresión de estar participando en una práctica religiosa pagana.
3. No deseaba comer carne de animales que no hubiesen sido muertos de acuerdo con las prácticas judías, porque estaría impregnada de sangre (Lev. 17:13, 14).
4. No deseaba poner en peligro su salud adoptando un régimen rico en condimentos y especias, y combinado de manera que recargase su sistema digestivo. Daniel consideraba que era deber religioso de su parte el conservar su fortaleza para el servicio del Señor.
5. Recordaba sin duda el consejo del sabio concerniente al vino, y deseaba abstenerse de cualquier cosa que nublase su juicio (Prov. 20:1; 23:31, 32).
6. Finalmente, Daniel recordaba que al aceptar favores de un gobernante restringimos nuestra independencia. Siempre es conveniente evitar las obligaciones de este tipo (Prov. 23:1-3).
Es probable que Daniel se haya convencido de que la política de Nabucodonosor perseguía fines ulteriores. Sin duda el rey sabía que no podía efectuar cambios rápidos, pero que al tratar a sus cautivos con bondad, promovería su eventual asimilación. Por eso, Daniel comprendió que desde el mismo comienzo era esencial evitar cualesquiera actitudes comprometedoras.
La prudencia y el favor divino
Daniel relata cómo procuró persuadir a las autoridades que hicieran una excepción en su caso. Llevó su petición al más elevado de los funcionarios, y cuando éste no aceptó su propuesta, llevado por el temor a perder su posición o la vida misma, Daniel no insistió.
Pero no por ello se rindió. A continuación se dirigió al funcionario inmediatamente inferior al otro, y le presentó una proposición tan razonable que el hombre no pudo menos que aceptarla. Así Daniel ' triunfó en su empeño. Recibió permiso para probar durante diez días el sencillo régimen vegetariano que había propuesto, y si su salud prosperaba lo podría continuar. Todos sabemos qué pasó. Daniel demostró que un régimen alimentario sencillo produce mejor salud que uno recargado o muy elaborado.
Pero Daniel hace claro que su cortesía y tacto estuvieron acompañados por el favor divino. Cuando cooperan el elemento humano y el divino, pueden suceder milagros. Los superiores de Daniel tenían confianza en él y estuvieron dispuestos a ayudarle en lo que les fuera posible, porque reconocían que era honesto, de confianza y siempre se mostraba dispuesto a complacerlos. No procuraba ganarse su favor con adulaciones, ni adoptaba la actitud de sombría pasividad típica de tantos cautivos. Apreciaban, en cambio, su servicio abnegado y voluntario.
El secreto del éxito
El joven hebreo se destacó en su papel de estudiante, pero atribuyó su éxito, no a su inteligencia innata, sino al don divino. Fue Dios quien le concedió conocimientos, habilidad y comprensión. Por cuanto Daniel reconoció la fuente de todo verdadero éxito y decidió ser fiel a su Dios, el Señor pudo bendecirlo en abundancia. Al mismo tiempo, el joven hebreo fue diligente en su trabajo y cortés en sus relaciones con otros, de modo que su testificación en favor de Dios fue maravillosamente efectiva.
Si bien es cierto que Daniel ejemplificó los principios que llevan al éxito, no debemos suponer que una aplicación mecánica de ellos nos llevará invariablemente a triunfar en nuestras empresas. El cristiano debe estar preparado para enfrentar oposición ocasional, y aun fracasos en su camino. Además, es muy difícil medir el verdadero éxito. Tan sólo en la eternidad comprenderemos las consecuencias de nuestros esfuerzos.
Graduación con honores
A Daniel y sus compañeros les fue muy bien en sus estudios. Los babilonios los hicieron estudiar una carrera que debía durar tres años, pero que probablemente duró un año y partes de otros dos. Si comenzaron a estudiar tan pronto como llegaron a Babilonia, en el año en que Nabucodonosor asumió el trono, habrán terminado en el segundo año de su reinado. (Este método de computar la duración de un reinado era de uso común en los tiempos y países bíblicos.)
Por cuanto Nabucodonosor participó en persona en los exámenes finales, se dio cuenta por sus propios medios de la excelencia intelectual de los cautivos judíos. Es digno de admiración el hecho de que el rey haya basado su promoción de individuos a los altos cargos, no en consideraciones raciales o nacionales, sino exclusivamente en base al talento de los candidatos.
Daniel sirvió en altos cargos administrativos durante más de setenta años. Comenzó bajo Nabucodonosor y continuó hasta el reinado de Ciro. Dios bendijo de manera maravillosa a su devoto siervo.
Principios de vida
Las siguientes proposiciones son para nuestra consideración. ¿Está usted de acuerdo en que ofrecen principios bíblicos válidos que podemos usar para guiar nuestras vidas?
1. Vivir de acuerdo con las leyes de Dios es gozar de una vida llena de desafíos y satisfacciones.
2. Ignorar las enseñanzas divinas e insistir en seguir nuestros propios caminos es jugar con el desastre.
3. Por cuanto Dios es el único que sabe con certeza si nos conviene vivir o morir, debiéramos estar dispuestos a aceptar sus planes, no importa cuan diferentes de los nuestros puedan ser.
4 Dios, en su misericordia, a menudo nos protege de las consecuencias de nuestras acciones, pero llega el tiempo cuando debemos ser disciplinados.
5 El objeto de la disciplina de Dios es obtener arrepentimiento y conversión.
6. El hombre no tiene excusa por ignorar la voluntad de Dios y la recompensa por el bien hacer. Dios nos ha dado abundantes evidencias de ambas en su Palabra y en la historia.
7. Bendito es el hombre que decide hacer lo que es correcto sin pensar en las consecuencias. Dios está a su lado, y le ayudará en todo lo que sea necesario.
8. Las leyes de la salud son tan sagradas como las que se refieren a ' la verdadera adoración.
9. El verdadero éxito se mide por nuestra dedicación a Dios y nuestra voluntad de aceptar su plan para nuestras vidas.
Digno de notar
"Mientras Daniel se aferraba a Dios con confianza inquebrantable, descendió sobre él el espíritu del poder profetice. Al par de ser honrado por los hombres con las responsabilidades de la corte y los secretos del reino, fue honrado por Dios como embajador suyo, y aprendió a leer los misterios de los siglos futuros" (La educación,
pág.53). "La historia de José y Daniel es una ilustración de lo que el Señor hará por los que se entregan a él y se esfuerzan de todo corazón por llevar a cabo su propósito" (Id., pág. 54). "Todo j oven y niño tiene una obra que hacer para la honra de Dios y la elevación de la humanidad" (Ibíd.).
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