
Daniel
por
por G. Arthur Keough

CAPITULO 11
UNA VISIÓN DE
CRISTO: ACTIVIDAD DETRÁS DEL ESCENARIO
Con el capítulo 10 del libro de Daniel entramos a la última
visión que nos lleva a través de los capítulos 11 y 12 hasta el fin del libro.
El capítulo 10 es una introducción. No es tanto una revelación del futuro como
una teofanía en la que Dios mismo se revela a Daniel en forma de hombre.
El profeta nos dice que este suceso tuvo lugar en el tercer año
de Ciro. Las autoridades ya habían decretado reconstruir el templo (Esdras
1:1-4). Y entregaron a Sesbasar, príncipe de Judá, las vasijas de oro y plata
que Nabucodonosor se había llevado del templo de Jerusalén y había guardado en
la casa de sus dioses (vers. 8). Cerca de 50 mil de los que habían estado
exiliados, incluyendo siervos, se dirigieron a Jerusalén y Judá (cap. 2:64,65).
Una vez establecidos en sus tierras, comenzaron a construir el altar y el
templo. Cuando habían terminado los cimientos, elevaron sus voces en
agradecimiento y alabanza a Dios (cap. 3:11). "Y muchos de los sacerdotes, de
los levitas y de los jefes de casas paternas, ancianos que habían visto la casa
primera, viendo echar los cimientos de esta casa, lloraban en alta voz, mientras
muchos otros daban grandes gritos de alegría" (vers. 12). Aparentemente el
pueblo estaba un poco confundido durante la reconstrucción del templo.
Vendrían dificultades de afuera. Los enemigos de Judá y Benjamín
preguntaron si podían ayudar en la construcción. Pero los dirigentes judíos
rechazaron la oferta y fue así como comenzó contra ellos una campaña de
calumnias. "Sobornaron además contra ellos a los consejeros para frustrar sus
propósitos, todo el tiempo de Ciro rey de Persia" (cap. 4:5).
No tenemos razón para suponer que Daniel no sabía lo que estaba sucediendo. De
alguna forma las noticias llegaban a los cautivos que habían quedado en
Babilonia, y Daniel estaría muy preocupado por la situación. La pregunta era:
¿tendría éxito el enemigo en detener la terminación del proyecto?
Daniel conocía muy bien el conflicto entre la verdad y el error,
entre los santos y los que se oponían a ellos. Y no es que los "santos" fuesen
perfectos, pero por lo menos habían dedicado sus vidas a cumplir los propósitos
de Dios y adorar su nombre.
A pesar de todos sus defectos, sus corazones estaban en el lugar
correcto. Las visiones que había tenido indicaban conflicto, y la visión que
estaba por recibir "indicaba una gran guerra" (Dan. 10:1 NIV).
Es interesante notar que Daniel se identifica al comienzo del
capítulo 10 como Beltsasar. Al hacerlo enfatiza la unidad de todo el libro de
Daniel. Nos está diciendo que el Daniel que fue tomado cautivo 70 años atrás, es
el mismo Daniel que está teniendo esta última visión. El profeta tiene ahora
cerca de 90 años. Quizás su edad le impidió volver a Jerusalén, o tal vez pudo
haber pensado que su influencia en la corte era lo suficientemente importante
como para quedarse allí y apoyar a sus compatriotas en Babilonia: sus oraciones
intercesoras ya eran de gran valor. Vemos aquí que cada persona tiene su lugar
asignado de servicio, y no todos necesitamos hacer lo mismo para realizar los
propósitos divinos.
La preocupación de Daniel lo condujo a orar y ayunar. El estuvo
condolido durante tres semanas. Nosotros no debemos condolernos sólo cuando
perdemos algún familiar, sino debiéramos entristecernos por nuestra flaqueza o
la de los demás, y cuando vemos amenazada la obra de Dios en este mundo por
falta de interés.
Por la abstinencia de Daniel de las cosas que le habrían producido placer, podemos medir la seriedad de su preocupación. A veces expresamos nuestro interés sólo por las palabras que utilizamos, y la gente ver puede ver fácilmente a través de esto. Entonces nuestra influencia es nula. Algunas veces ayunamos para que nuestras oraciones sean más efectivas, ¡pero esto equivale a colocar el carro delante del caballo! El ayuno tiene su lugar en la vida cristiana. Hablando de sus discípulos. Jesús dijo: "Vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán" (Mat. 9:15). El mismo Jesús ayunó al prepararse para el desempeño de su ministerio. Sin embargo, existe un tipo de ayuno que revela una actitud hipócrita, y el cristiano no debería tener nada que ver con él (Mat. 6:16-18).
Es interesante notar que el ayuno y la oración de Daniel tuvieron
lugar durante el primer mes del año, el mes durante el cual los judíos
celebraban la Pascua. (Exo. 12:1-13, 21-27, 43-49; Deut. 16:1-8.) Durante siete
días, del 14 al 21 del mes, debían celebrar la fiesta de los panes sin levadura,
un símbolo de la premura con que habían salido de Egipto. El día 14 al anochecer
se sacrificaba un animal elegido especialmente, y su sangre se rociaba en los
dinteles y postes de las puertas. A través de Moisés Dios informó a los
israelitas que durante la noche un ángel pasaría por todas las casas. En tanto
que los primogénitos de los egipcios serían muertos porque, como pueblo, se
habían identificado con el Faraón y los dioses egipcios en lugar de hacerlo con
el Dios de Israel, los primogénitos de los israelitas no recibirían ningún daño.
"Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová
durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis" (Exo.
12:14).
De modo que la Pascua debía ser una ocasión para recordar, un
festival durante el cual tomarían la sangre de un animal como símbolo de su
aceptación de lo que Dios había realizado en favor de ellos. Debían comer la
carne del cordero como garantía del poderoso acto de liberación de Dios. Con
razón se lo tenía que celebrar de generación en generación. Aparentemente más
tarde se olvidaron de la ordenanza, porque entre las reformas de Josías leemos
acerca de la observancia de la Pascua. (2 Re. 23:22, 23; 2 Crón. 35:7-9.) Los
hijos de Israel se habían estado olvidando de su dependencia de Dios, olvidando
la forma como Dios los había salvado, y sobre todo, olvidando la provisión del
cordero pascual, por cuya sangre, como símbolo, podían apropiarse del plan
divino de salvación y obtener vida eterna.
Pero Daniel, como estudiante devoto de las Escrituras y como
alguien que creía en obedecer fielmente cada una de sus enseñanzas, sin duda lo
recordaba todo. Aunque se encontraba en Babilonia, donde el pueblo de Dios no
podía realizar la ceremonia, la época del año le recordaba acerca de la ocasión.
Pensaba en la Pascua, no sólo como un memorial del gran poder de Dios para
rescatar a los hijos de Israel de su cautiverio egipcio, sino también como un
símbolo de su fuerza para librarlos del exilio y completar el proyecto de
reconstruir el templo de Jerusalén. Notemos que Ezequiel había indicado sus
planes de observar la pascua cuando la gloria retornara al templo (Eze. 45:21).
En el Nuevo Testamento el autor de la epístola a los Hebreos
afirma que "por la fe [Moisés] celebró la
Pascua y la aspersión de la sangre, para que el que destruía a los primogénitos
no los tocase a ellos" (Heb. 11:28). Moisés procedió conforme a las
instrucciones que Dios le había dado. No hizo ninguna clase de preguntas. Con
una confianza sencilla, hizo lo que se le había pedido. Además, "se sostuvo como
viendo al Invisible" (vers. 27). ¡Qué diferencia se experimenta cuando uno posee
instrucciones claras acerca de lo que debe hacer y las obedece! ¡Cuan animador
resulta saber que Dios está al lado de uno, y estar siempre consciente de su
presencia! Moisés gozaba de una comunión directa con Dios (Ex. 33:11).
Para el cristiano el significado de esta fiesta
consiste en comprender que Cristo es nuestra Pascua. Escribiendo a los
Corintios, Pablo dice: "¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?
Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura
como sois; porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por
nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la
levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de
verdad" (1 Cor. 5:6-8).
Por supuesto, los conceptos neotestamentarios
acerca de la pascua tienen que haber escapado a la comprensión de Daniel, pero
tenía muy en mente las ideas de obediencia y confianza en Dios, y de la
celebración de su poder en favor de su pueblo. ¿Habrá deseado poder hablar con
Dios cara a cara, como lo había hecho Moisés? El profeta no dice nada acerca de
esto. Pero estaba bien familiarizado con la historia de Moisés, y sin duda lo
habrá querido imitar hasta el punto de tener experiencias similares con "el
Invisible", como las había tenido el gran líder. Como quiera que haya sido, el
día 24 del mes, acabados los días de la Pascua, se encuentra con algunos de sus
asociados junto al río Tigris, también llamado Hidekel, y sucede lo inesperado.
Daniel relata la historia en forma sencilla: "El día 24 del mes primero estaba
yo a la orilla del gran río Hidekel. Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón"
(Dan. 10:4, 5). Luego describe a ese ser como vestido de lino, la clase de
vestimenta que usan los sacerdotes. Llevaba un cinto del oro más fino, símbolo
de su riqueza y prestigio, y su cuerpo era como el berilo, una sustancia
cristalina transparente y brillante. "Su rostro parecía un relámpago, y sus ojos
como antorchas de fuego, y sus brazos y sus pies como de color de bronce
bruñido"; su voz era profunda y potente, semejante al sonido que proviene de una
gran multitud. Obviamente, este ser no era un personaje común.
Sólo Daniel contempló la aparición. Sus
compañeros, no pudieron observar nada, pero sobrecogidos de terror huyeron en
busca de un lugar donde refugiarse. No podían soportar encontrarse frente a la
"presencia". El profeta mismo palideció, experimentando una creciente debilidad
e impotencia mientras contemplaba la manifestación. Luego el ser habló y
mientras Daniel lo escuchaba se sumó en un profundo sueño y permaneció postrado
sobre el suelo con e! rostro boca abajo.
¿Quién era este ser vestido de sacerdote, que
irradiaba dignidad y poder? Daniel no nos lo dice, pero obviamente se trataba de
un ser sobrenatural muy superior a un ángel. La comparación de esta experiencia
con otras partes de la Escritura, nos indica que se trataba de una teofanía, es
decir, la aparición visible de Dios al hombre. Isaías nos dice: "Vi yo al Señor
sentado sobre un trono alto y sublime" (Isa. 6:1). Esta fue una experiencia
aterradora, porque se sintió totalmente indigno de ver "al rey, Jehová de los
ejércitos" (vers. 5). Solamente cuando un ángel tocó su boca con un "carbón
encendido, tomado del altar", sintió que su culpa había sido quitada. y que sus
pecados habían sido perdonados (vers. 6, 7). Solamente entonces pudo escuchar el
llamamiento que Dios le hacía a servir, y se sintió capacitado para responder
aceptablemente.
Ezequiel tuvo una visión que describe como "la
semejanza de la gloria de Jehová". Y al verla, dice, "me postré sobre mi ?«.^0,
y oí la voz de uno que hablaba" (Eze. 1:28). Pero es en el libro de Apocalipsis
donde hallamos una descripción muy semejante a lo que observó Daniel (Apoc.
1:13-16). Luego Juan el revelador agrega: "Cuando le vi, caí como muerto a sus
pies" (vers. 17). Es evidente que Juan contempló a Jesús en su aspecto posterior
a la resurrección, tal como Daniel había observado al Hijo de Dios en su aspecto
anterior a la encarnación.
¿Por qué Dios condesciende en aparecer ante los
seres humanos? Lo hace con el fin de animarlos. A Juan se le dijo: "No lemas". A
Daniel se le dijo: "No temas" (Dan. 10:12). A través de tales apariciones
podemos recibir la certeza de que Dios está con nosotros, de que Dios sabe lo
que sucede y se encuentra activo en la estructura política del mundo, de tal
modo que se realicen sus planes y propósitos. Como humanos, a veces nos
preguntamos si Dios realmente ve y comprende. ¡Por supuesto que sí! El
testimonio de la Escritura establece claramente el hecho de que no tenemos nada
que temer cuando hacemos lo que es correcto. No se trataba de una promesa vacía
cuando Jesús les dijo a los discípulos: "He aquí yo estoy con vosotros todos los
días, hasta el fin del mundo" (Mat. 28:20).
La mano de Gabriel tocó a Daniel y le ayudó a
incorporarse. Le aseguró que él era "un varón muy amado" (vers. 10), y esta era
la segunda vez que el profeta recibía tal distinción (Dan. 9:23). Tiene que
haber sido una expresión extremadamente animadora. Cuan poco común es que
alguien nos dé una palabra de felicitación. ¡Tal vez sea porque no la merecemos!
Muchas veces los demás nos felicitan, pero sólo cuando quieren recibir nuestra
colaboración o consentimiento, y entonces sospechamos de ellos, y con razón.
Pero cuando estamos conscientes de que alguien merece una felicitación ¿no
deberíamos estar más dispuestos a expresársela de lo que estamos? ¡Muy a menudo
esperamos hasta que es demasiado tarde!
A Daniel se le dio la seguridad de que "desde el
primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia
de tu Dios, fueron oídas tus palabras" (vers. 12). Sin embargo, el profeta había
orado y ayunado durante tres semanas completas. Ninguno de nosotros es capaz de
darse cuenta cabal de todo lo que sucede a su alrededor. A menudo nos parece que
Dios no nos escucha. Puede ser que el tiempo todavía no sea propicio para que
Dios nos conteste, o tal vez nuestra actitud puede ser errada. Examinemos estas
posibilidades. ¿Por qué hemos elevado nuestras peticiones? ¿Se trata de
intereses egoístas, o porque hay algo que deseamos comprender, y también con el
propósito de humillarnos delante de Dios? Demasiado a menudo nos interesa
manipulara Dios. Pero Dios nunca podrá ser un títere. Debemos dejarlo ser Dios,
y con profunda humildad debemos trabajar de la mano con él. Cada uno de nosotros
debe permitirle la realización de su voluntad. Mientras decidimos lo que se debe
hacer, deberíamos sentirnos más ansiosos de comprender lo que Dios quisiera que
hiciéramos.
Ahora Gabriel le revela a Daniel la razón de la
demora de la respuesta de Dios. Una lucha cósmica con el príncipe de Persia se
había extendido durante 21 días, el mismo período que el profeta había estado en
ayuno y oración. Pero Miguel había venido a ayudarle, y ahora estaba libre para
iluminar a Daniel (vers. 12-14).
En estas pocas palabras recibimos una vislumbre
de lo que sucede detrás del escenario. Hay fuerzas invisibles que luchan con el
fin de persuadir a éste o aquél acerca de hacer lo recto. "Durante tres semanas
Gabriel luchó con las potestades de las tinieblas, procurando contrarrestar las
influencias que obraban sobre el ánimo de Ciro. . . Todo lo que podía hacer el
cielo en favor del pueblo de Dios fue hecho. Se obtuvo finalmente la victoria;
las fuerzas del enemigo fueron mantenidas en jaque mientras gobernaron Ciro y su
hijo Cambises, quien reinó unos siete años y medio" (Patriarcas y profetas,
págs. 418-419).
Nos sorprende que hombres insignificantes puedan oponerse al Dios todopoderoso e
impedirle actuar en un momento dado. Este concepto es muy difícil de comprender.
Pero para hacerlo es básico recordar que Dios no fuerza la voluntad de nadie. El
les concedió libertad de elección a sus criaturas (lo que llamamos libre
albedrío), y no violará nunca dicha libertad. El maligno quisiera que nosotros
consideráramos a Dios como a un tirano. Cuan a menudo se culpa a Dios por todo
el mal que acontece alrededor de nosotros. Pero finalmente el nombre de Dios
será vindicado y todo el universo verá que es un Dios de amor. Lo que observamos
a nuestro alrededor no es otra cosa que el conflicto entre el bien y el mal. Al
mal se le ha dado la oportunidad de mostrarse tal cual es, y finalmente, cuando
todos hayamos hecho la decisión para el bien o para el mal, Dios dictará
sentencia, y ninguno podrá decir: "A mí no me trataron con justicia".
"Aquí se revela la verdadera filosofía de la
historia. Dios ha establecido el blanco fundamental, que será alcanzado
ineludiblemente. Mediante su Santo Espíritu obra en el corazón de los seres
humanos para que colaboren con él en el logro de dicho blanco. Pero el asunto
del camino que un individuo elige seguir, es una decisión que debe realizar
enteramente por su cuenta. Por lo tanto, el devenir de la historia es el
producto tanto de las agencias sobrenaturales como de la libre elección de los
seres humanos. Pero su desenlace final está en las manos de Dios. En este
capítulo, como tal vez no suceda en ningún otro lugar de las Escrituras, se
descorre el velo que separa al cielo de la tierra y se revela la lucha entre los
poderes de la luz y las tinieblas" (SDA Bible Commentary, tomo 4, pág. 860).
¿Pero quién es Miguel, llamado "uno de los
principales príncipes" en este capítulo? Es un nombre hebreo que significa
"¿Quién [es] como Dios?" Aunque Daniel no revela la identidad de Miguel, la
comparación de este pasaje con otras porciones de las Escrituras nos ofrece un
indicio bastante claro. Judas se refiere a Miguel como a un arcángel (Jud. 9).
Pablo nos dice que la voz del arcángel se deja oír en ocasión de la resurrección
de los muertos (1 Tes. 4:16). Juan en su Evangelio menciona el hecho de que
Jesús dijo que "los muertos oirán la voz del Hijo de Dios. . . No os maravilléis
de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su
voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida" (Juan
5:25-29). Por lo que antecede podemos deducir que Miguel es Cristo, el Hijo de
Dios. El es quien, junto con todos los ángeles leales, se encuentra activo en la
lucha contra el mal.
"Ángeles buenos y malos intervienen en los planes
de Dios en su reino terrenal. Dios tiene el propósito de llevar a cabo su obra
siguiendo lineamientos correctos, utilizando medios que promuevan su gloria.
Pero Satanás se esfuerza constantemente por contrarrestar los propósitos
divinos. Sólo si se humillan delante de Dios los siervos del Señor podrán hacer
adelantar su obra. Si han de tener éxito, nunca deberán depender de sus propios
esfuerzos ni de factores externos" (SDA Bible Commentary, tomo 4, pág. 1173).
Una vez más un visitante celestial le dice a Daniel que no tenga miedo. "La paz
sea contigo; esfuérzate y aliéntate" (vers. 19). Y Daniel fue fortalecido, para
que fuera capaz de recibir la revelación que se le estaba por dar, acerca de los
acontecimientos por venir. Es interesante notar que mientras las naciones
contienden por el dominio del poder y la autoridad, otro conflicto más
importante se lleva a cabo al mismo tiempo: la lucha de la verdad y la justicia
por un lado, y el error y el mal por el otro. Los reinos pueden surgir y caer,
pero el interés del hombre no debe radicar en el prestigio político ni en el
desarrollo social, ni siquiera en el progreso de la ciencia, sino en que Dios
cumpla su voluntad en los individuos, en la iglesia, y en el establecimiento de
su reino.
Principios de vida
Consideremos las siguientes declaraciones:
1. La oración hace posibles más cosas de lo que
jamás el mundo ha soñado. (¿Suena esto como una cita familiar?)
2. La historia está plagada con crónicas de
guerra, llena de las proezas de hombres ambiciosos. Pero cada uno de ellos ha
terminado en la tumba. Sólo un hombre que se llamó a sí mismo el Hijo del
hombre, ha vencido la tumba, y le ofrece su propia victoria a todo aquel que
crea en él.
3. El cielo entero está de parte de aquel que se
humilla a sí mismo y se esfuerza por comprender los planes y propósitos de Dios.
4. No necesitamos permanecer ignorantes con
respecto al pasado, él presente, o el futuro, porque en las Escrituras Dios nos
ha revelado su voluntad.
5. Por fe —una confianza absoluta en Dios—,
Moisés fue capaz de realizar grandes cosas en favor de Dios y de su pueblo. El
mismo principio producirá resultados similares en nuestras vidas.
Digno de notar:
"Como pueblo no comprendemos como debiéramos el
gran conflicto que se lleva a cabo entre agentes invisibles, la controversia
entre ángeles leales y desleales" (Ibíd.).
"No puede haber glorificación de sí mismo, ni
arrogantes pretensiones de estar libre de pecado por parte de aquellos que andan
a la sombra de la cruz del Calvario" (El conflicto de los siglos, pág. 525).
"El cristiano experimentará las incitaciones del
pecado, pero mantendrá una lucha constante contra él. Aquí es donde se necesita
la ayuda de Cristo. La debilidad humana se une con la fortaleza divina, y la fe
exclama: 'Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro
Señor Jesucristo'" (1 Cor. 15:57).
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