
Daniel
por
por G. Arthur Keough

CAPITULO 10
DANIEL ORA: DIOS
CONCEDE LUZ ADICIONAL
"El ejemplo de la oración y la confesión de
Daniel nos es dado para nuestra instrucción y fortalecimiento. . . Daniel sabía
que el tiempo destinado para la cautividad de Israel casi había concluido; pero
no consideraba que porque Dios había prometido librarlos, ellos mismos no tenían
ninguna parte que desempeñar" (Review & Herald. 9/2/1897).
El tiempo
Daniel nos asegura que los acontecimientos a los
cuales se refiere en el capítulo 9 de su libro sucedieron durante "el año
primero de Darío hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey
sobre el reino de los caldeos" (vers. 1). Esto habría sido el primer año después
de la caída de Babilonia en el año 538 AC.
Habían pasado casi 10 años después de la visión
registrada en el capítulo 8. Sin embargo, Gabriel no había terminado de
explicarla, porque por una parte se refería a un futuro lejano, y por otra
Daniel había quedado quebrantado, postrado por una enfermedad que duró varios
días. Es evidente que la comunicación con el cielo y con los seres celestiales
puede drenar la energía nerviosa de una persona. Por lo demás, ahora Daniel ya
tenía cerca de 80 años, y el agotamiento debe haber sido más agudo para él. Pero
sin duda su mayor preocupación se centraba en la restauración del santuario de
su estado de profanación a una condición que permitiera la adoración correcta.
El período de 2.300 "tardes y mañanas" que debían transcurrir antes que él y su
pueblo pudiesen contemplar algún cambio, era abrumador. Sin embargo, el ángel
Gabriel le había asegurado que en este respecto la visión también era verdadera.
Investigación y estudio de la Biblia
Después de una enfermedad comparativamente breve
el profeta se ocupó en atender los negocios del rey, que bien pueden haber sido
sólo deberes periféricos del estado, puesto que Belsasar probablemente no quería
tener nada que ver con el cautivo judío que había ejercido tanta influencia
sobre su padre Nabucodonosor.
Con menos responsabilidad en el gobierno, Daniel
se dedicó a estudiar los escritos sagrados con el fin de descubrir y comprender
los principios y propósitos divinos. Sin duda tenía acceso a la Tora, los
primeros cinco libros de Moisés, y se dedicó a escudriñar esa parte de las
Escrituras. También podía revisar los escritos históricos de algunos profetas
antiguos, como los libros escritos por Samuel, Natán, y Gad. Así podía conocer
la historia de los reyes de Israel y Judá, y acerca del rey Ezequías, y del
profeta Isaías, quien había hecho todo lo posible por mantener a los gobernantes
hebreos en el camino recto. Además conocía la historia de Jeremías y de sus
problemas en Jerusalén. Habría sido muy extraño que no conociera a Ezequiel, el
sacerdote utilizado por Dios como profeta junto al río Quebar en Babilonia. Como
oficial del gobierno, Daniel conocía bien los detalles de la caída de Babilonia
en el año 597 AC, y luego en el año 586 AC, y conocía a los cautivos que habían
sido llevados a Babilonia. Tiene que haberse encontrado con muchos de ellos para
conversar sobre asuntos de interés mutuo, tales como el estado del culto en
Jerusalén.
De una cosa estamos seguros: Daniel oraba
regularmente con las ventanas abiertas hacia Jerusalén. Abrigando la certeza de
que la cautividad no duraría para siempre, aunque el pueblo la merecía, anhelaba
ver el día cuando el verdadero culto sería restablecido en el lugar elegido por
Jehová como el sitio donde deseaba reunirse con su pueblo.
Ya habían transcurrido casi 70 años desde el día
en que él y los demás jóvenes compañeros suyos habían sido tomados cautivos en
el año 605 AC. ¿Cuánto tiempo más debía pasar? Puede ser que él hubiera
abandonado la esperanza de jamás regresar a Jerusalén personalmente, pero
anhelaba que su pueblo —el pueblo de Dios— se arrepintiera y retornara a la
ciudad de sus padres, la tierra que Dios les había dado.
Ya había sido testigo de la caída de Babilonia,
había interpretado el sueño de Nabucodonosor registrado en Daniel 2 y había
comprobado el cumplimiento parcial de su propio sueño registrado en Daniel 7.
Debe haberse sentido muy impresionado por la profecía de Isaías: "Desciende y
siéntate en el polvo, virgen hija de Babilonia. Siéntate en la tierra, sin
trono, hija de los caldeos; porque nunca más te llamarán tierna y delicada"
(Isa. 47:1). Debe haber estado muy de acuerdo con el versículo 6: "Me enojé
contra mi pueblo, profané mi heredad, y los entregué en tu mano; no les tuviste
compasión". Daniel tiene que haberse acordado de la imagen de oro al leer estas
palabras: "Dijiste: para siempre seré señora; y no has pensado en esto, ni te
acordaste de tu postrimería" (vers. 7). Puedo ver una sonrisa en el rostro
de Daniel mientras la lectura lo hace recordar los días cuando estudiaba en la
universidad de Babilonia:
"Estate ahora en tus encantamientos y en la
multitud de tus hechizos, en los cuales te fatigaste desde tu juventud; quizá
podrás mejorarte, quizá te fortalecerás. Te has fatigado en tus muchos consejos.
Comparezcan ahora y te defiendan los contempladores de los cielos, los que
observan las estrellas, los que cuentan los meses, para pronosticar lo que
vendrá sobre ti" (vers. 12,13). Por supuesto, desde hacía mucho tiempo había
considerado como inservible una parte de la sabiduría de Babilonia.
Muchos años antes el profeta Isaías había escrito
un oráculo concerniente a Babilonia, en el cual Dios había dicho: "He aquí que
yo despierto contra ellos a los medos" (Isa. 13:1, 17). Debe haber dicho amén al
versículo 19: "Y Babilonia, hermosura de reinos y ornamento de la grandeza de
los caldeos, será como Sodoma y Gomorra, a las que trastornó Dios" Era Dios
quien estaba detrás del surgimiento y la caída de los reinos. La prosperidad
nacional o su decadencia tenían muy poco que ver con las proezas humanas, aunque
Dios usa al hombre como el instrumento de sus propósitos. Isaías lo expresó tan
acertadamente: "Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo
impedirá? y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder?" (Isa. 14:27).
Probablemente uno de los pasajes de Isaías que
más le llamaba la atención era la referencia particular a Ciro (Isa. 44:28).
Daniel había oído hablar de Ciro y de sus victorias contra Creso de Lidia.
Algunas partes de la profecía no habían acaecido aún, pero el cumplimiento de la
parte aseguraba la realidad del resto. Daniel tiene que haber estado muy de
acuerdo con la referencia de Isaías 46:1,2 a los dioses de Babilonia, y también
debe haber recordado claramente la historia de Ezequías registrada en los
capítulos 38 y 39, en cuyo cumplimiento de la predicción él mismo había tomado
parte (Isa. 39:7).
Los judíos en exilio
Probablemente los judíos exiliados abrigaban
sentimientos encontrados con relación a su estada en Babilonia. No hay duda que
extrañaban el terreno a menudo rocoso y quebrado de Palestina. La tierra entre
los dos ríos, el Tigris y el Eufrates, era rica y muy fértil, bien regada por
ríos y canales, y constituía una abundante fuente de trabajo y alimentos. En
cambio el clima de Babilonia era seco, caluroso y polvoriento, y casi todo el
terreno era plano. En este respecto no era tan atractivo como la Palestina de
ellos con sus montes y valles, sus estaciones lluviosas regulares, y su variedad
de frutos. Muchos se sentían nostálgicos, y al reunirse para conversar acerca de
los buenos días del pasado, se acordaban de las canciones de Sión, aunque no se
sentían con ánimo de cantarlas. Colgaban sus arpas en los sauces y lloraban
(Sal. 137).
Pero otros se dejaban impresionar por el
esplendor de la ciudad de Babilonia, con su magnífica Puerta de Istar, su calle
de las procesiones con sus ostentosos desfiles, su conjunto de templos en el
Esagila, y sobretodo sus palacios y jardines colgantes. Los mercados ofrecían
oportunidades para el comercio. Babilonia era un centro político. Oficiales del
gobierno y representantes de muchas partes del imperio acudían a ella, todos en
busca de información, todos dispuestos a explotar su riqueza de una u otra
manera.
Muchos judíos se mezclaban con las multitudes. El
imperio les permitía reunirse en colonias en cualquier parte de Babilonia.
Algunos continuaban con la práctica de los oficios que habían aprendido en su
país natal, artesanos y hombres especializados, elegidos particularmente por
Nabucodonosor para llevar a cabo sus empresas de construcción. Muchos trabajaban
como obreros agrícolas, en la irrigación, y en la edificación. No existía el
desempleo. Muchos compraron tierras y edificaron sus casas, y se establecieron
con sus familias. Los jóvenes se casaron y tuvieron hijos. Algunos de los
judíos, como Daniel y sus amigos, ocuparon elevadas posiciones en el gobierno.
Los judíos que vivían junto al río Quebar tenían
un sacerdote con ellos, a quien Dios había utilizado como profeta, a saber,
Ezequiel. Los exiliados no experimentaron persecuciones religiosas, ni sufrieron
interferencias con su forma de adoración. Los maestros podían proseguir sus
estudios y realizar sus tareas docentes. Los devotos entre ellos se reunían el
sábado, no para celebrar un servicio ceremonial, como lo hubieran hecho en el
templo, sino para leer y escuchar las escrituras, para discutir sus intereses
religiosos y para orar. De este modo comenzó a desarrollarse la institución de
la sinagoga. Seguramente que Daniel aprovechaba esas ocasiones para compartir
sus visiones con los demás.
Aunque muchos de ellos eran prósperos y ricos,
muchos también se preguntaban cuál seria el futuro de Jerusalén y del templo. Se
preguntaban si quizás Dios no los habría abandonado, si en realidad los dioses
de los babilonios no serían más poderosos que Jehová. Pero Daniel tenía la
certeza de que Dios estaba siempre en control de las cosas. Lo único que sucedía
era que no siempre podía comprender la forma divina de actuar. A veces el plan
de Dios parecía terriblemente lento. Tal vez él mismo debía hacer algo. ¡Sí, se
pondría a orar! Lecciones de la cautividad
El exilio no había sido un desastre total. ¿Acaso
no se había transformado Nabucodonosor en un hijo de Dios? ¿No había llegado
Darío a comprender que el Dios de Daniel es el Dios viviente, el que rescata y
salva, y el que permanece para siempre? (Dan. 6:26, 27). ¿No había sido un
tremendo testimonio el milagro del horno de fuego, no solamente acerca de la
fidelidad de los tres hebreos, sino también de la poderosa fuerza del Dios de
los hebreos? A pesar de su pueblo, el conocimiento del verdadero Dios se había
extendido por todo el mundo conocido.
Si había algo que los judíos habían aprendido,
era la total futilidad de la adoración de los ídolos. Ellos nunca más
regresarían a la idolatría. Ahora encontraban consuelo mutuo y fortalecimiento
en la sinagoga. Descubrieron que la vida espiritual no necesita depender de
ritos y ceremonias, sino que es el producto de una relación correcta con Dios.
Más aún, aprendieron a valorar sus escritos sagrados, las enseñanzas de la Tora.
Puesto que eran extraños en un país extranjero, habían aprendido a constituir
una comunidad más unificada. Por último, y lo que era más importante, habían
comprendido que a Dios se lo puede adorar en cualquier lugar, porque él es el
único Dios verdadero y está cerca de todos, y nadie puede desentenderse de su
responsabilidad para con él, así se trate de un judío o de un gentil.
La oración de Daniel
Daniel se acercó a Dios con plena y sincera
devoción. Ayunó y se vistió de saco y ceniza, con el fin de demostrar su
seriedad. Con la
humildad más profunda se acercó a Dios como un suplicante, declarando que había
escudriñado las Escrituras y que comprendía que Dios había anunciado que la
cautividad en Babilonia no duraría más de 70 años, y que esos 70 años estaban
prácticamente terminados. Por supuesto se daba cuenta de que el cumplimiento de
la profecía dependía del hecho de que los corazones de la gente estuvieran en
armonía con Dios. Deseando estar él mismo en armonía con Dios, y sabiendo que
este hecho demandaba la confesión de los pecados, se incluyó él mismo en la
confesión de los pecados del pueblo.
Examinemos algunas de las frases que utilizó:
"Dios grande, digno de ser temido”. No deberíamos
olvidar nunca la trascendencia de Dios ni la tremenda diferencia que hay entre
él y nosotros. Aunque se trate de seres humanos, nosotros consideramos con
respeto y deferencia a las personas que se hallan en posiciones elevadas. Con
cuánto mayor sentido de su dignidad deberíamos aproximarnos a Dios, dejando de
lado toda frivolidad.
"Que guardas el pacto y la misericordia con los
que te aman y guardan tus mandamientos". Nada puede separarnos del amor de Dios
(Rom. 8:35-39). Sólo nuestra desobediencia puede apartarnos de él. Cuan
insensatos demostramos ser cuando llevamos vidas contrarias a la voluntad de
Dios, sobre todo cuando sabemos que si acatamos su voluntad podemos disfrutar
aquí de una vida llena de satisfacciones y de una felicidad eterna en el mundo
por venir.
"Hemos pecado”. ¿Podría decir algo diferente
alguno de nosotros? Sin embargo, la perspectiva no es desesperanzada. El plan de
salvación que Dios ha diseñado para nosotros contempla el perdón de nuestros
pecados.
"No hemos obedecido a tus siervos los profetas".
Ninguno de nosotros ha leído las Escrituras con la diligencia con que lo
podríamos haber hecho. Hemos preferido seguir nuestros propios caminos. ¡Tal vez
no hemos querido que se nos mostrara el camino recto, para no sentirnos
obligados a seguirlo!
"Tuya es. Señor, la justicia". Este aspecto de su
carácter puede resultar aterrador, excepto si recordamos que el propósito de su
justicia es transformarnos a nosotros en personas justas.
"De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia
y el perdonar". Aquí encontramos una razón para abandonar el pecado, en lugar de
una excusa para continuar en él. Abusar de la misericordia de Dios constituye un
crimen terrible.
"Que esta escrito en la ley de Moisés". La
Palabra de Dios nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos, así como al mundo
que nos rodea. Revela la deficiencia de nuestro carácter y nos enseña cómo
realizar los cambios necesarios.
"Por amor de ti mismo. Dios mío". Este es nuestro
único ruego efectivo, porque nosotros no tenemos méritos propios.
Afortunadamente tenemos un Dios cuyo único deseo es que escapemos de la
destrucción de este mundo y que seamos salvos en su reino eterno.
La respuesta de Dios
La oración de Daniel indica que su mayor
preocupación tenía que ver con la desolación del santuario y la ciudad de
Jerusalén. La respuesta de Dios indicaba que a pesar de la importancia de la
Jerusalén terrenal y de su templo, la venida del Mesías era un evento más vital
aún.
La Jerusalén terrenal se podría reconstruir.
¿Pero qué podía darle una garantía de que nunca más sería destruida ni
profanada? Los cautivos judíos podían regresar a su ciudad y a su nación, ¿pero
cómo podía alguien asegurar que no caerían en los mismos pecados de sus
antepasados?
Tal vez la oración de Daniel indique que nosotros
los seres humanos poseemos una visión reducida, aunque pudiera ser correcta.
Pero Dios contempla mucho más allá del presente inmediato. Mientras el profeta
pensaba en 70 años, ¡Dios consideraba un período de setenta veces siete! Daniel
se preocupaba por el bienestar de su propio pueblo, en tanto que Dios tenía en
mente el bienestar de todo el mundo, el destino tanto de judíos como de gentiles
según estaba determinado por la venida del Ungido, el Mesías. En el capítulo 9
del libro de Daniel nos encontramos con el centro de toda profecía; esto es, en
términos del Nuevo Testamento, Jesucristo.
¿Captó Daniel el impacto total de todo lo que
oía? ¡Probablemente no! Ni siquiera los intelectos mejor desarrollados son
capaces de comprender toda la magnitud de la verdad divina. Pero el profeta
logró entender varios asuntos importantes. Mientras oraba. Dios le envió la
respuesta: "Al principio de tus ruegos fue dada la orden" (vers. 23). Dios
conoce nuestros pensamientos más íntimos antes que los pensemos. Puede ser que
nos expresemos en forma entrecortada, o que nuestras palabras sean totalmente
inadecuadas para la ocasión, pero el Señor ignora estos detalles externos. El
conoce nuestros anhelos, y nos concede más de lo que le pedimos. ¿Podemos
esperar que Dios sea más grande o que se preocupe más?
Cuan a menudo sentimos que nuestras oraciones no
se elevan más allá del cielo raso. Parecería que tuviéramos que esperar una
eternidad por la respuesta. Pero la realidad es que antes que hablemos, Dios ya
tiene la respuesta. Puede ser que la respuesta no incluya lo que hayamos pedido,
pero invariablemente se trata de algo mejor. Puede ser que no reconozcamos la
respuesta, pero de todos modos está presente. ¡Cuan agradecidos debiéramos estar
que Dios responde, no en la forma pequeña en que trabaja nuestra mente, sino del
modo más amplio en que obra su gracia!
Gabriel dijo que había venido a darle "sabiduría
y entendimiento" a Daniel. Ambas cualidades son importantes. La sabiduría nos
permite penetrar los secretos de los planes divinos, mientras que el
entendimiento nos ayuda a confrontar confiadamente los problemas de la vida. La
sabiduría nos hace comprender que no estamos solos en este mundo, teniendo que
pelear con nuestras propias fuerzas en contra del poder del mal. El
entendimiento nos mantiene serenos cuando azota la calamidad, cuando nos suceden
cosas que no podemos explicar.
Gabriel le dijo a Daniel: "Tú eres muy amado". Y
podemos entender por qué. El profeta nos ha dejado un ejemplo en muchos
respectos. Y en su conducta también podemos reconocer lo que necesitamos hacer
si hemos de ser considerados en alta estima a la vista del cielo. Dios no toma
livianamente nuestras luchas. Siempre mira con aprobación a los que, como
Daniel, sólo desean hacer lo que es correcto.
La revelación
"Setenta semanas están determinadas sobre tu
pueblo" (vers. 24.) Gabriel parece comenzar su mensaje abruptamente, pero
debemos comprender que se refiere a la visión de Daniel 8, y que está tratando
de iluminar lo que hasta entonces había quedado sin explicación. Era obvio que
el profeta estaba preocupado acerca del período de 2.300 años o días.
¿Significaba eso que la cautividad se extendería más allá de la profecía de los
70 años de Jeremías? Daniel esperaba que no fuera así, y oró en procura de
perdón para que Dios no tuviera que extender ese período.
El ángel le dijo que se "habían determinado" 490
años para su pueblo. Esto significaba que a la nación judía se le había asignado
un período de 490 años, lapso que comenzaría con "la salida de la orden para
restaurar y edificar a Jerusalén" (vers. 25). El hecho de que este período fuera
"determinado", o "cortado" como lo indica la palabra hebrea, significa que el
período más corto formaría parte del más largo. Es decir, los 490 años serían
una parte del periodo de 2.300 días (años). Siendo que ahora sabemos cuándo
comienza el período más breve, también sabemos cuándo se inicia el más largo.
Esdras nos proporciona una copia del decreto que
Artajerjes promulgó autorizando a los judíos a regresar a Jerusalén y
reconstruirla (Esdras 7:12-26). Nos dice que para cumplir su cometido llegó a
Jerusalén durante el séptimo año del reinado de aquel monarca (vers. 8). Para
resumir los diferentes factores que contribuyeron a la reconstrucción, declara:
"Y los ancianos de los judíos edificaban y prosperaban, conforme a la profecía
del profeta Hageo y de Zacarías hijo de Iddo. Edificaron, pues y terminaron, por
orden del Dios de Israel, y por mandato de Ciro, de Darío, y de Artajerjes rey
de Persia"(Esd. 6:14). La historia revela que esto sucedió el año 457 AC.
Pero nuestra preocupación principal debe
centrarse en los sucesos acaecidos al final del período de 490 años. Gabriel
puntualiza seis asuntos:
1. "Para terminar la prevaricación". Al final de
este período los israelitas habrían decidido finalmente cuál sería su actitud
hacia la dirección divina. Dios no podía extender para siempre su gracia a un
pueblo determinado a rechazar sus amonestaciones.
2. "Poner fin al pecado”. Con Cristo como el
portador del pecado, no habría necesidad de ofrendas por el pecado en servicios
de templos. El tipo se encontraría con el antitipo.
3. "Expiar la iniquidad". En la cruz Jesús hizo
expiación por el pecado. El mismo declaró: "Y yo, si fuere levantado de la
tierra, a todos atraeré a mí mismo" (Juan 12:32).
4. "Para traer la justicia perdurable". Jesús
murió en la cruz, no sólo para perdonar el pecado, sino también para ser capaz
de imputar e impartir su justicia a todos los que acepten su ofrecimiento.
5. "Sellar la visión". Esto es, para ratificar la
visión, de modo que el cumplimiento de una de sus partes nos proporcionara la
seguridad de que las demás serían cumplidas.
6. "Ungir al santo de los santos”. Esto debe
referirse al santuario del cielo, y no al terrenal. Indica el tiempo cuando
Cristo sería inaugurado como Sumo Sacerdote, para realizar sus oficios de Sumo
Pontífice en las cortes del cielo.
Gabriel divide los 490 años en tres partes: siete
"sietes"; sesenta y dos "sietes"; y un "siete". El Mesías o Ungido o Cristo
confirma el pacto con muchos por medio de un "siete", y a la mitad de ese
período de "siete" "hará cesar el sacrificio y la ofrenda" (vers. 27.) Además,
"después de las 62 semanas [sietes] se quitará la vida al Mesías". Esta
declaración alude claramente a su muerte. (Véase el diagrama de la página
siguiente.)
Se necesita un poco de concentración para incluir
todos los detalles, y uno debe admitir que el hebreo no es siempre tan claro
como podría ser, lo cual conduce a la posibilidad de varias traducciones; pero
el énfasis de la profecía es claro: El propósito divino de la salvación del
pueblo de Dios no se puede cumplir mediante la sangre de animales (Heb.
10:11,12). Sólo Jesús lo podría hacer, mediante su muerte en la cruz. De modo
que Dios le estaba diciendo a Daniel que el establecimiento de un servicio
celestial en el cual Cristo es nuestro Sumo Sacerdote y ministra diariamente en
nuestro favor, era algo mucho más importante que la restauración del templo
terrenal.
¿Pudo comprender Daniel todo esto? Tal vez no.
Pero a nosotros que vivimos en una época posterior a los tiempos de Cristo, se
nos ha concedido la bendición de ver cuan maravillosamente se cumplen los
propósitos de Dios en la salvación de los seres humanos. Con semejante Dios,
¿tenemos alguna razón para enfrentar el futuro con algo menos que una confianza
total?
Principios de vida
Después de estudiar el capítulo 9 del libro de
Daniel, ¿diría usted que las siguientes declaraciones son deducciones
razonables?
1. La Biblia es el lugar correcto para buscar las
respuestas a nuestros interrogantes teológicos. La ciencia puede ayudarnos con
el estudio de la naturaleza que nos rodea. Pero sólo un libro inspirado puede
mostrarnos lo que la ciencia nunca será capaz de revelar.
2. El estudio de la Biblia nos ayudará al fin de
cuentas solamente en la medida en que reconozcamos su fuente primaria, y
mediante la oración y la obediencia tratemos de
comprender el mensaje que contiene para nosotros en la época actual.

3. La confesión es un ejercicio provechoso porque mediante ella
reconocemos quiénes somos, y cuánto dependemos de nuestro Dios.
4. Nuestro acercamiento a Dios es válido solamente a causa de la
misericordia del Altísimo. Si no fuera por su misericordia y gracia seria
totalmente inútil.
5. La sola experimentación de tristeza por nuestros pecados es
incapaz de exonerarnos de culpa. Dios debe limpiarnos del pecado si nuestra
tristeza ha de ser efectiva.
6. Dios desea que comprendamos su forma de proceder, y está más
que dispuesto a darnos luz si la deseamos con vehemencia.
7. Un hombre como Daniel es estimado altamente porque se preocupa
de los asuntos que conciernen a Dios.
8. Cristo es la solución de todos los problemas del mundo. El
Antiguo Testamento apunta hacia él y el Nuevo Testamento lo describe y confirma
su centralización en el propósito redentor de Dios.
9. El proceso de la salvación involucra la eliminación de toda
maldad.
10. El mal sólo conduce al dolor, el sufrimiento y la muerte.
Digno de notar:
La oración de Daniel. "No hay ninguna indicación de que Daniel
estuviera calificado oficialmente para tomar sobre sí mismo este ministerio de
intercesión. No pertenecía a una familia sacerdotal, ni tampoco era un profeta
en el sentido usual de la palabra. Salomón, cuya gran oración registrada en 1
Reyes 8 se compara a menudo con la de Daniel, como rey, podía reclamar el
derecho de hablar en favor de Israel; pero una de las glorias de la Escritura es
el hecho de que no se necesita un permiso especial para interceder en favor de
otros (véase Neh. 1:5). Gracias al estudio de 'los libros' y al hábito de orar
tres veces por día (vers. 6:10), este docto judío no se sintió desconcertado
cuando tuvo que poner su oración en palabras" (Joyce Baldwin, op. cit., pág.
165).
"Esta oración se caracteriza por una ausencia total de
preocupación en el yo y por un profundo interés en el nombre, el reino y la
voluntad de Dios, a la que Montgomery llama 'una joya litúrgica en forma y
expresión'. Su comentario acerca de que 'el santo ora cuando la iglesia ora',
llama la atención a la importancia de la oración pública en el cultivo de la
devoción privada, y las oraciones más notables de la Biblia, incluyendo esta
última, proveen principios que haríamos bien de incorporar actualmente tanto en
nuestras oraciones públicas como privadas. Sobre todo necesitamos captar la
seguridad de que Dios contesta nuestras oraciones" (Id.,pag. 167).
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