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“COMENTARIOS SOBRE EL LIBRO DE DANIEL"

Fiesta con sorpresa

Lección 5

Para el 30 de Octubre del 2004

 

 

 

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado:

pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.

Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción;

mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”

Pablo

Gálatas 6: 7, 8

 

 

El Juicio de Dios

 

 “Sin Cristo, no puede haber sino condenación

 y una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego

 y una separación final de la presencia de Dios.

Pero aquel cuyos ojos han sido abiertos para ver el amor de Cristo,

 contemplará el carácter de Dios lleno de amor y compasión”

Elena G. de White

Mensajes Selectos, tomo 1, p. 436

 

Reiteramos conceptos expuestos en los comentarios anteriores. Los sucesos vividos por Daniel y sus compañeros, que narran los primeros seis capítulos del libro, despliegan un itinerario determinado que podrían ser considerados un modelo del desarrollo de la vida cristiana, enseñándonos el camino de la maduración y perfeccionamiento del carácter. Es un modelo que se inicia en la adolescencia o pubertad, cuando Daniel fue obligado a emanciparse y tomar decisiones que fueron construyendo su existencia. A partir de esa etapa, hay fases o pasos que van pautando el proceso de su vida ejemplar. La primera cuestión que tuvo que afrontar y decidir fue el control de la ingesta, que comer y que no comer. Es el tema de la alimentación y la salud, en donde nuestro héroe ejerció los valores de la temperancia. La segunda etapa fue la dilucidación del futuro, construir la imagen del futuro, con la esperanza puesta en Dios, quien controla los tiempos de la historia y el destino personal. El tercer punto que aborda es la cuestión de la adoración, la adopción de un sistema de creencias y valores que definen e identifican a la persona, con el cual comprometerse y estar dispuesto a jugarse la vida como hicieron los tres hebreos. Sólo el Dios omnipotente y soberano, creador del cielo y de la tierra es el único digno de toda adoración. En la lección de esta semana, llega la cuarta etapa, cuando el hombre promedia su adultez y debe evaluar sus logros. En esas circunstancias, ¿a quién debe atribuirse los éxitos y las conquistas? ¿A sí mismo o a Dios? ¿Qué actitud adoptar? ¿Orgullo o humildad?

 

Después de cierto tiempo, quizás hacia el fin del reinado de Nabucodonosor, el emperador tuvo otro sueño inquietante (Daniel 4:2), que tampoco pudo ser interpretado por los sabios de la corte (versículos 3-4). Nuevamente es convocado Daniel, quien resultó ser el único capaz de interpretarlo (versículos 5-23). El sueño vaticinaba la humillación del rey a causa de su soberbia (versículos 23-24). Aunque durante un año se cuidó de no caer en actos de ostentación, después de ese tiempo no pudo reprimir ensalzarse, vanagloriándose de sus bienes y logros: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué, con el poder de mi fuerza y para la gloria de mi majestad?” (versículo 27). Inmediatamente perdió la razón, padeciendo de licantropía (Shea, 78), una enfermedad en la cual la persona se siente y actúa como un lobo. Pasada la humillante experiencia de vivir en el campo, arrastrándose como los animales (versículo 28-31), Nabucodonosor reconoció públicamente su error, exaltando y glorificando al Dios del cielo (versículos 31-34).

 

En el proceso del desarrollo humano, se alcanza una etapa, por lo general en la adultez media, cuando se avanza por la década de los 40, donde frecuentemente se hace una evaluación de los logros y los resultados obtenidos hasta ese momento. Quizás ha formado una linda familia, adquirido su casa y otros bienes, triunfando en el trabajo o como profesional, sintiéndose satisfecho por lo obtenido, cayendo en el pecado de atribuirse a sí mismo la gloria, pensando que son frutos de los propios esfuerzos. Esa actitud es ingrata e injusta, no reconoce a los demás y especialmente a Dios. El modelo de Daniel nos advierte de ese peligro y nos insta a no caer en la ostenta­ción orgullosa y sostener la grandeza de la humil­dad.

 

En la Tabla siguiente resumimos lo dicho anteriormente.

 

Cp.

TEMAS

PROBLEMÁTICAS

EDAD

ACTITUDES

VIRTUDES

DEFECTOS

1

ALIMEN-TACIÓN

¿Qué comer y que no comer?

PUBERTAD

Debe controlarse la ingesta

Temperancia

Intemperancia

2

FUTURO

¿Quién conoce el futuro?

ADOLESCENCIA

Reconocer que Dios es el único que conoce el porvenir

Confianza  y esperanza

Adivinación

3

ADORACIÓN

¿A quién adorar?

JOVEN ADULTO

Sólo Dios es el único a ser adorado

Fidelidad

Idolatría

4

EVALUACIÓN            DE LOS LOGROS

¿A quién glorificar? ¿A uno mismo o a Dios?

ADULTEZ MEDIA

Evitar la jactancia y atribuir la gloria a Dios

Humildad

Orgullo o    narcisismo

5

JUICIO DE DIOS

¿Vivir para el propio deleite o para la gloria de Dios?

ADULTEZ TARDÍA

Reconocer a Dios en toda nuestra vida

Temor de Dios

Terror de Dios

 

Del Terror A Dios

 

“Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes,

los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas

y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas:

Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono,

Y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado;

¿y quién podrá sostenerse en pie?”

Apocalipsis 6: 15-17

 

 

El capítulo 5 del libro de Daniel nos habla del terror a Dios. Hay un “temor a Dios” y un “terror a Dios”, que es muy diferente, aún más, absolutamente opuestos. El “temor” es la conciencia que despierta a la comprensión extraordinaria y maravillosa de lo sobrenatural; es reverencia y respecto al Ser divino. Un sentimiento inefable de atracción y búsqueda de la santidad. El terror es la conciencia de pecado que descubre a Dios demasiado tarde, cuando ya se agotó el tiempo de gracia, avizorando la destrucción inminente, espantosa y terrible; es la sensación del juicio condenatorio sin misericordia. La angustia por el cataclismo que se avecina. En esta sección nos referiremos a ese sentimiento de lo terrorífico, en tanto en la siguiente parte, trataremos del temor a Dios.

 

Hay diferentes tipos de terror, pero ninguno como el terror a Dios. La poetisa Victoria Pueyrredón, escribe en unos versos:

 

“Ver llegar con terror las horas largas

y sentir el silencio de un vacío,

temerle a la caída de la tarde

cerrar los ojos... y temblar de frío.”

 

El terror del vacío es una angustia vaga, flotante, un tanto pegajosa, que oprime el pecho y genera un estado de desasosiego y desolación, que puede apaciguarse y de alguna manera soportarse. Pero el terror a Dios es insoportable y nada lo aplaca. Uno de los protagonista de una obra de Roberto Arlt (1981, 22), describe las sensaciones que experimentaba cuando se acercaba al balcón del noveno piso de su casa y observaba la profundidad abierta abajo, “a cuyo barandal me he aproximado de una vez con el corazón temblando de cautela y delicioso pavor… frente al vacío no puedo sustraerme al terror de imaginarme cayendo en el aire con el estómago contraído en la asfixia del desmoronamiento”. Es un terror atractivo que aunque impresionante, puede llegar a ser “delicioso”. El terror a Dios no tiene nada de atractivo ni de deleitable, genera una repulsión violenta y absoluta.

 

El terror humano, es un miedo intenso, escalofriante, como cuando se recorren calles oscuras, silenciosas y peligrosas, que produce inseguridad y malos presentimientos, pero que muchas veces queda en eso, una fuerte emoción sin mayores resultados. En cambio, el terror a Dios es más que una simple emoción es la realidad de una catástrofe descomunal y espantosa que se avecina. El terror humano, aparece a la manera de una neblina vaga y viscosa, que poco a poco nos envuelve en un clima de auténtico espeluznamiento, que puede llegar a domesticarse o por lo menos sobrellevarse. El terror a Dios desborda cualquier sentimiento imaginable, es la máxima expresión de la galería del horror, contra el cual ningún sentimiento humano puede competir. ¿Cómo explicarlo o describirlo? Así lo refiere Elena G. de White  en aquella memorable celebración del onomástico del rey Belsasar.

 

“Un Vigilante que no fue reconocido, pero cuya presencia era un poder de condenación, contempló esta escena de profanación. Pronto el huésped invisible, que no había sido invitado, hizo que se sintiera su presencia. En el momento en que la sacrílega orgía estaba en su punto máximo, apareció una mano incruenta, y escribió palabras de juicio condenatorio sobre la pared del salón del banquete. Palabras ardientes procedieron de los movimientos de la mano: ‘MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN’, se escribió con letras de fuego. Fueron pocos los caracteres trazados por aquella mano en la pared frente al rey; pero mostraron la presencia del poder de Dios. Belsasar se atemorizó. Se despertó su conciencia. Lo embargaron el temor y el recelo que siempre acompañan al culpable. Cuando Dios infunde temor a los hombres, estos no pueden ocultar la intensidad de su terror. Los grandes hombres del reino quedaron alarmados. Su blasfema profanación de las cosas sagradas se transformó en un momento. Un frenético terror superó a todo dominio propio” (Comentario Bíblico Adventista, tomo 4, p. 1192).

 

Alguien escribió: “El terror y el humor se confunden en este principio de siglo. Las vidas de los hombres son tan humorísticas como terroríficas. No sabemos si nuestras existencias pertenecen al género humorístico o al terrorífico”. Como en la época de Belsasar, el humor festivo desenfrenado y el terror horripilante son las dos caras de la misma moneda, el no pensar en Dios y en el destino eterno; narcotizar la culpa del pecado con alcohol y la exacerbación de los sentidos, hasta que la conciencia despierta con la terrible sensación de la condenación, la expectación solemne de la amenaza del infierno apocalíptico. Muy diferente es el temor a Dios, que es camino de salvación y bienaventuranza eterna.

 

 

El Temor A Dios

 

“Aquel sagrado temblor era una mezcla de deslumbramiento,

 de recogida admisión y de una paz

 que hacía tiempo anhelaba mi espíritu”.

Ernesto Sábato

(1998, p. 71)

 

 

En la fría oscuridad de aquella noche, entre las agrestes tierras orientales, un hombre desesperado por las contingencias del destino, tuvo una experiencia insólita. A medida que el sol poniente languidecía, observaba las siniestras figuras crepusculares dibujadas grotescamente en los accidentes del terreno y la vegetación. Sentía el corazón batir y la angustia oprimirle la garganta. El desamparo y la orfandad crecían con el avance de las sombras. Había huido de su casa por temor al hermano furioso, a quien había traicionado vilmente. Cargaba sobre su conciencia el engaño al padre enfermo y moribundo. Era la primera vez que abandonaba su hogar, en el cual había vivido bajo el cálido amparo de la madre sobreprotectora. Ahora, lejos de todos, solo y temeroso, se aprestaba a pasar la primera noche de su vida, en la frialdad despiadada de la intempe­rie. El remordimiento y el miedo seguían proyectando espectros persecutorios en las tinieblas del lugar. Finalmente, levantó los ojos al cielo y percibió la serena vastedad del infinito, entonces balbu­ceó una tímida plegaria que extrajo de sus lejanos recuerdos y se durmió. Mientras tiritaba en la dureza de su lecho telúrico, con la cabeza depositada en una almohada de piedra, fue conmovido por un espectáculo deslumbrante e inolvidable. Percibió la presencia de lo sagrado.

 

Dios se manifestó en una visión esplendorosa. Vio una portentosa escalera brillante que se elevaba hacia las profundidades de los cielos, recorrida por figuras angelicales que ascendían y bajaban. Profundamente impresionado por ese despliegue fantástico de luces y movimiento, aún pudo descubrir, en la cima de las gigantescas gradas, la fuente irradiadora del prodigio: la presencia inefable del Dios Todopoderoso. Narra el relato bíblico que describe este acontecimiento (Génesis 28) protagonizado por el patriarca Jacob, que todavía abrumado por el fenómeno, despertó de su sueño y exclamó: “Cierta­mente Jehová está en este lugar y yo no lo sabía. Y tuvo miedo y dijo: “¡Cuán terrible es este lugar!”  Esta historia puede ser leída como un ejemplo del despertar de la conciencia religiosa. Una expresión real y dramática que podría ser instituida como modelo del encuentro del hombre con Dios. Constituye un relato ilustrativo de la vivencia de lo "terrible" no de lo terrorífico sino del temor a Dios. La descripción de la experiencia humana que va más allá de la inmanencia secularista. ¿En que consiste esta vivencia esencial de la religiosidad? ¿Cuáles son sus contenidos más relevantes? ¿Cómo funciona la trascendencia en el campo concreto de la existencia?

 

Narra la historia que Jacob "despertó" a la realidad de la presencia de Dios, que alcanzó una toma de conciencia radical y una comprensión inédita de lo absoluto. Es la percepción de lo divino que emerge de las brumas de la existencia sumida en la mecánica rutinaria de la cotidianidad. Como si la conciencia adormecida de pronto se despejara y descubriera la esencia de la realidad y de sí mismo. Así, la vida secular, atrapada en el aquí y al ahora, nos convierte en extranjeros de nosotros mismos y de la propia condición humana. Estas intervenciones divinas ―que a veces irrumpen espectacularmente―, son las que nos sustraen de la somnolencia del diario vivir, descubriendo la alegría de vivir.

 

Un aspecto central de la vivencia del temor a Dios, promovida por esas actuaciones de la trascen­dencia, es lo que Epicteto denominaba: "el percatarse de la propia debilidad e impotencia" (Jaspers, 1965, p. 16). Se trata de un sentimiento de insuficiencia, de comprensión de la propia nulidad e incapaci­dad para enfrentar la grandiosidad de lo divino. Es sentirse "polvo y ceniza" ―como experimentó Abrahán (Génesis 18:27)― la sensación de estar perdido, como deploraba Isaías (capítulo 6:5) al descubrir su pecaminosidad a la luz de la perfección del Santo y Sublime. Todas las teofanías (Otto, 1965) están saturadas de ese estado de profunda turbación y conmoción humana.

 

Indisolublemente unido a la estremecedora auto-percepción pecaminosa está la captación de la majestad todopoderosa de Dios. Es la impresión abrupta e imperecedera de encontrarse allí, con toda la desnudez de la constitución originaria, enfrentado a la grandiosidad cósmica del Eterno. "El hombre se hunde y derrite en su propia nada ―afirma Otto (1965, p. 35)― en su pequeñez, cuanto más clara y pura se le aparece la grandeza de Dios." Este es el elemento de poder, de potencia o mejor aún, de omnipotencia. Probablemente, éste es el "aspecto más señalado del sentimiento religioso" (Ibíd., p. 28), la esencia misma de lo que la Biblia llama el "temor a Dios". Por cierto, este temor es de carácter sobrenatural, muy diferente al miedo natural surgido ante un peligro real que amenaza la integridad o la seguridad y, por supuesto, en las antípodas del terror a Dios. El "temor a Dios" es el "modo de encontrarse ante el Altísimo", dice Van Der Leeuw (1964, p. 446), la vivencia humana ante lo extraordinario y lo maravilloso.

 

Otro rasgo esencial de la experiencia religiosa, que aparece articulado con las manifestaciones anteriores, es la ambivalencia que domina a la persona que se enfrenta a lo sagrado. Un ejemplo ilustrativo es el caso del apóstol Pedro, cuando descubrió la divinidad de Cristo en uno de sus mila­gros, le suplicó: "Apártate de mi, Señor, porque soy hombre pecador" (Lucas 5:­8), mientras se aferraba desesperadamente a sus pies. Por un lado, obra una fuerza que detiene, distancia, aleja: el sentimiento de impureza y vergüenza por la propia indignidad. En tanto, por otro lado, lucha otro poder que "atrae, enternece y subyuga el alma" (White, 1975, p. 446): la fuerza del amor de la miseri­cordia divina. Este es un momento coyuntural y decisivo del hombre. Es cuando la voluntad debe elegir entre estas dos alternativas. Es el momento paroxístico de la libertad humana, cuando cada persona define su destino eterno. En esa instancia trascendente, se puede optar por la huida, conti­­nuando la vida impiadosa o se puede ceder a la influencia del Espíritu Santo, produciendo el cambio de la conversión. En la primera eventualidad predomina la evasión de Dios, acompañada de un "sentido de condenación y una pavorosa expectación de juicio" (White, 1985, p. 22), como hizo Belsasar. Quedan las estrategias de la impostura para encubrir el remordimiento y narcotizar la angustia con los mil recur­sos de la cultura secular (alcohol, drogas, sensualismo, activismo, consumismo) o sucumbir ante los impulsos autodestructivos. Por el contrario, cuando la conciencia cede ante el poder divino, entonces "el pecador tiene conciencia de la justicia de Dios ―agrega Elena de White― y siente temor de aparecer en su iniquidad e impureza delante del que escudriña los corazones. Ve el amor de Dios en la belleza de la santidad y el gozo de la pureza. Ansía ser purificado y restituido a la comunión del cielo".

 

Refiere la historia bíblica: "Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella" (Génesis 28:18). Así, pues, la dirección de la vivencia religiosa comienza siendo una "presencia", para luego convertirse en "encuentro" y finalmente constituye una "reunión" (Van der Leeuw, 1964, p. 445). Esta es la fase de culto y adora­ción. La conciencia al ser impresionada por la presencia esplendorosa de la revelación, dobla las rodillas en expresión de entrega y agradecimiento por el perdón recibido. Un ejemplo de esta actitud es aquel episodio cuando Jesús impactó a la mujer de Samaria con el señalamiento de su azarosa historia matrimonial. Entonces la mujer tembló y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sintió que una mano misteriosa hojeaba las páginas de su vida y su "conciencia despertó" (White, 1975, p. 158). En seguida de esa irrupción de lo sagrado, preguntó por la adoración y se convirtió en mensajera de las enseñanzas del divino Maestro.

 

Por último, agrega el texto que describe la experiencia del patriarca hebreo, que "Jacob hizo un voto, diciendo: `Si Dios me asiste y me guarda... entonces Jehová será mi Dios... y de todo lo que me dieres, te pagaré el diezmo" (Génesis 28:20-22). Se formula un pacto con la divinidad. Se define una nueva actitud mental, producto de la conversión (del griego "metanoia" = cambio de mente), dispues­ta a transitar en visión trascendente. La conciencia religiosa se formaliza en los rituales que regulan la conducta religiosa, diseñando la expresión ética de la dimensión de lo sagrado. Todos estos ricos y benditos sentimientos pudo experimentarlos Belsasar, que conoció las maravillas del poder de Dios en la experiencia de Nabucodonosor, pero prefirió vivir alejado de la divinidad, hasta el momento en que tuvo que enfrentarlo, para su desgracia y terror. Se trata de una lección que nos llega del pasado para mostrarnos que es imposible evitar a Dios, para interpelarnos por nuestra disposición de vivir en el temor o perecer en el terror.

 


 

Referencias bibliográficas

 

Arlt, R. (1981); El jorobadito. Edit. Bruguera, Barcelona.

Jaspers, K. (1965); La filosofía. Fondo de Cultura Económica, 4ta. edic., México.

Otto, R. (1965); Lo Santo, Revista de Occidente, Madrid.

Sabato, E. (1998); Antes del fin. Seix Barrel, Buenos Aires

Van der Leeuw, G. (1964); Fenomenología de la Religión. Fondo de Cultura Económica, México.

White, E. G. de, (1975); Deseado de todas las gentes. Casa Editora Sudamericana, Bs. As.

White, E. G. de, (1985); El camino a Cristo. Asociación Casa Editora Sudamericana

  

El doctor Mario Pereyra ha autorizado a Ministerios PM a publicar sus comentarios de la Escuela Sabática en Ministerios PM

 

 

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