
Lección 4

Para el 23 de Octubre del 200
Daniel 4 es conocido como el “capítulo de la locura de Nabucodonosor”, o del “orgullo abatido”. Prefiero titularlo como “conversión de Nabucodonosor”, pues en él vemos la forma en como un monarca orgulloso, prepotente y opresor, se transformó en un humilde hijo de Dios, reconocedor de su poder, gloria y majestad. Es verdad, que aún siendo pagano, Nabucodonosor “tenía un sentido innato de la justicia y de lo recto, y Dios podía usarle como instrumento para castigar a los rebeldes y para cumplir el propósito divino” [Elena G. de White; Profetas y reyes, p. 377]. Sin embargo, “su gobierno, que hasta entonces había sido en buena medida justo y misericordioso, se volvió opresivo” [Ibíd., p. 381]. Del mismo modo en que Dios se había manifestado a él en los momentos favorables, ahora le hacía sentir el toque de su mano disciplinaria. Durante siete años, degradado al nivel de un animal, comiendo “hierba como los bueyes” (versículo 25), él, finalmente, manifestó su buen sentido: admitió la soberanía divina, y se sometió a ella.
Una vez más, Dios fue reconocido como Aquel que abate y exalta, “que quita y pone reyes” (Daniel 2:21). “El rey Nabucodonosor, delante de quien Daniel honró con tanta frecuencia el nombre de Dios, finalmente se convirtió plenamente, y aprendió a engrandecer y glorificar ‘al Rey del cielo’ (Review and Herald, 11 de enero de 1906)” [Comentario Bíblico Adventista, tomo 4, p. 1192].
I. Un testimonio real (Daniel 4:1-9).
La narración de Daniel 4 contiene una proclamación real de su autoría por parte de Nabucodonosor. Es, más allá de ello, dudoso de que él lo hubiera escrito. Lo más probable es que Daniel lo haya hecho, transcribiendo el testimonio personal del rey y agregando las informaciones necesarias. Eso explicaría la forma de tratamiento que varía desde la primera persona (versículos 2 al 18) para la tercera (versículos 19 y 28 al 33), y retornando nuevamente a la primera (versículos 34-37).
No ha quedado ninguna referencia histórica a esta proclama, lo que ciertamente se debe al hecho de que las experiencias negativas ocurridas eventualmente con los reyes de aquél tiempo normalmente no quedaban registradas para la información de las generaciones sucesivas. Es probable, por lo tanto, que luego de la muerte de Nabucodonosor, personas de la familia real, o incluso sus súbditos, dieran fin a esta declaración, aunque no pueda descartarse plenamente la hipótesis de que pueda ser encontrada por la pala de algún arqueólogo. De cualquier manera, por inspiración divina, Daniel la preservó para nosotros en su libro.
Puntos referenciales en la parte introductoria de la proclama:
1. Nuevamente se registra la fórmula “pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra” (versículo 1), dándole un sabor tipológico a la proclama. Si en el capítulo 3 la presencia de esta fórmula evoca los últimos acontecimientos relacionados con la bestia y su imagen (Apocalipsis 13, con énfasis en el versículo 7); en el capítulo 3, considerando que la proclama es un tributo de exaltación a Dios, ella se relacionaría con la predicación de los tres mensajes angélicos, con una particular referencia al primero, en el que se proclama a toda nación, tribu, lengua, y pueblo: “Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado (en Daniel 4, el tema del juicio es preponderante) y adorad a Aquél que hizo los cielos y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”, lo que denota su soberanía.
2. “Paz os sea multiplicada” (versículo 1), fórmula usual para el encabezamiento de un documento real en aquellos días (ver Daniel 6:25 y Esdras 4:17; 7:12). Más que un cliché, Nabucodonosor podría estar expresando votos de que aquellos que tomen conocimiento de su experiencia pudiesen disfrutar de algún beneficio que les proporcionase enriquecimiento espiritual.
3. “Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo” (versículo 2). Ese es el sentimiento que debe invadir a cada seguidor de Cristo con respecto al testimonio cristiano. La conciencia de la bondad divina para con nosotros, nos lleva a la determinación de comunicarle a los demás sus providencias para la salvación. El empeño de Nabucodonosor en contar lo que Dios hiciera con él, lleva a comprobar que todo discípulo de Cristo nace en el reino de Dios como misionero, y revela la esencia del auténtico testimonio. El anuncio del evangelio no es la mera exposición de una teoría. Es la afirmación de aquello que Dios hace con los pecadores, con la confirmación de este acto en la vida de aquél que brinda este testimonio.
4. “...ha hecho conmigo...” (versículo 2). La conversión no viene como resultado de la aceptación de una enseñanza o una doctrina, aunque esa actitud ocupe su debido lugar, sino que es el fruto de la conciencia de los actos de Dios en la vida humana. Recordemos al ciego de nacimiento sanado por Jesús. Para justificar su decisión por Cristo, todo lo que él pudo decir es que él había nacido ciego y ahora veía (Juan 9:25-32). En efecto, el argumento de las acciones de Dios en nuestro favor es, simplemente, irrefutable.
5. “¡Cuán grandes son sus señales...!” (versículo 3). Aquí el rey reafirma su glorificación al Dios verdadero, así como anteriormente lo había llevado a recuperar la salud (versículos 34 y 35). La proclama, expedida en algún momento después de retornar al trono de Babilonia, demuestra que él permanecía firme en su posición de reconocer al Dios verdadero.
¿Y en cuanto a nosotros? ¿Reconocemos asimismo cuánto ha hecho por nosotros este Dios maravilloso? En vista de sus obras en nuestro favor, ¿no deberíamos ser más constantes en la proclamación de su excelsa grandeza
El segundo sueño de Nabucodonosor (Daniel 4:10-18)
El primer sueño del rey fue sobre una imagen; el segundo, sobre un árbol. En el primero, el imperio del rey fue representado por la cabeza de oro. En el segundo, el rey del imperio fue representado por el propio árbol. En el primero, al igual que los demás reinos, el imperio sería aniquilado por el Rey eterno. En el segundo, Nabucodonosor –pese a haber sido humillado por el Rey eterno– fue restaurado por Él y salvado. Estos contrastes nos ayudan a entender la forma como Dios conduce los eventos, y revelan su interés por la salvación de todos los perdidos.
La figura de un árbol (que nos recuerda ideas tales como abrigo, tranquilidad, alimento y otros beneficios) fue providencial para representar los recursos provistos por el imperio de Nabucodonosor para la subsistencia de los que allí vivían, incluso los cautivos. En cuanto a sus proporciones, se nos dice que “su copa llegaba hasta el cielo y se le alcanzaba a ver desde todos los confines de la tierra” (versículo 11), sin duda, una hipérbole (para una comparación parecida, ver Deuteronomio 1:28) expresada para resaltar el dominio imperial babilónico. El sueño llamó la atención de Nabucodonosor, siendo que no existían árboles de gran tamaño en la Mesopotamia, donde Babilonia estaba ubicada. Le causó un profundo impacto verlo derribado, ya que –como lo registra la lección– él mismo comparaba a su imperio como “un gran árbol que protegía a las naciones del mundo” (Guía de Estudio de la Biblia, ed. para Maestros, p. 41).
El árbol fue derribado por orden de “un vigilante, un santo” que “descendía del cielo” (versículo 13). En plural, el vocablo bíblico “santo” identifica, en Daniel 7, al pueblo de Dios (versículos 18, 21 22, 25), pero en el capítulo 8 se lo registra dos veces en forma singular, y señala indudablemente a seres celestiales (versículo 13), uno de los cuales podría ser Gabriel (versículo 16); el restante fue Alguien que le dio una orden (versículos 15 y 16), sin duda que es Miguel, el comandante de la hueste angélica. Como sabemos, Miguel es Cristo, lo que daría lugar a que entendamos que el “vigilante” que Nabucodonosor vio en el sueño sea el mismo Señor Jesús. Eso combina con lo que dice Elena de White, que además está registrado en la lección, que aquél vigilante fue reconocido por el rey como “similar en apariencia al que caminó con los tres hebreos en el horno de fuego” (Review & Herald, 1 de febrero de 1881; citado en Guía de Estudio de la Biblia, p. 46).
La orden del “Vigilante” continúa en los versículos siguientes: la raíz y el tronco del árbol deberían permanecer presos con “ataduras de hierro y de bronce”, significando con ello que el trono sería preservado para el rey durante el tiempo de su demencia, tiempo en el cual estaría atado a condiciones propias de un animal (versículo 15). En el versículo 16, el árbol claramente es identificado como un ser humano: “Su corazón de hombre sea cambiado, y le sea dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos”, o sea siete años, a la luz de Daniel 11:13.
En el propio sueño, entonces, está explicitado el presentimiento de que algo trágico estaba por suceder. En vista de ello, podemos preguntarnos cómo los sabios dieron muestras, nuevamente, de ser incapaces de interpretar el sueño. Bien, eso no está claramente afirmado en el texto bíblico. El versículo 7 dice, simplemente, que ellos no le dieron al rey la interpretación que les fue requerida, mientras que una de las maneras de comprender lo que el versículo 18 afirma (que ellos no “pudieron” hacerle saber la interpretación) es que no vieron la forma en cómo informarle de su significado. Así, lo más seguro es que hayan negado la interpretación, salvándose de transmitirle al rey algo tan embarazoso y que podría perturbarlo, acarreando sobre ellos consecuencias imprevisibles. Llegaron, por lo tanto, a la conclusión de que era mejor callar.
Cumplir una tarea desagradable no es algo fácil. Como adventistas, tenemos un mensaje que, muchas veces, está en desacuerdo con los principios del mundo. Pero más allá de eso, necesitamos cumplir la misión que nos fue confiada por el Señor y dar el mensaje en su plenitud, le guste al pecador o no. Para ello, tenemos que buscar la sabiduría celestial para no ahuyentar, con una actitud indiscreta, a aquellos que necesitan oír el mensaje. La verdad tiene que ser dicha, pero con tacto y amor. El mismo Jesús dijo que necesitamos ser “prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mateo 10:16). “Nunca suprimió una palabra de la verdad, sino siempre la pronunció con amor. Ejercía el máximo tacto y cuidadosa y bondadosa atención en su trato con el pueblo. Nunca fue rudo, nunca pronunció una palabra severa sin necesidad” (El Deseado de todas las gentes, p. 335).
Daniel es, una vez más, y en ese sentido, un buen ejemplo. El supo como darle las noticias al rey.
El consejo de Daniel (Daniel 4:19-27)
Nabucodonosor identifica a Daniel como aquél en quien moraba “el espíritu de los dioses santos” (versículos 8, 9, 18). Una vez más podemos notar que, a semejanza de lo que ocurre en Daniel 3:25, el vocablo arameo traducido “dioses” es elahim, que también puede ser traducido para el singular “Dios”. El rey reconoce que Daniel está poseído por el Espíritu Santo, sin duda alguna, frente a lo evidenciado en la manera como él se conducía como miembro de la corte: su ejemplo, sabiduría, consejos, influencia, honradez, en fin, toda su vida dejo traslucir en él la presencia divina. ¡Cómo este hecho debe de haber impresionado a los cortesanos, comenzando con el propio rey! (Parece que ésta era la manera como en Babilonia, los paganos se referían al Dios de Daniel, ver Daniel 5:11-14). ¡Ojalá ése fuese el testimonio dado a los “de afuera” por cada adventista del séptimo día!
El versículo 19 afirma que Daniel, una vez enterado del contenido del sueño, quedó atónito y perturbado. Pongámonos en su lugar para entender el dilema que había en él. Aunque el sueño contenía algunos elementos auspiciosos, tal como el hecho de que un árbol majestuoso representaba al rey, y de que él reasumiría el poder al final del período de los siete años, podemos entender cuán difícil sería transmitirle al poderoso Nabucodonosor que él sería apartado de su trono. Y, peor aún, que el se volvería demente y comería pasto igual que un animal. Pero comunicar algo tan desagradable como eso entre dentro de los deberes a ser cumplidos por un profeta.
Notando el recelo de Daniel, el rey lo animó: “Ponte cómodo, Daniel, y dime lo que tienes para decirme”. Entonces, puede notarse la manera prudente y delicada de Daniel al dirigirse a Nabucodonosor. “Señor mío, el sueño sea para tus enemigos; y su interpretación, para los que mal te quieren” (versículo 19). Con ello, el profeta estaba demostrando el aprecio que sentía por el rey, que sin duda era su amigo (contrastar con Daniel 5:17, en el que se puede ver la forma en como Daniel le brinda a Belsasar la interpretación de la escritura misteriosa en aquello noche de banquete en Babilonia) y predispone su espíritu para el hecho de que el significado del sueño no era nada agradable.
Los colportores saben que un mal contacto inicial puede echar a perder una excelente perspectiva de venta (si es que, eventualmente, se concretara). ¡Cuántas veces un acto imprudente, precipitado, de nuestra parte, cierra las puertas y los corazones! Las personas se apartarán o se acercarán a nosotros dependiendo de la manera en como nos relacionemos con ellas. ¡Cuánta sabiduría necesitamos tener para no ser un inconveniente en tal sentido! Recordemos que, generalmente, alguien gana una persona para Cristo luego de ganársela para sí mismo.
El aprecio de Daniel por el rey puede evidenciarse aún más en el llamado que él le hace (versículo 27). La profecía del capítulo 4 no es de la misma categoría de las profecías de este libro, las cuales son apocalípticas y, por ello mismo, incondicionales. El juicio que vendría sobre Nabucodonosor podrá perfectamente haber sido evitado si él se hubiera arrepentido de sus malos caminos y se hubiera convertido (versículo 27). Ese juicio tenía un propósito, llevar a que el rey reconociera la soberanía divina: “hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quién Él quiere” (versículo 25). Si él hubiera llegado a este reconocimiento mediante una actitud humilde y dependiente de Dios, la sentencia no le hubiera sobrevenido.
Así también, aunque los juicios apocalípticos finales que sobrevengan sobre un mundo perdido tendrán, inevitablemente, que ocurrir, el pecador puede, individualmente, librarse de ellos, escondiéndose en Cristo y aceptándolo como su Señor y Salvador.
La humillación del rey (Daniel 4:28-33)
“Por un tiempo la impresión que habían hecho la amonestación y el consejo del profeta fue profunda en el ánimo de Nabucodonosor; pero el corazón que no ha sido transformado por la gracia de Dios no tarda en perder las impresiones del Espíritu Santo… El juicio de Dios se demoró durante meses; pero en vez de ser inducido al arrepentimiento por esta paciencia divina, el rey alentó su orgullo hasta perder confianza en la interpretación del sueño, y burlarse de sus temores anteriores” (Profetas y reyes, pp. 380, 381).
La sentencia sobrevino cuando el rey, desde la terraza de su palacio, contempló la magnífica Babilonia y se atribuyó a sí mismo la honra que le correspondía a Dios: “¿No es esta la gran Babilonia, que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (versículo 30).
Según la lección, Babilonia era algo hermoso para la vista. Excepto en lo que respeta a la medida del ancho de los muros de la ciudad (creo que hay alguna equivocación en cuanto a este punto), todo lo demás que se expresa sugiere una imagen que podía extasiar hasta el más reacio de los observadores. Además de todo lo que la lección afirma, agrego que, como hábil constructor que era, Nabucodonosor había transformado la capital de su imperio en una de las más bellas ciudades de su época. La había remodelado con largas avenidas, distintos pórticos e imponentes edificios, entre los cuales se contaba la famosa “torre y templo Etemenanki”, con más de “cien metros de altura” y el nuevo palacio de gobierno y residencia. Éste estaba flanqueado por terrazas, en las cuales se supone que fueron ubicados, en honor a Amites (la esposa preferida del rey), los famosos “jardines colgantes”, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Bajo la dirección de Nabucodonosor, la ciudad había ganado un brillo incomparable.
Como he dicho anteriormente, creo que en la lección se ha deslizado un error en cuanto a la cifra del ancho de los muros de Babilonia. Estas medidas reflejan más los datos brindados por Herodoto que los de la realidad. Hoy, mediante las excavaciones arqueológicas, se sabe que el historiador griego exageró las medidas tanto del muro como del perímetro de la ciudad. Según él, la ciudad era de forma cuadrangular, con un perímetro aproximado de 90 kilómetros, lo que significaría casi 22.5 kilómetros por lado, ocupando una superficie de aproximadamente 500 kilómetros cuadrados. Los muros medían, según Herodoto, 25 metros de ancho, y entre 104 y 104 de altura. Sin embargo, según las excavaciones, se sabe que la ciudad antigua media 1.609 metros por cada lado. Con las extensiones hechas por Nabucodonosor, identificadas como “ciudad externa”, el perímetro total llegaba a un poco más de 16 kilómetros. En cuanto a la anchura de los muros, había un doble sistema, tanto para la ciudad antigua, como para la nueva, con las siguientes medidas:
Ciudad Antigua:
Muro interno = 3.66 metros
Muro externo = 6.70 metros
Ciudad Nueva:
Muro interno = 7.32 metros
Muro externo = 7.93 metros
Es imposible determinar la altura por estado de fragmentación de los muros. La mayor altura de las ruinas es de 12.20 metros. Lo que sí es seguro es que no podrían haber sido de 103 o 104 metros, ya que se haría inviable una proporción de 13 metros de altura por 1 de anchura.
No obstante, Babilonia era un centro muy avanzado para su época, lo que llevó a nutrir ello el orgullo del rey.
¿De qué desequilibrio mental fue víctima Nabucodonosor? Algunos expositores hablan de licantropía, boantropía e hipantropía: en las cuales el enfermo se cree, respectivamente, un lobo, un buey, o un caballo. Como el primero de éstos no se alimenta de “hierbas del campo”, como se dijo que el rey haría (versículos 25 y 33), la boantropía y la hipantropía han sido sugeridas como las más probables, preferentemente la primera.
La conversión de Nabucodonosor (Daniel 4:34-37)
Aunque el versículo 8 aparentemente haga ver que Nabucodonosor, al tiempo de emitirse esta proclama real, aún fuese adorador de falsos dioses, no debemos dudar de que la dura experiencia por la cual tuvo que pasar, lo haya llevado a una genuina conversión (ver el comentario de la lección del día Jueves). El versículo al cual hicimos referencia dice: “Hasta que entró delante de mí Daniel, cuyo nombre es Beltsasar [que significa “príncipe de Bel”, o “que Bel proteja tu vida”], como el nombre de mi dios…” “Mi dios” aquí puede significar simplemente “el dios de mi imperio”, y no una divinidad específica objeto de la adoración personal del rey. Bel, o Marduk, era el dios supremo en la ciudad de Babilonia. De lo contrario, estas palabras bien podrían indicar algunos resquicios de la antigua práctica idolátrica de Nabucodonosor. Es un hecho que es muy difícil abandonar, aún después de convertido, todos los elementos de una antigua vivencia religiosa. Por ejemplo, un adventista, ex católico, movido por la admiración a alguna cosa, puede eventualmente exclamar “¡Virgen Santa!”, lo que no indicaría que él fuera un devoto de la imagen de la virgen.
Acostumbramos decir que cuando una persona es fervorosa y sincera en su antigua fe, lo será también como adorador del verdadero Dios. De manera impresionante, determinados textos de Babilona revelan el espíritu profundamente religioso de Nabucodonosor. Uno de ellos registra: “¡Eterno Príncipe! ¡Señor de todos los seres! En cuanto al rey a quien amas, y cuyo nombre tú proclamaste según tu voluntad, guía su vida con rectitud, condúcelo por la senda recta. Soy el príncipe que te es obediente, criatura de tu mano, tú me criaste, y me confiaste el dominio por sobre todo el pueblo. Según tu gracia, oh Señor, la que confieres a todos los pueblos, hazme amar tu supremo gobierno, y genera en mi corazón la adoración de tu divinidad, y concédeme lo que sea de tu agrado porque formaste mi vida” (Citado en S. J. Schwantes, Daniel, o Profeta do Juizo, pp. 39, 40).
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© Traducción: Rolando Chuquimia (rdchuquimia@arnet.com.ar)
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