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El Tiempo del Fin


Lección 13

Para el 25 de Diciembre del 2004


          

 

 

(1)

 

EL FIN DE LA HISTORIA

 

            La Biblia nos presenta una “filosofía de la historia”.  Esto quiere decir que, desde el punto de vista bíblico, la historia de la humanidad no es un agregado de sucesos que ocurren al azar sino que se dirigen hacia una meta o fin determinado.  Hay un desenlace del gran conflicto que hemos visto bosquejado en las profecías de Daniel.  Hay un “fin” de la historia, tanto en el sentido de “propósito” como de “culminación”.  Y como en la mayoría de las historias para niños, es un final feliz.  Sólo que la Biblia no es ningún cuento de ficción.

 

            Según el final del libro de Daniel (cap. 12), el desenlace de la historia del pecado en nuestro mundo incluye los siguientes hechos:

 

(1)               El inicuo “llegará a su fin y no tendrá quien le ayude”  (Dan. 11:45).  Esto quiere decir que Dios pondrá las cosas en su lugar.  Este es el “juicio” de Dios, acerca del cual el libro de Daniel nos ha dado varios ejemplos dramáticos.  El que actúa mal no puede tener éxito permanentemente.  Por más que el hombre se esfuerce por construir imperios en contra de las leyes de Dios, su cosecha final sólo puede ser el fracaso.

(2)               El pueblo de Dios “será libertado” (12:1).  Los que sufren persecución, abuso, opresión, marginación, violencia, discriminación, calumnias y toda clase de injusticia, serán libertados.  Esta es la otra cara del juicio de Dios.  En la Biblia, el juicio es una intervención de Dios en favor de los que confían en él.  Por eso no debemos vengarnos nosotros.

(3)               Habrá resurrección “para vida eterna” (12:2).  Esto significa que el juicio de Dios tendrá un efecto permanente.  Darnos la vida eterna era el objetivo inicial de Dios al crear a la especie humana.  Y devolver la vida a quienes la hemos perdido por causa del pecado significa que Dios puede reparar y restaurar todas las cosas.  No hay males irremediables para el Creador Todopoderoso.

(4)               Otros resucitarán “para vergüenza y confusión perpetua” (12:2).  Quienes se ensalzan a sí mismos serán humillados.  Quienes persisten en el mal con soberbia, deberán cosechar lo que sembraron.  Quienes se niegan a escuchar a Dios y a aceptar el regalo de la salvación, deberán asumir las consecuencias y reconocer con vergüenza que hicieron una mala decisión.  Aún ellos reconocerán que Dios es justo.

(5)               Los que se han esforzado por entender y enseñar la verdad “resplandecerán” (12:3).  Hoy podemos nadar contra la corriente.  Hoy podemos estar entre las minorías de este mundo.  Hoy podemos ser acusados de herejes, o fanáticos, o alteradores del orden, o resentidos, o cualquier otro epíteto.  Pero si estamos tratando de entender, aceptar y enseñar la verdad, Dios nos dará su gloria y resplandeceremos con ella perpetuamente.

(6)               La “ciencia” del conocimiento de la Palabra de Dios habrá ido en aumento (12:4).  Hay sólo una manera como esto puede ser posible: que estimemos nuestras maneras de entender la Revelación como firmes pero siempre provisorias, es decir, susceptibles de ser perfeccionadas a medida que vamos descubriendo más, y entendiendo mejor la Palabra.

(7)               “Muchos serán limpios, emblanquecidos y purificados” (12:10).  Este es un concepto básico del libro de Daniel.  Somos parte del templo de Dios porque él hace morada en nosotros.  La purificación del santuario incluye nuestra propia purificación.  Y nuestra purificación no es tarea nuestra sino del Señor.  Cuando enseñamos que deberemos algún día estar solos frente a la tentación y salir triunfantes para que Dios pueda vencer finalmente al mal, le estamos quitando a Cristo su exclusivo rol expiatorio y sacerdotal y, además, estamos usurpando a Dios una función que sólo Él es capaz de realizar.  Creo que esa enseñanza es parte de la “abominación desoladora” que, en la profecía de Daniel, caracteriza al “cuerno pequeño”.  Separados de Cristo nada podemos hacer (Juan 15:5).  Nunca podríamos vencer las tentaciones estando solos, sin la ayuda de Cristo.  El Señor prometió estar con nosotros  todos los días hasta el fin del mundo (Mat. 28:20).  Cuando termine el tiempo de gracia y Cristo deje de interceder por el mundo, los redimidos tendrán el sello del Espíritu Santo, que garantiza la presencia de Dios con ellos y los protegerá del pecado.  No podemos mantenernos sin caída si estamos desconectados de Dios.  Sólo Dios “es capaz de guardarnos sin caída y presentarnos sin mancha delante de su propia gloria” (Judas 24).   ¡A él sea dada toda la gloria, ahora y para siempre!

 

Analizar estos siete puntos puede ser un ejercicio interesante para los grupos de estudio de la Escuela Sabática.

 

 

(2)

 

¿CUÁNDO SERÁ EL FIN?

 

Como sabemos, esa fue la pregunta de los discípulos de Jesús.  También fue la pregunta de los judíos de los días de Daniel y de los años y siglos que siguieron.  Muchos creyentes se hicieron esa pregunta al menos una vez durante sus vidas.  Y posiblemente se la hace usted hoy, después de estudiar Daniel durante un trimestre.

 

Recuerdo a muchos hermanos y pastores adventistas, que hoy descansan en el sueño de la muerte, expresar cierta desilusión por el hecho que Cristo no vino en sus días.  No tenían dudas de que Cristo vendría durante su vida; las “señales” de descomposición moral de la sociedad, las guerras, las enfermedades, las catástrofes naturales, todo indicaba que Cristo no podía tardar más que unos pocos años.  Pero el Señor no vino.  Y aún, en 2004, no ha venido . . .

 

Elena de White dijo que después de 1844 Cristo podría venir en cualquier momento.  En 1883 escribió que el Señor ya habría podido venir, si el mundo hubiera estado listo (El evangelismo, p. 695).  Eso quiere decir que en esa fecha el Señor ya había terminado el “juicio de los vivos” en el Cielo, ¡hace 121 años!

 

Hay por lo menos dos cosas que podemos concluir a partir de esta realidad.  Primero, que Cristo y el tribunal celestial no necesitaban tanto tiempo para terminar el “juicio investigador”.  Segundo, que las fechas de la historia no son el elemento más importante para nuestra vida espiritual.  ¿Le resulta chocante esta declaración?  Veamos.

 

Cuando se trata del tema de las fechas proféticas, y de las predicciones proféticas en general, hay dos presuposiciones filosóficas básicas con las cuales podemos leer el texto bíblico.  Son las viejas ideas de Parménides y Heráclito, dos filósofos griegos presocráticos.  El primero de ellos postulaba que existe otro mundo fuera de nuestro universo; ese mundo es inmaterial, intemporal, estático, sin sucesos históricos.  La historia de nuestro mundo es sólo una ilusión, y todo lo que vemos ocurrir en ella es un reflejo imperfecto de la realidad de ese mundo metafísico.  Por el contrario, Heráclito creía que nuestro mundo no es una ilusión de los sentidos o de nuestra mente.  Nuestro mundo forma parte de la realidad, y la realidad no es estática sino dinámica; no es intemporal, ya que el tiempo pertenece a la esencia del ser.  La realidad es dinámica e histórica.  Por eso Heráclito decía que nunca podemos bañarnos dos veces en el mismo río, porque las aguas del río se mueven y nunca son las mismas, y porque nosotros tampoco somos exactamente los mismos.  Cambiamos todos los días.

 

La vida y la historia son dinámicas.  De ello da evidencia la Biblia.  La Palabra de Dios parece estar más cerca de Heráclito que de Parménides.  Dios propone una cosa y los seres creados podemos “llevarle la contra”.  Y Dios, que es soberano, decide enfrentar nuestras oposiciones mediante nuevas alternativas.  Y “cambia los tiempos y las edades”.  Y cambia las estrategias.  Del plan “A” pasa al plan “B”.  El plan “A” era salvar al mundo mediante la nación israelita; el plan “B” es salvarlo por medio de la iglesia.  Tanto la primera como la segunda (la nación israelita y la iglesia) hemos sido rebeldes, no hemos querido seguir los planes divinos tal como él los propuso.  Dios nos ha dado libertad y la respeta.  Incluso nos dio libertad para hacer el mal.

 

Por todo esto las profecías son condicionales.  Las profecías no cumplidas no son profecías que han fallado.  Se trata, más bien, de que los seres humanos no hicimos nuestra parte.  Porque somos libres.  Dios nos creó con libertad de decisión y acción.  Las profecías no son una visión previa de la historia, que es contemplada desde el otro mundo –el divino— como una realidad inmutable.  Las profecías son declaraciones del propósito divino, que se cumplirá tal como lo planteó si es que cooperamos.  Si no, Dios llevará a cabo sus propósitos de alguna otra manera.  Esta idea pone nerviosos, entre nosotros, a quienes tienen una mente “parmenidiana”.  A pesar de las muchas evidencias de la Historia de que hay profecías bíblicas que no se cumplieron, la mayor parte de nuestros teólogos –fieles discípulos de Parménides— dicen que las profecías son un fiel y detallado cuadro de la Historia vista con anticipación, como si ésta fuera estática e inmutable.  Al menos quieren que las profecías “apocalípticas” cumplan con esa presuposición.  Pero la Biblia no dice que las profecías apocalípticas (Daniel y el Apocalipsis de Juan) son diferentes a las demás profecías.  Esa es una conclusión humana, a mi juicio errónea.  Todas las profecías en las que interviene el factor humano están sujetas a condición, como lo revelan tanto la Historia bíblica como la Historia secular.  (Le ruego ver el ANEXO, al final de este artículo: El “Centro de Investigación Elena G. White”, un organismo oficial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, explica en forma muy clara y adecuada este tema).

 

Esto no debería provocarnos ansiedad.  Algunos de nuestros teólogos quieren calmar su ansiedad asegurando que la supuesta inmutabilidad de las profecías nos da certeza en cuanto al punto donde nos encontramos en la Historia.  Si no, se sienten tan perdidos como un turista en un “mega mall” (gran “shopping center”).  Otros, en cambio, confiamos en un Guía; Alguien que es suficientemente sabio para guiarnos por donde él crea que es mejor, sin que nos deba decir constantemente dónde estamos.  Si confiamos en el Guía Divino, no es imprescindible que tengamos un plan de viaje inmutable.

 

Esto hace que nos preguntemos: ¿Para qué, entonces, Dios nos da las profecías?  Su propósito e intención es permitirnos hacer elecciones sabias en el momento presente, indicando el resultado último de una elección correcta o una elección equivocada.  La profecía bíblica, incluida la profecía apocalíptica, es siempre flexible, a fin de permitir el libre ejercicio de la elección humana.  Es un anticipo de lo que puede ser, no de lo que será necesariamente.  Esto no quiere decir que el desenlace de la historia de la salvación sea incierto.  El desenlace o “fin de la historia” es el que hemos considerado al comienzo del comentario de hoy, e incluye la segunda venida de Cristo, el triunfo del bien sobre el mal, la justicia retributiva de Dios, la liberación de los oprimidos, la restauración de todas las cosas, la vida eterna, y el reino eterno entregado a los fieles.  Todo esto no es condicional; es cierto y seguro.  ¿Por qué?  Porque no depende de nosotros sino exclusivamente de Dios.  Y Dios es fiel y confiable.  De eso nos ha dado ya muchas evidencias.

 

La pregunta que nos planteamos al comienzo de esta sección es: ¿Cuándo será el fin?  Ningún ser humano puede darnos una respuesta cierta, ni aún los que confían en la lectura de las profecías como si fueran mapas inmutables.  No lo sabemos.  Es más, no tenemos cómo saberlo, porque Dios no lo ha revelado (Mat. 24:36), ni lo revelará (Mat. 24:42,44, Hech. 1:7).  Sólo podemos creer que está cercano.

 

 

(3)

 

NO OLVIDEMOS LO FUNDAMENTAL

 

Cuando Cristo habló de la fecha del fin y de la restauración de todas las cosas, señaló explícitamente que “no nos corresponde a nosotros saber los tiempos o las sazones”.  Simple: ¡No nos corresponde! 

 

¿Y qué es lo que sí nos toca o corresponde?  Lo dijo el Señor en esas mismas ocasiones: (1) Velar, o sea, estar despiertos.  (2) Estar preparados permanentemente, de modo que ese sea nuestro estilo habitual de vida.  (3) Cumplir con nuestros deberes cotidianos.  (4) No abusar de nuestros prójimos ni ser agresivos (ver Mat. 24:42-51).  ¿Algo más?  ¡Sí!  Ser testigos de Cristo en el mundo (Hech. 1:7-8).  No se trata de hablar acerca de Cristo, sino de ser testigos, es decir, de vivir una vida consecuente con nuestra profesión de fe.  Eso no significa que no vamos a equivocarnos nunca, sino que debemos perdonar al que yerra, y perdonarnos a nosotros mismos cuando fallamos.  Eso tampoco significa que no podemos tropezar y caer, sino que debemos permitir que el Señor nos levante, y ayudar a otros a levantarse cuando caen. 

 

El año pasado una hermana de la iglesia me dijo: “No sé cómo Ud. pudo caer”.  ¿Por qué puede caer un ser humano?  ¡Porque es débil y falible!  Dios nunca nos haría una pregunta tal.  De hecho, nunca lo encontramos haciendo esa pregunta en la Biblia.  Esa pregunta no habla de lo que le pasó al que cayó, sino de lo es el que pregunta.  Probablemente es una persona que no se perdona a sí misma por sus propias caídas.  Seguramente es una persona que no conoce al ser humano, que no se conoce a sí misma, y que no está dispuesta a ayudar al que ha caído.  Necesitamos cambiar esas cosas para ser testigos de Cristo.  Mejor dicho, necesitamos dejar que el Señor nos cambie.

 

La vida cristiana consiste en todas estas cosas, más que en manejar al dedillo las fechas proféticas.  Peor aún si las interpretaciones son tendenciosas, dogmáticas e interesadas en “llevar agua a nuestro molino” ideológico aún a costas de la Verdad. 

 

Hay muchísimos hermanos y hermanas de la iglesia que nunca han entendido bien los cálculos de los 2.300 años, ni de los 1.260, los 1.290 y los 1.335.  No son capaces de memorizar las fechas de inicio y término de esos periodos, ni de explicar cuál de los cuatro decretos corresponde al comienzo de las setenta semanas, ni por qué las setenta semanas deben comenzar junto con los 2.300 años.  Estos mismos hermanos probablemente no han entendido todas mis reflexiones de este trimestre, ni entienden cuál es la diferencia entre mis argumentos y los de la interpretación tradicional.  ¿Y si entendieran todo esto, de qué les serviría?  ¡Creo que no de mucho!  Total, 1844 ya quedó atrás y no hay más fechas proféticas para el futuro, según dice Elena de White.  Total, igual no sabemos cuándo va a venir Cristo.  ¡Total, igual son buenos cristianos (quizás mejores que nosotros los pastores y teólogos) y están siendo testigos de Cristo y del Evangelio! 

 

Y si nuestras vidas terminaran mañana o pasado, esto último es lo único que cuenta.  ¿Había pensado usted en eso?

 

Desgraciadamente hay muchos miembros de la iglesia que viven vidas sin sentido, a pesar de que conocen bien la doctrina.  Infelizmente, hay muchos que distan un mundo de tener el carácter compasivo y comprensivo de Cristo, a pesar de que podrían dibujar con los ojos cerrados el diagrama de los 2.300 años con todos sus vericuetos.  ¿No podríamos dejar de enfatizar nuestras ideas dogmáticas acerca de Daniel 7-12, y equilibrarlas con las enseñanzas de Daniel 1-6?  ¿Es muy difícil aprender la lección que a Nabucodonosor le costó vivir siete años como bestia?:  “Dios puede humillar a los que andan con soberbia” (Dan. 4:37).  Al “cuerno pequeño” y a todos sus imitadores les espera el juicio de Dios.  “Que en todo el dominio de mi reino todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel” (6:26).  Dios es “el que salva y libra” (Dan. 6:27).  Esto es lo fundamental.  No cambiemos el fundamento.  Lo demás podemos arreglarlo en el camino . . . 

 


 

 

ANEXO:

LAS PROFECÍAS CONDICIONALES

 

“Centro de Investigación Elena G. White”, Div. Interamericana

http://cwhite.um.edu.mx/preguntas%20y%20respuestas.html

 

Pregunta: Una evidencia de un verdadero profeta es que las predicciones que hace se cumplirán (Jer. 28:9). Elena White hizo muchas predicciones que nunca tuvieron lugar. ¿Indica esto que fue un falso profeta?

Respuesta: La cita de Jeremías 28 se relaciona con un falso profeta llamado Zedequías, quien predecía que los exiliados regresarían de Babilonia en un término no mayor a dos años (v. 3). Jeremías simplemente declara que sin la predicción de paz hecha por este hombre en particular se cumplía, entonces el pueblo debería considerarlo como un profeta enviado de Dios. Sin embargo, Jeremías 28 no dice que cada predicción hecha por un verdadero profeta se cumplirá. Si esto fuera así, entonces el profeta Jonás fue un falso profeta.

Debemos recordar la profecía puede ser condicional o incondicional.  El cumplimiento de una profecía condicional depende de la respuesta del pueblo a quien la profecía compete.  El principio de la profecía condicional se bosqueja en Jeremías 18: 7 - 10.  De este modo, el profeta Jonás es un ejemplo de alguien que hizo una predicción y que no se cumplió.  Las profecías incondicionales se cumplirán. Estas no dependen de la respuesta humana.  Las grandes periodos proféticos en años que se hallan en la Biblia y la Segunda Venida de Cristo, son ejemplos claros de profecías incondicionales.

Un ejemplo de una profecía condicional hecha por Elena White sería la predicción que hizo en Battle Creek el 27 de mayo de 1856. Allí ella dijo: "Se me mostró el grupo que estaba presente durante la sesión. Dijo el ángel: 'Algunos serán comida de gusanos; otros pasarán por las siete plagas; otros estarán vivos y serán trasladados sin ver muerte a la venida de Jesús' (1T 131, 132).

Obviamente, esta profecía no se cumplió. Sin embargo, hubiera podido cumplirse, pues en 1883 escribió: "Cristo pudo haber venido ya, y su pueblo ya hubiera recibido su galardón" (Ev. 695). La razón por la cual la profecía hecha en 1856 no se cumplió fue debido a la respuesta del pueblo a quien esta profecía fue dada. El pueblo de Dios no se preparó y por eso Jesús no vino.

 

 


Dr. Carlos Enrique Espinosa Cifuentes, Ph.D.

Doctor of Philosophy, Andrews University, 1988

carlosenriqueespinosa@yahoo.com.ar

www.enriqueespinosa.com
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Decano de Teología, Universidad Adventista de Chile (1994-1996)
Decano de Posgrado de Teología, U. Adventista del Plata, Argentina (1998-2001)
Decano de Teología, Adventist International Institute of Advanced Studies, AIIAS, Filipinas, (2002)
Profesor de Ciencias Sagradas, Instituto Superior “Populorum Progressio”, Argentina (2003)
Profesor Adjunto de Filosofía del Lenguaje, Universidad Nacional de Jujuy, Argentina (2003).

Profesor de Teología, Seminario Teológico Latinoamericano
Profesor de Filosofía, Seminario Mayor “Pbro. Pedro Ortiz de Zárate”, Argentina
Profesor de Lógica y Pensamiento Critico (E.M.D.E.I.)


 

El Doctor Carlos Enrique Espinosa, Ph. D., nos ha autorizado a publicar en nuestro

Centro de Escuela Sabática de Ministerios PM, sus comentarios

 

Nota Aclaratoria: A pesar de que el doctor Espinosa ya no es un pastor activo de la iglesia adventista, sus pensamientos y estudios teológicos expresados en Ministerios PM, a través de sus análisis de la lección de la escuela sabática, se ajusta a los principios teológicos expresados por nuestros pioneros adventistas y de la iglesia actual.  El doctor Espinosa sigue siendo un catedrático de filosofía y teología en la actualidad y miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, al cual es llama "Mi iglesia".  Si desea saber mas detalles acerca de la vida del doctor Espinosa, por favor diríjase personalmente a su e-mail arriba dado.  Las ideas expresadas por el doctor Espinosa no representan necesariamente el pensamiento de la junta de directores de Ministerios PM.  Ministerios PM se reserva el derecho de publicación.

 

 

 

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