|
(1)
EL FIN DE LA HISTORIA
La Biblia nos
presenta una “filosofía de la historia”. Esto
quiere decir que, desde el punto de vista
bíblico, la historia de la humanidad no es un
agregado de sucesos que ocurren al azar sino que
se dirigen hacia una meta o fin determinado.
Hay un desenlace del gran conflicto que
hemos visto bosquejado en las profecías de
Daniel. Hay un “fin” de la historia, tanto en
el sentido de “propósito” como de
“culminación”. Y como en la mayoría de las
historias para niños, es un final feliz. Sólo
que la Biblia no es ningún cuento de ficción.
Según el final del
libro de Daniel (cap. 12), el desenlace de la
historia del pecado en nuestro mundo incluye los
siguientes hechos:
(1)
El inicuo “llegará a su fin y no
tendrá quien le ayude” (Dan. 11:45).
Esto quiere decir que Dios pondrá las cosas en
su lugar. Este es el “juicio” de Dios, acerca
del cual el libro de Daniel nos ha dado varios
ejemplos dramáticos. El que actúa mal no puede
tener éxito permanentemente. Por más que el
hombre se esfuerce por construir imperios en
contra de las leyes de Dios, su cosecha final
sólo puede ser el fracaso.
(2)
El pueblo de
Dios “será libertado” (12:1).
Los que sufren persecución, abuso, opresión,
marginación, violencia, discriminación,
calumnias y toda clase de injusticia, serán
libertados. Esta es la otra cara del juicio de
Dios. En la Biblia, el juicio es una
intervención de Dios en favor de los que confían
en él. Por eso no debemos vengarnos nosotros.
(3)
Habrá
resurrección “para vida eterna” (12:2).
Esto significa
que el juicio de Dios tendrá un efecto
permanente. Darnos la vida eterna era el
objetivo inicial de Dios al crear a la especie
humana. Y devolver la vida a quienes la hemos
perdido por causa del pecado significa que Dios
puede reparar y restaurar todas las cosas. No
hay males irremediables para el Creador
Todopoderoso.
(4)
Otros
resucitarán “para vergüenza y confusión
perpetua” (12:2).
Quienes se ensalzan a sí mismos
serán humillados. Quienes persisten en el mal
con soberbia, deberán cosechar lo que
sembraron. Quienes se niegan a escuchar a Dios
y a aceptar el regalo de la salvación, deberán
asumir las consecuencias y reconocer con
vergüenza que hicieron una mala decisión. Aún
ellos reconocerán que Dios es justo.
(5)
Los que se
han esforzado por entender y enseñar la verdad
“resplandecerán” (12:3).
Hoy podemos nadar contra la corriente. Hoy
podemos estar entre las minorías de este mundo.
Hoy podemos ser acusados de herejes, o
fanáticos, o alteradores del orden, o
resentidos, o cualquier otro epíteto. Pero si
estamos tratando de entender, aceptar y enseñar
la verdad, Dios nos dará su gloria y
resplandeceremos con ella perpetuamente.
(6)
La “ciencia”
del conocimiento de la Palabra de Dios habrá ido
en aumento (12:4).
Hay sólo una manera como esto puede ser posible:
que estimemos nuestras maneras de entender la
Revelación como firmes pero siempre provisorias,
es decir, susceptibles de ser perfeccionadas a
medida que vamos descubriendo más, y entendiendo
mejor la Palabra.
(7)
“Muchos serán
limpios, emblanquecidos y purificados” (12:10).
Este es un
concepto básico del libro de Daniel. Somos
parte del templo de Dios porque él hace morada
en nosotros. La purificación del santuario
incluye nuestra propia purificación. Y nuestra
purificación no es tarea nuestra sino del Señor.
Cuando enseñamos que deberemos algún día estar
solos frente a la tentación y salir triunfantes
para que Dios pueda vencer finalmente al mal, le
estamos quitando a Cristo su exclusivo rol
expiatorio y sacerdotal y, además, estamos
usurpando a Dios una función que sólo Él es
capaz de realizar. Creo que esa enseñanza
es parte de la “abominación desoladora” que, en
la profecía de Daniel, caracteriza al “cuerno
pequeño”. Separados de Cristo nada
podemos hacer (Juan 15:5). Nunca podríamos
vencer las tentaciones estando solos, sin la
ayuda de Cristo. El Señor prometió estar con
nosotros todos los días hasta el fin del
mundo (Mat. 28:20). Cuando termine el
tiempo de gracia y Cristo deje de interceder por
el mundo, los redimidos tendrán el sello del
Espíritu Santo, que garantiza la presencia de
Dios con ellos y los protegerá del pecado. No
podemos mantenernos sin caída si estamos
desconectados de Dios. Sólo Dios “es capaz de
guardarnos sin caída y presentarnos sin mancha
delante de su propia gloria” (Judas 24). ¡A él
sea dada toda la gloria, ahora y para siempre!
Analizar estos siete puntos
puede ser un ejercicio interesante para los
grupos de estudio de la Escuela Sabática.
(2)
¿CUÁNDO SERÁ EL FIN?
Como sabemos, esa fue la
pregunta de los discípulos de Jesús. También
fue la pregunta de los judíos de los días de
Daniel y de los años y siglos que siguieron.
Muchos creyentes se hicieron esa pregunta al
menos una vez durante sus vidas. Y posiblemente
se la hace usted hoy, después de estudiar Daniel
durante un trimestre.
Recuerdo a muchos hermanos y
pastores adventistas, que hoy descansan en el
sueño de la muerte, expresar cierta desilusión
por el hecho que Cristo no vino en sus días. No
tenían dudas de que Cristo vendría durante su
vida; las “señales” de descomposición moral de
la sociedad, las guerras, las enfermedades, las
catástrofes naturales, todo indicaba que Cristo
no podía tardar más que unos pocos años.
Pero el Señor no vino. Y aún, en 2004, no
ha venido . . .
Elena de White dijo que después
de 1844 Cristo podría venir en cualquier
momento. En 1883 escribió que el Señor ya
habría podido venir, si el mundo hubiera estado
listo (El
evangelismo,
p. 695). Eso quiere
decir que en esa fecha el Señor ya había
terminado el “juicio de los vivos” en el
Cielo, ¡hace 121 años!
Hay por lo menos dos cosas que
podemos concluir a partir de esta realidad.
Primero, que Cristo y el tribunal celestial no
necesitaban tanto tiempo para terminar el
“juicio investigador”. Segundo, que las fechas
de la historia no son el elemento más importante
para nuestra vida espiritual. ¿Le resulta
chocante esta declaración? Veamos.
Cuando se trata del tema de las
fechas proféticas, y de las predicciones
proféticas en general, hay dos presuposiciones
filosóficas básicas con las cuales podemos leer
el texto bíblico. Son las viejas ideas de
Parménides y Heráclito, dos filósofos griegos
presocráticos. El primero de ellos postulaba
que existe otro mundo fuera de nuestro universo;
ese mundo es inmaterial, intemporal, estático,
sin sucesos históricos. La historia de nuestro
mundo es sólo una ilusión, y todo lo que vemos
ocurrir en ella es un reflejo imperfecto de la
realidad de ese mundo metafísico. Por el
contrario, Heráclito creía que nuestro mundo no
es una ilusión de los sentidos o de nuestra
mente. Nuestro mundo forma parte de la
realidad, y la realidad no es estática sino
dinámica; no es intemporal, ya que el tiempo
pertenece a la esencia del ser. La realidad
es dinámica e histórica. Por eso Heráclito
decía que nunca podemos bañarnos dos veces en el
mismo río, porque las aguas del río se mueven y
nunca son las mismas, y porque nosotros tampoco
somos exactamente los mismos. Cambiamos todos
los días.
La vida y la historia son
dinámicas. De ello
da evidencia la Biblia. La Palabra de Dios
parece estar más cerca de Heráclito que de
Parménides. Dios propone una cosa y los seres
creados podemos “llevarle la contra”. Y Dios,
que es soberano, decide enfrentar nuestras
oposiciones mediante nuevas alternativas. Y
“cambia los tiempos y las edades”. Y cambia las
estrategias. Del plan “A” pasa al plan “B”. El
plan “A” era salvar al mundo mediante la nación
israelita; el plan “B” es salvarlo por medio de
la iglesia. Tanto la primera como la segunda
(la nación israelita y la iglesia) hemos sido
rebeldes, no hemos querido seguir los planes
divinos tal como él los propuso. Dios nos ha
dado libertad y la respeta. Incluso nos dio
libertad para hacer el mal.
Por todo esto las profecías
son condicionales. Las profecías no
cumplidas no son profecías que han fallado. Se
trata, más bien, de que los seres humanos no
hicimos nuestra parte. Porque somos libres.
Dios nos creó con libertad de decisión y
acción. Las profecías no son una visión previa
de la historia, que es contemplada desde el otro
mundo –el divino— como una realidad inmutable.
Las profecías son declaraciones del propósito
divino, que se cumplirá tal como lo planteó si
es que cooperamos. Si no, Dios llevará a cabo
sus propósitos de alguna otra manera. Esta idea
pone nerviosos, entre nosotros, a quienes tienen
una mente “parmenidiana”. A pesar de las muchas
evidencias de la Historia de que hay profecías
bíblicas que no se cumplieron, la mayor parte de
nuestros teólogos –fieles discípulos de
Parménides— dicen que las profecías son un fiel
y detallado cuadro de la Historia vista con
anticipación, como si ésta fuera estática e
inmutable. Al menos quieren que las profecías
“apocalípticas” cumplan con esa presuposición.
Pero la Biblia no dice que las profecías
apocalípticas (Daniel y el Apocalipsis de Juan)
son diferentes a las demás profecías. Esa es
una conclusión humana, a mi juicio errónea.
Todas las profecías en las que interviene el
factor humano están sujetas a condición, como lo
revelan tanto la Historia bíblica como la
Historia secular. (Le ruego ver el ANEXO,
al final de este artículo: El “Centro de
Investigación Elena G. White”, un organismo
oficial de la Iglesia Adventista del Séptimo
Día, explica en forma muy clara y adecuada este
tema).
Esto no debería provocarnos
ansiedad. Algunos de nuestros teólogos quieren
calmar su ansiedad asegurando que la supuesta
inmutabilidad de las profecías nos da certeza en
cuanto al punto donde nos encontramos en la
Historia. Si no, se sienten tan perdidos como
un turista en un “mega mall” (gran “shopping
center”). Otros, en cambio, confiamos en un
Guía; Alguien que es suficientemente sabio para
guiarnos por donde él crea que es mejor, sin que
nos deba decir constantemente dónde estamos. Si
confiamos en el Guía Divino, no es
imprescindible que tengamos un plan de viaje
inmutable.
Esto hace que nos preguntemos:
¿Para qué, entonces, Dios nos da las profecías?
Su propósito e intención es permitirnos hacer
elecciones sabias en el momento presente,
indicando el resultado último de una elección
correcta o una elección equivocada. La profecía
bíblica, incluida la profecía apocalíptica, es
siempre flexible, a fin de permitir el libre
ejercicio de la elección humana.
Es un anticipo de
lo que puede ser, no de lo que será
necesariamente. Esto no quiere decir que el
desenlace de la historia de la salvación sea
incierto. El desenlace o “fin de la
historia” es el que hemos considerado al
comienzo del comentario de hoy, e incluye la
segunda venida de Cristo, el triunfo del bien
sobre el mal, la justicia retributiva de Dios,
la liberación de los oprimidos, la restauración
de todas las cosas, la vida eterna, y el reino
eterno entregado a los fieles. Todo esto no
es condicional; es cierto y seguro. ¿Por
qué? Porque no depende de nosotros sino
exclusivamente de Dios. Y Dios es fiel y
confiable. De eso nos ha dado ya muchas
evidencias.
La pregunta que nos planteamos
al comienzo de esta sección es: ¿Cuándo será el
fin? Ningún ser humano puede darnos una
respuesta cierta, ni aún los que confían en la
lectura de las profecías como si fueran mapas
inmutables. No lo sabemos. Es más, no tenemos
cómo saberlo, porque Dios no lo ha revelado
(Mat. 24:36), ni lo revelará (Mat.
24:42,44, Hech. 1:7). Sólo podemos creer que
está cercano.
(3)
NO OLVIDEMOS LO FUNDAMENTAL
Cuando Cristo habló de la fecha
del fin y de la restauración de todas las cosas,
señaló explícitamente que “no nos corresponde a
nosotros saber los tiempos o las sazones”.
Simple: ¡No nos corresponde!
¿Y qué es lo que sí nos toca o
corresponde? Lo dijo el Señor en esas mismas
ocasiones: (1) Velar, o sea, estar despiertos.
(2) Estar preparados permanentemente, de modo
que ese sea nuestro estilo habitual de vida.
(3) Cumplir con nuestros deberes cotidianos.
(4) No abusar de nuestros prójimos ni ser
agresivos (ver Mat. 24:42-51). ¿Algo más?
¡Sí! Ser testigos de Cristo en el mundo (Hech.
1:7-8). No se trata de hablar acerca de Cristo,
sino de ser testigos, es decir, de
vivir una vida consecuente con nuestra profesión
de fe. Eso no significa que no vamos a
equivocarnos nunca, sino que debemos perdonar al
que yerra, y perdonarnos a nosotros mismos
cuando fallamos. Eso tampoco significa que no
podemos tropezar y caer, sino que debemos
permitir que el Señor nos levante, y ayudar a
otros a levantarse cuando caen.
El año pasado una hermana de la
iglesia me dijo: “No sé cómo Ud. pudo caer”.
¿Por qué puede caer un ser humano? ¡Porque es
débil y falible! Dios nunca nos haría una
pregunta tal. De hecho, nunca lo encontramos
haciendo esa pregunta en la Biblia. Esa
pregunta no habla de lo que le pasó al que cayó,
sino de lo es el que pregunta.
Probablemente es una persona que no se perdona a
sí misma por sus propias caídas. Seguramente es
una persona que no conoce al ser humano, que no
se conoce a sí misma, y que no está dispuesta a
ayudar al que ha caído. Necesitamos cambiar
esas cosas para ser testigos de Cristo.
Mejor dicho, necesitamos dejar que el Señor nos
cambie.
La vida cristiana consiste en
todas estas cosas, más que en manejar al dedillo
las fechas proféticas. Peor aún si las
interpretaciones son tendenciosas, dogmáticas e
interesadas en “llevar agua a nuestro molino”
ideológico aún a costas de la Verdad.
Hay muchísimos hermanos y
hermanas de la iglesia que nunca han entendido
bien los cálculos de los 2.300 años, ni de los
1.260, los 1.290 y los 1.335. No son capaces de
memorizar las fechas de inicio y término de esos
periodos, ni de explicar cuál de los cuatro
decretos corresponde al comienzo de las setenta
semanas, ni por qué las setenta semanas deben
comenzar junto con los 2.300 años. Estos
mismos hermanos probablemente no han entendido
todas mis reflexiones de este trimestre, ni
entienden cuál es la diferencia entre mis
argumentos y los de la interpretación
tradicional. ¿Y si entendieran
todo esto, de qué les serviría? ¡Creo que no de
mucho! Total, 1844 ya quedó atrás y no hay más
fechas proféticas para el futuro, según dice
Elena de White. Total, igual no sabemos cuándo
va a venir Cristo. ¡Total, igual son buenos
cristianos (quizás mejores que nosotros los
pastores y teólogos) y están siendo testigos de
Cristo y del Evangelio!
Y si nuestras vidas terminaran
mañana o pasado, esto último es lo único que
cuenta. ¿Había pensado usted en eso?
Desgraciadamente hay muchos
miembros de la iglesia que viven vidas sin
sentido, a pesar de que conocen bien la
doctrina. Infelizmente, hay muchos que distan
un mundo de tener el carácter compasivo y
comprensivo de Cristo, a pesar de que podrían
dibujar con los ojos cerrados el diagrama de los
2.300 años con todos sus vericuetos. ¿No
podríamos dejar de enfatizar nuestras ideas
dogmáticas acerca de Daniel 7-12, y
equilibrarlas con las enseñanzas de Daniel 1-6?
¿Es muy difícil aprender la lección que a
Nabucodonosor le costó vivir siete años como
bestia?: “Dios puede humillar a los que andan
con soberbia” (Dan. 4:37). Al “cuerno pequeño”
y a todos sus imitadores les espera el juicio de
Dios. “Que en todo el dominio de mi reino todos
teman y tiemblen ante la presencia del Dios de
Daniel” (6:26). Dios es “el que salva y libra”
(Dan. 6:27). Esto es lo fundamental. No
cambiemos el fundamento. Lo demás podemos
arreglarlo en el camino . . .
ANEXO:
LAS
PROFECÍAS CONDICIONALES
“Centro de Investigación
Elena G. White”, Div. Interamericana
http://cwhite.um.edu.mx/preguntas%20y%20respuestas.html
Pregunta:
Una evidencia de un verdadero profeta es que las
predicciones que hace se cumplirán (Jer. 28:9).
Elena White hizo muchas predicciones que nunca
tuvieron lugar. ¿Indica esto que fue un falso
profeta?
Respuesta:
La cita de Jeremías 28 se relaciona con un falso
profeta llamado Zedequías, quien predecía que
los exiliados regresarían de Babilonia en un
término no mayor a dos años (v. 3). Jeremías
simplemente declara que sin la predicción de paz
hecha por este hombre en particular se cumplía,
entonces el pueblo debería considerarlo como un
profeta enviado de Dios. Sin embargo, Jeremías
28 no dice que cada predicción hecha por un
verdadero profeta se cumplirá. Si esto fuera
así, entonces el profeta Jonás fue un falso
profeta.
Debemos recordar la profecía
puede ser condicional o incondicional. El
cumplimiento de una profecía condicional depende
de la respuesta del pueblo a quien la profecía
compete. El principio de la profecía
condicional se bosqueja en Jeremías 18: 7 - 10.
De este modo, el profeta Jonás es un ejemplo de
alguien que hizo una predicción y que no se
cumplió. Las profecías incondicionales se
cumplirán. Estas no dependen de la respuesta
humana. Las grandes periodos proféticos en
años que se hallan en la Biblia y la Segunda
Venida de Cristo, son ejemplos claros de
profecías incondicionales.
Un ejemplo de una profecía
condicional hecha por Elena White sería la
predicción que hizo en Battle Creek el 27 de
mayo de 1856. Allí ella dijo: "Se me mostró
el grupo que estaba presente durante la sesión.
Dijo el ángel: 'Algunos serán comida de gusanos;
otros pasarán por las siete plagas; otros
estarán vivos y serán trasladados sin ver muerte
a la venida de Jesús' (1T 131, 132).
Obviamente, esta profecía no se
cumplió. Sin embargo, hubiera podido cumplirse,
pues en 1883 escribió: "Cristo pudo haber
venido ya, y su pueblo ya hubiera recibido su
galardón" (Ev. 695). La razón por la cual la
profecía hecha en 1856 no se cumplió fue debido
a la respuesta del pueblo a quien esta profecía
fue dada. El pueblo de Dios no se preparó y por
eso Jesús no vino.
|