

Para el 25 de Diciembre del 2004
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En una serie de conferencias que preparé en Power Point con diez temas que expongo en una semana (dos cada sábado ya que incluye las dos predicaciones de la mañana), decidí comenzar el primero con el título: ¿Cómo sabemos que vivimos en “el tiempo del fin”? Es genuino hacerse tal pregunta porque los discípulos se la hicieron al Señor (Mat 24:3). Volvieron a preguntarle algo parecido cuando ascendió a los cielos (Hech 1:6). En respuesta el Señor les dio varias señales que se darían en el cielo y en la tierra, lo que fue complementando posteriormente con más señales mediante el testimonio de los apóstoles. También les advirtió que Dios no les había revelado a ellos el momento exacto en que volvería por ellos (Mat 24:36; Hech 1:7). El apóstol Pablo tampoco tuvo en claro cuándo se daría ese “tiempo del fin” que precede a la venida del Señor, ya que pensó al comienzo de su ministerio que el Señor vendría en sus días (1 Tes 4:15,17). Posteriormente Dios le reveló que esa venida tardaría más tiempo, en una clara proyección que muestra que el apóstol estaba prestando atención a las profecías de Daniel. Ese día final no tendría lugar—conforme a lo que Dios le reveló a Daniel—antes que se manifestase “el hombre de pecado”, “el hijo de perdición”, más definidamente según lo podemos ver confirmado en la historia, el papado romano, la apostasía medieval (2 Tes 2:1-13). Con tal comprensión posterior, el apóstol trató de corregir las falsas expectativas que se habían creado en la iglesia de Tesalónica y en otros lugares del cristianismo. Al ver cómo se incrementaba la apostasía con falsos pastores que no perdonaban el rebaño, el apóstol Juan creyó también, antes de recibir la revelación del Apocalipsis, que vivían el en tiempo final (1 Jn 2:18). En un sentido tenían razón tanto él como todos los apóstoles que esperaban al principio, que el Señor viniese en sus días. Porque la era en que estaban viviendo era la era de los cumplimientos, no más de las sombras y prefiguraciones del Antiguo Testamento. En otras palabras, vivían en el primer siglo en la época en que ya no había más rituales de sacrificios ni sacerdotes que ministrasen esos rituales, sino en la época en que se había manifestado la esperanza de todos los siglos, la venida del Señor. Pero tal época iba a tener, según las profecías de Daniel y del Apocalipsis, una parte final que Daniel calificó por inspiración divina de “tiempo del fin”.
Lo que debía ocurrir en el “tiempo del fin” ¿Qué debía ocurrir durante todo ese “tiempo del fin”? A Daniel Dios le dijo que en ese tiempo el santuario del príncipe celestial sería purificado o vindicado mediante una obra de juicio final, y como consecuencia de tal obra celestial los santos recibirían el reino y Daniel mismo se levantaría con ellos, para recibir junto con ellos la herencia prometida (Dan 7:9-10,13-14,22,26-27; 8:14,17,19; 12:2-3,13). La opresión del anticristo sería revertida para permitir que muchos se afanasen (corriendo de aquí para allá), buscando entender las señales relativas a ese “tiempo del fin”. La ciencia aumentaría sin las trabas medievales a tal punto que los que quisiesen podrían entender lo que aún Daniel no pudo entender y debió guardar hasta esa época final (Dan 12:4; Apoc 10:7). Jesús anticipó además, que en ese tiempo habría un incremento de “guerras y rumores de guerras” sin que necesariamente se diese ya el fin mismo (Mat 24:6-8). En armonía con tal aviso, el Señor le reveló más tarde a Juan que tales vientos tempestuosos que se producen por el deseo de obtener la primacía o dominio mundial (véase Dan 7:1-8), serían retenidos para que no se destruyese el mundo antes que fuesen sellados los siervos de Dios en sus frentes (Apoc 7:1-4). En otras palabras, las fuerzas antagónicas que lucharían por el predominio mundial no podrían prevalecer hasta que el remanente final que Dios levantaría en el fin concluyese su obra de advertir al mundo entero que su destino llegaba a su final, y que debía prepararse para encontrarse con el Señor de esta creación (Mat 24:14; Apoc 10:7; 14:6-12) ¡Sí, habría un incremento en la violencia, corrupción moral y maldad de la gente, de tal manera que el amor de muchos se desvanecería! (Mat 24:12,37 [cf. Gén 6:11]; 2 Tim 3:1ss; Apoc 18:2-3: globalización de la corrupción). El mundo conocería una globalización tal de terrorismo que sus habitantes desfallecerían “en angustia, perplejos” “por el temor de lo que vendrá sobre la tierra” (Luc 21:25-26,34). Y por si fuera poco, las tempestades que hoy se sabe se vuelven más destructivas por el aumento del calor se intensificarían aumentando el pavor de las multitudes (Luc 21:25-26). A esto se sumarían los terremotos y las pestes que hoy conocemos como el SIDA y otras más que se vuelven cada vez más letales debido al debilitamiento del sistema inmunológico natural que Dios puso en el hombre (Mat 24:7). ¡Qué no decir de la proliferación tan marcada que vemos, conforme a lo anunciado, del engaño en materia religiosa! Las señales del fin retoman cuadros que siempre se vivieron en la historia de la humanidad, pero que adquieren en la parte final un carácter global. El engaño sería de tal naturaleza y magnitud que confundiría, si fuera posible, aún a los mismos escogidos (Mat 24:4-5,11,23-27; 2 Tes 2:9-12; 1 Tim 4:1-2; Apoc 13:13-14; 16:13-14). Tanto engaño se vería acompañado, al mismo tiempo, de un incremento en el escepticismo que hoy vemos caracterizado en el hombre moderno. Se manifestaría, en efecto, un espíritu de burla científico que procuraría negar el catastrofismo para reemplazarlo por la convicción de una lenta y monótona evolución de los elementos de la naturaleza hasta nuestros días. Al procurar negar el primero de los dos grandes macrocosmos de destrucción de nuestro planeta, el causado por el agua, intentarían tales burladores que pululan en todos los centros universitarios y científicos del mundo, evitar tener que pensar en ser confrontados con el siguiente macrocosmos que será por fuego en el día del Señor (2 Ped 3:3-12).
Cómo sabemos que ésta es la época Marción creía en el S. II que el fin llegaría en sus días. Cuando llegaba el fin del primer milenio cristiano hubo también quienes anticiparon el fin para esa época. Algo semejante vivimos todos al concluir el segundo milenio cristiano. A diferencia de ellos, Lutero y la mayoría de los reformadores protestantes del S. XVI sabían que el fin no llegaría en sus días. ¿Cómo podemos saber nosotros que vivimos en esa época anticipada con tanto tiempo por Daniel y ampliada en lo que se referiría a señales tanto por el Señor como por los demás apóstoles? Marcando el inicio del “tiempo del fin” se daría la expiración de la “gran tribulación” medieval en medio de las señales estelares que se cumplieron, conforme a lo anunciado, entre fines del S. XVIII y comienzos del XIX (Mat 24:29; cf. v. 21-22; Apoc 6:12-13; cf. v. 9-11). Las profecías fechadas de Daniel acerca del quitamiento del “continuo” ministerio intercesor de Cristo en el santuario celestial por un poder que pondría en su lugar “la abominación desoladora”, debían expirar para esa época (Dan 12:11). Luego de la última fecha profética que determinaba la ocasión en que debía comenzar la purificación del santuario celestial mediante el juicio final, no habría más datos computables de tiempo profético (Dan 8:14; véase Apoc 10:6). Estas fechas ya consideradas en lecciones anteriores, llegan respectívamente a 1798 y a 1844. El “tiempo del fin”, en cambio, no tendría un tiempo definido cronométricamente de cumplimiento. [Los que buscan un cumplimiento literal de las profecías fechadas de Daniel para el futuro desprecian el testimonio de Apoc 10:6 y del Espíritu de Profecía, por lo cual no les dedicaremos tiempo aquí. Una excepción. Digamos aquí que la palabra “continuo” nunca se refirió en la Biblia al sábado como institución recordatoria de la Creación. Su conexión con el mantenimiento de los panes de la presencia tenía que ver con el ritual del santuario terrenal que fue quitado por Cristo en la cruz, y no por el papado romano (Col 2:14-17). En otras palabras, el sábado no era el “continuo” sino el ministerio simbólico que se le agregó relacionado con todos los demás ritos terrenales el ritual terrenal (2 Crón 2:4)]. Otro aspecto que nos permite saber que vivimos en la época del fin tiene que ver con el carácter universal de las señales que, en varios respectos, fueron anticipadas por microcosmos locales, regionales o nacionales. Ahora tendrían una dimensión macrocósmica o universal. El más clásico es el ejemplo de Jesús quien habló del fin del mundo poniendo como figura o ejemplo lo que ocurriría con la antigua ciudad de Jerusalén (Mat 24). En esto no hizo otra cosa que repetir el principio seguido por los profetas del pasado que pusieron la destrucción de las ciudades antiguas como ilustración para describir la destrucción del mundo entero.
Globalización de la economía y acumulación de riquezas A la globalización del engaño religioso y a la globalización de la corrupción moral y espiritual, las acompañaría la globalización político-económica. El mismo poder, los EE.UU. de Norteamérica (no como “tierra gloriosa” sino como bestia engañadora porque se asemeja a un cordero pero habla como dragón), haría en un contexto global que la tierra entera adore al anticristo romano (Apoc 13:11-12; cf. v. 3-4), e impondría un boicot económico sobre toda la tierra de tal manera que nadie pudiese compran ni vender a menos que tuviese la marca del anticristo (Apoc 13:16-17). En conjunción con esta visión apocalíptica, el apóstol Santiago advirtió que la acumulación de riquezas “para los últimos días” que ahora ostentan un grupo reducido de personas y empresas llamadas “megacorporaciones”, precederían a la venida del Señor y descuidaría a los humildes de la tierra (San 5:1-7). Esto no tendría lugar antes que pudiese superarse la era conocida como “bilateralismo” que tuvo al mundo dividido en dos: comunismo ateo y capitalismo occidental. No fue antes que cayesen las murallas de Berlín que comenzó a hablarse de globalismo no sólamente político y económico, sino también religioso y militar (véase Apoc 16:13-14; 19:19). La tal globalización se vería enmarcada por la unión de todas las fuerzas político-religioso-económicas de la tierra (Apoc 16:13-14; 17:12-13; 19:19), algo que no necesitamos ya demostrar más.
Las fuerzas retenidas en jaque hasta que se complete el sellamiento Fue justamente Daniel quien anticipó, por revelación divina, que el “tiempo del fin” se vería enmarcado por un bilateralismo tal en todos los órdenes, tal como se pudo percibir durante prácticamente todo el S. XX. Una comparación de las proyecciones geográficas dadas por el antiguo profeta y tales proyecciones ampliadas y vistas en su dimensión simbólica del Apocalipsis, ayudan a determinar el cuadro proyectado por Daniel. Nos encontramos, nada menos que en la parte final del “tiempo del fin”, cuando la contención de los vientos (Apoc 7:1-3) que Daniel proyecta más definidamente como siguiendo una trayectoria norte-sur, se termina por una victoria aplastante de las fuerzas del norte (Dan 11:40-45). El rey del norte del “tiempo del fin” es, según los días de Daniel y para el final también en forma espiritual según el Apocalipsis, Babilonia o la Roma pagano-religiosa de los últimos días. El rey del sur también aparece en el Apocalipsis como surgiendo tan repentinamente como en Dan 11:40. En ambos casos está proyectado para el “tiempo del fin”, es decir, para después de los 1260 días o 42 meses o “tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo” (Apoc 11:2-3,7-8). Una batalla literal que los dos profetas apocalípticos proyectarían para el fin de manera simbólica se dio en los días de Jeremías, contemporáneo de Daniel, con la victoria avasallante del rey del norte, Babilonia (Jer 46). La Babilonia de los últimos días comprende a todos los poderes religiosos que se alían con el papado romano (Apoc 17:5), y su corrupción moral y espiritual se extiende a toda la tierra (Apoc 18:2-3). En su carrera vertiginosa y aplastante final sobre los poderes ateos o seculares el rey del norte recibe nuevas de un norte más lejano y del oriente que lo espantan. Son las nuevas de los “reyes del oriente” (Apoc 16:12), Cristo y sus ángeles (Mal 4:2; Mat 24:27; Luc 1:78; 1 Ped 1:19; Apoc 7:2; 22:16), que como los medos (norte: Jer 50:3) y persas en la antigüedad (oriente: Isa 46:11; cf. 45:1), vienen a liberar a su pueblo de la opresión babilónica. Así como los perros se vuelve peligrosos cuando se asustan, la ira del rey del norte se manifestaría contra todos los que proclamasen esas “buenas nuevas” de liberación para el pueblo de Dios (Dan 11:44; Apoc 13:15; véase bajo ira 11:18; 12:17). Ese mensaje “solo desesperará a los que se le opongan” (CS, *). No podrá soportar el mensaje de los tres ángeles que anuncia la caída de Babilonia (Apoc 14:8; 18:1-5). Por consiguiente, procurará establecerse al final sobre “el monte glorioso y santo” (Dan 11:44) o “tierra hermosa” (v. 41).
Ese monte es el de Sión, sobre el cual habitaba el pueblo de Israel en la antigüedad, y sobre el cual estarán los 144.000 de todas las tribus de Israel. El Apocalipsis los muestra de pie sobre el monte Sión (Apoc 14:1). Para entonces no se tratará ya de peregrinar a la Meca (musulmanes), a Roma (católicos), a las pirámides de Egipto para reencarnarse con los faraones (Nueva Era), a la vieja Jerusalén (judíos ortodoxos), ni a USA (tantos perseguidos en el mundo que buscan prosperidad económica y libertad). Se trata de la Jerusalén celestial (Apoc 21-22; cf. Heb 12:22). Los 144.000 están espiritualmente allí (Ef 2:6), y estarán literalmente en ese monte junto con su Rey, luego que éste los libere de los poderes apóstatas de los últimos días para llevarlos a la patria celestial (Heb 11:13-16; Apoc 7:9-17; 22:3-4). También buscarán refugio en ese monte aquellos que escaparán al avance del rey del norte, Edom, Moab y los hijos de Amón (Dan 11:41). Esos tres pueblos estuvieron emparentados con los israelitas. Edom fue hermano de Jacob (Israel); Moab y Amón fueron los hijos de Lot, sobrino de Abraham. Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron que un remanente de ellos se salvaría, algo que retoma aquí Daniel. ¿Quiénes son nuestros parientes hoy, los del remanente final de Dios, los de los 144.000 israelitas espirituales? Todos los que salieron en un principio también de Babilonia, pero que ahora deben desprenderse de las iglesias a las que pertenecen porque se unen con la Iglesia Católica Romana. No corresponde aquí llenar páginas y páginas que relaten lo que está sucediendo en la actualidad en cumplimiento aún inicial de lo que se nos anticipó. “Estandarte tras estandarte quedaba arrastrando en el polvo, mientras que una compañía tras otra del ejército del Señor se unía al enemigo, y tribu tras tribu de las filas del enemigo se unía con el pueblo de Dios observador de los mandamientos” (JT, III, 224). “A pesar de los poderes coligados contra la verdad, un sinnúmero de personas se alistará en las filas del Señor” (CS, 670).
Mi mayor anhelo Es de ver a mi familia entre aquellos que triunfarán sobre las potestades mancomunadas del fin, y se encontrarán sobre el monte Sión junto con todos los redimidos de la última generación, los 144.000. Es el de poder ver levantarse a tantos mártires de Jesús que sufrieron “por causa de la Palabra de Dios y el testimonio de Jesús” (Dan 12:2), y fueron “limpiados, emblanquecidos y purificados” de toda escoria mundanal en el crisol de la prueba, reflejando la brillantez del oro puro que hermosea la ciudad de Dios (Dan 12:10; cf. 11:35). Ver a tantos hombres que sufrieron la infamia, calumnia y persecución aún de entre su mismo pueblo, encontrarse ahora vindicados y honrados al más alto grado por la corte celestial por su fidelidad en proclamar el mensaje de reprensión que Dios les dio, será uno de los goces más grandiosos de los redimidos (Apoc 20:4; véase Dan 11:32). Valdenses, Amigos de Dios despectivamente llamados cátaros, protestantes, adventistas de todos los rincones de la tierra en la época del fin, a quienes Dios llamó para instruir al pueblo en medio de la amenaza de la espada, el fuego y la cautividad (Dan 11:33), ¡lo que será verlos resplandeciendo “como el fulgor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad”, todo al concluir “el tiempo del fin”! (Dan 12:3-4). Poder conversar aún con los grandes hombres de Dios como Daniel que se levantarán también para recibir su herencia; compartir nuestro testimonio con ellos por mil años, más aún, por millones y millones y millones de años en un tiempo que no se contará más por sus alcances infinitos. ¿Qué más anhelar? ¿Qué más pedir? Velemos y oremos, porque nuestra redención está cerca.
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El Dr. Albert Treiyer ha autorizado al Doctor Martínez a publicar sus comentarios en nuestro Centro Internacional de Escuela Sabática de Ministerios PM,
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