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Jesús y nuestro futuro

 

 
 

Para el 27 de Septiembre del 2003

 

Material Auxiliar

Texto clave: Hebreos 13:8; 2 Pedro 3:10-13

 

Objetivos para el maestro

 

1. Explorar por qué el autor de Hebreos pensaba que estaba viviendo en los últimos días.

2. Comparar la salvación como una realidad presente, versus una esperanza futura.

3. Definir de qué modo el Santuario está ligado con la segunda venida de Cristo.

 

Bosquejo de la lección

 

I. El tiempo del fin.


A. El ministerio de Jesús creó una nueva era.
B. Lo viejo fue desplazado y surgieron nuevas oportunidades.
C. Somos salvados, pero esta no es la realización final de nuestra salvación.

 

II. Mantengamos la perspectiva.


A. La Biblia fue escrita por autores humanos, pero es la Palabra de Dios.
B. Hay una Deidad, pero hay tres en la Trinidad, y todos son llamados Dios.
C. Somos salvos por la fe, pero juzgados por nuestras obras.

 

III. Qué nos depara el futuro.


A. Esperamos la segunda venida de Cristo.
B. Nos resulta preciosa la promesa de la resurrección de los muertos.
C. Cristo ejecutará el juicio final y dará las recompensas.

 

Resumen

 

Dios ha invertido mucho en nosotros, y nos pide que tomemos una parte activa en nuestro futuro, invirtiendo nuestra fe en El. Quiere que sigamos creciendo y avanzando al ayudar a los que nos rodean. Porque sólo viviendo una vida que lo refleje a Él podemos atraer a otros para recibir la salvación que nos ofrece a todos.

 

COMENTARIO

 

Al llegar al final de estas lecciones, es adecuado hablar acerca de la segunda venida de Cristo, expresada aquí en la fe de aquellos que aguardaron la esperanza ofrecida en la promesa de su venida: Abrahán, Isaac y Jacob.

 

Estas vidas fueron reguladas por la firme convicción de que Dios cumpliría las promesas que les dio y, al enfrentar la muerte, siguieron mirando hacia delante (al futuro), al cumplimiento de esas promesas, como es evidente por las palabras con las que Isaac y Jacob otorgaron su bendición final a sus hijos y nietos.
 

Abrahán, Isaac y Jacob vivieron básicamente como peregrinos y extranjeros sobre la tierra, en un sentido que es inaplicable a los israelitas de generaciones posteriores después de su establecimiento en Canaán. Para Abrahán, Isaac y Jacob, Canaán permaneció en el futuro, una tierra prometida para el final de sus vidas; entretanto, sus descendientes vieron el cumplimiento de lo que les había sido prometido a los patriarcas. Pero para estos, la promesa era segura, porque era una promesa de Dios, y arriesgaron todo sobre la base de esta certeza.
 

La promesa futura dada a estos hombres del Antiguo Testamento es la promesa dada también a los de la era nueva, la Era Cristiana. Hebreos 11:16 presenta, así como en Hebreos 13:14, la idea de una ciudad, una ciudad prometida a los que creyeran en ella. Pablo explica claramente en esos versículos que su verdadero hogar no estaba sobre la Tierra, sino que era una ciudad mejor a la que habían dedicados sus corazones; es decir, la ciudad celestial. La Canaán terrenal y la Jerusalén terrenal eran lecciones objetivas temporarias que señalaban al descanso eterno de los santos, la ciudad de Dios con su buen fundamento.
 

El ejemplo de los patriarcas estaba destinado a guiar a los lectores de la carta a los Hebreos a un verdadero sentido de los valores. En 1 Pedro 2:11 se menciona que debían vivir en este mundo como extranjeros y peregrinos, y como los filipenses a quienes Pablo escribió, su “ciudadanía” estaba en los cielos (Filipenses 3:10). Esta idea demostró ser demasiado elevada para muchos cristianos a loa largo de diferentes siglos de nuestra era.
 

No obstante, los patriarcas que creyeron más fielmente en la promesa de una ciudad celestial futura fueron prácticos; no estuvieron demasiado centrados en el cielo como para ser útiles sobre la Tierra. Los tres patriarcas mencionados arriba no estuvieron libres de faltas, pero Dios no se avergüenza de llamarse el Dios de ellos, porque ellos le tomaron la palabra al pie de la letra.
 

Colmo exiliados, buscaron una patria. Si hubiesen pensado en la tierra de la que salieron, tuvieron amplia oportunidad de regresar a ella, pero retroceder hubiera sido una inversión de l principio de la fe y dar las espaldas a l esperanza que se había puesto delante de ellos.
 

Por su paciente perseverancia en medio de toda clase de adversidades, dejaron claro que deseaban una ciudad mejor, totalmente diferente, y más allá de cualquier país pasado o presente en este mundo caído; en otras palabras, amaban a un país celestial, no contaminado con ninguna imperfección, glorioso para siempre.
 

Debe notarse el uso que hace Pablo del tiempo presente en Hebreos 11:16: expresa así el deseo de una ciudad mejor, y Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos.
 

Para esos hombres, entonces, y para todos los que siguen el mismo sendero de la fe, Dios ha preparado su ciudad, su reino. Obviamente, no hay diferencia entre el país celestial y la ciudad de Dios. Los patriarcas y los otros hombres y mujeres de Dios que vivieron antes de Cristo, compartieron la misma herencia de gloria que se promete a los creyentes en Cristo de los tiempos del Nuevo Testamento.

 
 

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