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Jesús y nuestro futuro |
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Para el 27 de Septiembre del 2003 |
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Material Auxiliar |
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Texto clave: Hebreos 13:8; 2 Pedro 3:10-13 |
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Objetivos para el maestro
Bosquejo de la lección
I. El tiempo del fin.
II. Mantengamos la perspectiva.
III. Qué nos depara el futuro.
Resumen
Dios ha invertido mucho en nosotros, y nos pide que tomemos una parte activa en nuestro futuro, invirtiendo nuestra fe en El. Quiere que sigamos creciendo y avanzando al ayudar a los que nos rodean. Porque sólo viviendo una vida que lo refleje a Él podemos atraer a otros para recibir la salvación que nos ofrece a todos.
COMENTARIO
Al llegar al final de estas lecciones, es adecuado hablar acerca de la segunda venida de Cristo, expresada aquí en la fe de aquellos que aguardaron la esperanza ofrecida en la promesa de su venida: Abrahán, Isaac y Jacob.
Estas vidas fueron reguladas por la firme
convicción de que Dios cumpliría las promesas que les dio y, al enfrentar la
muerte, siguieron mirando hacia delante (al futuro), al cumplimiento de esas
promesas, como es evidente por las palabras con las que Isaac y Jacob
otorgaron su bendición final a sus hijos y nietos.
Abrahán, Isaac y Jacob vivieron básicamente
como peregrinos y extranjeros sobre la tierra, en un sentido que es
inaplicable a los israelitas de generaciones posteriores después de su
establecimiento en Canaán. Para Abrahán, Isaac y Jacob, Canaán permaneció en
el futuro, una tierra prometida para el final de sus vidas; entretanto, sus
descendientes vieron el cumplimiento de lo que les había sido prometido a
los patriarcas. Pero para estos, la promesa era segura, porque era una
promesa de Dios, y arriesgaron todo sobre la base de esta certeza.
La promesa futura dada a estos hombres del
Antiguo Testamento es la promesa dada también a los de la era nueva, la Era
Cristiana. Hebreos 11:16 presenta, así como en Hebreos 13:14, la idea de una
ciudad, una ciudad prometida a los que creyeran en ella. Pablo explica
claramente en esos versículos que su verdadero hogar no estaba sobre la
Tierra, sino que era una ciudad mejor a la que habían dedicados sus
corazones; es decir, la ciudad celestial. La Canaán terrenal y la Jerusalén
terrenal eran lecciones objetivas temporarias que señalaban al descanso
eterno de los santos, la ciudad de Dios con su buen fundamento.
El ejemplo de los patriarcas estaba destinado
a guiar a los lectores de la carta a los Hebreos a un verdadero sentido de
los valores. En 1 Pedro 2:11 se menciona que debían vivir en este mundo como
extranjeros y peregrinos, y como los filipenses a quienes Pablo escribió, su
“ciudadanía” estaba en los cielos (Filipenses 3:10). Esta idea demostró ser
demasiado elevada para muchos cristianos a loa largo de diferentes siglos de
nuestra era.
No obstante, los patriarcas que creyeron más
fielmente en la promesa de una ciudad celestial futura fueron prácticos; no
estuvieron demasiado centrados en el cielo como para ser útiles sobre la
Tierra. Los tres patriarcas mencionados arriba no estuvieron libres de
faltas, pero Dios no se avergüenza de llamarse el Dios de ellos, porque
ellos le tomaron la palabra al pie de la letra.
Colmo exiliados, buscaron una patria. Si
hubiesen pensado en la tierra de la que salieron, tuvieron amplia
oportunidad de regresar a ella, pero retroceder hubiera sido una inversión
de l principio de la fe y dar las espaldas a l esperanza que se había puesto
delante de ellos.
Por su paciente perseverancia en medio de
toda clase de adversidades, dejaron claro que deseaban una ciudad mejor,
totalmente diferente, y más allá de cualquier país pasado o presente en este
mundo caído; en otras palabras, amaban a un país celestial, no contaminado
con ninguna imperfección, glorioso para siempre.
Debe notarse el uso que hace Pablo del tiempo
presente en Hebreos 11:16: expresa así el deseo de una ciudad mejor, y Dios
no se avergüenza de llamarse Dios de ellos. Para esos hombres, entonces, y para todos los que siguen el mismo sendero de la fe, Dios ha preparado su ciudad, su reino. Obviamente, no hay diferencia entre el país celestial y la ciudad de Dios. Los patriarcas y los otros hombres y mujeres de Dios que vivieron antes de Cristo, compartieron la misma herencia de gloria que se promete a los creyentes en Cristo de los tiempos del Nuevo Testamento. |
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